Una Navidad a punto de nieve 13 Diciembre
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13 Diciembre

–Oye, ¡chicas! –grita Tina, irrumpiendo en la habitación de Violette–. Es medianoche. Si queremos salir, es el momento.

Mi hermana nos da la espalda y se seca las lágrimas con el dorso de la mano.

–Id sin nosotras –le digo a Tina–. Vio está agotada. Y yo...

–Deja las mentiras –escupe Violette–. ¿No te pierdes entre tantos secretos?

Una bofetada en la cara.

–No estoy cansada, Tina –prosigue–. Solo dolida porque mi hermana se haya burlado de mí. ¿Sabías que está buscando a su madre biológica? ¿O también se lo has ocultado a tus nuevos amigos?

Mi compañera de piso abre la boca, sorprendida.

–Os dejo solas... –dice.

–No, llévate a Cerise. No quiero seguir hablando con ella. Esta noche no.

–Pero... –pruebo a decir.

Levanta una mano.

–Hablaremos cuando pueda hacerlo sin soltar cosas de las que vaya a arrepentirme.

Tina me coge del brazo y salgo a regañadientes.

–¿Estás bien? –musita.

Asiento, pero las lágrimas se me derraman por las mejillas. La arrastro hasta mi habitación.

–Lo... siento, Tina –sollozo.

–Oye, te recuerdo que tengo cinco hermanos. Las peleas son el día a día. No te preocupes.

–Sí..., pero... no he dicho nada...

–Todos tenemos secretos, ¿vale? Les diré a los demás que has comido demasiado y que necesitas descansar. Así te dejarán tranquila.

–Gracias...

–Pero, a partir de mañana, hablaremos de todo esto y encontraremos alguna solución, ¿sí?

Noto un nudo en la garganta. Hace diez minutos que me ha despertado Tina para arrastrarme a la fuerza a una reunión «excepcional» del comité de compañeros de piso. ¿Vamos a hablar de mis mentiras?

La culpabilidad me impide respirar. Me da miedo la sentencia.

–Tendría que hablar con Violette –digo mientras esperamos a los chicos.

–Se ha ido. –Tina esboza una mueca.

¡Aj!

–A dar un paseo –especifica–. Con Lilou. Ya no está enfadada, por si sirve de algo..., y nos ha contado lo de Marie.

Los chicos entran en el salón tras estas últimas palabras. Bajo la cabeza, muerta de vergüenza, pero Enzo me rodea con los brazos y Ben me dedica una sonrisa dulce. ¿No me odian?

–Queremos que sepas que estamos de tu parte –anuncia Enzo.

El corazón nunca me ha latido tan fuerte en el pecho.

–No quiero que haya más partes.

–Enzo quiere decir que tenías derecho a guardártelo para ti –interviene Ben–. En eso estamos todos de acuerdo.

Asiento.

–Gracias... Prefería no contarlo hasta que lo hablara con mi familia. Lo siento.

–No tienes por qué –me asegura Enzo–. Todos nos guardamos cosas.

Junto las manos, a modo de agradecimiento, emocionada porque no me estén echando nada en cara.

–Pero ahora que sabemos que Marie quizá sea tu madre, lo he hablado con los chicos y nos gustaría ayudarte con la investigación –anuncia Tina–. ¿Cuál es el próximo paso?

Estoy atónita. Tengo los compañeros de piso más adorables del universo. De repente, ya no me da miedo confesarme ante ellos.

–Sois muy majos, pero... puf... mi última idea era hacer de canguro en su casa para conocer a sus hijos. Sin embargo, parece el principio de un thriller doméstico, ¿no?

–Ahí tienes razón –dice Enzo.

Tina le dedica una mirada fulminante.

–Creo que no es mala estrategia. ¿Qué indicios tienes?

–No demasiados. Hace dos meses, hablé con la trabajadora social. Me dieron una carta. Así es como he llegado hasta aquí. Comparé su caligrafía, pero no llegué a ninguna conclusión concreta. Sin embargo, era mi único plan.

