12 Diciembre
–Por cierto, ¿sabes qué día es hoy? –me pregunta Tina mientras desayunamos, sobresaltándome.
La tostada se me cae a la mesa. Por el lado de la mermelada, claro.
–¡Mierda!
Salto de la silla y cojo una esponja para limpiar el desastre sin mirar a mi compañera de piso. ¿Estará al corriente?
–¿Y bien? –insiste.
Por si acaso, finjo inocencia.
–Es viernes, ¿por qué?
–¡Exacto! El 12 de diciembre empieza el último fin de semana de tranquilidad antes de la llegada de los turistas. ¿Tienes algún plan?
–¡Ah! –Suspiro–. Por el momento, nada.
–Estás muy rara esta mañana. ¿Te encuentras bien?
–Sí. Solo he dormido un poco mal.
Mentira. Me he puesto nerviosa porque creía que sabía que hoy es mi cumpleaños.
Nunca tengo ninguna gana de cele brar el día en que nací, sobre todo este año.
Para la mayoría, es un momento de celebración.
Para mí, es la fecha en la que alguien me trajo al mundo y, después, me abandonó.
¿El abandono es algo que se deba festejar?
–... una avestruz ha cruzado la pista azul, justo delante de mis narices –afirma Tina.
–¿Eh?
–Sí, lo que pensaba. Has pasado de mi cara –susurra mi compañera de piso.
Me encantaría decir que me da igual la fecha. Pero es mentira. Hoy, en concreto. He tomado una decisión. Si Marie aparece en la guardería, le voy a preguntar si sabe lo que pasó el 12 de diciembre de hace diecinueve años.
Su reacción debería darme pruebas tangibles, ¿no? En todo caso, si es mi madre biológica, reaccionará sin duda, aunque sea un parpadeo. Y, si no pasa nada..., bueno, al menos lo sabré.
¿Que si estoy nerviosa? Mucho. Pero, al mismo tiempo, necesito avanzar. Me hartan las dudas, las preguntas que me impiden dormir. El único problema es que, sin Marie, mi plan hace aguas por todas partes. Y no tengo noticias suyas desde esta mañana. Estoy como una moto.
A las cinco, debo rendirme ante lo obvio: no va a venir. Punto.
Estoy desanimada, como poco. La melodía del móvil me da una chispa de esperanza. Pero son mis padres.
A nuestra maravillosa Feliz cumpleaños Te queremos mucho ¡Llámanos cuando quieras! Mamá y papá
¿Una berenjena? ¿Qué hace ahí? No, no quiero saberlo. Al menos, este emoticono me ha hecho reír.
Gracias Yo también os quiero
Estoy enviando el mensaje cuando me escribe mi hermana:
Feliz cumpleaños, hermanita. Te llamo esta noche. Te quiero.
Gracias Hasta luego
Levanto los ojos y el corazón me da un vuelco. Benjamin está apoyado, despreocupado, contra la pared de la guardería, con la melena de rizos (aún un poco turquesa) sobresaliendo bajo el gorro.
–Tenemos treinta minutos antes de que cierren las escaleras mecánicas. ¿Preparada para la tercera lección, Barquillo de Frambuesa?
–Quédate quieta e imagina que el remonte es la mano de alguien que te niegas a soltar, ¿vale?
Asiento, observando el telesilla. No tengo demasiada fe, pero pruebo. Sin embargo, tiene razón. ¡Llego a la parte superior a la primera! Estoy a punto de pedir una medalla, pero conservo la dignidad.
–Perfecto, Barquillo de Frambuesa. Ahora, el descenso.
–Ah, eso lo controlo.
–De culo, no.
–Si encima pones reglas...
Ben se echa a reír.
–¿Te acuerdas de lo que hicimos ayer con el trineo?
Ah, eso... He reproducido en mi mente ese momento en bucle. Pero sería una vergüenza volver a sufrir un nuevo lapsus, por lo que me limito a mover la cabeza de arriba abajo.
–Vamos a hacer algo parecido, pero estando de pie. Tu misión es mantener los esquís paralelos. Yo me ocupo del resto de tu cuerpo.
Mierda... ¿Lo hace a propósito, o soy yo que tiendo a buscar el doble sentido en cada palabra que sale de su boca? Se coloca a mi espalda, con las piernas contra las mías y un brazo alrededor de mi cintura. Primera vez que me arrepiento de llevar tanta ropa.
