10 Diciembre
Sin el episodio del roce de manos y la charla en el balcón, me habría preguntado si la invitación de Ben era una manera de despertarme al alba solo por el placer de interrumpir mis horas de descanso.
Pero hemos tenido este acercamiento, que repasé anoche en bucle antes de dormir, igual que las chispas que crepitan en mi estómago. De repente, me siento... ¿intrigada? Sí, bueno, y emocionada.
Tanto que he abierto los ojos mucho antes de que sonara el despertador. Y me encuentro en el pasillo cinco minutos antes de la hora acordada. ¡Una locura!
Sin mediar palabra, nos dirigimos a la planta baja, donde Ben me ayuda a colocarme las raquetas. Fuera, aún es de noche. Nunca había percibido un silencio así en la estación. Es increíble cómo cambia el ambiente. Los callejones tienen un toque mágico, propio de un cuento de hadas.
Llegamos a la salida de los Arc cuando Ben abre la boca por primera vez desde que nos hemos juntado.
–¿Preparada para tu primera lección de esquí de verdad?
Frunzo el ceño. ¿No era un plan para estar «tranquilos»?
–No llevamos los esquís puestos. Además, el otro día di una clase con Max –respondo–. ¿No te acuerdas?
–¿Cómo olvidarte hundida en la nieve mientras tu esquí dimitía? –dice con una sonrisa burlona en los labios.
–Oye, ¡prohibido reírte de mí!
–Prometido –me asegura, tendiéndome el meñique.
Le doy un codazo en las costillas que lo pilla desprevenido.
–Ahora en serio –continúa–, por eso he dicho que era la primera «de verdad». Ya he visto el miedo que te daba la pista de principiantes. Max hace lo que puede, pero tienes pinta de que, como te frustres, dejarás de intentarlo.
–Qué agradable madrugar para escuchar cómo te critican.
–Déjame terminar, Barquillo de Frambuesa.
Todo esto es demasiado nuevo para ti, por lo que vamos a buscar otro enfoque.
Antes de subirte a los esquís, debes familiarizarte con la montaña.
Verás que, con cuidado, no corres el riesgo de hacerte daño.
La nieve no es nuestra enemiga si aprendemos a dominarla.
Aprieto los labios en una mueca escéptica.
–Sí, pero debo aprender a esquiar de aquí al 21 de diciembre para bajar la antorcha, disfrazada de marmota.
Suelta una risita, pero, tras darle un manotazo en el brazo, recupera la seriedad.
–Será posible si sigues mis recomendaciones. Lo importante es que no te resistas demasiado. ¿Vale?
–Es pan comido. Soy tan adorable como un corderito.
Su risa interrumpe el silencio.
–Un corderito enfadado, sí. Venga, ¡vamos!
Durante los quince primeros minutos, mantengo los dedos de los pies contraídos dentro de los zapatos y presto atención a cada paso que doy, convencida de que voy a caerme.
Sin embargo, rápido (todo es relativo en esta vida), cuando la noche está llegando a su fin y el cielo se está esclareciendo, mis pasos se vuelven más seguros.
Logro desviar la atención de mis movimientos para apreciar la calma.
No voy a mentir, hace un frío que pela. Sin embargo, a pesar de este enorme inconveniente, nuestro paseo me hace descubrir que la montaña no solo se basa en dedos congelados, la nariz roja y la sensación de ir vestida con una colcha incómoda.
También es dejar de lado los pensamientos para centrar el interés en algo auténtico.
Además, así se abren las vías respiratorias y se mueren los microbios, ¿no?
Soy incapaz de saber cuánto tiempo seguimos avanzando. Pero no me importa. En todo caso, lo hacemos hasta que Benjamin se detiene con una mirada traviesa.
–¿Te sientes preparada para salir de tu zona de confort?
Debería haber esperado que me tendería una trampa en algún momento.
–¿No es lo que llevo haciendo toda la mañana? Te recuerdo que he abandonado las sábanas a las seis.
Adopta una expresión divertida.
