2 Diciembre
Un sonido extraño me saca de un sueño en el que estaba patinando sobre hielo con los botines de brillibrilli de mi hermana. A mis neuronas les cuesta unos segundos reconectar e identificar el origen del ruido: Tina, mi nueva compañera, ronca como una locomotora en la cama que hay sobre mí.
Con los ojos como platos, pongo orden en mi mente.
Ayer por la noche, apenas tuve tiempo de quitarme el abrigo antes de que una chica que parecía una locomotora sin frenos me arrastrara hasta su habitación para que la ayudara a elegir el conjunto de hoy, como si fuera una de sus mejores amigas. ¡Integración a tope!
Por desgracia, tras su desfile de moda, sufrí un mareo.
Nada grave, a veces me pasa cuando me encuentro reventada y, como es obvio, después de levantarme a las tres y media de la mañana, lo estaba.
Pero Tina, preocupada, me obligó a tumbarme en el suelo.
¿Y luego? La oscuridad total hasta que sus ronquidos me han sacado del sueño de golpe.
Permanecería inmóvil hasta que se despertara, pero mi vejiga no está de acuerdo.
Tampoco mi estómago. Sus rugidos me recuerdan que ayer me salté la cena.
Como un ninja, salgo de la habitación de camino al baño antes de dirigirme a la cocina a explorar.
Bueno, ahora la pregunta del millón de dólares: ¿tengo derecho a utilizar lo que haya, o no?
Mi única experiencia compartiendo piso es la serie Friends , que me encanta ver con mi hermana.
Como comprenderás, no es mucha. Pero me muero de hambre, por lo que supongo que nadie me lo podrá echar en cara, sobre todo el primer día.
Además, de manera discreta, reemplazaré lo que coma cuando haga la compra.
En la puerta de la nevera, un imán con la frase «Te vas a enamorar de la montaña» sujeta un calendario mensual con las tareas asignadas según los horarios de trabajo de cada uno: Enzo, Tina, Ben y un hueco en blanco.
Supongo que ese me corresponde a mí. Es una locura.
¿Yo, compartiendo piso? Si me hubieran dicho que acabaría así, me habría muerto de risa.
Me dispongo a abrir la nevera de los desconocidos. Vacía, a excepción de restos de queso raclette . ¡Puaj! Sin embargo, en el primer armario, un paquete de barquillos de frambuesa me hace ojitos. ¡Es imposible resistirse!
Me encantan los pasteles, pero los barquillos son mi placer culpable, mi magdalena de Proust. Un solo bocado me envía directamente a mi infancia, a la época en la que Violette y yo los comíamos en la clase de preescolar donde enseñaba mi madre.
Cierro los párpados, deleitándome, mientras dejo que la galleta se me derrita en la lengua.
–¿Todo bien? ¿Molesto?
Dios, ¡qué susto! Sobresaltada, abro los ojos y me encuentro cara a cara con...
–¡El tío del funicular!
¿Acabo de decirlo en voz alta y de escupirle la mitad de la galleta? Mi vida es una comedia.
–Mierda, perdón.
Recupero la compostura y le tiendo una mano para quitarle las migas medio masticadas que le han aterrizado en el jersey.
Me detiene con un movimiento seco mientras pasea los ojos por mi cuerpo como si fuera la máquina de rayos X del aeropuerto.
Oye, tranquilo, chaval, que no tengo un arma escondida en el bolsillo.
–Urbanita, te estás comiendo mis galletas –se queja–. Ahora estaría bien que cogieras las botas de brillibrilli y salieras pitando. Total, no se acordará de ti...
Debo parecer un pez dorado que hubiera saltado de la pecera.
–¿Eh? Espera. Pero...
–No me des conversación. Madrugar no es lo mío –me interrumpe, arrebatándome el paquete de las manos y dándome la espalda.
Plantada en mitad de la cocina, observo cómo se marcha, boquiabierta. Atónita.
¿Qué problema tiene? ¿De verdad acaba de montarme un pollo por un miserable barquillo? ¡Flipo! Menos mal que no he tocado el queso raclette . Si no, me hubiera llevado a juicio.
–¡Oye! Hola, bella durmiente. ¿No habrías estado mejor en tu habitación?
Miro a mi alrededor, aún medio dormida. Esparcidos por todas partes hay libros, montones de vinilos y velas artesanales monísimas.
La estancia, espaciosa y luminosa, es muy acogedora.
Bueno, si ignoramos el inmenso abeto que ocupa la mitad del espacio y las cajas entreabiertas que rebosan bolas y guirnaldas.
Al parecer, a alguien le encanta la Navidad y apostaría por Tina.
–Eh, sí, bueno... No sabía si tenía habitación propia. Por eso me he tumbado en el sofá.
–Uy. –Tina esboza una mueca–. Es la segunda puerta a la derecha. Te he dejado allí las maletas.
–Genial, gracias. Siento haberme quedado dormida en tu habitación ayer. No sé qué me pasó.
–Ah, no te preocupes. Parecías un zombi y desconectaste en un santiamén. Esas cosas pasan. ¿Has visto a Enzo y a Ben?
Me siento, pegándome la manta al cuerpo.