–Déjate guiar –me pide, y su aliento cálido me acaricia la mejilla.
Dado que su proximidad me chamusca las neuronas, no me parece mal. Ay, mierda. Cualquiera pensaría que el descenso es de noventa grados. ¿O es cosa mía, que soy una dramática? Por suerte, Ben controla y nos dirige, formando curvas abiertas.
A pesar de todo, no me siento demasiado tranquila.
–Vamos rápido, ¿no?
–Cerise..., nos ha superado una marmota que acababa de salir de la hibernación. Si fuéramos más despacio, iríamos marcha atrás.
–Acelera –le pido en el segundo descenso.
Y...
–Me encantaaaa –grito durante el tercero.
–Entonces, ¿estás preparada para probar en la pista azul de la semana que viene?
–Vale, capi.
–Vamos justos de tiempo para coger el telesilla.
–¿El telesilla?
–¿Pensabas que nos íbamos a teletransportar?
–No, pero...
–Todo va a ir bien.
Tiene razón. Aparte de un ligero cosquilleo de miedo, consigo sentarme sin problemas. Sin embargo, cuando abandonamos tierra firme, ahí lo paso peor.
–¿Y si se para? Te aviso: no voy a saltar. Pasaremos la noche aquí, como Jean-Claude Dusse en la peli. ¿Se me van a caer los esquís?
Ben se quita los guantes y me coloca las dos manos a cada lado de la cara.
–Mírame, Cerise. Llevas los esquís atados y se acabará pronto. Disfruta de la vista.
Trago saliva. Ahora mismo, la vista es su mirada del color del océano. Y la estoy disfrutando. Se me hace incluso corto el trayecto.
–Voy a levantar la barra. Deja que se deslicen tus esquís. Yo me ocupo del resto.
–Vale.
¡Yuju! ¡No me he caído! Ben se coloca de nuevo detrás de mí y se detiene unos metros más allá, ante un bar de montaña.
–La pista azul está a la derecha. Pero ¿qué te parece si antes nos tomamos un vino caliente como recompensa por tu progreso?
–Tomémonos un barril entero.
Me siento en un banco y él aparece unos minutos más tarde con un vino caliente para mí y una Coca-Cola para él.
–¿No te gusta el vino caliente? –pregunto, levantando mi vaso para brindar.
–Ya no bebo alcohol.
–¿Ya?
–Sí. Por ti, Cerise.
Entrechocamos los vasos, le da un sorbo al refresco y apoya la nuca en el respaldo antes de cerrar los ojos. Al menos, el mensaje es claro. Bebo un poco de vino caliente y lo imito. ¡Qué bien se está!
Cuando vuelvo a abrir los párpados, Ben tiene los ojos, llenos de intriga, fijos en mí.
–¿Qué pasa?
–Nada –dice, desviando la mirada hacia el paisaje–. Me encantaría saber en qué estás pensando.
–¿Tú qué crees?
He respondido en tono de broma, pero se da golpecitos en el muslo con las yemas de los dedos, muy serio de repente.
–Creo que dudas de forma continua entre liberarte de un peso y guardártelo para ti.
–Ahora mismo me parece que, más que un buen observador, eres telépata. ¿Por qué dices eso?
–Porque... Porque creo que soy como tú.
–Ah, ¿tiene que ver con que hayas dejado el snowboard ?
Los músculos de la cara se le tensan una milésima de segundo. Luego, asiente.
–¿Tienes ganas de hablar del tema? –le pregunto con suavidad.
–¿Y tú?
–Todavía no.
–Yo tampoco.
Le pongo una mano en el brazo y nuestras miradas se cruzan con la misma intensidad que en el telesilla, pero multiplicada por mil. Se me corta la respiración. Se me acelera el corazón. Entonces, de repente, se levanta como si se hubiera sentado sobre ácido.
–Debemos irnos pronto. Tengo cosas que hacer.
¿Eh? ¿Y este giro de los acontecimientos?
Sin mediar palabra, nos ponemos los esquís y se coloca a mi espalda para descender la pista. Lleva hasta la estación que está debajo, pero, al bifurcarse a la derecha, llegamos a casa, donde se despide de mí.
–Gracias, Ben –digo–. Por la clase de esquí, por el vino caliente...
