Una Navidad a punto de nieve 3 Diciembre
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3 Diciembre

¡Cómo duele levantarse por la mañana! Me he pasado la noche dando vueltas en la cama, tratando de no imaginarme mil escenarios catastróficos relacionados con mi primer día de trabajo. Spoile r : he fracasado a lo grande.

Extra: debo de parecer Miércoles Addams, aunque más mustia.

¡Necesito dormir!

Vale, cinco minutos más bajo la colcha y, luego, juro que me levanto. Me dejo caer sobre la almohada para disfrutar de la comodidad del colchón cuando un sonido estridente se oye al otro lado de la pared.

Ay, no, ¡creo que es el despertador de Benjamin! No hemos vuelto a hablar desde el incidente con el barquillo de frambuesa ayer por la noche y, visto lo que nos soltamos a la cara, me extrañaría que me dejara pasar al cuarto de baño con una sonrisa y una reverencia si entrara antes que yo.

No tengo elección: debo llegar la primera. Total, por unos minutos extra estando calentita... Me levanto de la cama de un salto, cojo la ropa y hago un sprint por la casa.

And the winner is... ¡Cerise Trécourt! Como si hubiera corrido un maratón, saludo a un público compuesto de un lavabo y un plato de ducha. Pero... ¡Mierda! Con las prisas, se me han olvidado las bragas... ¿o se me han caído por el camino? Sería vergonzoso.

Con la mayor discreción posible, vuelvo sobre mis pasos hasta que encuentro la ropa interior entre mi silla y el escritorio. Luego, regreso al cuarto de baño... Demasiado tarde. Al oír su silbido alegre, Benjamin tampoco está celebrando su victoria de forma modesta.

¡Qué fastidio! Sin embargo, intento mostrarme positiva. Con un poco de suerte, se apiadará de mí, ¿no?

–Perdona –digo con el tono más amable posible mientras llamo a la puerta–. ¿Ben? ¿Me oyes? Iba a darme una ducha...

Silencio. Después, continúa silbando.

–¿Benjamin?

–¿Sabes lo que se suele decir? –responde–. Quien fue a Sevilla...

–Sí, pero tengo las cosas en el lavabo.

–No te preocupes, no pensaba ponérmelas.

Ah, no, ninguna piedad, parece ser. Pero, a decir verdad, lo más probable es que hubiera hecho lo mismo en su lugar.

–¿Vas a salir pronto?

–Lo que tarde en ducharme. Bueno, si dejas de hablarme, claro, Grosella.

Genial. Tiene el sentido del humor de un niño de cinco años.

Intento no enfadarme y respondo con dulzura:

–Me llamo Cerise.

–Como tú digas, Arándano.

¡Aj! Doy golpecitos con el pie para reprimir mi irritación y tragarme una respuesta mordaz. Que sea un imbécil si quiere, no voy a seguirle el rollo. Ya se cansará, tarde o temprano.

En lugar de dar vueltas por el pasillo, lo que no serviría más que para aumentar un poco más la presión, me preparo el desayuno. Si puedo ganar unos minutos, mejor que mejor.

Aun así, al mismo tiempo me da la impresión de que esta mañana no podré comer nada, ni siquiera un barquillo de frambuesa. Tengo un nudo en el estómago más grande que un nido de serpientes.

Y luego está Ben, quien se toma todo el tiempo del mundo. ¿Se está exfoliando el cuerpo y cuidándose el pelo, o qué le pasa?

¡Ah! ¡Por fin! La puerta se abre. Ignoro la sonrisa arrogante de mi compañero de piso y me precipito hacia el cuarto de baño. Pero ¿qué es esto? Ahogo un grito mientras me giro hacia Ben, quien no se ha dignado a salir aún de la estancia.

–¿No podrías haber prestado más atención? ¡Me has empapado la ropa!

Arquea las cejas con aire sorprendido.

–No seas exagerada, Frambuesa. Habrán sido una o dos gotas. Además, no es culpa mía. Eres tú la que las ha dejado por ahí tiradas.

Coloco las manos sobre la cadera, frustrada.

–Podrías habérmelas dado.

–¿Seguro? Estaba desnudo...

Se me ruborizan las mejillas.

–Deberías haber tenido cuidado.

