9 Diciembre
–¡Que aproveche, niños!
–Pero no me gusta comer –se lamenta Lucien.
–Hace falta comer para tener energía, ¿vale, cariño?
–No me gusta la energía.
–Lo entiendo, pitufo cascarrabias.
–Pero no me gusta el tufo rabias.
Me muerdo la lengua para evitar reírme. Lucien, un rubio que está siempre de mal humor, se pasa tanto tiempo quejándose que acaba siendo divertido. Firmo la hoja con los nombres de los presentes, le doy un beso a Marissa, que me lo está pidiendo, y me reúno con Maxence en el pasillo.
–Marie está atrapada en el Arc 1600 –me anuncia enseguida–, lo que significa...
Que hoy no podré seguir hablando con ella. ¡Mierda!
–¿Cerise? –insiste Max, chasqueando los dedos ante mi nariz–. ¿Qué significa?
Finjo no tener ni idea. ¡Qué pereza!
–¡Que podremos disfrutar de las pistas! –responde por mí.
–Yupi –replico con voz monótona.
–No hace falta que muestres tanta alegría.
–Perdona, Max, pero «disfrutar» no es el verbo que habría elegido.
–Imitas al pequeño Lucien a la perfección.
Lo miro, boquiabierta.
–Maxence, ¿no estarás tratando de gastarme una broma?
Se pone colorado, pero su suave sonrisa demuestra que está orgulloso de sí mismo. Con un suspiro, cojo las botas de esquí. ¡Pesan una tonelada! Al ponérmelas, jadeo igual que después de una hora de zumba.
–¿Por qué la gente se gasta una fortuna para sufrir de esta manera? ¿Es solo por la alegría que debe dar quitárselas al final del día?
–Y lo peor está por llegar. –Maxence se echa a reír.
–¿Lo peor?
–Sí, tienes que caminar con ellas. Vamos, ve delante.
¿Las he apretado demasiado? Ah, no, bueno...
Observo a los esquiadores que utilizan los telesillas como si fuera un juego de niños mientras escucho las explicaciones de mi profesor de hoy.
–En resumen: me agarro a la barra con los esquís paralelos y apoyo el culo en esa especie de sillín...
–Pero, sobre todo, no te sientes.
–¡Qué tontería! ¿Para qué ponen un asiento, si no nos podemos sentar en él?
–Un consejo, Cerise: no hagas preguntas. Solo sigue tu instinto.
Suelto una risita nerviosa.
–Mi instinto me dice que no suba.
De hecho, tenía razón. Max no deja de gritarme palabras de ánimo y trucos mientras dejo pasar ante mí tres remontes sin que me atreva a agarrarme a ninguno de ellos. Suelto el cuarto en el último momento.
–Dese prisa, señorita –me regaña el encargado, que comienza a enfadarse.
El estrés me sube a la cabeza. Al final, logro sujetarme al siguiente remonte y mantener el equilibrio.
Debo parecer un sapo montando en bicicleta, pero lo estoy consiguiendo, estoy...
¡A la mierda! El esquí derecho se me gira hacia el izquierdo, suelto la barra y la evito por poco cuando me pasa ante las narices. Estos remontes elásticos son un horror.
¿Cómo te incorporas con estos cacharros de doce metros en los pies? Estoy perdida.
Levantarme me lleva más de cinco minutos. A mi lado, Bambi sobre hielo es un patinador artístico. Con el culo en pompa, las pantorrillas que parecen gelatina y los muslos en huelga, vuelvo al punto de partida.
El encargado parece disgustado cuando me ve. Reprimo las ganas de sacarle la lengua.
Lo intento y caigo, una y otra vez. Pruebo incluso a agarrarme al remonte, tirada en la nieve. Una técnica personal con resultados moderados.
Una cosa está clara: si existiera una medalla por la perseverancia, me merecería un puesto en el podio. Pero no es suficiente. Cuanto más me caigo, más me enfado. Y cuanto más me enfado, más me caigo. Es un maldito círculo vicioso que, en mi caso, parece una zancadilla.