–De nada. Y, Cerise, quería decirte...
El corazón se me hincha como un globo de helio acelerado.
–¿Sí?
–Me alegra mucho que nos hayamos convertido en buenos amigos. ¡Nos vemos!
Coloca los esquís sobre la nieve y se marcha, dejándome sola con un globo deshinchado en el pecho. ¡Ay!
Le doy vueltas a sus palabras mientras me quito los esquís y entro en casa. Desierta. Los demás deben estar en el WoodBear . «Amigos». ¿Por qué lo ha dicho así, en ese momento? No estoy soñando, ¿verdad? Hemos tenido un acercamiento, ¿no?
Me quito la chaqueta. ¡A la mierda los «buenos amigos»! Ah, ¿qué ha sonado? He oído un clic en el salón.
–¿Tina? ¿Enzo?
No recibo respuesta. ¿Hay ladrones? Cojo un palo de esquí que lleva años en el pasillo y camino de puntillas. Ya no oigo nada. ¿Me lo habré imaginado? A menos que...
–¡Sorpreeeesa! –gritan Max, Tina, Enzo y Lilou, saltando sobre la alfombra–. Cumpleaaaños feeeliiiiz, cumpleaaaños feeeliz, te deseamos todos, cumpleaaaaños feeeliiiz.
Estoy sin palabras. Tengo calor. Frío. Temblores. Y los ojos empañados. ¿Los síntomas de la felicidad son parecidos a los de una gripe? Apenas me he recuperado cuando una explosión me asusta.
¿Una explosión o... el ruido del corcho del champán que acaba de saltar? Me giro y me encuentro cara a cara con Ben, aún con el abrigo puesto y una botella en la mano.
–Feliz cumpleaños, Cerise –me dice con una sonrisa que derretiría un iceberg.
–Pero... ¿no tenías cosas que hacer?
Parece que mi socarronería se ha quedado en la pista azul.
–Sí, mantenerte ocupada mientras llegaba la gran sorpresa.
«¿La... qué?». Frunzo el ceño, perpleja, cuando una voz femenina flota hasta mí desde el pasillo.
–¡Feliz cumple, cariño!
Ay, ¡mierda, mierda, mierda! Cierro los ojos, los abro y estallo en lágrimas mientras salto a los brazos de mi hermana. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Cómo lo han hecho? Me caigo de culo. Sin voz. Incapaz de soltar a Violette. ¡La he echado mucho de menos!
–¿Estás aquí? ¿De verdad? Ay, ¿por qué me pellizcas?
–Para que veas que no es un sueño.
–Estás fatal. Gracias, os adoro.
Por turnos, me abrazan. Río y lloro al mismo tiempo. Soy la lluvia y el sol. Si sigo así, formaré un arcoíris sobre el sofá.
–Bueno, ¿brindamos? –pregunta Enzo, tendiéndonos una copa.
–Eh..., ¿sí?
Ya no sé dónde vivo ni cómo me llamo. El corazón me late con tanta fuerza que me va a explotar. Me bebo la copa de un trago para mantener a raya mis emociones.
–Con calma –me aconseja Tina–. Nuestra idea es seguir de fiesta toda la noche.
–¿Feliz? –me pregunta Lilou.
Me seco las mejillas.
–Mucho, sí. Pero ¿cómo...? ¿Por qué...?
–Gracias a Lilou –me responde Violette–.
No necesitas los detalles, pero nos hemos encontrado en redes y fue idea suya organizarte esta sorpresa.
Me dijiste que teníais una habitación libre, así que...
Enzo me ha ido a buscar a la parada del bus.
Y, para que no te encontraras conmigo, Ben se ha ocupado de ti.
Me da un vuelco el corazón y le lanzo una mirada al chico. ¿Solo pretendía mantenerme lejos de la casa? ¿Ese «buenos amigos» se ha debido a que ha notado que me estaba ilusionando?
Ocupado hablando con Max, no me ve, y casi mejor así. Violette está aquí, es lo importante.
–¿Cuánto tiempo te quedas?
–Volveré justo antes de Navidad para pasar las fiestas con papá y mamá. Vamos a necesitar diez días para acabar con el banquete.
Miro hacia atrás. La mesa, ahora contra la pared, está a rebosar de pizzas, caramelos, ponche... ¿Estamos esperando a cincuenta invitados o qué?
