11 Diciembre
–Cerise, Leandre ha puesto plastilina en el pelo mío.
–Me ha puesto plastilina en el pelo, Naomie.
–¡Ah! ¿A ti también?
–No, quiero decir... Bueno, déjalo.
–¡Pero has dicho que no es bueno dejar la plastilina por ahí!
–Exacto.
–Pero, si la dejo, ¿no acabará por ahí?
–He dicho que «lo dejes», pero no me refería a la plastilina. Quería decir... William, no, non , nein! Nicht las tijeras. ¡Poned todos las manos en alto! Put your hands up in the air, put your hands up...
Ay, ¡qué horror! Este día se está haciendo interminable. Lo bueno es que no he reproducido ni una vez en mi cabeza la escena de ayer con Benjamin ni me he preguntado qué habría ocurrido si la rama no nos hubiera bombardeado con la nieve. Sí, bueno, quizá una vez sí. Vale, a lo mejor alguna más.
En el peor de los casos, me habría rechazado. En el mejor, nos habríamos besado. ¿Y después? ¿Qué habría cambiado? Y, sobre todo, lo más importante: ¿dónde ha pasado Ben la noche?
¡Para!
No tengo tiempo ni energía para todas estas preguntas. Maxence se ha tomado el día libre, por lo que me debo encargar yo sola de la guardería.
Solo hay cinco niños, pero el trabajo que dan hace que parezcan el cuádruple. Me encanta estar con ellos, ese no es el problema. Sin embargo, desde que me contrataron aquí, me pregunto si estoy hecha para esto. Por si no tuviera suficiente lío en la cabeza.
–No denho hanas de haser ohos –farfulla Léandre.
Me gustaría decir que lo he entendido. Dado que no puedo dividirme en varias personas, he decidido encerrar al grupo en el interior. El resultado es que los pequeños parecen leones en una jaula. El número de tonterías por minuto no deja de subir. Voy a sufrir un cortocircuito.
Si tuviera que elegir mi futuro ahora mismo, enseguida, no se me ocurriría optar por la educación. Le envío un mensaje a Tina, desesperada.
¡AYUDA! ¡SOS! Niños sobreexcitados, animadora al límite.
Los niños son iguales que los padres a los que les he vendido las entradas hoy. ¡Ánimo!
¿Hasta ese punto?
Sí, necesito salir de aquí.
¿Para convertirte en la estrella del espectáculo?
O para limpiar los baños, si hace falta, pero, por favor, basta de paquetes de esquí. ¿Cuándo abrirás la pastelería? Me he comido la última galleta esta mañana. Ahora Ben me mira mal.
¿Ha vuelto esta mañana? ¿Pero cuándo? ¿Dónde estaba? No, no puedo hacerle esas preguntas a Tina, mucho menos por mensaje. Además, no vienen a cuento. Sin embargo, la mención a las galletas me da una idea.
–Niños, ¿queréis que preparemos un dulce para los papás y las mamás?
–¿Y para la yaya? –interviene Naomie.
–¡Sí!
–¿Y para tita Monique?
–También.
–¿Y para Dam? Es mi hámster, que da vueltas en una jaula, hace bolas de caca y...
–Para el hámster Dam y para quienes queráis –concluyo antes de que se salga de control.
Demasiado tarde. Gritos de emoción, movimiento de pies y Léandre que ha decidido quitarse la camiseta para mostrar su alegría. Ya me estoy arrepintiendo.
Además, no he comprobado los formularios médicos: a lo mejor, entre el gluten, la lactosa y los frutos secos, acabamos haciendo el pastel con plastilina. Echo un ojo a los documentos. Vale, nada de alergias, todo bien.
Pero lo peor está por venir: yo, Cerise Trécourt, voy a llevar de compras a cinco niños entre tres y seis años. Parece que me encanta ponerme piedras en el camino.
–¿Quién necesita que le abroche la chaqueta? Levantad la mano.
–¿Puedes colgarme el peluche en el anorak? –pregunta Marissa.
–Quiero hacer pipí –anuncia Naomie antes de cambiar de opinión–. Ah, bueno, no.
