Una Navidad a punto de nieve 8 Diciembre
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8 Diciembre

No se oye ni el despertador ni ningún otro ruido al otro lado de la pared. Nadie me quita el sitio en el cuarto de baño. El plato de galletas sigue intacto.

Desde que Ben se marchó ayer por la noche, no he recibido ningún golpe bajo ni venganza, lo que solo quiere decir dos cosas: se ha levantado al alba o no ha dormido en casa.

Si hubiera salido temprano, lo habría oído. Por lo tanto, no me quedan muchas opciones. ¿Se habrá reconciliado con la chica del WoodBear? Pero, en ese caso, ¿por qué no la ha traído aquí?

No estoy celosa, ¡eh! Solo tengo curiosidad.

–¿Todo bien, gatita? –me pregunta Tina al entrar en la cocina con el pelo revuelto.

–De lujo. Oye, ¿sabes si Ben ha dormido en casa?

–No, pero suele hacerlo. De todas maneras –susurra–, presta atención.

Aguzo los oídos.

–¿Qué? No oigo nada.

–Exacto –responde Tina, emocionada–. ¡Qué dulce es el silencio! Enzo no trajo a ninguna chica ayer por la noche. ¡Un milagro!

Pongo los ojos en blanco.

–No exageres, Tina. Tampoco se trae a una chica cada noche.

–No, pero todos los domingos por la noche, sí.

–Ah, ¿en serio? ¿Es su sesión de cardio semanal?

–Más bien, la noche antes de su día libre.

Me viene a la mente la conversación que mantuvimos ayer. ¿Tendrá algo que ver? Sea como sea, ha puesto de muy buen humor a mi compañera de piso.

–Esta mañana solo tenemos a tres niños inscritos –anuncia Marie al entrar en la sala de espera, unos minutos antes de que abramos–. ¿Alguno de los dos quiere acompañarme a Bourg-Saint-Maurice? Tengo que recoger unos paquetes y dejar otros en el centro del 1600.

Ay, madre. Una oportunidad de oro. Podría hacerle todas las preguntas y por fin avanzar con mi investigación. Abro la boca para presentarme voluntaria cuando se me adelanta mi compañero.

–Claro, puedo ayudarte –le propone Maxence, tan servicial como siempre.

¡Aj! Me pone de los nervios.

–No, ¡yo!

Max y Marie me contemplan. ¿Acabo de gritar? Sí, es posible.

Bajo el tono:

–Bueno, si no te molesta, Max. Me encantaría visitar Bourg-Saint-Maurice.

Se apresura a aceptar con las mejillas sonrojadas.

–De acuerdo, Cerise. No me parece mal. Por mi parte, no hay problema.

–Genial, ¡gracias!

Vaya, solo he pasado por alto un pequeño detalle, en el que reparo cuando ya me he abrochado el cinturón. Descender la montaña no se hace en un abrir y cerrar de ojos. Apenas he olvidado mi terrible ascenso de la semana pasada, ¿y ahora me toca pasar por lo mismo?

«Respira, Cerise». Estoy en una furgoneta, no en el bus, así que todo irá bien, ¿no? Spoiler : no va bien.

Nunca he presionado con tanta fuerza el pie contra un pedal de freno imaginario como desde que hemos salido de la estación hace tres horas. Ah, no, perdón. Hace diez minutos, según el reloj digital. Esta cosa debe estar rota. O quizá sea yo.

Rápido, Marie se da cuenta de que estoy aferrada con todas mis fuerzas a la agarradera de la puerta. O tal vez sea mi tez verdosa lo que le preocupa.

–Deberías haberme dicho que te daba miedo ir en coche –comenta, ralentizando la marcha.

¿Y desaprovechar la ocasión de poder hablar contigo? ¡Ni de broma! Aprieto los dientes, espero a que salgamos de la curva cerrada y respondo:

–Solo tengo que acostumbrarme y mirar hacia delante.

Y no vomitar, a poder ser.

–Pero pareces muy tensa. ¿Te pasa cada vez que vienes a la montaña?

«Vale, no te apresures en responder, Cerise. Reflexiona».