–Sois unos liantes, pero os quiero igual.
–Muy buen discurso –me aplaude Enzo–. ¿Podemos comer ya? Me muero de hambre.
La música surge de los altavoces. ¡Que comience la fiesta! No doy abasto. Han preparado un festín y las conversaciones se encadenan una detrás de otra, interrumpidas por bailes y juegos. Además, ver a Violette aquí... es surrealista y genial al mismo tiempo.
La contemplo mientras se parte de risa por una broma de Lilou. Cualquiera pensaría que lleva viviendo aquí tanto como yo.
Ahora que la tengo a mi lado, ¿debería explicarle las razones de este viaje? ¿Cómo se las tomará? Una chispa de culpabilidad me constriñe el corazón, acompañada de un miedo inmenso. ¿Y si se enfada?
Cerise Trécourt, experta en impregnar de dudas y negatividad las fiestas.
Noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas. Ay, no, no voy a llorar. Rápido, me dirijo al cuarto de baño antes de que alguien me vea. Un poco de agua en la cara y arreglado. Estoy observando mi reflejo en el espejo cuando cruzo la mirada con la de Ben.
–¿Va todo bien?
Su «buenos amigos» se me clava en el pecho, pero lo ahuyento. Ya lo pensaré mañana. Hoy voy a pasármelo bien.
–Genial. Es la primera vez que me organizan una fiesta de cumpleaños sorpresa. Siempre he creído que las odiaría, pero me ha encantado. Gracias por haber participado, manteniéndome ocupada.
–No me des las gracias. Me encanta compartir momentos contigo.
–Sí, es guay hacer planes de amigos –replico, saliendo de la sala.
Bueno, lo confieso, no he podido resistirme.
–Cerise... –dice cuando Tina se abalanza hacia mí.
–Vamos a jugar al limbo. ¿Vienes?
A por el limbo. Y la macarena, la conga y el baile de los pollitos.
–Tina debería convertirse en DJ de una residencia –se burla Lilou.
–Sí, pero mira: Max lo está dando todo.
–¿Es cosa mía, o ha nacido cinco décadas demasiado tarde? –pregunta Violette antes de girarse hacia mí–. Oye, ¿me puedes dedicar cinco minutos?
La sigo hasta la habitación que sirve de trastero. Lilou ha debido ordenarla, porque ahora se parece más a un dormitorio.
–Toma, un regalo –dice mi hermana, tendiéndome un paquete–. No es mucho, pero...
Arranco el papel y descubro una foto enmarcada de nosotras dos de pequeñas.
–Ay, ¡es monísimo! Gracias. Y no necesito nada más. Ya bastante dinero has gastado viniendo hasta aquí.
–¿Estás de broma? Estoy encantada de haberte hecho una visita. Habría estado fatal que celebraras tu cumple con tus nuevos amigos, sin mí.
–¿Celosa? –bromeo.
A mi hermana se le nubla la mirada. Mierda, he dado en el blanco.
–Es solo que... Es la primera vez que nos separamos. No lo he pasado bien.
El corazón se me constriñe.
–Lo siento, Vio.
–No pasa nada. No somos siamesas. Tienes derecho a hacer lo que quieras. Soy yo quien tiene que lidiar con esa sensación de abandono.
¡Qué tontería he hecho! Tenía miedo de que mi decisión le doliera, pero no sabía hasta qué punto le haría daño.
–No es lo que piensas, en serio.
Ay, maldita sea... Está llorando. Verla así me revuelve el estómago. Le tiendo la mano, pero da un paso atrás.
–De verdad, Cerise, ¿por qué has venido?
Se acerca la hora de la verdad. No sentiría tanta presión en el pecho ni aunque me aplastaran treinta y tres toneladas. ¿Me atreveré? Sí. No. A la mierda. Estoy harta de secretos.
–Me gustaría encontrar a mi madre biológica. Creo que vive aquí.
Ale, ya lo he dicho. Espero sentir alivio, pero se hace el remolón. Mi hermana está perpleja y... ¿enfadada?
–¿Quién es?
–Mi jefa, Marie.
–¿Por qué no me lo has contado? –replico con sequedad.
–Para evitar que te sintieras abandonada, que pensaras que ya no os quería.
Se sorbe la nariz.
–Sí, bueno. Como ves, has fracasado.