Una Navidad a punto de nieve 14 Diciembre
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14 Diciembre

Oye, sis, ¿te apetece pasar un «momento Trécourt» a la hora de comer?

Será un placer

¿A mediodía delante de la guardería?

Sí

¡Qué alegría! Guardo el móvil con el corazón rebosante. Ayer por la noche, cuando le conté a Violette la historia sobre la jirafa, sentí que la inquietaba. Por eso me alegra que haya utilizado nuestro código para reclamar una pausa solo para nosotras dos, las «hermanas Trécourt».

–Vamos, empecemos de nuevo. Un, dos, tres, ¡escondite inglés!

Finjo que no he visto que a Marissa le temblaban los hombros y la barbilla de Léandre se movía al ritmo de una música imaginaria.

–Bravo, ninguno se ha movido.

Terminamos la partida. Luego, los niños esperan a sus padres o al hombre del comedor mientras me dispongo a prepararme.

Tengo demasiadas ganas de encontrarme cara a cara con mi hermana, quien, por cierto, ya está aquí, escribiendo en el móvil.

–Hola, Vio –digo cuando se acerca a mí–. Tengo por delante una hora y media. ¿Quieres hacer un tour por la guardería, o prefieres comer enseguida?

–Comer. Me muero de hambre. Tina me ha aconsejado el WoodBear y...

–Hola, Cerise.

Genial. Marie. Palmas sudadas, parte tropecientos. No solo me viene a la mente la historia del peluche, una prueba más de que quizá mi jefa es mi madre biológica, sino que encontrármela al lado de mi hermana es... superraro.

–Hola, Marie.

Noto cómo Violette se tensa junto a mí.

–¿Te vas a comer con una amiga?

–Es mi hermana. Violette, esta es Marie, mi supervisora. Marie, Violette.

–Soy su hermana favorita –dice Violette, cordial, tendiéndole la mano.

–Encantada, hermana favorita –comenta Marie entre risas.

–La única y exclusiva –especifica Violette.

Esta conversación no tiene sentido.

–La única y, sobre todo, la más hambrienta –intervengo–. Tenemos que darnos prisa. Nos vemos luego, Marie.

–Vale, ¡que aproveche!

Tiro de la manga de mi hermana para arrastrarla hacia la terraza del WoodBear.

Cuando llegamos, se le ha pasado el mal humor. El cielo está azul, el sol nos deslumbra y conseguimos incluso una proeza: calentarnos con una manta en las rodillas.

–Pensaba que moriría de frío, pero fíjate, aquí estamos, comiendo en una terraza en pleno mes de diciembre –dice Violette, sorprendida–. No me has vendido bien la montaña. Me lo estoy pasando genial.

–Tú eres un camaleón. Te adaptas a todo.

–A ti tampoco te va tan mal, ¿no? Mírate.

Frunzo el ceño.

–¿Qué quieres decir?

–Bueno, vives en un piso compartido, sales, ligas con un tío bueno...

–¿Eh?

Una pequeña sonrisa maliciosa.

–Me has entendido a la perfección. Te gusta Ben, ¿no?

Ay, ¡qué pesadilla! Le hago un gesto para que se calle y miro a mi alrededor. ¿Y si lo conoce alguien? La discreción es la clave. Además, justo en ese momento, llega la camarera. ¡Qué vergüenza!

Violette se echa a reír.

–Vale, me corrijo –dice, una vez que nos ha tomado nota–. Ese tal «Benoît» te llama la atención, ¿no?

Suele ser nuestro código cuando hablamos de chicos. Utilizamos las primeras letras, pero les cambiamos el nombre.

–Te equivocas. Benoît es majo, igual que Etienne y Martin.

Entorna los ojos para mostrarme que ha entendido los nombres inventados.

–Pero con Etienne y Martin no hay una tensión de la leche en la que saltan chispas cada vez que os acercáis.

–Con Benoît es complicado. Me gusta y, a la vez, hace que quiera gritar de rabia.

–Justifica tu respuesta.

–A veces me da la impresión de que tenemos un acercamiento y flirteamos, pero, justo antes de mi cumpleaños, me saltó con «me alegra que seamos buenos amigos».

–Ostras, ¿directa a la zona de amigos?

