Una Navidad a punto de nieve 4 Diciembre
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4 Diciembre

–¿Quién ha puesto la lavadora? –pregunta Benjamin tras entrar como una furia en la cocina donde Tina y yo estamos tomando el desayuno.

–Buenos días a ti también –digo con toda la calma del mundo, sin mirar a mi cómplice para no echarme a reír.

–Sí, bueno, la cortesía no está hecha para los perros –añade Tina.

–Buenos. Días –articula Ben, malhumorado–. ¿Quién ha puesto la lavadora?

Le dedico mi sonrisa más angelical... y más hipócrita.

–Yo, pero no me des las gracias. Lo he hecho de corazón.

–¿Darte las gracias? –pregunta con voz ahogada–. Mira el resultado.

Nos tiende una camiseta rosa.

–Bonita camiseta –respondo antes de morder la tostada.

–No, antes lo era, cuando era blanca. Ahora... ¡es rosa! Y no solo la camiseta, sino también los calcetines, la sudadera... ¡TODO es rosa!

– Tu vois la viiiie en roooose! –comienza a canturrear Tina.

Mirada mordaz de Ben. Adopto la expresión arrepentida que tenía guardada para él.

–Vaya, no me había dado cuenta de que ya había ropa en el tambor. Qué mala suerte.

Como es obvio, es mentira. Al ver el contenido de la lavadora ayer por la noche, me apresuré a meter dentro el chándal rojo de Enzo con la complicidad de Tina y crucé los dedos para que el resultado fuera justo este. Pero, como Ben ayer por la mañana, lo negaré, aunque me torturen.

–¿Ahora qué hago?

–Bueno, ¿no puedes llevar una camiseta rosa? Te realza la tez. Yo me la pondría. Hasta luego.

Huyo, tratando de camuflar una sonrisa enorme. Me sigue con la mirada llena de rabia hasta la puerta. Estoy segura de que no se quedará de brazos cruzados, pero me descubro disfrutando de este pequeño juego.

Llego al trabajo con diez minutos de antelación, lo que me permite cruzarme con Marie antes de que se dirija a otra estación para pasar allí el resto del día. Su sonrisa de satisfacción me demuestra que su opinión sobre mí ha mejorado. Algo es algo.

Max recibe a los niños y yo trato de recuperar a la pequeña Marissa, entre lágrimas, de los brazos de su madre.

–Peque, tengo mucho trabajo que hacer esta mañana –le susurra la madre–. Tengo que irme.

Sé que se está planteando llevársela consigo. Ocurría a menudo en la clase de mi madre al principio del curso. Por eso, utilizo una técnica que le he visto hacer mil veces.

–Busco a un conejito como modelo para hacer un dibujo –digo en voz alta–. ¿Alguien ha visto uno?

La niña me lanza una mirada llena de curiosidad. ¡Sí! Ha mordido el anzuelo.

–¿Nadie? Ay, ¡noooo! –sigo, fingiendo que es un gran drama.

La cría saca el peluche.

–¿Quieres dibujarlo?

Me muestro sorprendida.

–Ay, pero si es precioso. ¿Te gustaría ayudarme?

–Vale –dice con una sonrisa tímida, separándose de su madre, quien me felicita guiñándome un ojo.

Un último beso. Luego, la niña me tiende su minúscula mano regordeta. ¡Victoria!

Salgo del trabajo de buen humor. Ni siquiera el paseo disfrazada de marmota por la estación me ha fastidiado el día.

Por si fuera poco, por fin he encontrado unos gruesos zapatos que no dejarán mi cuenta bancaria en números rojos gracias a los descuentos para trabajadores temporales.

Orgullosa, le envío un mensaje a mi hermana:

¡Hola, piojosa! Tenías razón. El día ha ido genial (por lo menos, mejor que ayer). ¿Qué tal tus clases?

¡Buenas, orco! ¡Me alegro por lo del trabajo! Yo he diseñado un modelo de zapatos maravilloso.

¿A ver?

Un segundo después, recibo el dibujo de unos zapatos inverosímiles, con enormes tacones y unos gruesos nudos dorados, de los que arrasarían en un desfile de alta costura.

Violette es fan incondicional de los zapatos.

Deportivas, mocasines, manoletinas... En su cuarto no cabe ni uno más.