–Reformulo: ¿preparada para salir aún más de tu zona de confort?
–Depende. ¿Vamos a saltar al vacío?
–No. Solo me gustaría que cerraras los ojos y me dieras la mano. La naturaleza te tiene guardada una sorpresa.
Un escalofrío me recorre la piel. Cierro los párpados y le tiendo la mano. A través de los guantes, no recupero la sensación exacta que sentí ayer cuando nuestros dedos se rozaron, pero noto el mismo nudo de expectación en la garganta.
A ver, naturaleza, ¿qué me tienes reservado? ¿Y tú, Ben?
No ver permite que me dé cuenta de un montón de detalles. La nieve cruje bajo nuestros pies como en un vídeo de ASMR. Un rayo de luz me cosquillea la punta de la nariz. Las ramas gruñen bajo el peso de la nieve. La presencia de Ben me provoca un nudo en el estómago.
–A la de tres, abre los ojos –me pide sin soltarme la mano–. Una, dos y tres.
La niebla se extiende bajo nuestros pies como si estuviéramos rodeados de nubes. Los colores pastel inundan el cielo y nosotros estamos ahí, en medio de todo aquello, frente a un sol que nos saluda con timidez.
–Ay, Dios mío –digo, extasiada.
–Me vale con que me llames Ben. No soy tan creído.
Un rebuzno se me escapa de la garganta. Genial.
–Eres tonto –lo insulto.
–Sí, eso también.
–Es... increíble. Gracias, Ben.
No me atrevo a moverme. Me da demasiado miedo acabar con la magia de este momento. ¿De esto se trata? ¿De estar en armonía con el mundo que nos rodea? Si es así, me encantaría una ración de esta maravilla cada mañana para desayunar.
Y debo confesar que nuestra proximidad es la guinda del pastel. Es como si sintiera con una intensidad creciente cada lugar del cuerpo que tengo en contacto con él.
–Me alegra poder compartir uno de mis lugares preferidos contigo.
Si sigue sonriéndome y mirándome así, no necesitaré las nubes para flotar.
Pero ¿qué pensará en realidad? ¿Por qué me habrá traído hasta aquí?
¿Qué se le habrá pasado por la cabeza? ¿Será en plan una cita?
Se me ruborizan las mejillas. Rápido. Busca una distracción.
Libero la mano a mi pesar, me quito los guantes y cojo el móvil.
Voy a sacar una foto que pueda enviar por el grupo de WhatsApp de la familia. Si después de esto mis padres siguen preocupados, no entenderé nada.
–¿Vas a fotografiarme a hurtadillas para enseñarme a todas tus amigas? –bromea Ben.
–No, les voy a decir que pronto tendremos que enterrar el cadáver de un chico que no dejaba de fanfarronear y al que he tenido que matar para que se callara.
Se echa a reír.
–Hagámonos un selfi. Así podrás colocarme en la estantería de trofeos de caza.
Me atraganto con mi propia saliva al captar el doble sentido.
Se pega a mí y me hace girar para que la vista esté a nuestras espaldas. Me rodea con los brazos. Ha sido él el que buscaba mi contacto, ¿no? Intento fingir tranquilidad, pero en la pantalla solo logro fijarme en mi cara de lechuza. Me concentro y presiono el botón una vez.
–¡No estaba preparado!
–Hagamos otra.
Tomo unas diez fotos, en tres de las cuales salimos borrosos, en dos con una mueca, en una muertos de risa y en otra advierto lo mucho que me brillan los ojos. Debe ser el aire de la montaña, ¿no?
–¿Seguimos?
–No, quiero quedarme aquí toda la vida.
–Cuanto más subamos, más bonita será la vista.
–Vale, yeti. Te lo compro.
–¿Hacemos una pausa? –me sugiere cuando llegamos a un banco, unos kilómetros más allá–. He traído unas barritas de cereales y un termo con chocolate caliente.
–Ay, ¡sí! Me sorprende lo mucho que controlas.
Sonríe. No sé por qué está haciendo todo esto, pero no vamos a engañarnos: esta faceta de Ben me encanta.
