16 Diciembre
–Chicas, es medianoche. Cerramos en treinta minutos, ¿vale? ¿Queréis tomar algo más?
–Nada más, Steve. Gracias –le contesta Tina al camarero.
Me siento como si me hubiera comido un erizo. ¿Qué he hecho? ¿Ha sido por culpa de Ben o...?
–Ay, tía, deberías verte la cara. Era un farol, pero es evidente que ocultas algo.
¿Qué? ¿Un farol?
–Espera, Tina, no te entiendo. ¿Tienes algo que echarme en cara o no?
–Ahora sí. Has violado el código de la amistad.
Mierda. Lo sabía. Lilou está pillada por Ben y nunca debería haberme involucrado en esta historia.
–Tina, explícate. Está a punto de darle un ataque de ansiedad –le pide mi hermana.
–Es muy frágil, la verdad –se burla Tina.
Oye, ¡que estoy aquí!
–Bueno –prosigue–. Vi a Ben entrar en tu habitación ayer por la noche. Según el código de la amistad, cuando pasa algo un poco subido de tono, tenemos la obligación de contárselo a las amigas justo después. ¡Es básico!
–Ah, eh... No ha pasado nada.
–No mientas, Cerise –me amenaza Violette.
Le doy un trago al cóctel para recuperar la compostura.
–Vale, nos hemos besado, pero...
–¡Sí! Es genial –exclama Tina–. Danos los detalles. Piensa en estas chicas que están atravesando un desierto sentimental y déjanos disfrutar de manera indirecta. ¿Cómo besa el pequeño Ben?
Al mencionar el beso, noto de nuevo sus labios sobre los míos. Suspiro.
–De maravilla. Pero lo aparté.
–¿Cómo? –pregunta mi compañera de piso.
–¿En serio? ¿Qué te impidió seguir adelante con un tío bueno como él? –quiere saber mi hermana.
–Me niego a empezar una historia cuando estoy a ciegas.
–¿Por Marie? –pregunta Violette.
–No solo eso. A nuestro alrededor hay mil red flags . Lilou, para empezar. Sé que le gusta Ben. ¿Me equivoco?
Tina hincha las mejillas mientras pone los ojos en blanco.
–Lleva pillada por él desde hace siglos. Pero, en realidad, no tienen nada en común. Antes, por lo menos, hacían snowboard los dos, pero ahora... Creo que, si se echara novia, Lilou podría pasar página.
–Ah, pues ya está, asunto arreglado –concluye Violette–. ¿Algo más?
Pienso en todo lo que va mal: la misteriosa Maya, Marie, mis padres, que me vaya a ir dentro de unos meses... Pero me callo. En lugar de eso, les cuento que Max me ha pedido una cita.
–Lo he rechazado, pero no quiero hacerle daño.
Vio interviene, emocionada:
–¿Y si Lilou se enamorara de Maxence? Así todos seríais felices, ¿no?
–La idea no es mala, pero no eres Cupido, sis .
–No, soy mejor que él. Solo hace falta que Ben y tú seáis discretos de momento. Yo me ocuparé del resto.
–No estamos juntos, así que debería bastar.
–Sí, y yo soy la reina de Inglaterra.
–No estoy de broma. Hay muchas cosas sobre él que no conozco.
¿Adónde va cuando desaparece? ¿Quién es la chica con la que habla por teléfono?
¿La que vi en el bar? ¿Por qué se pone nervioso en cuanto lo llama?
Cada vez que lo veo, se me acelera el ritmo cardiaco y siento química entre los dos, pero hay zonas oscuras que me gustaría esclarecer antes de que pase lo que tenga que pasar.
–Estoy de acuerdo, Cerise –contesta Tina.
–¿En qué?
–En lo de las zonas oscuras de Ben. Creo que es importante que habléis. Aun así, debo avisarte: necesitarás suerte.
–¿Por qué?
–Hay temas con los que se cierra. Me sorprendería que consiguieras que cantara.
Entonces, no tiene buena pinta.
