6 Diciembre
All I want for Christmas...
Me despierto con las palabras de Mariah Carey en la cabeza. Al menos, ya no lloro. Algo es algo. Y, sobre todo, es mi día libre. Jornada de pijama de felpa y Netflix.
Bueno, esa es mi idea, a menos que alguien me moleste. Decido comprobar en la cocina a qué están dedicando ahora mismo su tiempo mis compañeros. Lo primero que veo es un pequeño pósit en el plato donde se encontraban las galletas que horneé ayer.
¡Qué mala persona! Como si fuera de los que se sacrifican... Mierda, me doy cuenta de que vuelvo a sonreír. Da igual. Según el horario de la nevera, Ben está en su curso; Enzo, en el entrenamiento, y Tina, en el trabajo. ¡Bien! Parece que tengo la casa para mí sola.
Me espera un banquete para desayunar, por lo que me instalo en el salón y lo saboreo con calma.
Sí, bueno, quizá haya demasiado silencio. En todo caso, suficiente para que me vuelva a la mente la conversación con mis padres. Puf... Nunca estoy contenta, ¿eh?
Cojo el portátil de la mesa de café y le envío un mensaje a mi hermana.
Hola, carabola. Besos en este sábado soleado
Ah, ¿ya no estás enfadada?
¿De verdad tienes ganas de que hablemos de que me has vendido?
No Aquí llueve. ¡Envíame tu cielo azul!
Le mando una foto de las montañas.
¡Qué preciosidad!
Si no hiciera tanto frío, se estaría genial, sí ¿Qué tal tú?
Bueno, un rollo. Hay goteras en la universidad. Daremos todas las clases en línea hasta el año que viene.
Ah, ¡mierda! ¿Por qué no vienes? Tenemos una habitación que sirve de trastero. ¡Y wifi!
¡Qué mona! Pero no tengo pasta
Me pasa igual. Un asco. Tendría que encontrar trabajo.
¿No tenías ya un trabajo?
Sí, pero necesito otro más para apuntarme a esquí.
¿¿¿Cómo??? ¿Cerise sobre unos esquís? Cerrad la montaña. Así estaréis más seguros.
¡Oye! No me juzgues
Nunca ¿Por qué no haces de canguro?
Bien pensado
O vende pasteles.
Ya, claro, ¿y quién los compraría?
Todo el mundo. Yo, la primera. Echo de menos tus magdalenas. Bueno, te tengo que dejar. Besos, sis .
¡Te quiero!
Dejo el teléfono, motivada como nunca. Sin duda, la idea de hacer de canguro podría proporcionarme algo de dinero. Los turistas necesitan airearse y los padres de los niños de la guardería podrían estar interesados.
Ya está. ¡Adiós a la pereza! Copio un pequeño anuncio en doce folios y me pongo en marcha. Para empezar, me paso por la escuela de esquí para preguntar por las tarifas de los cursos individuales.
Como me esperaba, no son baratos. Si no me fallan los cálculos, con lo que me queda en la cuenta podría pagar... dieciocho minutos de lección. No creo que con eso tenga suficiente.
Solo espero que el anuncio ofreciendo mis servicios como niñera capte la atención de padres adinerados. Sin embargo, ya hay tres propuestas similares en la charcutería y en la tienda de alquiler de esquís.
Estoy contemplando el escaparate de la panadería, donde tienen pegados muchos anuncios, cuando una voz me sobresalta:
–Ey, Cerise.
–Ah, Marie. ¡Hola!
–¿Te ofreces como canguro? –pregunta tras mirar a hurtadillas mi anuncio.
–Sí, quiero ganar un poco de dinero extra.
–¡Buena idea! Te contrataré alguna vez. Hace una eternidad que no tenemos una cita romántica.
Me siento como si me hubieran dejado caer un martillo en el pie, aunque en mi caso ha aterrizado en el pecho. Me concentro en mantener una expresión impasible, aunque la sorpresa debe intuirse en mi cara.
–¿Tienes... hijos? –pregunto con un graznido.