Sin embargo, al cabo de tres cuartos de hora, cuando nuestro descanso está a punto de llegar a su fin, alcanzo la parte superior.
Cojo el remonte con todas mis fuerzas y me concentro en el principio de la pista.
Nunca he subido hasta aquí. ¿Quién lo iba a decir?
¡Estoy progresando! Unos metros más, ya casi estoy...
–Ay, ¡una cereza sobre esquís!
Me sobresalto cuando Ben pasa a mi lado, tan a gusto como si hubiera nacido con el equipo puesto..., y me caigo. Me pregunto si no lo prefería cuando me ignoraba, como llevaba haciendo desde antes de ayer.
Hace una parada perfecta y me lanza un poco de nieve a la cara. ¿Lo habrá hecho sin querer, o a propósito? Me inclino por la segunda opción.
–A decir verdad, Barquillo de Frambuesa, si quieres un consejo, deberías probar el picante. ¡Te aportaría una energía increíble!
¡Aaaj! Este tipo debía ser un bumerán en su vida pasada, porque todas las jugarretas que le hago acaban explotándome en la cara.
En cuanto al comentario, sé a qué se está refiriendo.
Esta mañana, al descubrir que había vuelto (genial) y que el plato de galletas estaba vacío de nuevo (puf), he añadido una buena dosis de picante a la pasta.
He acompañado las galletas con una nota prohibiendo tocarlas, segura de que Tina y Enzo las respetarían y Ben se las comería igual.
Al verle burlarse de mí, me arrepiento de no haber cambiado el picante por laxante.
–Una pena que no aporte también modestia –escupo.
–No, pero al parecer tiene virtudes afrodisiacas. ¿Me estabas mandando un mensaje?
Ay, mierda. ¿Está flirteando de nuevo, o se está riendo de mí? Animada, me pongo en pie de un salto. Si cree que va a dejarme en ridículo, ¡se va a enterar!
Por desgracia, mi motivación no logra contrarrestar la ley de la gravedad y mi sentido innato del desequilibrio. ¡Bam! Un poco de nieve como postre.
Lo peor es que uno de mis esquís se suelta y, de repente, me propone seguirle para explorar el final de la pista.
Spoiler : no lo hago. Intento deslizarme sobre el culo para recuperarlo y, al final, es Ben quien lo atrapa y me lo tiende con una sonrisa burlona antes de alejarse a toda velocidad.
Estoy harta. De todas maneras, es hora de volver al trabajo.
Fin de la clase. Montaña, 1; Cerise, 0. Lo bueno es que, a pesar de las caídas y de los moratones, espero que no me salga un chichón en la frente, ya que me puedo echar nieve en el lugar donde me he dado un golpe (la única ventaja de la montaña).
–No ha estado mal para ser la primera vez –me felicita Maxence.
¡Qué hipócrita!
–Eres muy majo, pero también un gran mentiroso. No es lo mío. Punto pelota.
–Solo te hace falta un poco más de práctica.
–Max, te recuerdo que estaba ahí. El moco verde tirado en el suelo era una servidora. ¿Tú me imaginas haciendo esto vestida de marmota? Porque yo no. Se me da como el culo.
–De acuerdo, no tienes demasiado talento –admite, desviando la mirada–. Pero tampoco soy el mejor maestro.
–¿Quieres decir que debería rendirme?
–No, que deberías apuntarte a clases con un profesional. Con eso, unido a nuestras horas de práctica, quizá tengas alguna oportunidad.
Sí. O puedo seguir viviendo en estado de negación. Eso sí que se me da bien.
Aquí nos pasamos la vida comiendo queso. Por suerte, pierdo alrededor de mil calorías sudando cada día que me visto de marmota gigante. Si no, podría bajar la montaña rodando.
Tumbada en la esquina del sofá y envuelta en una manta para calentarme mientras aireamos un poco el comedor, hago la digestión.
–Parece que te están gustando las fiestas de la raclette –bromea Tina, lanzándose entre Lilou y yo.
