Una Navidad a punto de nieve 7 Diciembre
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7 Diciembre

Con la mente aún dormida, avanzo por la casa como un zombi puesto hasta las cejas de antidepresivos.

He estado despierta durante gran parte de la noche, pasando de un vídeo al siguiente en las redes sociales.

He oído que Lilou y Tina se hacían un té en la cocina a las dos de la mañana y Enzo se reía con una chica a las tres.

Estos últimos no se estaban tomando una infusión precisamente...

En cuanto a Ben, no tengo ni idea de la hora a la que ha llegado. ¿Habrá dormido fuera? Qué más da. Solo espero que esté bien y... Mierda.

Ha vuelto. De hecho, se encuentra justo ante mí. En el cuarto de baño cuya puerta acabo de abrir de golpe. Al menos, su culo está ahí. Ay, madre. ¡Un culo de infarto!

Me quedo paralizada durante dos segundos. Luego, cierro los ojos, aunque la imagen se me ha quedado grabada en la retina.

–En serio, Ben, ¿para qué quieres el cerrojo? Un poco de respeto, por favor.

Ups. Cuando me siento incómoda, tiendo a optar por la agresividad, muy a mi pesar.

–Hola, Barquillo de Frambuesa. Pues sí que ha sido corta nuestra tregua.

–No es eso –farfullo–, pero, por si no lo has notado, no vives solo.

–Ya me he dado cuenta. Puedes abrir los ojos. Estoy presentable.

Con una sencilla toalla anudada en la cintura, permanece de pie, ante mí, con una sonrisa en los labios. Juro que intento no mirar, pero su torso no tiene nada que envidiarle a su parte posterior. Sin un pelo, bien formado, con abdominales de cemento armado...

–¿Quieres seguir deleitándote la vista, o ya tienes bastante?

¡Qué vergüenza! Se ha dado cuenta de que lo estaba observando.

–No te estaba mirando. Tienes demasiados pájaros en la cabeza.

–Sí, voy a fingir que te creo. Pero ten cuidado, tienes ahí un poco de baba.

–Lo que tú digas –contesto, pasándome el dorso de la mano por la comisura de los labios.

Por si acaso. Por supuesto, el imbécil solo se está burlando de mí. Con un suspiro exagerado, cojo lo primero que tengo a mi alcance para tirárselo a la cara. Solo cuando ya he lanzado el proyectil, me doy cuenta de que se trata... de una caja de preservativos.

Maldita sea, pero ¿qué hace eso aquí? ¿Y qué le he hecho al karma para merecer algo así?

–¿Me estás enviando un mensaje subliminal? –dice, atrapando el paquete antes de que le golpee.

Suelto un gruñido como respuesta.

–Aunque –continúa– prefiero esto a tus proyectiles de nieve. Es menos peligroso y más útil.

–Depende para quién –replico de inmediato.

Arquea una ceja, intrigado.

–Está bien saberlo.

¡No! ¿Por qué he dicho eso? ¿No podría evitar decir en voz alta todo lo que se me pasa por la cabeza para no meterme en problemas?

Se dirige hacia el pasillo, se detiene cuando su hombro roza el mío y me musita al oído:

–Aun así..., por unas galletas, dejo que me mires todas las mañanas para que comiences bien el día. ¿Trato hecho?

¡Alerta! ¡Alerta! ¿Soy yo, o está flirteando conmigo?

Me ruborizo hasta la raíz del pelo. Vamos, Cerise, no dejes que te pise terreno. Sonrío como si hubiera caído en sus redes (algo que, a decir verdad, no cuesta demasiado fingir) y respondo, segura de mí misma:

–Te propongo un trato mejor, yeti: una hornada de galletas y abandonas.

–¿Que abandone qué? ¿La toalla en el suelo? –Se parte de risa, contoneándose de una manera que me acelera el ritmo cardiaco.

–Que abandones tu venganza, no que abandones...

–Deja de fingir. Ha sido un bonito desliz.