–Io ia he hesho paztelez con papá –se pavonea Léandre antes de sumirse en un análisis detallado y balbuceante de todas las actividades que comparte con su padre.
Si no lo interrumpo, a las cuatro y media no habrá acabado aún la lista.
–Todos en fila india. Tenéis que ir en silencio y ordenaditos –pido.
Dirección al supermercado, uno detrás de otro.
Primera etapa, superada.
Ahora, a la cocina. Aquí empiezo a ponerme nerviosa al darme cuenta de los peligros de hacer repostería con tantos niños como dedos tengo en una mano. Venga, Cerise, modo zen.
Explico, aconsejo, ayudo y, poco a poco, todos encuentran su sitio y se divierten. Sí, con un poco de harina en la cara y colorante alimentario en los delantales, y sin duda no vendría mal que barriera, pero los niños se entregan a tope, sobre todo a la hora de decorar las magdalenas.
Bueno, está claro que estoy en modo optimista. De todas maneras, los pequeños están encantados cuando se marchan con el dulce aún caliente en la mano, y yo he disfrutado mostrándoles mis recetas. A lo mejor sí que se me da bien esto.
Pienso sobre el tema mientras ordeno el caos que hay en la cocina. Nunca había considerado mi gusto por la repostería como un talento. Para mí es, en realidad, un pasatiempo, igual que leer novelas, hacer el vago ante una peli de Netflix o dormir. Quizá debería profundizar en esta idea.
–Hola, Cerise.
Estoy a punto de cerrar con llave la puerta de la Marmottons cuando flota hasta mí la voz de Tina. Me giro y descubro a Enzo (solo con un chándal, a lo loco) y a Ben a su lado.
–Venimos en busca de una marmota gigante, pero no la hemos visto.
–Max no trabaja, así que me he librado. Es demasiado peligroso que una marmota se pasee sola por la estación de esquí, aunque mida casi dos metros.
–Jo, qué pena. Podríamos haberte acompañado –se lamenta Enzo.
–Ni lo sueñes. Más miedo me daría si fuera contigo. ¿Qué hacéis aquí?
–Venimos a buscarte para montar en trineo –responde Tina, emocionada, enseñándome los dos cachivaches que arrastran los chicos tras ellos.
–Ay, estoy reventada y...
–Ni hablar.
–He olvidado los guantes en casa.
–Tengo un par de sobra.
–Pero...
–Es hora de la segunda lección, Barquillo de Frambuesa –me susurra Ben al oído.
Mierda, su aliento en mi cuello me va a volver loca. Me estremezco. Luego, niego con la cabeza para recuperar la compostura.
–Bueno... ¿En trineo, de verdad?
–Sí, ayer trabajamos tu equilibrio y el cardio. Hoy vamos a aprender el descenso, el deslizamiento y la velocidad.
–Si tú lo dices... ¿Adónde vamos? –pregunto.
–¡Qué fuerte! –interviene mi compañera de piso con las dos manos en las caderas–. ¿Por qué él te ha convencido en diez segundos y yo no?
–Porque nunca tendrás mis argumentos –dice Ben guiñándome un ojo, lo que deja a Tina con la boca abierta y a mí sin saber dónde meterme.
Subimos gracias a unas escaleras mecánicas cubiertas en medio de la montaña. Al llegar al final, siento vértigo.
–Mierda, menuda caída, ¿no?
–Sí, pero te montarás conmigo, ¿vale? Yo controlaré la dirección y la frenada –me tranquiliza Ben, ocupando su lugar en la parte trasera del trineo, con las piernas separadas.
–¿Y dónde me pongo yo?
–Aquí –dice, dándole unos golpecitos al trineo.
Necesito un minuto entero para conseguir sentarme entre sus muslos.
Debo confesar que gritando porque me da miedo de que el trineo se vaya sin mí.
Una vez que tengo su torso pegado a mi espalda, el corazón me late a mil por hora sin que necesite comenzar siquiera a deslizarme.
Cierro los ojos y su olor me inunda las fosas nasales.
Su perfume debe desprender feromonas. No veo otra explicación.
–¿Preparada? –me pregunta.
–No sé, pero no hagas nada raro, ¿vale?
