Una Navidad a punto de nieve 15 Diciembre
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15 Diciembre

Las doce y diez de la noche. Y once. Y doce.

Incluso los minutos han decidido jugar con mi nerviosismo.

Las pesadas de mis amigas se toman todo el tiempo del mundo.

Y el yeti, al otro lado de la pared, sigue sin saber qué quiere.

Tengo ganas de dar golpes con los nudillos en el tabique. Para que me deje tranquila. O no.

Le voy a escribir un mensaje. No. Mejor apago el móvil. ¿O lo dejo sonar una vez y cuelgo? Da igual. Todo esto es una tontería.

¿Me dice que se contenta con que seamos amigos? Vuelvo a su lado.

¿Huye cuando me tiene presionada contra una pared? Sigo esperando.

¿Trata de darme excusas edulcoradas? Las creo.

¿Por qué no dejo de dar vueltas?

Debo acabar con estas tonterías.

Se ilumina la pantalla de mi móvil.

Me da igual. No voy a mirarlo.

Bueno, ¿por qué no?

¿Estás dormida?

Sí

Entonces, ¿estás soñando conmigo?

Estoy teniendo una pesadilla.

¡Jo! Está bien, me lo merezco.

A mí también me lo parece.

Siento lo de las galletas.

Es el momento de preguntarle por qué se ha ido. ¿O debería callarme?

Ay, maldita sea. Tengo las neuronas chamuscadas. ¿Qué escribiría si, como me ha aconsejado Violette, «siguiera mi instinto»?

Ven a decírmelo a la cara si te atreves.

A la mierda. Presiono «Enviar». ¡Ya he dicho que me hace actuar como si no fuera yo!

Oigo el somier de la cama gruñir al otro lado de la pared y el corazón me golpea la caja torácica. La última vez que estuve tan estresada me encontraba haciendo un examen final oral en bachillerato.

Me sitúo en el centro de la habitación, pasando el peso del cuerpo de un pie a otro.

Bum.

La puerta se abre con suavidad.

Bum. Bum.

Su rostro aparece y mis «Bum, bum» se aceleran.

Se acerca a mí.

Bum, bum, bum, bum, bum.

¿Se estará preguntando qué suena así?

Me da la impresión de que todo mi cuerpo vibra por el golpeteo de mi corazón. Sin embargo, adopto una expresión impasible e inclino la cabeza hacia un lado.

–¿Vienes a disculparte?

–Sí. Y a terminar lo que hemos empezado en el cuarto de baño, si tienes ganas.

Su mirada me corta la respiración. La mía se desvía hacia sus labios mientras me coge un mechón de pelo entre los dedos.

La manera en la que lo hace girar alrededor del índice me vuelve loca.

Y, cuando sigue con el pulgar la curva de mi rostro hasta la boca, me doy cuenta de que he dejado de respirar.

Sin apartar los ojos, me coge de las manos y las coloca a mi espalda, entre las suyas. Nuestros cuerpos están tan cerca que noto su calor. Una descarga eléctrica.

Sus labios se acercan a los míos, milímetro a milímetro, como si el mundo se ralentizara. Sigo mi instinto. Mis labios borran la distancia que los separa de los suyos. ¡Por fin!

Son dulces. Cálidos. Impresionantes.

Titubeo, pero me abraza con más fuerza, como si lo hubiera sentido. Nuestras lenguas se buscan, se encuentran, bailan y nuestro beso se vuelve más intenso. Urgente. Jadeante.

Libero las manos para pasar los dedos por los rizos alocados con un fervor que nunca había sentido. Llevaba deseando hacer algo así desde que lo conozco.

Sus labios buscan mi cuello antes de subir hasta mi oreja, que me muerde con los dientes. Sufro un escalofrío. Mi piel reclama sus caricias. Me encantaría no parar nunca. Pero su teléfono emite un breve pitido.

Esta vez, no se precipita hacia él. Sigue besándome, indiferente por lo que esté pasando en el resto del mundo. Yo no. El recuerdo de nuestra interrupción en la cocina me abruma y se niega a soltarme.

–¿Va todo bien? –musita contra mi boca.

Doy un paso atrás y recupero el aliento.