–Todavía no estoy despierta, ¿vale?

Y mi sarcasmo tampoco.

Debo decir que estoy bastante de acuerdo con él: ese desliz venía directo de una parte del cerebro que no controla demasiado... Le saco la lengua, le cierro la puerta en las narices y me deslizo hasta el suelo. ¿Qué es esta locura? Ningún chico me ha producido nunca este efecto.

No tengo demasiada experiencia en materia de ligoteo.

De hecho, soy bastante novata en el tema: Théo y yo empezamos a salir juntos para hacer lo mismo que los demás, no porque nos buscáramos.

Aun así, me da la impresión de que... ¿Cómo podría explicarlo?

Me parece horripilante, pero, a la vez, mi cuerpo reacciona de manera desmesurada en su presencia.

Tengo las palmas de las manos húmedas, el corazón acelerado, el vello de punta, por no hablar de las pequeñas mariposas que revolotean por mi estómago. Son muchos síntomas. Una ducha me vendrá bien. A poder ser, muy fría.

Max, convencido de que debo empezar las clases de esquí, me propone que practiquemos a mediodía. Tenemos por delante una hora. Es suficiente para, según él, hacer varios descensos y, según yo, romperme los dos brazos y las dos piernas.

–Comenzar por la pista para principiantes parece lo más sensato –me propone mi compañero, enfundándose el anorak.

Asiento, valiente, aunque no me apetece. Solo alquilar el material de esquí antes de ir al trabajo esta mañana ha sido una aventura. ¿Y ahora tengo que meter de nuevo los dedos de los pies en estas botas de esquí? La verdad es que no formaba parte de mis fantasías.

Me siento para cambiarme las botas de montaña que me compré como sustitutas de los botines de brillibrilli de Violette. Estoy aterrada y tengo la motivación por los suelos, pero si no nos ponemos a practicar rápido, no estaré preparada para el 21 de diciembre.

–¡Hola! –dice Marie al entrar en el pasillo.

Trago saliva. Por lo general, me agrada su presencia porque puedo hacerle preguntas de manera discreta. Pero hoy no. Por una razón muy sencilla: si comienzo a deslizarme ante ella, se va a dar cuenta de inmediato de que me falta un largo trecho para conseguir las tres estrellas.

–¿Vais a esquiar? –pregunta.

–Sí –anuncia Max, al mismo tiempo que grito:

–¡No!

–Ah, sí, no. –Max esboza una mueca mientras enrojece como un faro en mitad de la noche.

La discreción en estado puro.

Marie frunce el ceño y pasea la mirada entre los dos.

–No os ponéis de acuerdo.

¿Estás de broma? Es evidente que soy yo quien ha mentido porque estoy descalza ante las botas de esquí. Me vuelvo a poner las de montaña.

–En principio, íbamos a ir. Pero, como has llegado, me gustaría aprovechar para hablar de una cosa. La he visto y... eh... debo hablar contigo.

–Ah, vaya, cuéntame.

–Es sobre... mmm... la fotocopiadora.

–¿Os da problemas?

–No.

–¿No os da problemas?

Veo que Marie está a punto de preguntarme si estoy loca o si me he tomado alguna droga para desayunar.

–Sí, pero la he arreglado. Solo era un atasco de papel. Ya sabes lo que ocurre con este tipo de máquinas.

Al ver su cara, está claro que no. A decir verdad, la entiendo porque yo tampoco. Sigo improvisando:

–Cuando empieza a hacer esas cosas, vienen después más problemas. Por eso, si pudieras avisar a un técnico, sería lo más prudente.

Y, en la categoría de «la peor mentirosa del año», el premio se lo lleva Cerise Trécourt por su lamentable interpretación de «La fotocopiadora da problemas».

–Tienes razón. Gracias. ¿Algo más?

–No.

Esboza una sonrisa de satisfacción.

–Al menos, lo hemos solucionado pronto. Ahora podréis ir a esquiar.