–Nunca, sobre todo si me acompaña alguien, Barquillo de Frambuesa. Te recuerdo que soy aprendiz de rescatista.
¡Y allá vaaaamos!
Creo que Ben frena para que no sienta demasiado miedo. No sirve de nada. Me paso todo el descenso gritando. Sin embargo...
–Wow, ¿lo hacemos otra vez?
Sí, he sido yo quien ha pronunciado esta frase, que me sorprende hasta a mí, pero tengo que confesar que me lo he pasado bien. De verdad.
Ben se ríe, feliz al verme tan emocionada.
–Como quieras, Barquillo de Frambuesa.
–Deja de llamarme «Barquillo de Frambuesa», yeti.
Corro hasta las escaleras mecánicas, deseosa de volver a sentir lo mismo. ¿Así es la adrenalina? ¿Es lo que sentía Marie cuando esquiaba con el equipo profesional? ¿Será genético?
Mis padres adoptivos son más bien tranquilos. No hogareños, pero les van más los museos, el teatro, todo eso. Y siempre había pensado que era igual. Pero, de nuevo, me doy cuenta de que, al querer parecerme a ellos, me he privado de muchas cosas. Pero se acabó. Voy a arriesgarme.
–Entonces, ¿te ha gustado? –me pregunta Tina cuando llego hasta ella en la parte superior.
–¡Me ha encantado! Y esta escalera mecánica es una maravilla. Supongo que, si tuviéramos que subir a pie después de cada descenso, no sería lo mismo. Pero así no tenemos que hacer nada.
–Habla por ti, Barquillo de Frambuesa. Yo tengo que tirar del trineo –farfulla Ben.
–Ay, pobre cosita frágil –me burlo.
–¿Hacemos una carrera? –nos desafía Enzo, dando palmas.
–Eh, no sé si Cerise... –comienza a decir Ben.
–¡Os vamos a destrozar! –exclamo–. Vamos, Ben, a darlo todo, ¿vale?
La expresión estupefacta que me dedica ya me parece una victoria.
Bueno, la única, en realidad. Perdemos la primera carrera porque freno con los pies y la segunda porque rodamos como una croqueta por la nieve.
En la tercera hacemos una salida en falso porque un perro corre a nuestro alrededor y me da demasiado miedo hacerle daño en las patas.
–¿«Destrozar» ha sido el verbo que usaste? –pregunta Enzo, sarcástico.
–Sí, va a tener que revisar la definición –me provoca Tina.
–Los dos juntos sois horribles –escupo.
Y muy monos también, pero eso no lo digo para no incomodar a mi amiga. No entiendo por qué se ha negado a confesarme que le gusta nuestro compañero de piso. Se ve tanto como una zanahoria en la cara de un muñeco de nieve.
Dicho esto, en mi caso desmentiría cualquier sentimiento por Ben, por lo que no creo que esté en una buena posición para dar lecciones.
–Pon los pies dentro del trineo –me dice Ben cuando me vuelvo a sentar–. Y pégate contra mí todo lo posible, ¿vale? Estoy seguro de que así ganaremos.
–Eh, vale.
Menos mal que está detrás de mí y no puede ver cómo me sonrojo. Tres, dos, uno, ¡acción! ¡Allá vamos! Nos deslizamos tan rápido que, si Ben no hubiera frenado, habríamos llegado hasta Bourg-Saint-Maurice. La nieve se me pega al pelo y el cuello y se me mete en la boca. ¡Pero hemos ganado!
Cruzamos la línea de meta antes de salir despedidos del trineo. Tumbada en la nieve, apenas puedo respirar.
–Bien jugado, compi –dice Ben antes de gritar–: ¡Cerise, cuidado!
Se lanza hacia mí. Cierro los ojos, aterrorizada. Cuando me atrevo a abrirlos, Ben está sobre mí, con su rostro a menos de cinco centímetros del mío. No entiendo por qué está aquí, pero mentiría si dijera que no me produce ningún efecto.
–¿Estás bien? –me pregunta.
–¿Qué ha pasado?
–Un trineo venía directo a ti. Se ha desviado en el último momento. ¿Te he hecho daño?