–Por los paseos matutinos –comenta, haciendo chocar su taza con la mía.
–Y por tus lugares favoritos –responde.
Le estoy dando unos sorbos al chocolate, que noto cómo desciende por mi garganta, cuando Ben dice:
–¿Puedo hacerte una pregunta?
–Acabas de hacerlo, pero venga, te doy derecho a una segunda.
–¿Por qué no te gusta la montaña?
Le doy un codazo y me llevo el índice a los labios.
–No digas eso en voz alta. Se va a ofender.
Deja escapar una carcajada ligera.
–No, en serio. No puedes decir que te emocionara cuando llegaste. ¿Tienes alguna anécdota con ella? ¿Alguna lesión?
–Qué va. Es la primera vez que estoy en una estación de esquí.
Quizá sea por eso. Con once años, tuve apendicitis dos días antes de que mi clase se fuera a la nieve.
Creo que la odiaba por esos momentos que los demás habían compartido mientras yo estaba en una cama de hospital.
Tenía la impresión de que todos me habían abandonado.
–¿Tus padres nunca te llevaron?
–No es su estilo. A lo mejor por eso la montaña y yo no nos llevábamos bien.
–¿Qué quieres decir?
–Bueno, nos desarrollamos según nuestras experiencias, pero también según lo que les gusta o no a nuestros padres. Es difícil abandonar su perspectiva y adoptar ideas propias, ¿no crees?
–Es posible.
–Por ejemplo, estaba segura de que odiaba la raclette , pero es evidente que era por coincidir con ellos, en cierto sentido.
–¿Pero este pequeño paseo te ha reconciliado con las cimas nevadas?
Sonrío.
–Más o menos, sí. ¿Y a ti de dónde te viene el gusto por la montaña?
–Es lo único que he conocido. Toda mi familia vive en el valle. De crío, los Arc eran mi patio de recreo.
–Ah, ¿ves? Tú también sigues la tradición familiar. ¿Te gustaría vivir en otra parte?
–Por un momento, me lo planteé.
–¿Y?
–Descarté la idea. Imaginarme encerrado en el metro todas las mañanas me parece imposible. Necesito espacios abiertos, pero solo este me llega al corazón.
Intercambiamos una mirada que me eriza el vello del cuerpo antes de sumirnos en la contemplación del horizonte, en su caso, y en mis pensamientos, en el mío. ¿Habrá sido otro doble sentido?
–Las pistas ya han abierto –anuncia al cabo de un rato–. Me temo que se nos acabó la tranquilidad total, por el momento. ¿Continuamos subiendo o prefieres volver?
–¡Sigamos!
Incluso a mí me sorprende esa respuesta espontánea, pero la sonrisa sincera de Ben me calienta por dentro.
Este paseo me está viniendo muy bien. Toda esta nieve que antes me abrumaba ahora mismo me envuelve, y es evidente que la presencia de Ben, así como su pasión cuando se anima a hacer comentarios sobre la montaña, también ayuda.
Merecerán la pena todas y cada una de las agujetas que sufriré mañana.
–¿Te parece bien si lo dejamos por hoy? Son las diez.
–¿Ya?
–¿Quieres continuar?
–No, es solo que... Pensaba que era mucho más temprano.
–Es buena señal si se te ha pasado rápido el tiempo.
Nos sentamos en la nieve mientras abre la mochila.
–¿Has traído barquillos de frambuesa?
Se limita a dedicarme un guiño.
Me ruge el estómago. ¿O serán las mariposas revoloteando por mi vientre? El Ben con el que estoy ahora mismo no se parece al yeti horrible de siempre. Aún no entiendo qué hace aquí, por qué me ha invitado, pero me alegra que lo haya hecho.
Observamos el horizonte mientras masticamos las galletas hasta que Ben se aclara la garganta.
–¿Estás aquí por culpa de tus padres adoptivos?
Entorno los ojos.
–Vaya, qué directo.
–Responde solo si quieres.
–No por su culpa, pero mi adopción ha contribuido en la decisión.