Marie piensa que tengo la tercera estrella. Entonces, debería ser una experta en carreteras sinuosas que se extienden entre paredes rocosas y precipicios sin fondo. Si comienzo a gritar como me pide el cerebro que haga, me va a pillar. Me concentro en el parabrisas.

–Sí, siempre necesito un tiempo de adaptación. De donde vengo, solo hay campos y ríos. ¿Tú has vivido toda la vida por esta zona?

–Más o menos. Recorrí bastante mundo cuando era joven, pero mi familia se quedó aquí. Crecí en Bourg-Saint-Maurice y vi cómo se construía Arc piedra a piedra.

–¿Se construía?

–¡Así es! El pueblo del 1950 existe solo desde 2003. Antes era naturaleza.

–¡Qué locura! ¿Y tu marido también es de aquí?

–No, vino por mí desde Vosgos.

El corazón se me acelera. Vosgos es donde nací. ¿Será coincidencia?

–Ah, ¿sí? ¿De qué ciudad?

–A unos kilómetros de Gérardmer. ¿Lo conoces?

Manos húmedas. Nací en el hospital de Gérardmer.

–Más o menos –digo, esquiva–. ¿Viviste ahí también?

–Un tiempo. El equipo de Francia junior se trasladó allí, por lo que estuve por esa zona una temporada. Es así como nos conocimos Antonin y yo.

–¿Con qué edad?

–Bueno... No éramos muy mayores.

No me da ningún dato concreto. Nada de esto me sirve.

–Y lleváis juntos ¿qué?, ¿veinte años? ¡Es mucho tiempo!

–No exageres. Tampoco somos dinosaurios. Pero es cierto que comienza a ser bastante. Sin embargo, no siempre hemos ido en serio.

–¿Por qué?

–Ya sabes, la juventud... Viajábamos mucho y luego mantuvimos una relación a distancia, con todo lo que eso implica. Tiene algunas ventajas, pero en especial complicaciones.

–¿De qué tipo?

Marie me dedica una mirada de soslayo. Mierda. ¿Estoy siendo demasiado fisgona? El límite entre la curiosidad y un interrogatorio es muy pequeño. No quiero que se sienta atacada.

–Hemos crecido en el universo deportivo –me explica–. Cuando dejé el esquí y Antonin siguió, nuestra relación pasó por un gran bache. Pero lo importante es que volvimos a encontrarnos.

El corazón me late a mil por hora, y no tiene nada que ver con la angustia que me produce la carretera.

–Sí. ¡Y tenéis cuatro hijos, que no es poco! ¿Cuántos años tienen?

–Cuatro, ocho, diez y catorce.

La mayor tiene solo cinco años menos que yo.

–Jo, menudo escándalo debéis tener en casa.

Se echa a reír.

–Eso es decir poco, sobre todo desde que Lana entró en la adolescencia. Es complicado.

–¿No va bien?

–Digamos que nos pone un poco al límite. Fui madre muy joven, por lo que no he sido tan severa con ella como con sus hermanos.

–Sí, me imagino que ser madre no es fácil. Tomar buenas decisiones, aceptar responsabilidades...

El doble sentido que tiene esta conversación para mí hace que me dé vueltas la cabeza. Ojalá me atreviera a explicárselo. Pero hay algo que me frena. Quizá no esté preparada para enfrentarme a la verdad.

–¿Qué tal fue tu adolescencia? ¿Cómo te llevabas con tus padres? –me pregunta.

Sufro un estremecimiento. Hablar de mamá y papá con Marie me parece disparatado.

–No demasiado mal. Nunca se la líe. Tenían casi cuarenta años cuando... llegué. Por eso, ya habían establecido su rutina y mi hermana y yo tuvimos una infancia bastante tranquila.

¿Estoy comparando a mis padres con Marie? Es feo y no me gusta, pero por desgracia es así. Forma parte de la lista infinita de preguntas que me hago. ¿Qué vida habría tenido, qué aventuras habría vivido, si mi madre biológica se hubiera quedado conmigo?

–¿Y qué tal lo de compartir piso?

Joé, he perdido la oportunidad.

