5 Diciembre
¡Mierda! Voy a volver a llegar tarde.
Lo bueno es que esta mañana el cuarto de baño está libre y no tendré que pelearme con Ben. Me ducho a toda prisa y me precipito hacia la cocina para pillar algo de comer. Entonces, un pósit sobre un paquete de barquillos de frambuesa capta mi atención.
¿Será que el yeti se ha dado cuenta de que se ha pasado?
Con una sonrisa en los labios, me guardo las galletas en la mochila y me marcho al trabajo.
Ahora que sé dónde está la guardería y llevo la ropa adecuada para no echarme a temblar por el camino, que recorro con rápidas zancadas, me percato de que empiezo a cogerle cariño al pueblo.
Bueno, lo preferiría en verano, con hierba en vez de nieve.
Pero debo admitir que el lugar tiene su encanto y que los paisajes son apacibles...
Venga, basta de contemplaciones, tengo que ponerme en marcha enseguida. Marie está contenta conmigo, sería una pena que la decepcionara.
Lo primero en lo que reparo es el olor nada más llegar a la guardería. Una cesta de bollería inunda con su aroma la estancia y el estómago me gruñe, encantado.
–¿Qué festejamos? –les pregunto a Max y a Marie tras morder un cruasán de chocolate.
–¡Tu éxito de ayer! –me felicita mi jefa–. Convencer a Marissa de que se quede sin que esté yo aquí es un hito.
Marie está orgullosa de mí, por lo que se me acelera el corazón.
–Ah, solo tuve suerte –replico con las mejillas sonrojadas.
–Más bien, talento –añade Maxence.
–Por cierto, ¿sabéis a qué se dedica su madre? Su cara me suena de algo.
–Hace vídeos –contesta Marie.
–Es influencer –especifica Maxence–. Su nombre de usuario es Milleca. Tiene miles de seguidores.
–Ah, debe ser por eso. Quizá la haya visto alguna vez...
–Las nuevas tecnologías me superan –prosigue Marie, molesta consigo misma–. Sin embargo, Camille es alguien muy importante en la estación. Tal vez, si nos portamos bien con su hija, nos pueda beneficiar.
–¿Vive aquí?
–Va y viene durante la temporada de invierno. Es una antigua campeona de esquí.
–Como Marie –añade Maxence, rebosando admiración.
–¿Campeona? No exageres, Max –protesta–. Siempre ha sido mejor que yo.
–¿Os conocéis bien? –pregunto.
–Somos amigas desde la infancia. Formábamos parte del mismo equipo de esquí.
–¡Participaron incluso en los juegos olímpicos! –exclama Max.
–Sí, bueno, yo solo una vez. Camille sigue en ese mundo.
–¿Y tú por qué lo dejaste?
Aprieta los labios.
–Tuve... una lesión. Ahora ya solo esquío por placer.
Qué raro. Me da la impresión de que ha dudado. ¿Por qué iba a mentirme?
No tengo tiempo de reflexionar sobre ese tema porque Max dice:
–Hasta ahora, era Marie quien descendía la pista con la antorcha en la mano, disfrazada de marmota.
Perdida en mis pensamientos, me contento con asentir.
–Estoy encantada de que vayas a tomar el relevo –anuncia Marie.
¿Eh? ¿Cómo? Debo haberlo entendido mal, ¿no?
–Mmm... ¿Quién?
Mi jefa frunce el ceño.
–Ya lo hemos hablado, ¿no?
Niego, con los ojos como platos por la sorpresa.
–¡Vaya! –exclama–. Por suerte, tenemos hasta el 21 de diciembre. Además, solo es una pista azul, por lo que será fácil.
–Por supuesto, sí.
Nos dedica una sonrisa.
–Bueno, ¿decidido? Adelante, os espera una nueva jornada divertida en la Marmottons.
Marie se levanta y se aleja mientras permanezco inmóvil en mi asiento con el estómago convertido en piedra.
–¿Estás bien? No tienes buena cara –comenta Max, preocupado.
–Debo confesarte una cosa –musito.
–¿Es grave?
–Dímelo tú. Es posible que escribiera en mi currículo que había conseguido la tercera estrella.
–¿Y no la has obtenido?
–Algo peor.
Max se pasa una mano por el pelo.
–¿Peor?
–Sí. Lo cierto es que no me he subido a unos esquís en la vida.
Me dedica una mirada tan cargada de horror como si le hubiera confesado que les doy somníferos a los niños para poder leer tranquila.
–Mierda, Cerise... ¡Estás en un buen lío!
–Max, Cerise, ¿preparados? –nos llama Marie desde el pasillo.
–Ya vamos –respondo, suplicándole a mi compañero con los ojos–. No digas nada, ¿vale?
–Claro –me promete–. Pero deberías apuntarte a un curso si no quieres que Marie descubra que la has engañado...
Puf, ¡menuda pesadilla!
–Sin duda, sí. ¿Podrías enseñarme?
–Me encantaría, pero, por desgracia, no soy demasiado habilidoso con los esquís.
–Ah...
–Sin embargo, podríamos descender juntos la pista verde algún día, en la pausa para comer.
Es mejor que nada. Al menos hasta que pueda pagar las clases. ¿Cuánto me va a costar esta mentira?
–¿Trato? –le digo, tendiéndole la mano.
–Trato –responde, ruborizándose como un colegial.
Me mareo al entrar en los Dahus. Me pasa a veces y, ahora mismo, más a menudo de lo habitual.
Por instinto, meto la mano en la mochila para recuperar los barquillos de frambuesa. No tengo demasiada hambre, y soy consciente de que solo me apetece comer para digerir mis emociones. ¡Una pena!
Sin embargo... ¿Qué es ese olor horrible? Huele a gimnasio durante el fin de semana.
Sufro una arcada. Vacío todo el contenido de la mochila en la alfombra de mi habitación. Ninguna rata muerta ni calcetín sudado. Pero, de repente... Ah, espera. Movida por la intuición, abro el paquete de galletas. Y se me escapa una carcajada histérica.
El traidor de Ben ha guardado los bordes del queso de ayer por la noche en un paquete vacío de barquillos de frambuesa. Por supuesto, no le diré nada, pero reconozco que es una genialidad. Me habría encantado pensarlo antes. Al final de la caja, una nota manuscrita me saca una sonrisa.