Me despierto con un sobresalto. ¿Los ratones están viviendo su mejor vida en las paredes o qué? Presto atención. No, alguien está llamando a mi puerta, aunque no son ni las siete de la mañana.
Benjamin, claro. ¿Quién si no? Le abro con el pelo revuelto, los ojos de un oso panda drogado y un aliento fétido. ¡Viva lo de compartir piso!
Calmo los latidos de mi corazón y me obligo a fingir indiferencia. No quiero que se dé cuenta de que su presencia hace que cortocircuite.
–¿Es otra venganza, yeti?
Apoya el hombro en la pared y cruza los brazos.
–Sí. No me respondiste al mensaje de ayer por la noche.
–Me quedé sin batería, lo siento. ¿Qué decía?
–Te proponía una lección de esquí hoy por la mañana.
Sonríe y advierto el brillo en sus ojos. Mierda. Es guapísimo, lo que no es de mucha ayuda.
–¿Cuándo?
–Dentro de diez minutos en la planta baja.
Dudo. ¿Será buena idea volver a estar a solas con él? No ha pasado mucho tiempo desde nuestra sesión de besos, así que supongo que no. ¿Me sentiré cómoda? No lo creo. Pero, por otro lado, necesito retomar las clases de esquí.
Además..., ¿cómo voy a resistirme a esa mirada implorante? Me muero de ganas de aceptar. No sirve de nada que me resista.
–¿Qué estamos haciendo en el aparcamiento de la estación?
Ben me guiña un ojo. Me temo lo peor.
–Le estoy haciendo un favor a un amigo mío que trabaja en las pistas. Ayer estuvo de fiesta en el refugio y esta mañana necesita... esto.
Una moto de nieve. Ja, ja, ja, qué gracioso.
–¿Estás loco? No pienso subirme a eso –protesto–. Y no intentes hacerme cambiar de opinión. Está decidido.
–Esquiar en pistas inmaculadas, disfrutar de la salida del sol...
–Mmm.
–Decídete pronto. Nos queda una hora para entrar al trabajo. ¿Qué me dices?
Esbozo una mueca.
–Que sepas que en el podio de fobias están la velocidad, la moto y la nieve. Combo ganador.
–Siempre voy con cuidado.
Qué fácil de convencer soy. Cojo el casco e ignoro la sonrisa triunfal de Ben. La Cerise 2.0 no deja de sorprenderme.
Igual que el trayecto en moto de nieve. Es de otro mundo. Ben ha acertado, como siempre (o casi). Frena a menudo para comprobar que estoy bien. Y debo confesar que, abrazada a su espalda, podría cogerle el gusto a la velocidad. ¡Qué divertido!
Por si fuera poco, llegamos a la cima justo a tiempo para ver cómo el sol se asoma tras las montañas. ¡Magia!
Me giro hacia Ben, pero este me está mirando con una intensidad tan abrasadora que noto cómo se me contrae el bajo vientre. A la mierda mi determinación. Me encantaría besarlo. Al fin y al cabo, solo se vive una vez, ¿no?
Al parecer, es capaz de leerme el pensamiento.
–Tienes muchas ganas de besarme, ¿me equivoco?
Trago saliva.
–¿Yo? No, qué va. Sin embargo, tú...
–Dado el rechazo del otro día, esperaré a que des el primer paso.
–Apuesto lo que sea a que lo acabarás dando tú.
–¿Ahora se ha transformado en una apuesta? Sin problemas. Acepto el reto.
Me acerco a su rostro hasta que rozo mi nariz con la suya. He dicho que quería respuestas. Pero eso no me impide jugar.
–Yo también. Y pienso ganarte.
–Ya estás perdiendo.
–Los besos de esquimal no cuentan –contesto.
–Si inventas las reglas sobre la marcha, te arriesgas a que te descalifique por tramposa.
Un sonido estridente interrumpe el silencio, acabando con la magia del momento.
–Ups, se me había olvidado apagar el despertador.
–Eso quiere decir que vamos con retraso. Venga.
Subimos a la moto de nieve, que aparca delante de un refugio, y cogemos los esquís.