Por su decimoctavo cumpleaños, en su lista de deseos incluyó los famosos zapatos de tacón con la suela roja.

Su sueño es crear su propia marca. Está haciendo un curso de diseño de moda en Burdeos y, aunque quizá no sea objetiva, me parece que tiene mucho talento.

¡Qué maravilla! Están geniales.

¡Gracias! Los terminaré esta noche. ¿Y tú qué tienes planeado?

No te lo vas a creer: la fiesta de la raclette

Me parto. No dejes que esos montañeros te cambien.

Lo prometo. Besos, sis

La casa rebosa emoción. Una música navideña surge de los altavoces, los plomos están a punto de saltar por los miles de guirnaldas eléctricas encendidas y hay bastante queso en la nevera para alimentar a todo el valle. ¿Podré librarme?

–Aaaah, por fin has llegado –grita Tina–. No vas a quedarte así vestida, ¿no?

–No, pensaba ponerme un chand...

Mierda. Respuesta incorrecta, a juzgar por la mirada de mi compañera.

–¿Estás de broma? Ve a cambiarte. ¡Rápido! Solo porque nos quedemos en casa, no vamos a dejar de ir elegantes. Por cierto, te presento a Lilou, la hermana de Enzo.

Una chica morena muy alta con un corte pixie y las orejas llenas de piercings me dedica una sonrisa.

–Holi –dice–. No te preocupes. Siempre se pone así antes de cada fiesta de la raclette . Después se calma. Al menos un poco.

Suelto un bufido.

–Parece que estas veladas son sagradas.

–Ya ves. Y Tina no escatima. Durante un tiempo, quiso rebautizar al chalé y llamarlo Raclette 4ever . Por raro que parezca, el propietario se negó.

Aprieto los labios para no echarme a reír.

–¿Sí? No entiendo por qué.

–Ah, sí. Tú tampoco, ¿no? –exclama Tina, con un entusiasmo de primer grado–. Bueno, son casi las siete. Da igual cómo vayas vestida, Cerise. ¿Qué están haciendo los chicos? ¡Ben! ¡Enzoooo!

Adiós a mis tímpanos.

–Cualquiera diría que eres tú la animadora –bromeo.

Tina se encoge de hombros y se incorpora cuando entran los chicos.

–Ah, nunca es demasiado pronto. Queridos amigos, nos reunimos aquí en honor a nuestra nueva compañera, también conocida como Cerise.

–¡Yujujú! –me vitorea Lilou.

–¡Eres la guinda de nuestro pastel! –exclama Enzo.

–Sí, mientras no se ocupe de la colada... –Ben esboza una mueca.

Vaya, qué rencoroso es el yeti.

–Por eso –continúa Tina, como si no la hubieran interrumpido– os he pedido que vengáis temprano, porque, antes del aperitivo, vamos a decorar el árbol juntos.

Los chicos sueltan un gruñido por guardar las apariencias, pero se ponen enseguida a trabajar, participando en el desorden alegre orquestado por Tina. El salón es bastante espacioso, pero como los cinco no dejamos de ir de las cajas de cartón al árbol, tropezamos unos con otros.

¿Y todo para qué? Tina reemplaza todas y cada una de las bolas que ponemos, como si tuviéramos cuatro años y ella fuera nuestra madre.

Los demás, al parecer acostumbrados, cantan, se empujan, ríen e incluso hacen algunos pasos de baile.

¿Compartir piso se trata de esto? Si lo pienso, no está tan mal. ¿Me adaptaré?

–Oye, Grosella, no irás a poner los botines con brillibrilli a los pies de la chimenea, ¿no? –me pregunta Ben al pasar a mi lado.

El imbécil me ha asustado.

–¿Por qué? ¿Quieres que te los preste para que vayan a juego con tu ropa rosa?

Su gruñido hastiado me demuestra que he vuelto a dar en el blanco.

–Cerise –anuncia Tina de forma solemne–, tienes el privilegio de colocar la estrella.

–No va a ser posible –contesta Ben por mí–. Lo mismo tiene un ataque de ansiedad si se sube al segundo peldaño de las escaleras.

Parece que no se da por vencido. Me dispongo a fulminarlo con la mirada antes de cambiar de opinión. Le dolerá más que lo ignore.

–Será un placer –respondo, aunque preferiría quitarme los pelos de la nariz con una pinza a aceptar la misión.