¿Qué puedo responderle? ¿Que se me han pasado las ganas?

¿Que el miedo a que me abandone me impide saborear este beso?

¿Que, antes de dejarme llevar, necesito respuestas?

¿Que necesito saber quién es Maya y poner las cosas en orden con Lilou?

¿Desenrollar los hilos de Marie para liberarme? Todo esto se mezcla en mi mente.

Tengo la impresión de que soy una estudiante propulsada por el patio del instituto.

–Vamos demasiado rápido.

¿Eso lo he dicho yo? ¿En voz alta?

En sus ojos veo sorpresa, pero también una especie de resignación.

–¿Es... una venganza por haberme marchado a mediodía?

–El problema es que no lo entiendo. Ya tengo demasiado lío en la cabeza como para que le añadas algo más. Necesito saberlo.

Aprieta los labios. Se pasa la mano por el pelo, confuso.

–Te juro que me gustaría explicártelo, Barquillo de Frambuesa...

–Pero no lo vas a hacer, ¿no?

Se mira los pies. Ahí está. Justo por qué no podemos seguir con esto. Para mí, la confianza recíproca y total es necesaria. Me pone triste, pero también me enfada. Mierda, ¡qué duro es esto!

Tengo la sensación de que estoy a punto de pisotear mi propio corazón como si fuera un felpudo. Trago saliva y, haciendo un gran esfuerzo, adopto de nuevo una expresión neutra. Debo conservar la dignidad.

–Acabamos de cometer un error, yeti –digo con voz monótona–. Entre «buenos amigos», no nos besamos.

Veo que le ha dolido, pero no tengo nada que reprocharme. Es culpa suya. Si me lo contara...

–¿Eso quiere decir que estos besos no significan nada?

A regañadientes, asiento.

–Y no habrá más. En estas condiciones, no.

Me aprieta los dedos con un poco más de fuerza.

–Lo entiendo.

Le tiemblan los párpados. Me da un beso en la comisura de los labios, me dedica una mirada llena de tristeza y sale de la habitación de puntillas. Ya me estoy arrepintiendo.

¿Por qué he dicho algo así? Tengo ganas de gritar contra la almohada cuando un ligero toc, toc en la pared hace que me estremezca.

–Buenas noches, Barquillo de Frambuesa.

Sonrío.

–Buenas noches, yeti.

Pongo una mano contra el tabique que nos separa y la otra en el corazón, que nunca ha latido con tanta fuerza. Tan cerca de él y, a la vez, tan lejos.

–Estás muy guapa, Cerise –dice Marissa durante la actividad de pintura.

–Sí, mucho –confirma William, acercándose a mí para darme un beso.

Claro, y lo estoy aún más con una mancha de pintura azul en el centro de mi jersey blanco. Necesitaba color en mi vida, gracias.

Me he levantado con un ángel en el hombro izquierdo y un demonio en el derecho. Por un lado, me enorgullece haber dicho «para» cuando era necesario. Ir más lejos sin recibir respuestas sin duda habría aumentado aún más la inseguridad que me envuelve esta mañana. Anoche me respeté.

Por otro lado, esos besos eran demasiado buenos y me inundan de una frustración enorme. ¿Debería haber aceptado lo que la vida me estaba ofreciendo en ese momento y ya?

¡Aaaj! De todas maneras, la pelota está en su tejado. Si tiene ganas de dar un paso conmigo, necesita confesarse. Eso es todo.

Sumida en mis pensamientos, el día pasa a toda velocidad y, de repente, los padres están ya aquí, esperando a sus hijos. Me dedico a ayudarlos a prepararse.

La última madre en venir a por su hija es la de Marissa, Camille. Entonces, alucino.

–Me encantaría encargarte una bandeja de magdalenas de colores –me dice con una sonrisa en los labios.

–¿De... magdalenas?

–¡Sí! Me encantaron las que trajo Marissa el otro día.

Me ruborizo ante el halago.

–Muy amable, gracias.

–Sincera, sobre todo. ¡Y soy un público exigente! He pensado en ti para una cena que estoy organizando. El problema es que sería mañana. ¿Podrías hacerlo? Te pagaría bien. ¿Tienes alguna tabla de tarifas?