Por suerte, Marie no parece darse cuenta.
–Alguno que otro, sí –responde entre risas–. Cuatro, para ser exactos. Y no nos vendría mal tu ayuda alguna noche. ¿Cerise? ¿Estás bien?
Mierda, he tenido un cortocircuito.
–Sí, eh... Dímelo cuando quieras.
–Hablaré con mi pareja y te avisaremos.
–De acuerdo.
Finjo estar relajada, pero noto las manos húmedas y debo tener un nido de abejas en la cabeza, a juzgar por cómo me zumba. Ni siquiera sé cómo encuentro las fuerzas para volver a casa. Me echo agua en la cara y me dejo caer en el sofá.
Me cuesta digerir la noticia. Marie, la que sospecho que es mi madre biológica, la razón por la que he venido hasta aquí, tiene cuatro hijos. ¿Y yo? ¿Cuál es mi lugar?
–Tía, ¿qué haces?
Abro los ojos. He vuelto a quedarme dormida como un tronco. Se está convirtiendo en una costumbre. Suspiro y ahuyento a Marie y sus cuatro hijos, sin duda perfectos, de mis pensamientos.
–¿Yoga?
–Mejor dicho, meditación –bromea Tina–. ¿Quieres un crepe después de tanto esfuerzo?
¿Quién sería tan tonto de rechazar un poco de compañía? Bueno, vale, no solo necesito mantenerme ocupada, sino que me ruge el estómago y nunca he logrado resistirme a la llamada de la glotonería.
Casi hemos llegado a WoodBear cuando saca el móvil y comienza a dar brincos.
–¡Anda! Van a inaugurar un bar que está un poco más arriba, en la montaña. ¿Vamos? Di que sí. ¡Di que sí!
–Eh... Vale.
Me dedica una mirada perpleja.
–Señora, ¿quién es usted y qué ha hecho con mi compañera de piso?
Me encojo de hombros.
–Cuando te apetece algo, te pones muy intensa y no dejas de insistir, así que solo he ganado tiempo. Pero te lo digo desde ya: no me iré muy tarde.
–Ostras, Tina, ¿un iglú? ¿En serio? ¿No habías dicho que era un bar?
–Sí, un bar de hielo –especifica, como si no me hubiera dado cuenta–. Increíble, ¿no?
No cabe ni un alfiler. Sin embargo, debo confesar que... el lugar está guay. Hay personajes fantásticos esculpidos en las paredes interiores y el juego de luces hace que parezcan animados. Pero, maldita sea, hace un frío que pela.
–¿Quieres que salgamos? –me pregunta Tina tras llegar al mostrador a codazos para pedir un par de cócteles.
–Sí, hará menos frío fuera.
Bueno, lo de menos frío es mucho decir, pero la multitud que se apiña en la terraza hace que suba la temperatura. Tina tiene incluso problemas para abrirse paso por ella porque todo el mundo la detiene para saludarla. ¡Qué popular es mi compi!
–Cerise, esa es Margaux. Lilya, ¿conoces a Cerise? Célestine, te presento a Cerise.
Siento que mi batería social no va a tardar en emitir una alerta.
Observo el panorama con la mirada. Hay ambiente, eso está claro.
Se oyen risas y conversaciones fuertes, todas regadas con litros de cerveza.
De los altavoces sale música electrónica y algunas personas se mueven siguiendo el ritmo...
o no. Hay, incluso, un tipo con el torso desnudo que baila sobre un barril y...
Ay, ¡espera! Reconozco esos tatuajes. ¡Es Enzo!
Lilou también está aquí. Vestida. Intenta hacer que su hermano baje, sin mucho éxito.
–Voy a saludar a Enzo y a Lilou –le susurro a Tina al oído.
Alza los ojos y se le ensombrece la expresión. ¿Tendrá que ver con que una chica se haya subido al podio de nuestro compañero de piso y ambos estén interpretando una coreografía muy sensual?
–¿Estás bien?
–¿Qué? Sí, claro, ¿por qué?
–No sé, por cómo has mirado a Enzo...