Por si fuera poco, me doy el lujo de pasar de la mano que Ben me tiende para ayudarme a bajar de la escalera. ¡Y punto!

–Gracias, mis bombones de chocolate –dice Tina cuando considera que la decoración está a su gusto–. Podemos sentarnos a la mesa.

Mientras el queso se funde en la sartén y cada uno pela una patata, aprovecho la ocasión para observar a los demás.

A mi derecha, Tina, la líder casi dictatorial, que siempre tiene algo que decir.

A mi izquierda, Lilou, la chica vivaz que maldice como un carretero y que habla de la nieve con los ojos brillantes.

En la cabecera de la mesa, Enzo, el tatuado un poco demasiado seguro de su carisma.

Y, frente a mí, Ben y sus rizos alocados.

El más discreto, el que apenas interviene, excepto para atacarme. ¡Vaya pandilla!

–... debería haber caído hace dos semanas –anuncia Enzo, devolviéndome al presente.

–¿Quién?

–La nieve.

–Ah.

–Sí, es un rollazo –se lamenta Lilou–. Es lo que más espera todo el mundo.

–Excepto tú, ¿no? –me dice Benjamin.

–Eh, bueno... Si se fundiera durante la noche, me vendría genial.

Todos empiezan a gritarme y lanzarme servilletas de papel a la cara hasta que suena el timbre. Enzo se dispone a abrir. ¡Salvada por la campana!

–Espero que no sea otra de sus fans –Lilou esboza una mueca–. Si no, no comeremos hasta dentro de tres horas.

–Yo que tú no hablaría de las conquistas de Enzo –replica Ben, mirándome a los ojos–. Lo mismo te lanzan a la hoguera.

Abro la boca para insultarlo cuando Enzo grita:

–Cerise, ¡es para ti!

El corazón me da un salto en el pecho. ¿Mis padres? ¿Mi hermana? ¿Théo?

–¿Estás bien? Te has puesto pálida –dice Tina, preocupada–. ¿Es por el olor? ¿Quieres que aireemos?

–Es un compañero tuyo. Le he dicho que entre –anuncia Enzo al volver al salón.

Uf, ¡qué alivio! Intrigada, me dirijo hacia Max, quien pasa el peso de un pie a otro, tan incómodo como yo cuando me pongo el disfraz de marmota.

–Hola, Cerise. No quería molestarte, pero he venido a traerte el gorro –recita sin recuperar el aliento.

–¿El gorro?

Me tiende una capucha azul adornada con orejas de conejo que solo le entraría a un niño. No hace falta ser ingeniero para entender que ahí no me cabe la cabeza y que Max la ha utilizado de excusa para venir a verme. Me echaría a reír si no me sintiera tan incómoda.

Estoy buscando una reacción que no lo deje en evidencia cuando Tina aparece a mi lado.

–Max, ¿no? ¿Comes con nosotros?

–Muy amable, pero no quiero importunar... –farfulla, lanzándome una mirada.

–No te preocupes –le asegura mi compañera–. Cuantos más seamos, mejor estará la raclette .

Sonrío.

–Te acaba de hacer una invitación formal, Max.

–Ah, entonces, acepto encantado.

–Júntate con los chicos en el salón, y tú, Cerise, ven a ayudarme a la cocina –dice Tina.

Sabiendo cómo es, seguro que me pedirá información jugosa. No me equivocaba.

–Es muy mono ese tal Max. ¡No me lo habías contado! –me reprocha enseguida.

–No, solo ha venido...

–A traerte un gorro para recién nacidos, sí.

–¡Cállate! Nos va a escuchar, el pobre –digo, reprimiendo la risa.

–¿Siempre habla como si tuviera ochenta años, o solo al principio? –musita.

–Creo que siempre.

–Bueno, tiene su encanto.

–¿Karaoke? –nos suplica Tina al terminar de comer.

–Ay, no, esta noche no –gruñe Enzo, poniendo los ojos en blanco–. Deja el micro apagado, Queen T . Una chica no ha dejado de cantar durante toda la lección de esquí de hoy. He estado a punto de dejarla atada a los pies de un abeto.

Pelo una mandarina y me meto un cuarto en la boca.

Contra todo pronóstico, la raclette , que ha recibido un 8 de 10 por parte de los profesionales sentados a la mesa, no estaba tan mal.