Tina parece animarse.

–¿La tienes aquí? Ya sabes lo que dicen: cuando una investigación fracasa, hay que empezar de cero y analizar la situación desde otra perspectiva.

–Ah, ¿sí? ¿Eso dicen? –pregunta Ben, extrañado.

–Claro. ¿No ves las investigaciones policiales?

–Tía, eres consciente de que no hay ningún muerto, ¿no? –se burla Enzo.

–El mecanismo es el mismo –le asegura Tina, levantando el índice–. Bueno, Cerise, lo mejor será que la leamos. Quizá veamos algún detalle que has pasado por alto.

Asiento, incómoda. La carta es muy íntima. ¿Cambiará su opinión sobre mí después de esto? ¿Pensarán que darme su cariño no merece la pena, como le ocurrió a mi madre biológica?

No obstante, voy a por ella y se la tiendo a Tina. Me siento en el sofá, al lado de Ben. Mientras mi compañera comienza la lectura en voz alta, se desliza un poco hasta que nuestros muslos se rozan. Y eso me hace sentir mejor.

Parece que es importante que escriba esta carta. Algún día, cuando tengas dieciocho años, querrás tener respuestas, sobre todo a la pregunta de por qué no me quedé a tu lado. Allá va.

Porque hace 8 horas, cuando he llegado al hospital, ni siquiera sabía que estaba embarazada. Porque soy menor. Estoy lejos de casa. Y perdida. Incapaz de criar a un bebé.

Porque no conozco a tu padre. Lo único que sé es que vive en Suecia y que con él perdí la virginidad, al final de una fiesta donde bebimos demasiado.

Porque no quiero que mis padres y mi hermano me juzguen o algo peor.

Porque quiero cumplir mi sueño de ser esquiadora profesional y, con un bebé, tendría que despedirme del equipo de Francia.

Porque tendrás una vida mejor sin mí. Lo siento si no es lo que esperabas encontrar.

Ojalá tengas unos padres cariñosos que te ofrezcan todo lo que no puedo darte yo.

Te deseo una buena vida. M.

–Qué seca, ¿no? –se atreve a decir Enzo.

Tina lo fulmina con la mirada.

–Tío, quien lo haya escrito no sabía lo del embarazo.

Además, era menor. No puedo ni imaginarme el estado en el que debía encontrarse.

¿Qué querías que hiciera? ¿Que pegara flores secas e impregnara el sobre con aceite esencial de lavanda?

No podemos juzgar a una mujer en esa situación, menos aún a una adolescente.

Bueno, lo siento, Cerise. No quiero hacerte daño.

Levanto la mano.

–Tienes razón –digo–. Yo también he pensado todo eso. Y no pretendo juzgarla ni nada. Pero quiero saber de dónde vengo.

–¿Cómo has llegado a la conclusión de que es tu jefa? –me pregunta Ben.

Suspiro.

–Bueno, he juntado todos los detalles: la inicial del nombre, que fuera menor, que formara parte de un equipo de esquí, que fuera a Suecia en el momento de la concepción, alrededor de marzo, y que tuviera un hermano.

Según mi acta de nacimiento, nací en Gérardmer, así que partí de ese dato.

El equipo de Francia de esquí junior entrenaba en La Bresse en ese momento.

Consulté el listado de miembros. Había dos chicas menores cuyo nombre empezaba por M. Las busqué en redes sociales.

–¿La otra no podía ser? –pregunta Ben.

–No, tenía tres hermanas. Por eso, me concentré en Marie. No tiene ninguna foto en redes, pero descubrí que trabajaba como responsable de la guardería y buscaba a una animadora infantil. Por eso me presenté al puesto.

–¿Has descubierto algo más?

–Un poco, pero no lo suficiente. Pensaba aprovechar la fecha de ayer para ver si reaccionaba de alguna manera, pero no la vi.

–¿Quieres que te dé mi opinión? Envíale un mensaje y dile que estás disponible esta tarde para hacer de canguro.

–Vio me odiará si hago algo así.