–No lo sé. No logro definir lo que ocurre entre nosotros. Con Théo era más fácil.

Violette esboza una mueca burlona.

–Claro. A ver, no te lo tomes a mal: Théo es majo, pero lo vuestro fue un capricho infantil. Théo era... como unas pantuflas. De Ben podríamos decir que es un par de zapatos con la suela roja.

¿A qué viene esa tontería de metáfora?

–Intenté caminar una vez con tus Louboutin y me hicieron una ampolla al cabo de doce segundos. ¿Eso quiere decir que voy a sufrir?

Se echa a reír.

–Mejor dicho, que vas a disfrutar. Necesitas un plan de ataque para que vea lo que se arriesga a perder si te deja en la zona de amigos. Una especie de «Ah, ¿quieres ser mi amigo? Genial. Pero mira lo que se te está escapando entre los dedos».

–No sé cómo actuar.

–Claro que sí. Basta con hacer todo aquello que te da miedo por si te rechaza.

La teoría es fácil. La práctica...

–Es complicado –repito con un suspiro–. Creo que a Lilou le gusta. Y también está esa otra chica con quien lo vi tomándose algo.

–Esa chica es problema suyo. En cuanto a Lilou..., ¿te lo ha dicho ella?

–De manera indirecta, pero salta a la vista. Quiero demasiado a Lilou.

–Y yo, pero también me he dado cuenta de que Ben no está interesado en ella. La considera su hermana pequeña.

Violette suelta un suspiro.

–¿No será una excusa para no actuar? Desde mi punto de vista, deberías tantear a Ben, ver si la atracción es recíproca. Ya decidirás después.

–¿Después? ¿Cuándo? ¿Cuando esté en la mierda?

Levanta el índice con una expresión socarrona en el rostro.

–Ah, ¿ves cómo sí que esperas que pase algo? Deja de pensar en lo de después.

–La esperanza y la realidad están en dos planos paralelos.

–Eso parece, que las montañas nunca tocan el cielo... Pero seguro que la esperanza y la realidad se pueden cruzar en una pista de esquí.

–¿Qué quieres que haga?

–Envíale un mensaje ahora mismo. De todas maneras, ya estás totalmente pillada por él. ¿Qué puedes perder?

Siento cómo la angustia me constriñe el corazón como una enredadera hechizada.

–¿Que qué puedo perder? Que me rechace o, peor, que lo nuestro no funcione y me abandone.

–Estás dándole demasiadas vueltas. El amor se vive, no se analiza.

–En tu mundo, quizá.

–Te recuerdo que nos criaron con el mismo amor –argumenta Violette.

–Lo sé, pero... creo que no lo disfrutamos de la misma manera.

–¿Qué quieres decir?

Parece muy sorprendida. En mi caso, hace ya tiempo que noto la diferencia entre las dos. El problema es que siempre me lo he guardado dentro y nunca he sacado el tema. ¿Será el momento propicio? Suspiro y pruebo:

–Siempre me ha dado miedo perderlo, mientras que tú lo multiplicas. Es tu superpoder. Lo distribuyes, lo haces crecer...

–Lo que estás diciendo es bonito.

–Es verdad. Te envidio, ¿sabes? Porque, a pesar de todo el amor que me dedicáis tanto papá como mamá y tú, soy una niña adoptada, lo que significa que, antes de que una familia decidiera quedarse conmigo, alguien optó por deshacerse de mí.

Lucho con todas mis fuerzas, pero creo que siempre tendré esta sensación de que pueden abandonarme, destruirme, huir con un pedazo de mi corazón sin dejar rastro.

Me coge de la mano y me acaricia con suavidad la muñeca con el pulgar.

–Nunca nos lo habías dicho. ¿Por eso quieres encontrar a tu madre biológica?

Asiento.

–Vale, cariño, ahora lo entiendo mejor. No es fácil, pero... deberíamos haber tenido esta conversación mucho antes.

–La estamos teniendo, es lo importante.

Se levanta para darme un enorme abrazo. Estoy tan contenta de haberme quitado esta losa que me aplastaba, como si me hubiera librado de un peso.

Cuando nos separamos, dice:

–En cuanto a Benoît, no lo pienses, Cerise. Sigue tu instinto.