Pero me he dado cuenta de que estas veladas solo son una excusa para compartir un momento agradable sin darle vueltas a la cabeza.

Enzo y Tina nos han hecho disfrutar, y no solo del queso.

Estos dos deberían formar un dúo cómico.

Triunfarían. Si siempre es así, me encantaría repetirlo, excepto por el olor.

–Vale, nada de karaoke –farfulla Tina–. Entonces, ¿qué propones?

–¿WoodBear?

–Para nada. Las fiestas de la raclette son para estar solo nosotros, sin un puñado de tías que babeen por tus tatuajes.

–¿Estás celosa?

–¿De tu exhibicionismo? Con eso solo me entran ganas de lavarme los ojos con lejía.

Max y yo asistimos a la conversación, asombrados. Sin embargo, Ben y Lilou no parecen sorprendidos, como si una escena así fuera de lo más normal.

–¿Fotos al azar? –propone Lilou–. Max, Cerise, ¿sabéis qué es?

A riesgo de parecer un pollito recién salido del huevo, prefiero jugar la carta de la sinceridad.

–Nunca lo he oído.

–Ídem –musita Max.

–Sacad vuestros móviles –ordena Tina–. Os descargaré la aplicación.

Las reglas son fáciles. Todos tenemos acceso a nuestras fotos, tomadas al azar de nuestras galerías, como indica el nombre del juego.

Pinchamos sobre un botón, aparece una foto y cada uno debe intentar ser el primero en averiguar de quién es.

–Es el momento de ocultar las carpetas comprometedoras y los desnudos –comenta Enzo con una mirada cómplice.

Pongo los ojos en blanco y comienza la partida. Una persona deslizándose por las pistas, con la equipación de esquí, aparece en mi pantalla.

–¡Fácil! –exclama Enzo.

–Ah, ¿sí? ¿Reconoces a cualquiera en chándal? Todo el mundo se parece en la montaña.

–De aquí a que se acabe la temporada, verás que no es así –me promete Lilou.

Las fotos se encadenan una detrás de otra. Nos burlamos de una mini Tina rodeada de sus cinco hermanos o de Enzo, disfrazado de dinosaurio, llevando a Lilou a la espalda.

Más que las instantáneas, son las anécdotas que las siguen las que nos permiten descubrir cosas los unos de los otros. Un juego muy instructivo.

Entonces, de repente, aparece un retrato familiar.

–¿Quiénes son? –pregunta Lilou cuando un pitido anuncia el final del tiempo.

–Mis padres y mi hermana –respondo.

–Ah, ¿sí? Qué raro, no te pareces en nada a ellos.

Tiene razón. Violette es tan morena como rubia soy yo.

Tiene los ojos de color marrón oscuro, totalmente distintos a los míos azul claro, y la piel impecable, sin ninguna imperfección, mientras que yo llevo luchando con todo tipo de problemas cutáneos desde los doce años.

Y los tres me superan por al menos diez centímetros.

–Sí... Es normal, dado que mi hermana es la hija biológica de mis padres y yo soy adoptada.

La mesa se sume en el silencio.

–Mierda, soy la reina de las cagadas. Lo siento –se disculpa Lilou.

–No te preocupes, de verdad. Tampoco es... un problema.

–Ah, ¿sí? –interviene Tina–. ¿Lo sabes desde siempre?

–Sí. Nunca ha sido un secreto.

–Y... ¿tu hermana es más pequeña?

Es gracioso lo mucho que intriga este tema a la gente en general. Suspiro.

–Mis padres tuvieron que esperar ocho años antes de poder adoptar. Cuando me acogieron, a los cuatro meses mi madre descubrió que estaba embarazada, por lo que Violette y yo nos llevamos once meses.

–Una locura –dice Lilou.

Sé la pregunta que les quema en los labios, pero no se atreven a hacerla, así que me adelanto:

–Y, de verdad, no me incomoda lo más mínimo. Nos consideran a las dos como un milagro, y nos quieren tanto a la una como a la otra. ¿Seguimos jugando?

La partida se reanuda, pero advierto que, a pesar de mis intentos, mi revelación los ha dejado perplejos. Por mi parte, mi confesión hace que me dé cuenta de hasta qué punto voy a traicionar a mi familia.