Estoy a punto de sufrir una crisis de ansiedad al descubrir que la única manera de llegar a los Arc es deslizarnos por una pista roja, pero Ben me tranquiliza y yo me dejo llevar. Entre sus piernas, el trayecto casi me parece fácil.
¿Quién sabe? Si Marie es mi madre biológica, tal vez la destreza con los esquís me corra por las venas y, una vez superado mi nerviosismo, pueda bajar por las pistas como una campeona.
Al final llegamos a la parte superior de la pista azul, la que debería recorrer vestida de marmota.
–¿Te apetece probar a descenderla tú sola? –me pregunta Ben.
–Sí, ni siquiera me da miedo.
Es verdad. Si sigue dedicándome esa mirada confiada, podría incluso mover montañas.
–En ese caso, ¡adelante!
¡Estoy a punto de esquiar sola! Ah, sí, bueno, de acuerdo, mi estilo no lo validaría la Federación Francesa de Esquí, pero da igual, lo importante es que está funcionando.
¡Lo estoy haciendo! Levanto dos dedos para formar la V de victoria, me giro para comprobar que me ha visto y pierdo el equilibrio. Por supuesto. Ben trata de sujetarme, pero lo arrastro conmigo al caer.
Aterrizamos entre risas, con su cuerpo sobre el mío y su aliento, con olor a barquillo de frambuesa, sobre mi boca. Nos miramos con una intensidad que podría crear, por lo menos, una avalancha.
Apoya la frente en la mía, cierra los dedos en torno a mi muñeca y se humedece los labios como si fuera el postre más apetecible del mundo.
A mi pesar, cierro los ojos. Sin duda, mi cerebro me está ordenando que disfrute del beso inminente.
Todo mi ser se centra en ese objetivo. Ya no pienso ni en el reto.
¿Él? ¿Yo? ¿Nosotros?
Poco importa quién tomará la iniciativa.
Lo que quiero es un beso, solo un beso.
–¿Lilou?
De repente, me tenso y aparto a Ben sobre la nieve. Suelta un grito, más de sorpresa que de dolor.
–¡Ay! No creía que quisieras ganar hasta ese punto.
Me pongo en pie, paseo la mirada por la pista como podría haber paseado los labios por los de Ben y busco de dónde procede la voz.
–Vamos, Lilou. ¡Tenemos que tomar el desayuno!
Aj, es una madre hablando con su hija. Suelto un suspiro de alivio.
–¿Por qué parecías tan preocupada? ¿Por qué me has empujado así?
Esbozo una mueca, avergonzada.
¿Por qué?
Porque Lilou está pillada por ti.
Porque solo somos «buenos amigos».
Porque tienes demasiados secretos.
Porque no quiero sufrir.
Porque necesito entender lo que siento.
Porque mi vida está a punto de cambiar, porque me siento vulnerable, porque podría enamorarme y que me hicieras daño, porque este juego es peligroso...
Demasiadas razones. Sin embargo, me callo.
Ben se ha quitado el gorro y se está pasando una mano por el pelo cuando empiezan a sonar las campanadas del reloj.
–Mierda, ¡llego tarde! Date prisa.
Le mando un mensaje a Max:
¡Ayuda! Cerise en apuros. Llego media hora tarde. ¿Me puedes cubrir? Te lo compensaré.
Volvemos a casa a toda prisa. A la mierda la ducha. Me contento con cambiarme y correr hasta la Marmottons. Ante la guardería, compruebo las notificaciones. Max no me ha contestado. Huele mal.
De repente, no oigo su voz, sino la de Marie. Les está contando una historia a los niños cuando entro en la sala y me fulmina con la mirada antes de ignorarme.
Me siento frustrada. Es evidente que no podría irme peor. Por lo general, siempre tiene algo que hacer en otro sitio... Cuando termina la lectura, me acerco a toda prisa para disculparme.
–Lo siento, Marie. He sufrido un contratiempo.
–Ya veo, ya.
–Pero le he escrito a Max y...
–Se ha cogido el día libre.
–No lo sabía.