–¿Te duele? Lo de ser adoptada, quiero decir.
–No. Al menos, no hasta hace poco.
–¿Hace poco?
Suelto un suspiro.
–Hace unos meses, formé parte de un grupo de apoyo virtual dedicado a jóvenes adoptados. Todas las historias eran únicas, pero leí un testimonio que me hizo comprender lo que me diferencia de mi hermana.
–¿Qué?
–En pocas palabras, decía que, aunque pueden darnos todo el amor del mundo, tenemos una herida que, si no la curamos, nunca nos sentiremos queridos de verdad. Somos como un recipiente con un agujero: puedes verter en su interior litros de agua, pero siempre acabará vaciándose.
–¿Estás aquí para tapar ese agujero?
–Más que nada, para descubrir quién soy. ¿Puedo coger una galleta, o me vas a insultar?
Vale, he utilizado la referencia a nuestra primera disputa para cambiar de tema, lo confieso. A priori , no se lo ha tragado, pero no insiste, lo que le agradezco.
–Bueno, ¿y tú? Cuando no estás trayendo a chicas aterradas por la nieve a la montaña, ¿cuáles son tus pasiones?
–Lo que llevamos haciendo toda la mañana –dice con una sonrisa–. Pero es bastante reciente. No me he unido a ningún grupo virtual como tú, pero sí que he cambiado mucho estos últimos tiempos.
–¿Y tu curso de rescatista?
–No es una pasión. Es más bien... una especie de desafío.
Se le tensan las facciones, por lo que decido no profundizar en el tema. Siento que sería ir demasiado lejos.
–¿Y el snowboar d ?
–¿Qué te hace pensar eso? –pregunta, y advierto que utiliza un tono más seco.
¿He cometido algún error?
–Bueno, el otro día, durante el juego de las fotos...
–Lo he dejado –anuncia, apretando los dientes (la temperatura acaba de bajar doce grados, ¿no?)–. Voy a tirar a la basura los plásticos y nos vamos. El teleférico que lleva al 1950 no está demasiado lejos.
Vale, lo pillo. No insistiré más. Cada uno con sus secretos y su derecho a contarlos u ocultarlos.
Reanudamos la marcha. Pero no dejo de darle vueltas. Estábamos pasando un buen rato y, ¡bam!, ha vuelto a aparecer el yeti. Esta idea entra en bucle en mi cabeza y, cuando estamos atravesando una especie de bosque en el que no me gustaría encontrarme de noche, acaba por escapárseme:
–Nunca sé si te caigo bien o me odias.
Se gira de repente y, como avanzamos uno detrás de otro, me choco con él. Centra sus ojos en los míos.
–¿A qué viene eso?
–Es un comentario como cualquier otro. Solo me gusta saber qué piensan los demás de mí.
Se encoge de hombros.
–Creo que empezamos con mal pie. Eres... peculiar, Cerise. No solo por el nombre. Confieso que tus pequeñas venganzas despertaron mi curiosidad, pero...
–Vaya, ¿hay un pero? Con lo bien que habías empezado –bromeo para ocultar mi turbación.
–Ahora mismo estoy pasando por una época complicada. Y que no te odie es un problema más.
Vaya... Nuestras miradas se quedan atrapadas la una en la otra, atraídas entre sí como si fueran imanes, y aunque la Tierra dejara de girar, no desviaría la mía. Sus ojos son tiernos y, al mismo tiempo, casi salvajes.
¿Qué está pasando? Tengo ganas de dar un paso más y, a la vez, me siento aterrada. No sé en qué punto estoy. Me tiembla todo el cuerpo. Percibo que nos estamos acercando. Mucho. ¿Demasiado? Por instinto, retrocedo, con lo que muevo una rama que cede bajo el peso de la nieve.
–Ay, ¡mierda!
Sin entender cómo ni por qué, me encuentro medio enterrada bajo un montón de nieve mientras un Benjamin muerto de risa trata de sacarme de aquí. Al menos, le he hecho reír. Pero me arrepiento de haber dado un paso atrás.