Pone los ojos en blanco.
–Deja de montarte películas, Cerise. Enzo es... Enzo. Un buitre que se tira todo lo que se menea. Me sorprende incluso que no haya intentado nada contigo.
Su respuesta no me ha convencido, pero no tengo tiempo de indagar sobre el asunto: él también ha reparado en nosotras y se está acercando, con Lilou pisándole los talones.
–Hombre, Guinda del Pastel, qué alegría verte por aquí.
¡Puaj! Apesta a vodka.
–¿No puedes ponerte una camiseta? –le pregunto, paseando los ojos por el inmenso patrón que le adorna el torso. Está aquí, ante mis ojos. ¡Sería cruel privarse!
–No te preocupes. Soy de sangre caliente. Eres tú la que va demasiado vestida. –Se echa a reír, mientras me dedica una mirada sugerente.
–Eres un plasta –se queja Lilou, tratando de quitarle la copa de la mano–. ¿Vas a cogerte una cogorza cada vez que papá te haga un reproche?
Un brillo extraño atraviesa los iris de Enzo, mezcla de rabia y resignación.
–Si lo hiciera, estaría borracho noche y día –bromea antes de beberse el vaso de un trago.
–Jo, ¡qué cansino eres! –afirma su hermana.
–No, soy divertido. Es un matiz sutil. Cerise, te he visto saliendo de la escuela de esquí este mediodía. Si necesitas dar clases, podría enseñarte. Soy el mejor... y no solo en el esquí, ya sabes lo que quiero decir –añade guiñándome un ojo, seductor.
Madre, va fatal. Me dispongo a rechazarlo con delicadeza cuando advierto la expresión apenada de Tina. ¡Bingo! Tenía razón, está pillada por él.
Enzo sigue tratando de cortejarme. Intenta cogerme para bailar conmigo, me huele el pelo... Levanto el cóctel para colocarlo como defensa y me alejo, musitando una excusa. Lilou me sigue.
–No es tan malo –dice para defender a su hermano–. Pero a veces no sabe cuándo parar.
–Tranquila, ya lo sé. Con la que lleva encima, sería mejor que no empezara siquiera, ¿verdad?
Se echa a reír y se presiona contra mí.
–Me caes muy bien, Cerise –dice, tomándome de la mano–. ¿Vamos a bailar?
Sin esperar una respuesta, me arrastra hasta la pista a rebosar de gente.
La música ahora se ha vuelto más pop. Tina se une a nuestro dúo e improvisamos coreografías inverosímiles sin prestar atención a los que nos rodean. Yo apenas soy capaz de seguirlas, manteniéndome al margen, pero desde esta posición puedo observar todo lo que ocurre.
Advierto que Enzo se ha puesto una camiseta. Brinda con Ben, quien nos contempla hasta que nuestras miradas se cruzan y desvía la suya.
–Me muero de sed. ¿Te apetece una copa? –me propone Lilou.
La acompaño mientras Tina sigue bailando.
Nos encontramos rodeadas por los amigos de Lilou. Son majos, pero no tardo en tener la sensación de haber aterrizado en un universo paralelo. En serio, ¿esta gente habla un idioma extranjero o qué? No, solo de snowboard . Entre el split , el jib , el cork y el tail grab , no entiendo nada de nada.
El agotamiento me sobreviene, acompañado de unas ganas inmensas de fundirme con el sofá.
–Tía –dice Tina, quien ha aparecido de nuevo–. ¿Cogemos una mesa y pedimos una fondue ? ¿Te apetece?
–Esta noche no. Mi límite está en cenar queso una vez a la semana.
–Ah, venga, porfa. ¡No me quiero ir todavía!
–Bueno, quédate. Ya no soy una cría, puedo encontrar el camino de vuelta sin ningún problema. No te preocupes.
–¿Seguro? ¿Y si te pierdes?
–¿Yo? Me tragué un GPS de pequeña. Te enviaré un mensaje cuando llegue a casa, ¿vale?
–Gracias, guapi. ¡Eres la mejor!