–Me has pedido que lo haga rápido...

–¿Tienes respuesta para todo?

–Creía que tenías prisa.

–Pfff, qué pesado –musito, dándole con la puerta en las narices.

Apuesto lo que sea a que ese imbécil lo ha hecho adrede. Si cree que lo voy a dejar pasar, lo lleva claro.

Pero primero cambio la ropa mojada, me preparo y me dirijo a la guardería Marmottons, intentando echar a mi compañero de piso de mis pensamientos. Ya bastante nerviosa estoy como para añadirle algo más.

El primer día de trabajo siempre es especial, pero me da miedo sobre todo la reunión con la responsable, Marie Deffaux.

Como buena stalker de redes sociales, la he buscado para descubrir más sobre ella.

Pero no he tenido éxito. Tiene el Instagram privado, una cuenta de LinkedIn en la que solo ha indicado su puesto actual y un perfil de Facebook sin ninguna foto. Es la reina de los boomers .

Ostras, ¿derecha o izquierda? Sumida en mis pensamientos, me he desubicado. ¡Como si tuviera tiempo de dar más vueltas!

Llego diez minutos tarde, con las mejillas sonrojadas, el estómago revuelto y sin aliento. Entonces, la presión desaparece. El centro parece cerrado. ¡Menos mal!

Una joven con el logo de la guardería bordado en el anorak está sentada en un banco a unos metros de la entrada. Será una compañera, que espera a que le abran. Con un suspiro de alivio, me acerco a ella, preparada para crear una relación de complicidad.

–Hola, soy Cerise. Voy a trabajar aquí. ¿La jefa está ya dentro? Llego tarde, así que me encantaría pasar desapercibida.

–Y yo –responde la chica sin una sonrisa– soy Marie Deffaux, la responsable, y he venido antes para enseñarte las instalaciones. Te estaba esperando.

Ay, mierda. Directa al top 5 de cagadas más grandes. ¿Ahora cómo salgo de esta? ¿Y por qué es tan joven? No se parece en nada a lo que me imaginaba.

Me quedo paralizada, al mismo tiempo que el único trozo de barquillo que he conseguido tragarme flota por el estómago.

–Dado el retraso –continúa, molesta–, debemos darnos prisa. Sígueme. A la izquierda está la sala de juegos principal. Ahí, la cocina...

Mientras se apresura por la guardería y me abruma con un dato tras otro, la observo: tras quitarse las gafas de sol, advierto que debe tener unos treinta y cinco años.

Es una cabeza más alta que yo, con una constitución atlética, los ojos claros y el pelo rubio.

Ya no me habla con tanta sequedad, se nota que es una mujer apasionada y...

–Eh, oye, ¿me estás escuchando?

Pues no, para nada. Espero que no me haya hecho una pregunta, porque quedaría como una idiota. Por suerte, en ese momento centra los ojos en la puerta y relaja la expresión.

–Ah, este es Maxence. Trabaja aquí desde hace tres años. Será un hombro firme en el que apoyarte.

Un chico con unas greñas impresionantes y llamativas se acerca a nosotras. Parece que no sabe controlar su propio cuerpo, pero su dulce mirada verde y su rostro salpicado de granos me inspiran confianza.

Nos saludamos a toda prisa antes de que Marie siga con la visita.

–Tenemos pocos inscritos para las tres primeras semanas, por lo que estaréis los dos solos de momento.

A mediodía, alguien de Arc 1600 pasará a recoger a los niños.

Yo superviso las guarderías de 1600, 1950 y 2000, por lo que estaré por aquí a menudo, pero no siempre.

Los demás animadores llegarán en Navidad.

Ahí sí que vamos a estar a tope de trabajo.

Un consejo, Cerise: ahora es cuando deberías descansar porque, si llegas tarde el primer día, no me imagino lo que pasará durante las fiestas.

–No volverá a pasar, lo prometo –juro con la mano en el corazón.

¿Qué más puedo hacer? Solo falta que añada «palabra de scout » y que ponga atención. De verdad, últimamente tengo la cabeza en las nubes.

–Bueno, a trabajar. Ya es la hora.

Marie abre la puerta. Enseguida, dos niños se abalanzan sobre Max para darle un beso.