–Eh, bueno, bien. Supongo que es como con las carreteras de la montaña, todavía estoy en fase de adaptación. De hecho, es más fácil de lo que pensaba. Excepto por el rollo de papel, que nunca está en el sentido correcto.

–¿Hay un sentido correcto y otro incorrecto?

–¡Vaya pregunta! Cuando el papel cae hacia atrás, está mal. Me paso horas cambiándolo de sentido, y creo que es Benjamin quien se dedica a darle la vuelta.

–¿Ese tal Benjamin es del equipo contrario?

No logro reprimir una sonrisa.

–Benjamin es del equipo de las contradicciones, sea el tema que sea.

–¡Hemos llegado! –anuncia, deteniéndose en una plaza de aparcamiento.

Recuperamos los paquetes que hemos cargado en la parte trasera de la furgoneta y, después, como acabamos más rápido de lo esperado, damos una vuelta por el centro.

–¿Te apetece tomar algo? –me pregunta Marie–. Estoy deshidratada.

Asiento, encantada. No tenía ganas de que acabara la excursión.

Cuando pide las bebidas, la observo con atención.

Busco, como he hecho desde que la conocí, algún punto en común.

Un lunar, una imperfección... Es rubia con los ojos claros, como yo, pero no es suficiente para tener la mínima certeza.

Sin embargo, cuando nos disponemos a marcharnos, un anciano se detiene ante nosotras.

–Hola, Marie, ¿qué tal?

–Genial, Marcel. ¿Y tú?

–Más o menos –responde el hombre antes de mirarme–. Madre mía, ¿esta es la pequeña Lana? ¡Sí que ha crecido! Pero no ha perdido su preciosa sonrisa.

–Ah, no, Cerise no es mi hija, sino una animadora de la guardería donde trabajo.

Soy incapaz de seguir la conversación. Debo controlar mi corazón para que no me explote.

–¡Es el paraíso!

Cuando entro en casa, aún aturdida por el día que he pasado con Marie, Lilou me ordena que coja el bañador y que me dé prisa mientras me muestra tres invitaciones para el balneario más lujoso de la estación.

–Genial, ¿no? –Tina me sonríe al entrar en la enorme piscina que parece tallada en la propia montaña.

Bajo la luz tenue, sumergida en el agua muy caliente, muevo las piernas, tan contenta como un renacuajo que acabara de convertirse en rana.

–De maravilla. Siento que nos encontramos en una dimensión paralela. Y casi estamos solas.

–A partir del 20 de diciembre, la situación cambiará –me asegura Lilou–. Por eso es buen momento para aprovecharlo.

Tras chapotear como fideos demasiado cocidos en una olla con agua hirviendo hasta que se nos arrugan los dedos, decidimos probar la sauna. Debemos salir y arriesgarnos a congelarnos, pero al final vale la pena. En la estancia hay una enorme ventana que da al Mont-Blanc.

–Es increíble. Nos estamos muriendo de calor, pero estamos rodeadas de nieve –comento.

–¡Es verdad! Es un sitio perfecto para cotillear –afirma Tina, eufórica.

Lilou concuerda, soltando un suspiro de satisfacción.

–Sí, eso, Cerise, cuéntanos: ¿qué tal te va con Max?

–Eh... Bien. En el trabajo es majo.

–Sí, sí, lo que tú digas. Es evidente que está coladito por ti.

–¿Coladito? –la imita Tina–. Hablas igual que Max. Quizá deberías ser tú quien se liara con él.

–No voy a traicionar a Cerise –replica Lilou, indignada–. Sé respetar el código de honor entre amigas. ¿Y bien? ¿Se ha lanzado ya?

Niego con la cabeza.

–Qué va. Además, cuando estoy delante, siempre se corta. Sin embargo, con los niños, es el alma de la fiesta. Es un crack como animador.

–¿Y a ti te anima? –bromea Lilou.

–No es mi tipo. Si no le sigo el rollo, se le pasará.

–O se encaprichará aún más –sugiere Tina.

–¿Tú crees?

–En serio, ¿acabas de salir de un convento? –Lilou ríe a carcajadas–. Es el típico «quien la sigue la consigue».

–No acabo de salir de un convento, pero mi experiencia con chicos se limita a Théo, con quien llevaba casi desde el colegio.