–No creo.
Advierto el peso de su cuerpo, pero sobre todo de su mirada.
Noto cómo se me incendia la caja torácica, y no es porque me la esté aplastando.
Se muerde el labio y, con las yemas de los dedos, me quita un cristal de hielo atrapado en el pelo.
Pensaba que la nieve nunca podría conducirme a vivir una escena tan sensual.
–Oye, chicos, buscaos una habitación –grita Enzo, muerto de risa.
Imbécil. Ben se aparta de mí como si le hubiera quemado, y es Tina quien me ayuda a levantarme.
–No puedo más –suspira, roja escarlata, quitándose el gorro y abriéndose la cremallera del abrigo.
–Sí, hace un calor de muerte.
–¿Qué os parece ir al snowpark ? –propone Enzo–. Hace mucho que no voy a un entrenamiento de mi hermana. Le encantaría.
Le lanzo una mirada a Benjamin. No parece apetecerle, pero asiente.
–Vale –dice Tina–, pero con una condición: Cerise y yo nos sentamos cada una en un trineo y vosotros, chicos, nos vais paseando como princesas. ¿Trato hecho?
–En tus sueños –replica el tatuado.
Es una pena que nadie nos grabara, cada una en nuestra carroza, burlándonos de los transeúntes con un saludo regio.
–Qué horror, ¿no? Se dan mil golpes –digo al llegar.
–Es la base del snowboard –me informa Tina.
Sí, pero aun así... Unos segundos más tarde, Enzo repara en el anorak verde y naranja de su hermana y nos la señala con el índice. Encadena saltos peligrosos a varios metros de altura y aterriza como si hubiera dado un pequeño brinco en el sitio (e, incluso así, yo me caería).
A su hermano le brillan los ojos, orgulloso. En cuanto a Ben..., ¿está arrepentido? No, deben ser imaginaciones mías. Yo suelto varios «¡Aaah!» de admiración y otros tantos «¡Oooh!» de miedo.
–¿Creéis que Lilou aceptaría reemplazarme en el disfraz de marmota?
–No podrías disfrutar de la satisfacción de conseguirlo tú misma –dice Ben.
–Bueno, podré vivir sin eso.
–¡Ey! –exclama Lilou, deslizándose hacia nosotros, acompañada de dos chicos que saludan a Benjamin.
–Bueno, tío, ¿cuándo vuelves para hacer algunos saltos? –pregunta uno de los dos.
Finjo no prestar atención a la conversación, pero me concentro para escuchar la respuesta de Ben. Lo primero que advierto es el ceño fruncido que le marca la frente.
–No contéis conmigo –dice antes de centrarse en un chico que está haciendo snowboard .
–Tronco, han pasado ya dos años.
–No tengo tiempo.
–Siempre se pueden encontrar un par de horas para dar algunos saltos –insiste el segundo.
–No me toquéis las narices. No tengo ganas de hablar del tema.
–Vale –responde el primero, poniendo las manos en alto–. Me alegra haberte visto.
Se alejan. ¿Qué problema tiene con el snowboar d ? Siento curiosidad por saber algo más, pero no tengo tiempo de darle vueltas a la pregunta porque, a la vez, los estómagos nos empiezan a gruñir.
–Chicos, ¿os apetece una ronda de gofres?
–Guinda del Pastel, eres la mejor –responde Enzo con los ojos brillantes–. ¿Nos movemos?
–Pero alguien debería encargarse de lavar los platos. No puedo hacerlo todo.
–Venga, si preparas también galletas, podremos arreglarlo –contesta Benjamin.
–Y, mientras Cerise se ocupa de los gofres, ¿quién se apunta a una raclette ? Un día así se merece terminar con un buen queso fundido, ¿no? –sugiere Tina.
Al volver a casa, a la vez que trato de quitarme el hielo del pelo, advierto mi reflejo en el espejo del cuarto de baño. Las mejillas sonrosadas por la emoción, el brillo en los ojos... Parezco contenta. Creo que lo estoy. De verdad.
Según la respuesta de Marie, podría estarlo al cien por cien. Ya lo he decidido: mañana hablaré con ella. Tengo un plan.