–¡Hombre! Hallo, William! Hallo, Naomie! –canturrea el chico.

Eh, espera, ¿qué es eso? ¿Neerlandés? ¿Alemán? Me encojo sobre mí misma. No habré escrito en el CV que dominaba el neerlandés, ¿verdad?

Confieso que lo he maquillado un poco para tener más posibilidades de que me contrataran, pero no hasta el punto de inventarme competencias en lenguas extranjeras, ¿no?

Menos mal, los siguientes hablan en francés.

Hay un niño que viene de los resorts, Léandre; otro que mira a su alrededor con desgana, y una niña con inmensos ojos oscuros que se abraza a su conejito de peluche con desesperación.

–No viene con más ganas que el año pasado. –Su madre hace una mueca. Su rostro atractivo me suena de algo.

–No te preocupes. Nos lo vamos a pasar bien –le asegura Marie–. ¿No es verdad, Marissa?

La niña, con los labios temblorosos y los ojos inundados de lágrimas, se presiona el juguete contra la mejilla.

Inspiro hondo. Venga, a por todas. Sé ocuparme de niños.

He sido canguro, he hecho prácticas en la clase de mi madre, he estado en centros recreativos...

Sin embargo, aquí hay una prueba más: la nieve.

«La maldita nieve», mejor dicho. Pensaba que, con menos de seis años, podría mantenerlos alejados de ella. Mentira. Eso es lo único que me piden.

El jardín es una gran explanada blanca en la que se han instalado numerosos columpios.

Como resultado, me paso la mañana fuera, en el frío, recibiendo bolas de nieve en la cara y corriendo al baño para quitarles los monos a los más pequeños antes de que se hagan pis encima.

En cuanto a la tarde..., bueno, poco más de lo mismo, en realidad.

Va a ser un reto aguantar así hasta abril.

A las cuatro y media, cuando los niños se marchan, estoy hecha polvo. Terminamos dentro de una hora, pero ya sueño con tumbarme en la cama.

–¿Qué hacemos hasta las cinco y media? –le pregunto a Max–. ¿Ordenar?

Apenas nos hemos visto durante todo el día y tengo muchas preguntas que hacerle. Me mira de arriba abajo. ¿Tengo pintura en la mejilla?

–Eh... ¿Marie no te ha contado lo de la mascota? –comenta.

Ni idea de lo que está hablando.

–¿Un peluche de la guardería? –pruebo a decir.

–Es la marmota gigante que se pasea cada tarde por la estación.

Siento que lo siguiente me va a hacer llorar.

–Ah, ¿por qué debería hablarme de eso Marie?

No necesita responder. Su actitud esquiva es una gran alerta roja.

–Estás de broma, ¿verdad? ¿Es en plan novatada?

Por su cara, parece más cerca de sufrir una apoplejía que de estar bromeando. Será mejor que me calme. Si no, mi compañero va a acabar en el hospital.

–¿Max? –digo con dulzura.

–El problema es que soy demasiado alto para llevar el disfraz, por lo que tendrías...

–No me digas que me han contratado por medir menos de metro sesenta y cinco.

–No creo que tengan derecho a contratar a nadie según criterios físicos –declara con seriedad–. Pero la verdad es que es una suerte.

–Hola, Cerise.

Levanto los ojos y veo que Tina se dirige a mí.

–Buenas.

–Pareces triste. ¿Tan mal ha ido el día?

–Vengo de dar los diez mil pasos diarios vestida de marmota.

He descubierto que podemos sudar por las rodillas y que los botines de brillibrilli que me hizo mi hermana no son impermeables, por lo que, si necesitamos cubitos de hielo en casa, podemos usar los dedos de mis pies.

¿Te parecen ejemplos suficientes, o necesitas algo más?

La muy traidora se echa a reír.

–Venga, sígueme. Te invito a comer un crepe para que te recuperes –dice, señalando una fachada tras ella, la del WoodBear.

Es un bar inmenso, todo de madera, que parece una cabaña escandinava. Queda claro que es la sede central de mi compañera de piso. Saluda a todos, pide noticias, se ríe y por fin se acerca con un crepe de azúcar para mí y uno oculto bajo chocolate fundido y crema chantillí para ella.