–Ya hablaremos más tarde. Debo irme. Tenía un compromiso importante al que ahora yo también voy a llegar tarde.
Me deja ahí, a solas. Aprieto los dientes hasta que desaparece por el pasillo.
Me paso la jornada dándole vueltas. Marie ha exagerado esta mañana. He llegado tarde, pero avisé a mi compañero. ¡Tampoco he provocado un incendio!
Bueno, quizá sea mejor que me olvide de ese argumento y busque otro. Puf... Tengo ganas de llamar a mis padres. Así se me olvidará.
Es mi padre quien lo coge.
–¡Qué alegría oír tu voz!
–Lo mismo digo. ¿Está mamá por ahí?
–Llegará en cualquier momento –me asegura–. ¿Os lo estáis pasando bien Violette y tú?
–Eh... ¿Vio os contó que estaba conmigo?
Suelta una carcajada.
–Hombre, ¡claro! Fue tu madre quien le pagó el viaje.
–Marc, ¿quién es? –pregunta mi madre en segundo plano.
–Cerise. ¿No sabía lo de Violette?
–Ay, cállate –replica mi madre–. Pásamela.
¿A qué viene este lío? Solo quería recuperar la paz mental.
–Cariño, soy mamá. ¿Cómo...?
–¿Por qué le pagaste el viaje a Violette?
Un suspiro al otro lado de la línea.
–Estaba preocupada por ti. Todos estos cambios de repente... Quería asegurarme de que te encontrabas bien.
Flipo. ¿Lo dice en serio?
–¿Y por eso enviaste a Violette para que me vigilara, para que te enviara un informe diario? ¿Qué creías? ¿Que me estaba drogando? ¿Que estaba metida en el tráfico de órganos?
–Cálmate, Cerise. No es eso. Pero sé que eres más frágil.
–¿Más frágil? ¿Que quién? ¿Que tu otra hija?
–No, a ver...
–Mamá, ¿por qué no me lo contó Violette?
–No quería que pensaras que no confiábamos en ti.
–Pero es así. Si no, me dejaríais vivir experiencias por mi cuenta.
–Peque...
Ya no la escucho. Marie está ante mí. Parece más enfadada que esta mañana.
–Os llamo luego.
Cuelgo.
–Estoy muy decepcionada contigo, Cerise –me ataca Marie de inmediato.
Mierda. ¿No puedo tomarme diez segundos para recuperarme entre una embestida y la siguiente, o cómo va esto?
–Te vi en el aparcamiento de la estación esta mañana –prosigue–.
Puedes hacer lo que quieras fuera de tus horas de trabajo, pero, durante el horario laboral, eres responsable de los niños.
Es tu misión, lo que has aceptado. Y, cuando tomamos una decisión, sea la que sea, hay que ir hasta el final y asumirla.
Juro que trato de mantener la calma. Pero esa última frase, unida a todo lo demás, es demasiado.
–Estoy muy de acuerdo contigo, sí –digo en una única bocanada de aire–. Debemos asumir las decisiones, aunque no sean las correctas. Y no creo que estés en posición de darme lecciones.
Me mira, sorprendida por la vehemencia de mi tono.
–¿Perdona? ¿Qué quieres decir con eso?
–Tú, por ejemplo, cuando te quedaste embarazada, ¿asumiste tus decisiones hasta el final? No, claro que no. A ti no se te aplican todas esas teorías maravillosas. Preferiste abandonar al bebé.
Frunce el ceño.
–¿De qué estás hablando, Cerise?
–¿De qué estoy hablando? De un parto hace diecinueve años, día arriba, día abajo.
De un bebé abandonado de forma anónima con una miserable carta y una jirafa de peluche.
Porque el bebé soy yo. Y he venido a buscar respuestas.
¿Y qué recibo a cambio? La imagen de una familia perfecta con cuatro hijos maravillosos.
Migajas. Y, encima, ahora también desprecio.
¿Sabes qué? He llegado treinta minutos tarde.
¿Y tú? Diecinueve años. Creo que estamos en paz, ¿no?