–¿Por qué se acabó? –quiere saber Lilou.

–Puf... Al final, parecíamos solo amigos. Nos adorábamos, pero entre nosotros no había pasión. Además, hemos crecido en direcciones distintas. Cuando le conté que quería venir aquí, por ejemplo, me dijo que era «inmadura y patética».

Me interrumpo. No tengo ganas de que las chicas me pidan más detalles. Théo pensaba que buscar a mi madre biológica significaba que tenía alguna laguna en mi vida y que consideraba que mi familia y él no eran suficientes, lo que, como conclusión, me parecía una tontería.

Por suerte, Lilou dispara preguntas a la velocidad de una metralleta.

–¿Y desde que lo dejasteis?

–Rompimos tres semanas antes de que llegara aquí. De momento, estoy en modo «desintoxicación sentimental». ¿Y vosotras?

–Mi vida amorosa parece un encefalograma plano –responde Tina con una mueca triste–. Lo más interesante ha sido un hombre que me pasó su número junto con la tarjeta de crédito. Tenía unos cincuenta años... ¡más que yo!

–¡Qué asco! –Lilou esboza una mueca–. Yo estoy esperando a que el hombre de mis sueños se dé cuenta de que existo. Y me estoy centrando en el snowboard . Pronto me presentaré a las pruebas para formar parte del equipo de Francia.

–Ah, ¿sí? Enhorabuena. Está genial. Ojalá lo consigas.

–Gracias. ¿Y tú, Cerise? ¿Hay algún chico en la estación que te guste?

–No...

Mentira.

–¿Ni siquiera Enzo? Intentó ligar contigo en el iglú –insiste Lilou.

Le lanzo una mirada a Tina, que está muy centrada en sus uñas.

–Solo porque había bebido mucho. Hablamos y todo va bien. Además, no estamos de acuerdo en lo que a relaciones amorosas se refiere.

–¿Qué quieres decir? –pregunta Tina, quien parece hacer un esfuerzo sobrehumano para no mostrar interés.

–A su manera de «disfrutar» –digo, dibujando unas comillas en el aire–. Aunque tengo la impresión de que, al ligar, trata de ocultar su falta de confianza en sí mismo.

–Bien visto –me halaga Lilou.

–Además, el otro día hablaste de los reproches de vuestro padre –continúo antes de advertir su incomodidad. Me arrepiento de inmediato.

–Mi familia siempre ha sido un caos.

En ese tema, tengo algo de experiencia.

–Podría pasarme horas hablando de ella –continúa Lilou–, pero hemos venido a relajarnos. ¿Y si jugamos a algo?

–¿En la sauna?

–Sí. ¿Y si jugamos a «besar, casar, matar»?

–A eso jugaba con doce años –bromea Tina.

–Vamos a cambiar las opciones y elegir chicos que conozcamos todas. Así será más fácil.

–No hace falta ir muy lejos –replica–. Están Max, Ben y tu hermano.

–Tendrán que servirnos. Venga: el que esté más bueno, el que podría enamoraros y con el que pasaríais una noche sin consecuencias. Yo creo que Enzo es el que está más bueno. Normal, tenemos el gen de la belleza en la familia. Max para una noche y Ben para enamorarme. ¿Y tú, Cerise?

Así, sobre la marcha, respondería «Ben» a todas las preguntas. Pero la insistencia de Lilou para que hablemos de chicos me hace sentir incómoda.

–El tío más bueno es Enzo, con su aire tenebroso y sus tatuajes. Y lo mejor sería enamorarse de Maxence, porque es un auténtico caballero.

–¿Eso quiere decir que tendrías un lío de una noche con Ben?

–Sí, bueno, por descarte... ¿Y tú, Tina?

–Me niego a hablar de los chicos como si fueran un trozo de carne.

Pongo los ojos en blanco e intercambio una mirada con Lilou. Me gustaría entender el objetivo de sus preguntas. Y, al mismo tiempo, no lo tengo tan claro. No me apetece que mis decisiones vayan en contra del código de honor entre amigas, como ha dicho ella. ¿Estoy a punto de meterme en problemas?