A decir verdad, no hay nada de lo que preocuparse. Para bajar una montaña, solo hace falta ir recto. Y ya. Bueno, más o menos. Quizá sea un poco más complicado de lo que pensaba.
Los abetos bloquean la tenue luz de la luna y la linterna de mi teléfono no es lo bastante potente para alumbrar el camino.
No veo dónde pongo los pies, hace frío y...
Ay, ¡mierda! Me precipito colina abajo como si fuera un dibujo animado.
¿Me voy a transformar en una bola de nieve gigante de tanto rodar?
¿Hay un barranco al final? ¿Voy a morir?
Ah, no, todo bien. He dejado de rodar. Eh... ¿Qué es ese ruido? Plas, plas, plas. No pierdas los nervios, no pierdas los nervios...
Me parece oír el aliento de una bestia detrás del tronco de un abeto, preparada para comerme como aperitivo o guardarme para el postre.
¿Será un lobo? ¿Un oso? ¿Qué animales salvajes esconde este rincón de la montaña?
¿Será mejor que me quede quieta o que salga corriendo?
Y, sobre todo, ¿por qué en la estación no se da una formación de supervivencia en un entorno hostil para todos los trabajadores temporales?
De puntillas, con el mayor silencio posible, cojo nieve y hago una bola que lanzo de lleno (espero) contra la bestia. Un grito me demuestra que, por una vez, he dado en el blanco. A continuación, descubro que mi blanco no era ni un oso ni un lobo, sino un terrible yeti.
–Pero ¿estás loca? –gruñe Ben–. ¿Vengo a salvarte y me atacas? Me has dado en el ojo. ¿Has metido dentro una piedra o qué?
Me siento orgullosa por la idea de la piedra, pero quizá sea demasiado pronto para fanfarronear.
–Es culpa tuya. ¿Por qué juegas al escondite entre los árboles?
–¿En serio? ¡Te traía unas raquetas para que te costara menos andar!
Ay, mierda. Benjamin trataba de portarse bien conmigo y, a cambio, he estado a punto de sacarle un ojo. ¡Qué mal momento!
–Sí, bueno, perdona, ¡eh! ¿Cómo iba a saber que eras tú, en lugar de un oso?
–¿Quizá porque no hay ni uno por aquí?
–Mentira.
–Verdad.
–No, es mentira. He visto a un gruñón a mi lado. Eh, me refiero a un oso gruñón. Bueno, lo has entendido.
¡Qué vergüenza! Siempre me pasa lo mismo. Quiero soltar un comentario divertido y acabo diciendo tonterías. Tiene la decencia de no reírse (demasiado).
–Venga, te ayudo a ponerte las raquetas –le digo.
–¿Vas a volver al iglú?
–No, te acompañaré a casa. No vaya a ser que mates a alguien con una bola de nieve.
–¿De verdad se pasea la gente por la montaña en mitad de la noche?
–Tú misma, ¿no? Venga, vamos.
Caminamos en silencio. No sé si es porque está enfadado por el ojo morado que sin duda le saldrá mañana, sumado al pelo azul, o si es su manera de ser, pero me parece bien. ¿Será posible que, tras este paseo, enterremos el hacha de guerra? Sea como sea, caminar a su lado me hace sentir extraña.
Al acercarnos a los Dahus, su móvil emite un pitido corto.
–Ay, mierda –maldice al ver la pantalla–. Tengo que irme.
¿Ahora? ¿Justo después de recibir un mensaje?
–Nada grave, espero.
–No, es un amigo que me necesita. Ya habíamos quedado, pero se me había pasado, así que debo ir.
–Vale... Bueno, adiós. Y gracias por acompañarme.
–No te preocupes. Me alegra que nos hayamos... eh... reconciliado, Barquillo de Frambuesa.
–Y yo, yeti. Pero no te hagas ilusiones, me vengaré igual.
–No esperaba menos. No te olvides de que este juego se me da mejor que a ti. No estás preparada.
–Sí, sí, estoy deseando verlo.
Lo peor es que es cierto.