–Eh, sí. Genial.

–¿Te gusta la zona?

–Me encanta.

Ale, una mentira más.

–¿Ya has hecho la Génépi, la que sale de Aiguille Rouge? Dicen que este año es una locura.

–Todavía no, pero tengo ganas.

No sé ni de qué está hablando, pero si parezco convencida se lo creerá, ¿no?

–¡Y yo! –contesta entusiasmada–. Había pensado ir después del trabajo. ¿Quieres acompañarme? Sé que no es la preferida de Max.

Este último ríe, nervioso.

–Sí, no soy muy fan de ese tipo de descensos. Y no creo que a ti te guste demasiado, Cerise –añade, con una mirada penetrante.

Pero, una vez que he empezado, no soy capaz de parar.

–¿Estás de broma, Max? Es justo lo que más me gusta. Por desgracia, ya tengo un compromiso esta tarde.

–Ay, vaya... ¿Y ahora? Podemos subir los tres. Que Max comience con nosotras y luego acabamos la pista las dos solas. No me vendría mal despejarme un poco... Con los niños no tengo el placer de descender pistas negras todos los días.

¿Ha dicho «pistas negras»? ¿Es el mismo código de color que en los cinturones de judo?

–Jo, no –digo, mirando el móvil–. Mi compañera de piso necesita que le lleve un... ¡tampón! Qué pena. Con las ganas que tenía de bajar...

«Cerise, te estás metiendo en un pozo muy profundo».

–No pasa nada. Lo haremos la próxima vez –me asegura Marie.

Salgo a toda prisa (al menos, lo más rápido posible sin arriesgarme a hacerme un esguince) y me dirijo al centro del pueblo.

Con un poco de suerte, Tina estará trabajando entre mediodía y las dos y podré sentarme a su lado para escucharle decir tonterías.

Es la mejor manera del mundo de levantar el ánimo.

La melodía de mi teléfono acaba con esta esperanza.

«Papá» aparece en la pantalla y el corazón me da un vuelco.

Mi padre nunca me llama. Se contenta con enviarme enlaces a vídeos para hacerme reír.

Es su manera de comunicarse. Entonces, ¿por qué lo está haciendo hoy?

¿Y si mi madre ha tenido un accidente? Maldita sea, no me lo perdonaría nunca.

–Hola, papá, ¿qué tal? ¿Qué pasa?

–Ris, ris.

–¿Papá? –grito.

Unas interferencias horribles me destrozan el tímpano. Debo haber perdido cincuenta años de esperanza de vida cuando, por fin, oigo su voz. Preocupado.

–¿Hola? Cerise, ¿va todo bien? ¿Por qué me llamas?

–¿Eh? Me has llamado tú.

–No. Bueno, a lo mejor ha sido el bolsillo.

–Uf, qué alivio. Pensaba que os había pasado algo grave.

Una corta pausa me hace dudar de nuevo. Pero entonces replica:

–¿Quieres decir algo aparte de que nuestra hija mayor ya no nos cuente nada y apenas nos responda a los mensajes?

¡Bam! Una buena dosis de culpabilidad en la cara.

Suspiro.

–Papá...

–Perdona, cariño –me interrumpe–. Es solo que tu madre está nerviosa. Te notamos rara.

–Le escribiré un mensaje, ¿vale?

–Eso estaría bien, sí.

–Estupendo. Un beso, papá.

Cuelgo con los ojos empañados. Al protegerlos de mi búsqueda, no hago más que añadir secretos y misterios. ¿Y todo para qué? Aún no he pasado de la casilla de salida. ¡Cómo me molesta!

Me preparo para dar media vuelta cuando una melena turquesa capta mi atención.

Imposible pasarla por alto. Sentado tras la ventana del WoodBear, Ben habla con una chica, pero no parece que estén teniendo una cita.

Más bien, lo contrario. Tiene los brazos cruzados, parece enfadado y se levanta de repente.

Ella lo coge de la muñeca. ¿Estoy soñando o...