Tira con fuerza de la manta para cubrirse con un extremo. Pongo los ojos en blanco.
–Lo que me gusta es que hayáis encendido las velas.
–Huelen bien, ¿eh? –dice Enzo, quien trata con desesperación de encender fuego en la chimenea.
–Ya ves. Tienes que contarme dónde las compras para llevarles una a mis padres.
–Dime cuál prefieres y me encargaré.
–Bueno, ¿cantamos esta noche? –propone Tina sin previo aviso.
–Vale, pero sin el karaoke –musita Lilou–. Ben, ¿sacas la guitarra?
¿Cómo que la guitarra? Ah, sí, este tío tiene múltiples ases bajo la manga..., o, mejor dicho, instrumentos.
Se sienta en un puf y comienza enseguida a tocar las notas de una vieja canción que Tina se sabe de memoria. Bon Jovi. Los dos canturrean las palabras de la historia de amor y me dejo llevar por la melodía hasta que me escuecen los ojos. Maldita sea, ¡qué bonito!
Pensaba que Ben sabría tocar dos o tres acordes, lo suficiente para salir del paso, igual que yo domino Para Elisa al piano; pero no, tiene auténtico talento.
Con los párpados semicerrados, acaricia las cuerdas con ligereza e incluso, debo confesar, una dosis sorprendente de sensualidad. ¡Así no ayuda a que se calme mi corazón!
Y su voz... Dulce y firme a la vez, me provoca un cosquilleo en la piel. Me encantaría que alguien me cantara una canción. En concreto, me encantaría que ese alguien fuera Ben, que me dedicara su murmullo ronco, me recorriera con los dedos como está haciendo con la madera de la guitarra.
Cierro los ojos para ahuyentar estos pensamientos, pero, cuando los abro, tiene el océano de sus iris fijo en mí. Me ruborizo. Combustión instantánea de todo el cuerpo, en realidad. Echo la cabeza hacia atrás y miro al techo.
Unas canciones después, Tina le arrebata la guitarra y Ben ocupa su lugar. A mi lado. Muy cerca de mí.
El ritmo cardiaco se me acelera. Ay, vaya. Solo es Ben, el terrible yeti.
¡Cálmate!
Es más fácil decirlo que hacerlo. A mi corazón le dan igual mis consejos.
Decide directamente ignorar a mi cerebro cuando Ben se pega un poco más a mí bajo la manta y su olor me inunda las fosas nasales.
Mmm... Mi cerebro también me ha abandonado.
Ben huele demasiado bien. Un perfume masculino y tan embriagador que casi dan ganas de esconder la nariz en su cuello para olfatearlo.
Respira hondo, Cerise.
¿Eh? ¿Por qué me está rozando la mano con la suya? ¿Y por qué no la aparta?
Noto mariposas en el estómago.
Para.
Tengo que dejar de montarme películas. Somos compañeros de piso. Se ha colocado en el sitio exacto que ocupaba Tina hace unos segundos. Todo es normal. Excepto mis reacciones desproporcionadas, quiero decir.
¿Qué me pasa?
No me atrevo a moverme ni un milímetro. Me da demasiado miedo romper este contacto que me provoca un incendio en el pecho. Es como si, de golpe, el universo entero se hubiera hecho pequeño y estuviera concentrado en el punto en el que se tocan nuestras manos. No existe nada más a nuestro alrededor.
–¿Vemos una peli? –propone Enzo.
Ah, es verdad, nuestros compañeros siguen aquí.
–¡Una comedia romántica! –exclama Tina, guardando la guitarra en la funda.
–No, una de acción –dice Enzo.
Tina lo fulmina con la mirada.
–Votemos. ¿Quién quiere una preciosa historia de amor que nos haga mojar las bragas y quién prefiere un bodrio soporífero?
A mí, en realidad, me da igual. Lo único que me importa es poder concentrarme en el olor de Ben, en la sensación que me producen nuestras manos juntas, en los bancos de niebla que se cuelan en mi cerebro.