–No creo. Pero puedes preguntárselo tú misma –comenta Tina, señalando al pasillo con el índice.

Me giro. Mi hermana está a unos metros de nosotros. Y todo rastro de rabia ha desaparecido de su rostro.

Ánimo, Cerise. Todo irá bien

El corazón se me hincha en el pecho. Es mi hermana.

Aunque nos hayamos peleado y no estemos de acuerdo en todo, sabemos apoyarnos cuando la otra lo necesita. Me alegra que me haya animado a presentarme como canguro esta tarde.

Tiene razón. Tengo que dejar de esconderme y empezar de verdad la investigación.

Allá voy. Llamo a la puerta. Esta se abre y aparece una niña que da saltitos en el sitio antes de tirarme de la manga de la chaqueta.

–¿Eres la niñera? ¿Quieres ver mi habitación? Tengo un caracol.

–Manon, deja que Cerise entre primero –le ordena Marie desde otra habitación.

–¿Tu nombre significa «cereza»? –me pregunta una cría rubia, sentada en las escaleras.

–Sí. «Brócoli» y «Pera» no eran tan bonitos.

–Buena respuesta –interviene un chico de unos diez años–. Mila siempre hace preguntas estúpidas.

–Mamáááá –grita la que se llama Manon–, Julian ha dicho «estúpidas». ¿A que «estúpidas» es una palabrota como «joder»?

–¡Manon! –exclama Marie, enfadada, al aparecer de repente en la entrada–. No se dice «joder».

–Pero lo acabas de decir.

–Y no volveré a decirlo, igual que tú. Cerise, bienvenida a mi ruidosa familia.

Esta acogida a bombo y platillo me da vértigo. Cualquiera pensaría que estamos en la guardería. La diferencia es que se me acelera el corazón y tengo las manos húmedas.

–Falta una, ¿no? –pregunto.

–La mayor, sí –me responde Marie–. Duerme en casa de una amiga.

–Lana está harta de todas las sanguijuelas que le quitan su espacio vidal . Por eso se va a desahogar a casa de su bestie –me explica Mila con voz chillona.

–Mila está imitando a Lana –me informa Julian–. Y las sanguijuelas somos nosotros.

–Son un collazo las sanguijuelas –añade Manon.

–No se dice «collazo» –le riñe su madre.

–Pero tú lo has dicho también.

–¿Entiendes ahora por qué he aceptado tan rápido tu propuesta? –Marie se echa a reír–. Una noche sin ellos nos vendrá genial.

¿Estás de broma? A mí también me encantaría salir pitando de aquí. Pero tengo que cumplir una misión.

Inspiro hondo y observo a los tres niños, que ahora tengo delante, en fila india, como si fuera a darles sus pastillas.

–Dejad de mirarla. Vais a espantarla –bromea Marie antes de añadir–: Cerise, te presento a Antonin.

Me giro. Un hombre de estatura media, con el pelo canoso y enormes ojos azules, me tiende la mano.

–Buenas noches, Cerise –me saluda.

–Buenas noches, señor.

–Llámame Antonin.

Los tres pequeños son copias exactas de este hombre. De Marie no han sacado nada, al menos en el físico. Con ellos no voy a encontrar ninguna prueba.

–Bueno –anuncia Marie–, tenéis patatas fritas y nuggets en el congelador. ¿Sabrás encender el horno?

–Sí, no te preocupes. ¿A qué hora deben acostarse?

–No le des muchas vueltas a ese tema. Es sábado por la noche y volveremos dentro de tres horas, como mucho. Ponles dibujos animados, así se quedarán dormidos y podremos llevarlos a la cama.

Mierda, ¿voy a tener que estar con ellos toda la noche? Así no podré buscar los álbumes de fotos. ¡Qué horror!

–Vale –respondo con una sonrisa.

–Genial. ¿Nos dais un besito, peques?

Los tres se precipitan hacia su madre. Frunzo los labios.

–Y portaos bien con Cerise, ¿vale? –añade Antonin.