? No, no estoy soñando. La chica está llorando.

¿Acabo de asistir a una ruptura en directo? ¿Será ella quien lo llamó ayer por la noche? Mierda, quiero enterarme.

Me acerco un poco más, justo en el momento en el que Ben mira hacia el exterior. Maldita sea. Tierra, trágame. Sin pensarlo, salto hacia un lado para escapar de su campo de visión y me dejo caer en la nieve. Pequeño dios de la montaña, ¿no podrías estar de mi parte de vez en cuando?

¡Por fin en casa! Nunca habría pensado que pasearme disfrazada de marmota podría ser tan peligroso, pero el dolor en la cadera es prueba suficiente. Debe haberme salido un moratón.

En serio, ¿quién es tan cruel como para ponerle la zancadilla a una marmota gigante? Sigo echando humo contra el adolescente rebelde que ha querido hacerse el chulo delante de sus compañeros. Si no hubiera estado embutida en el disfraz, lo habría revolcado por la nieve hasta que se disculpara.

Ojalá poder sumergir mis músculos doloridos en un baño caliente. Pero, cuando cruzo el salón, me encuentro con Enzo. Está sentado en el sofá, emocionado por un videojuego.

–Ah, ¡Cerise! –exclama, moviendo el joystick –. ¿Tienes dos minutos?

–Sí, claro.

Me siento a su lado.

–Quería disculparme por lo de ayer por la noche –dice con la misma expresión que pone el pequeño William en la guardería cuando hace una trastada–. Me puse muy pesado.

–No te preocupes, Enzo. Pero...

–¿Qué?

Trato de formular la frase en mi cabeza antes de pronunciarla:

–¿Por qué tratas de ligar con todo lo que se menea?

Adopta una expresión de sorpresa.

–Ah, vaya, directa al grano.

–No respondas si no quieres. Es solo que no logro pillarle la gracia a lo de la lista de conquistas y todo eso. Bueno, aparte de hacer sufrir a otras personas...

–Si las chicas van detrás de mí como corderitos no es culpa mía, ¿sabes?

–¡Qué asco!

–Ups.

–Sí, como tú digas. Pero ¿qué te aporta?

–Disfruto...

–Mmm.

–¿Qué quieres decir con eso?

–No entiendo cómo puedes disfrutar si no te da tiempo a conocer a la otra persona, saber lo que le gusta, lo que le divierte o le emociona..., si solo compartes sexo sin complicidad ni un futuro. ¿Entiendes?

Enzo se muerde el labio, como si reflexionara sobre la frase. Al final, se encoge de hombros.

–Tienes una visión demasiado romántica del amor. Yo no. Los celos y los dolores de cabeza no son lo mío. Los líos de una noche, cuando todo el mundo conoce las reglas, se basan en fluir. El sexo no necesita ser serio para estar bien.

–Si tú lo dices...

–Deberías probarlo.

–Enzo...

Me da un codazo, cómplice.

–No me refería a que lo probaras conmigo. Me ha quedado claro que no soy tu tipo.

Me sonrojo.

–No, no es eso, pero...

–No te preocupes, te estoy tomando el pelo, Guinda del Pastel. Me encantaría que fuéramos amigos. Lilou tiene razón: eres una chica muy maja. Y prometo que no volveré a ligar contigo. Al menos, de forma consciente.

–Perfecto.

–Vamos, ven, amiga mía –dice, abrazándome.

Me echo a reír y le devuelvo el gesto. Me alivia que lo hayamos arreglado, que no haya ambigüedad entre nosotros. Sin embargo, menos de cinco segundos más tarde, se aparta de repente. ¿Qué pasa? Me giro y descubro a Ben en el umbral entre el salón y el pasillo.

–No os cortéis por mí. De todas maneras, ya me iba –comenta con expresión lúgubre, dirigiéndose a la puerta de entrada, que cierra con fuerza.

Parece que sí, que la tregua ha durado poco.