–¿Sabes? –comienza a decir, lamiéndose el índice–. Estoy muy contenta de que estés en casa. Los chicos son adorables, pero está muy guay tener una compañera tan maja.

–¿Soy la primera?

–No la primera chica, pero sí la primera maja. Con la del año pasado, digamos que... no terminaba de funcionar.

Al ver la mueca de asco, entiendo que es un eufemismo.

–¿Y con los chicos va bien?

–En general, sí. Además, siempre están muy ocupados, lo que ayuda. Enzo es monitor y también forma parte de un equipo de esquí de alto nivel, unido a sus noches de fiesta. Es un personaje, no tardarás en darte cuenta.

–Ya lo he visto, sí. ¿Y Benjamin?

–Es más lobo solitario. Está haciendo un curso para ser rescatista y, en su tiempo libre, hace esquí de montaña o pasea con raquetas. A veces, no lo vemos durante varios días. Hace su vida.

–Sí, no es muy sociable, la verdad.

–¿No os habéis reconciliado?

–Hemos pasado de nivel, incluso. Me ha hecho una jugarreta y pretendo vengarme, pero... ¿será buena idea si tenemos que compartir piso?

A Tina se le iluminan los ojos.

–¿Estás de broma? Soy fan tuya. Así se anima el día a día en casa.

–¡O se arma un lío de narices! Me parece que tiene un palo metido por donde no da el sol. No creo que le haga gracia.

–¡Al contrario! Confía en mí. Provoco a diario a mis cinco hermanos mayores, pero me adoran. Además, en cuanto al ambiente, créeme, ya lo verás mañana.

–¿Por qué?

–No me digas que no te has enterado. ¡Es nuestra primera fiesta de la raclette juntos! Va a ser la bomba.

–Ah, ¿sí? ¿Cómo va a ser la bomba comer queso fundido?

Pone los ojos en blanco.

–Te explico el concepto. Es la noche en la que nos juntamos todos. El objetivo es clasificar los quesos raclette de la zona. Los probamos como si fuera lo único que tuviéramos que hacer en la vida, y así el sabor parece más intenso.

–¡Increíble!

–Sí, es genial –exclama sin entender la ironía de mi respuesta–. Lo verás cuando estés inmersa en la velada.

–Inmersa en el olor, querrás decir.

–Pero si el queso fundido huele de maravilla...

–No exageres.

–¿Sabes qué? Tenemos muchas velas en casa, así que no te preocupes. Bastará con encenderlas para perfumar.

Utilizo la oportunidad para cambiar de tema.

–Por cierto, las velas son preciosas. ¿Dónde las compras?

–En ningún sitio. Creo que las fabrica una prima de Enzo. Las trae cada vez que viene de casa de sus padres. ¿Y tú vas a poder ver a tu familia durante las fiestas?

–Eh, bueno... No. Viven en Dordogne, al otro lado del mundo.

Me observa, dos canicas marrones fijas en mí.

–Me parece que ya sé a qué categoría perteneces –declara al final.

–¿Una categoría? Explícate.

–Mira, la mayoría de las personas que vienen a trabajar durante la temporada lo hacen por las fiestas y los viajes gratuitos en teleférico. Es evidente que no eres de esas.

–Sí, hasta ahí estamos de acuerdo –río–. ¿Entonces?

–Estás en el otro equipo. Eres de los que están aquí para colocar todas las montañas posibles entre su vida y ellos. ¿Me equivoco?

Trago saliva. ¿Tiene razón? No del todo. Pero, si empiezo a desahogarme, me arriesgo a que me haga mil preguntas. Y, visto el lío que tengo en la cabeza, no voy a soportarlo. Por eso, opto por una respuesta vaga.

–Podría decirse, sí.

–Justifica tu respuesta.

–Bueno, acabo de salir de una ruptura...

–Ay, cariño. ¿Llevabais mucho tiempo juntos?

–Desde siempre, casi.

–¿Y cómo la estás viviendo?

–Ahí voy... Ya no estábamos en el mismo punto, en realidad.

–Mmm, ¿estás segura de que eso es todo? –me pregunta.

Según estoy descubriendo, es demasiado perspicaz.

Me meto un trozo enorme de crepe en la boca para evitar responderle.