–¡Madre mía! Eres la tercera persona que me da el mismo consejo desde que estoy aquí.

–Quizá haya alguna razón, ¿no?

–Sí. ¿Qué le escribo?

–Ve directa al grano. Pídele una cita después del trabajo e improvisa.

–La improvisación no es mi fuerte.

–Ya, pero deja entrar la espontaneidad en tu vida.

Vale... ¿Qué diría si fuera más valiente? Cojo el teléfono.

¿Estás disponible esta tarde? ¿A las 5 en la Marmottons? P. D.: Sin esquís

Es claro, conciso y un poco misterioso. O nada de nada. No tener seguridad en una misma es un rollo.

Me planteo borrarlo un segundo antes de enviarlo bajo la mirada alentadora de mi hermana. Dos minutos más tarde, la recepción de un mensaje hace vibrar la mesa. Violette suelta una carcajada.

–Le ha faltado tiempo para contestar. No tiene ningún interés en ti, ¡qué va!

Genial, Barquillo de Frambuesa. Hasta luego

Si alguien me abriera el cerebro esta tarde, lo cerraría enseguida al ver los nudos de su interior. Trato de dejar de lado la historia de la «madre biológica», pero lo del peluche no deja de venirme a la mente una y otra vez. En cuanto a la cita con Ben..., es imposible no pensar en ella.

Menos mal que Max se ha tenido que ir pronto y no necesito comerme el marrón de la marmota. Algo es algo.

A las cinco en punto, echo una ojeada fuera y Ben ya está ahí. Lleva un pantalón de chándal azul oscuro y un grueso polar de lana blanco. Además, sus rizos alocados bailan bajo la suave brisa. En cuanto a su mirada... Puf, me eriza la piel.

Odio admitirlo, pero Violette tiene razón: no podría estar más pillada. Genial. ¿Qué hago con esta información? Preferiría seguir engañándome a mí misma. Ahora tengo más problemas que soluciones existen.

–¿Estás bien, Barquillo de Frambuesa? ¿Qué querías decir con ese mensaje?

Basta ya de dar rodeos. Es hora de ir a por todas.

–Era... una invitación. ¿Tienes suficiente tiempo?

Entreabre los labios por la sorpresa.

–No tengo nada que hacer.

–Perfecto. ¡Adelante!

Adopta una expresión intrigada.

–Eh, vale, pero ¿qué hacemos aquí?

–El otro día me enseñaste una de tus pasiones. Ahora me toca a mí.

–¿En la guardería? ¿Quieres leerme una historia, o ponerme a colorear?

–No había pensado en esa pasión.

Lo cojo de la mano para guiarlo hasta la enorme cocina del centro. Sentir su piel contra la mía me provoca un escalofrío. No sé ligar, por lo que decido ser yo misma. Ya veremos qué pasa luego.

–¡Tachán! Hoy la chef Cerise te va a desvelar su famosa receta de galletas.

Le brillan los ojos. ¿Por las galletas o por mí?

–¿De verdad me vas a dar el secreto para que queden tan esponjosas?

– Yes . Vas a ser mi pinche. Ponte cómodo y átate el delantal.

–Sí, chef –exclama.

–He preparado los ingredientes y ya he derretido la mantequilla. Hay que coger ochenta y cinco gramos de azúcar y mezclarlos con la mantequilla.

–Átame.

¿Eh? ¿Cómo? Ah, vale, el delantal, quiere que le ate el delantal. Listo. Observo cómo mueve los dedos dentro del tazón.

–¿Está así bien?

–¿Eh? Ah, sí. Voy a romper un huevo mientras lo mezclas, si no te importa.

–Vale.

–Y añadir harina.

–¿Y yo sigo?

–Sí. Mete las manos hasta el fondo para coger toda la masa.

–Sí, chef.

–Y, de vez en cuando, pásalas por los bordes.

–Vale.

–Genial. Ahora levanta el pie derecho.

Me obedece sin pensarlo antes de entornar los ojos. Me echo a reír.

–Flipo. ¿Te estás riendo de mí? –pregunta, lanzándome unos gramos de harina a la cara–. Discúlpate ahora mismo, Barquillo de Frambuesa.

–No, ha sido demasiado divertido. Debería haberte grabado. El flamenco rosa haciendo galletas.