–¡Sííí!

–Julian, eres una enorme mierda de vaca.

–Manon, no se dice «mierda de vaca».

–¿Y por qué lo dices tú?

Se me está haciendo larga la tarde. Muy larga. Aunque hemos debido hacer casi mil actividades desde que se fueron Marie y Antonin, solo ha pasado... ¿una hora?

–La cena está lista –anuncio–. ¡Voy que quemo!

Dejo los platos sobre la mesa de café y pongo Enredados .

–¿La has visto? –quiere saber Mila.

–Cincuenta veces, por lo menos. Eran los dibujos animados preferidos de mi hermana y míos.

–Y los míos –afirma Manon.

–Nunca has visto la peli, mentirosa –la regaña Julian.

–Sí, con la tita Vanessa. Muchas veces.

–¿Es la hermana de mamá? –pregunto.

¡Vaya! ¡Tengo una investigación que llevar a cabo!

–Mamá no tiene hermanas –declara Julian.

–Ah, ¿no? Entonces, ¿un hermano?

–Sí, tío Paul –dice Mila.

¡Toma! Ya tengo información nueva.

–Y también está el tito Mickaël –añade Manon.

Se me para el corazón.

–Mickaël es el hermano de papá, no de mamá, caraculo –la contradice Julian.

–¿Mamá solo tiene un hermano y ya?

Julian asiente. Y yo suelto un suspiro de alivio.

Manon se levanta.

–¿Os podéis callar, caraculos? No escucho nada.

Me ocupo de quitar la mesa y lavar los platos. Luego, fotografío de forma discreta los cuadros colgados en la pared. La tal Lana tiene la misma cara que su hermano y sus hermanas.

Envío las imágenes a un grupo de WhatsApp llamado «Misión MB», idea de Tina. Sin duda, está muy involucrada. Las respuestas me llueven enseguida.

Tina: La forma de la cara es casi igual.

Lilou: Pero tu nariz es más bonita.

Violette: A decir verdad, no veo mucho parecido.

Sí, tengo tantas posibilidades de formar parte de esta familia como de no tener ninguna relación con ella.

TINA: ¿Les has preguntado a sus hijos si tienen tíos?

Marie tiene un hermano.

TINA: ¡Toma!

VIOLETTE: Calmaos, eso no quiere decir nada.

ENZO: Acabo de salir de entrenar. ¿A qué vienen tantos mensajes?

TINA: Busca en su cajón de la ropa interior.

ENZO: ¿Yo? ¿En el cajón de quién?

¡Estáis fatal! Además, no tardarán en volver. Al menos, he avanzado un poco, ¿no?

En realidad, no sé qué esperaba. ¿Que tuviera mi nombre escrito en un bol de la cocina? ¿Encontrarme con una pista en mitad del salón? Qué tontería.

¡Pin! Nueva notificación.

Me espero una misión peligrosa de parte de Tina, pero es Ben quien me ha mandado un mensaje privado, aparte de la conversación del grupo.

BEN: Descubras lo que descubras, no cambia quién eres.

Sonrisa bobalicona en la cara, parte dos.

Estoy echándome una cabezada en el sofá cuando vuelven Marie y Antonin.

–¿Ha ido todo bien? –me susurra la primera mientras su marido lleva a la pequeña Manon a la cama.

Casi he terminado mi resumen cuando vuelve a bajar Antonin.

–Manon me ha pedido su peluche. ¿Lo has visto, Cerise?

–¿Cómo es?

–No se parece a nada en especial –bromea–. Es una especie de jirafa...

–Creo que está en el cuarto de la colada –interviene Marie, saliendo del salón.

Treinta segundos después, vuelve con el peluche.

–Anda –digo–. ¡Qué gracioso! El peluche es casi idéntico al que tengo yo.

–Entonces, podrías haber formado parte de la familia –bromea Antonin–. Marie tenía el mismo cuando la conocí y se lo compró a los cuatro niños.

Debo hacer un esfuerzo sobrehumano para no desmayarme.