–No, nunca he vendido pasteles. Al menos, desde la feria de la escuela con once años.

–Ah, vaya, pídeme lo que quieras.

No dudo ni un segundo.

–Te las entregaré esta tarde.

Cierro la puerta de la guardería, compruebo que no hay nadie más y comienzo a bailar y gritar en el pasillo. ¡Tengo un cliente! ¡Tengo un cliente!

–Cerise, ¿estás...?

Ups. Maxence me ha pillado in fraganti viniéndome arriba. Finjo que no ha pasado nada relevante y me pongo el disfraz de marmota.

–Pareces contenta –me dice, abotonándome la parte trasera del traje.

–¡Mucho! ¿Y tú cómo estás? Pareces tan incómodo como un pollo al que le hubieran clavado un cuchillo. ¿Te preocupa algo?

–Mmm, quería preguntarte...

–Max, me estás poniendo nerviosa. ¿Alguna mala noticia?

–Depende. ¿Te...? ¿Te gustaría ir a cenar a un restaurante? Solo los dos, ya sabes.

Ay, mierda. No lo había visto venir. Si acepto la cita, le daré esperanzas. Pero tampoco quiero contarle toda la verdad y romperle el corazón. Puf, esto de las relaciones sociales es difícil.

–Lo siento, Max, no quiero hacerte daño, pero... acabo de salir de una historia complicada y... ya somos compañeros de trabajo y amigos...

Curva hacia abajo las comisuras de los labios y el brillo de sus ojos se apaga.

–Lo entiendo. No eres responsable de mis sentimientos.

–Pero sin malos rollos entre nosotros, ¿vale?

Baja los hombros, derrotado.

–Deja que lo asimile, ¿sí?

¡Maldita sea! Qué mal. Me siento fatal. Me coloca la cabeza de la mascota y allá que voy para el peor tour por la estación de la temporada. ¡Yupi!

Por lo general, es tan divertido como una fiesta playera en Ibiza, pero Max parece que esté acompañando a un cortejo fúnebre.

Comienzo a temer que me deje encerrada en el disfraz, pero no, me ayuda a quitármelo antes de encontrar una excusa para marcharse, a menos que la reunión de la asociación de los adictos al macramé sea un motivo de verdad. ¿Quién soy yo para juzgar?

Cuando entro en casa, me recibe Diam’s a todo volumen. Debe ser uno de esos días. Cuando el álbum de Diam’s suena por todo el chalé, hay que prepararse. Es la primera etapa del ataque de mal humor de Tina. La segunda es ponerse a limpiar la casa.

La encuentro desempolvando el sistema de ventilación del baño. Nunca había hecho algo así.

Violette ha debido entenderlo por sí misma, porque se ha refugiado en su habitación para repasar los exámenes.

–Lleva así mucho tiempo. No sé qué hacer para alegrarle el día –dice, contrariada.

–Tina es una mujer de extremos. Cuando le va bien, tira cohetes y mueve montañas. Cuando le va mal, parece la Cenicienta antes de la llegada del hada madrina.

–¿No se puede hacer nada para ayudarla?

–Creo que sí. Pero ¿podemos dejarle terminar la limpieza? Me gustaría que se encargara del desagüe de la ducha.

–No te pases, Cerise.

–¿Qué? Compartimos piso. Habrá que aprovecharse de los puntos fuertes y débiles de cada uno.

Estamos a punto de terminar las magdalenas de Camille y Tina parece haberse relajado cuando Ben y Enzo entran en el apartamento, bromeando. Enseguida, mi compañera de piso se tensa.

Vaya, ahí está. Ahora lo entiendo todo.

Ayer por la noche, Enzo salió. Debió volver acompañado, y supongo que Tina se ha encontrado a su nueva conquista en el desayuno.

–Vaya, chicos, seguro que os habéis olvidado incluso de dónde están vuestras habitaciones.

–¿Tina está cabreada? –pregunta Ben.

Evito opinar, pero Enzo le susurra algo al oído y lo arrastra con él. Yo, por mi parte, obligo a mi hermana y a mi compañera de piso a vestirse. Debemos entregarle las magdalenas a Camille y, a continuación, sé lo que necesita Tina para relajarse.