Comienzan los créditos de un thriller y ni Ben ni yo nos hemos movido. Llegados a este punto, es adrede, ¿no?
Me muerdo el labio cuando capto la mirada de Lilou fija en Ben y en mí, en la expresión casi dolorosa que adopta su rostro. Se levanta de un salto. Ay, mierda. ¿Qué dijo en el balneario? Que esperaba que el tío que le gustaba se diera cuenta de su existencia, ¿no? ¿Y si ese chico era Ben?
–Cerise, se te ha iluminado la pantalla. Acabas de recibir un mensaje de «Théo Corazón» –dice ella enfatizando la palabra «corazón», que es en realidad un emoticono al lado del nombre de mi ex.
No sé si es coincidencia, pero Ben retira la mano de repente. Salgo de mi nube como si hubiera caído en un agujero. De repente, me falta algo. ¿Podríamos volver atrás unos segundos, por favor?
–Ah, sí, gracias –digo, incómoda a tope, levantándome para coger el teléfono y, de paso, recuperar la compostura.
Me he cruzado con tu padre en la pizzería. Entonces, ¿al final te has ido?
Vaya, vuelta a la realidad. El estómago se me constriñe. ¿Théo le habrá contado lo de la búsqueda de mi madre biológica? Si es así, mis padres harán su aparición dentro de menos de diez minutos. O no. ¿Qué será peor? ¿Que me llamen o que no lo hagan?
Desplazo los dedos por el teclado a toda prisa:
Sí, me he ido. ¿Le has contado a mi padre por qué?
Aparecen tres puntos suspensivos, señal de que Théo me está escribiendo. Luego, desaparecen y surgen de nuevo. ¿De qué va? ¿Se cree el rey del misterio?
No puedo soportarlo. Necesito moverme, dejar de contemplar estos malditos puntos suspensivos que se burlan de mí. Les digo a mis compañeros que sigan viendo la película, y me estoy dirigiendo a mi habitación cuando me vibra el teléfono.
Aunque ya sabes lo que pienso sobre el tema, nunca haría algo así. Espero que tus tonterías no les hagan daño. En fin... Tu vida, tus decisiones.
Théo y sus grandes lecciones de moral, parte dos. No las había echado en falta.
Necesito aire. Me pongo una chaqueta y me encamino hacia el balcón. Mierda, ya hay alguien ahí. Benjamin. Está de espaldas, hablando por teléfono, y su tono es tan gélido como el viento:
–Ya te dije que se había acabado, Maya. ¿No lo entiendes? –protesta, girándose hacia mí.
Me ve y, de inmediato, una expresión incómoda reemplaza a la rabia en su rostro.
–Hablamos más tarde –dice, antes de cortar y dirigirse hacia mí–. ¿Todo bien?
–Tan bien como tú, por lo que veo.
–Sí, bueno... –comienza a responder, pero se interrumpe.
–¿Quieres hablar?
–No mucho. ¿Y tú?
–Tampoco. Me siento un poco perdida.
–¿Por Théo corazón?
–No, qué va.
Me dedica una mirada indescifrable.
–Pero ha sido su mensaje el que te ha puesto de los nervios, ¿no?
–No el mensaje en sí, pero... Puf. No quiero molestarte con mis mierdas.
–No me molestas, Barquillo de Frambuesa.
–Deja de llamarme «Barquillo de Frambuesa».
–Era para relajar el ambiente.
Me echo a reír.
–Lo has conseguido.
Le suena de nuevo el teléfono, por lo que entro en casa para dejarle continuar con la conversación con libertad, a pesar de la curiosidad que me carcome. ¿Maya es la chica del WoodBear? ¿Qué se ha acabado? Aj, basta ya de preguntas.
Me planteo volver al salón a ver la película, pero al final decido irme a acostar. Estoy poniéndome el pijama cuando oigo un ruido. Una nota, que alguien ha deslizado bajo la puerta, aterriza en mi habitación.
Pongo los ojos en blanco, pero no logro reprimir la sonrisa que me curva los labios.