–Me las vas a pagar –dice, acercándose a mí con las manos llenas de masa.

Corro para colocarme al otro lado de la isla.

–No se juega con la comida, yeti.

–Solo quiero que la pruebes.

Se abalanza sobre mí. Me agacho y logro escapar de él antes de recuperar el saco de harina.

–No se juega con la comida, Barquillo de Frambuesa.

–Es solo para defenderme.

Como es obvio, la situación se sale de control.

Se abalanza hacia mí, le lanzo la harina, gritando, me mancha la nariz con la masa cruda, forcejeo...

Y lo que esperaba sucede. Me encuentro con la espalda contra la pared y su rostro a escasos centímetros del mío.

Ambos estamos jadeantes, con las mejillas ruborizadas y harina por todas partes. Las carcajadas se apagan.

Su iris pasa del azul del océano al gris de una tempestad. El corazón se me desboca. Estudio su boca y siento que tiene tantas ganas como yo del beso. La sangre se me acelera en las venas y veo la escena como si se desarrollara a cámara lenta.

Entonces, le suena el móvil en la encimera de trabajo. Enseguida aprieta los labios. Da un paso atrás y se apresura a comprobar las notificaciones. ¡Oye! ¿No era más interesante lo que estaba pasando junto a la pared?

–Mierda –gruñe–. Tengo que irme, Cerise.

Un cubo de agua fría.

–¿Qué?

–Lo siento mucho. ¿Vas a...? ¿Podrás ordenar todo esto tú sola?

El corazón se me deshincha como una masa de galletas sin levadura.

–Sí, no te preocupes. Yo me encargo. ¿Todo bien por tu parte? ¿Es una urgencia?

–Sí, todo bien –responde, pero parece preocupado, como si ya estuviera en otra parte–. Me necesitan.

Sí, más que yo, al parecer.

Irrumpo en casa en plena sesión de cine. Enzo ha instalado el proyector, el salón está a oscuras y han encendido dos velas con olor a palomitas. Me dejo caer en el sofá.

Violette me dedica una mirada de curiosidad. Levanta el pulgar y yo bajo el mío.

–¿Quieres hablar? –articula sin que ningún sonido salga de su boca.

Le hago un gesto para negarme y me acomodo un poco más. Son casi las doce cuando vuelve Ben. Se sienta a mi lado y nuestros muslos se rozan.

Suelto un bostezo exagerado.

–Me voy a la cama, chicos. Buenas noches.

Todos se despiden con la mano. Menos Ben. ¡Imbécil!

Me estoy lavando los dientes cuando siento su presencia detrás de mí.

–¿Estás enfadada conmigo?

–Ashí ashá –respondo, exagerando mi dificultad para articular.

–Puedo explicártelo, Barquillo de Frambuesa –susurra.

–No e llaesh baquillo de ramuesha –gruño, señalándole la puerta para que salga.

Se encoge de hombros y, con una lentitud exagerada, coge su cepillo, se echa la pasta de dientes y comienza a imitarme. Con calma.

Estoy hecha una furia.

–He teido quir atro iio hoy –masculla.

Mantente firme, Cerise. No lo consigo. Suelto un bufido y se me derrama la pasta por la barbilla, obligándome a enjuagarme la boca para no ahogarme. Hace lo mismo que yo antes de cogerme con cuidado la parte superior del jersey para que me gire hacia él.

Creo que me va a soltar, pero su mano se aventura hasta mi cuello, bajo la oreja, y me roza la piel con la yema de los dedos. Contengo la respiración. Me encantaría parecer indiferente, pero soy incapaz.

–Tenías una mancha de harina –me musita sin apartar los dedos de mi cuello.

Estoy flotando en su aliento. En serio, ¿cómo voy a resistirme?

–Cerise, ¿puedo utilizar un poco de tu champú? –grita Tina, entrando de golpe en el cuarto de baño.

Tenemos el tiempo justo de separarnos.

–Claro.

Me cuesta reconocer mi propia voz. Ronca, cargada de un deseo contenido.

–Ten cuidado, parece que te estás resfriando –dice mi amiga.

–Sí, voy a acostarme.

Salgo sin atreverme a mirar a Ben. ¿Qué va a pasar ahora?