– All by myseeeelf ...

–Tiene un vozarrón, ¿eh? –le digo a Violette mientras vemos a Tina cantar en el karaoke del WoodBear.

–Sí, pero estaría bien que se despegara del micrófono. Es la séptima canción que canta...

Por fin, cuando comienza a fallarle la voz, se sienta con nosotras ante un cóctel. No le doy tiempo a respirar.

–Bueno, cuéntanos. ¿Se trata de Enzo?

–Para nada. ¿Por qué?

–Tina –interviene mi hermana–, he visto cómo te ha explotado la cabeza cuando ha salido esa chica de la habitación de Enzo esta mañana.

Parece dudar antes de confesar:

–Sí, es por culpa del imbécil de Enzo.

–¿Quieres hablar del tema? ¿Habéis discutido?

–Me acosté con él.

¡Vaya! ¿Estaba tan metida en mis historias que no he visto lo que pasaba en casa?

–¿En serio? ¿Cuándo?

–El año pasado.

Aaah, de ahí la tensión entre ellos.

–¿Duró mucho tiempo?

Niega con la cabeza.

–Unos honorables siete minutos.

A punto estoy de escupir el cóctel en la mesa. Violette estalla en carcajadas.

–¡Qué tonta eres! –dice.

Tina adopta una expresión deprimida.

–Una sola noche, en realidad. Pensaba que sería el principio de una historia de amor, pero luego me dijo que quería que hubiera armonía en casa...

–Es un argumento válido –pruebo a decir.

–Dos semanas más tarde, se llevó a Sonia a la cama.

–¿Sonia?

–Nuestra cuarta compañera. Nivel de armonía: teníamos demasiadas notas en el pentagrama para que sonara melódico.

–¡Qué imbécil, sí! –escupe Violette.

–¿Lo habéis hablado?

–No. Ni siquiera sé si sabe que lo sé. Y no tengo ganas de tocar el tema. Cada vez que una chica duerme en casa, lo siento como un golpe bajo. Creo que por eso Ben te saltó al cuello el primer día. Le molesta verme mal cada vez que una tía nueva aparece de repente en la cocina.

Ah, ahora lo entiendo todo...

–Pero se me pasará pronto –dice Tina con una mueca triste.

–Hoy ha tardado mucho –comento.

–Porque ha sido la gota que ha colmado mi vaso de mierda. Mi trabajo me está matando, voy justa de dinero y nada está saliendo como me gustaría. Necesitaría que mi vida avanzara para olvidarme de Enzo.

–Podrías ganar tres mil euros en el concurso de canto del sábado que viene, por ejemplo –propone mi hermana, señalando un folleto que hay en la mesa.

Tina niega con la cabeza.

–Lo he visto, pero paso. No quiero hacer el ridículo.

–Imposible –le asegura Violette–. Además, llevas el nombre de una cantante maravillosa. Debe ser una señal de que te vas a convertir en una estrella, ¿no?

–No lo tengo tan claro –dice nuestra amiga, poniendo los ojos en blanco–. Tina es solo un diminutivo.

¿Cómo? Me he quedado muerta.

–¿En serio? ¿De qué?

–En realidad, me llamo Martine.

–¿Martine? ¿Como la serie, Martín Martín ? –dice Violette.

–Sí, pero os mataré como se lo digáis a alguien.

Prometemos guardarle el secreto.

–Pero –continúa mi hermana– ¿había algún episodio que tratara sobre ganar tres mil euros en un concurso de canto?

–¿De verdad me creéis capaz? –pregunta Tina con los labios temblorosos.

Le coloco una mano a cada lado de la cara.

–¿Sabes qué? Te inscribo yo. Si decides no venir, peor para ti. Pero, si para entonces recuerdas que eres una guerrera, estaremos ahí para animarte y festejar la victoria contigo.

Pasamos la hora siguiente rellenando los documentos de la inscripción y eligiendo la canción perfecta. Entonces, de repente, mi compañera escupe:

–Cerise, debo decírtelo: también ha sido un poco culpa tuya que estuviera tan mal hoy.

–¿Culpa mía?

–Sí, me ha decepcionado mucho tu comportamiento.

Ay, mierda, ¿qué he hecho?