–A Enzo, esta mañana, no. En cuanto a Ben... ¿Te refieres a un tipo con el pelo rizado, menos amable que un vigilante de prisiones, que sufre crisis nerviosas si te comes sus galletas?
Suelta una carcajada capaz de despertar a un cementerio entero.
–¡Eso parece, sí! Lo quiero mucho, pero debo confesar que necesita que lo domestiquen. ¿Tienes hambre? ¿Te preparo el desayuno?
Tina parece de ese tipo de personas a las que nadie ni nada se puede resistir, ni siquiera el mal humor.
Enciende un tocadiscos y la voz de Taylor Swift surge de los altavoces mientras me prepara un café y me explica las reglas de la casa.
La técnica es de lo más original: más allá de los asuntos de siempre, como el cumplimiento de las tareas cotidianas y el respeto al sueño de los demás, cada vez que aparece un problema, se reúnen como si fueran un comité y votan.
¿De verdad es necesario? De todas maneras, no tengo elección.
–¿Cuándo empiezas a currar? –me pregunta, dejando una taza humeante ante mí.
Noto que se me humedecen las palmas de las manos. El trabajo me preocupa más de lo que pensaba.
–Mañana por la mañana.
–Eres animadora en la Marmottons, ¿no? ¿Lo de cuidar niños es, en plan, tu pasión?
Me muerdo el labio inferior.
–No los odio, pero ¿mi pasión como tal...? Más bien, un paso lógico: mi madre es profe y siempre he estado rodeada de niños, así que hice un curso de monitora de tiempo libre hace tres años y me inscribí en el grado de Educación Infantil.
–¿En la uni? ¿Lo haces a distancia?
–No, he... decidido hacer una especie de año sabático.
Trago saliva, segura de que mi compañera de piso puede leer entre líneas. Violette me habría pillado la mentira enseguida. Por suerte, Tina no es mi hermana.
–¡Haces bien! –exclama–. Solo se vive una vez.
–¿Y tú dónde trabajas?
–Vendo paquetes de aventuras en la taquilla de la estación. Si fuera más deprimente, sería la morgue, pero al menos me permite ahorrar pasta para abrir mi salón de té/quesería/karaoke.
Entorno los ojos.
–¡Vaya mezcla!
–Lo sé. –Se echa a reír–. De hecho, lo que quiero es reunir en un único lugar todas mis pasiones.
–¿Y lo del karaoke es una de ellas?
–Sí, ¡me encanta! Compongo también mis propias canciones, pero me da demasiada vergüenza subirme al escenario y cantar en serio. Por eso, el karaoke es en plan terapéutico.
Sin previo aviso, se levanta, se gira y me da un beso en la mejilla.
–Bueno, tengo que irme. Mi jefe es un obseso de que se cumpla el horario. Adiós, cariño.
La puerta se cierra menos de tres minutos más tarde y me apresuro a ver cómo es mi habitación. Limpia, sobria, con una cama individual, un armario y unas vistas cubiertas de demasiada nieve, pero me servirá. Al menos, si aguanto aquí toda la temporada.
Quizá mañana, después de mi primer día de trabajo, descubra que aquí no tengo nada que hacer. Solo con pensarlo, me cuesta respirar. Necesito encontrar rápido algo con lo que mantenerme ocupada.
Los viajes de esquí están sobrevalorados. Y también son una estafa enorme. Casi hace falta gastarte los ahorros de toda una vida para comprar un par de cosas en el supermer cado. En cuanto al precio de las actividades para después de esquiar, ¡la Virgen! Apenas me atrevo a entrar en una tienda.
Estoy intentando localizar el rincón de las ofertas a través de un escaparate cuando una notificación hace que me vibre el móvil en el bolsillo del anorak.
Un mensaje de mi madre, acompañado de una fotografía de la planta que le regalamos por su cumpleaños y una colección de emoticonos, como siempre.
Ya lleva dos meses en y sigue viva. Es un milagro para alguien capaz de matar incluso a los cactus, ¿no crees?
¡Enhorabuena!
Gracias Por cierto, ¿Théo y tú vais a venir a vernos pronto? Violette viene el próximo finde
Ay, ¡mierda! Pienso deprisa: ¿mentir o no decir nada? No puedo hacerles ghosting a mis padres, sería una tontería. Pero no quiero preocuparlos o, peor, decepcionarlos.
Ahora mismo es complicado. Tenemos mucho trabajo..., pero pronto, lo prometo.
De acuerdo Papá y yo te mandamos besitos Te echamos de menos Pero tienes razón: ¡los estudios son lo primero!
¡Yo también os echo de menos!
Me da la impresión de que el estómago se me llena de esquirlas de vidrio. ¿Por qué no les he contado nada a mis padres? Son magníficos y estoy casi segura de que me apoyarían, como siempre. Demasiado tarde. Debo responsabilizarme de mis propias decisiones.
Un vaho blanco se me escapa de la boca cuando suelto un grave suspiro y me arden los ojos. Ay, no, no, no. ¡De ninguna manera voy a echarme a llorar en la calle!
Mejor dejo las compras para otro momento. Mis botines de brillibrilli seguirán haciéndome el apaño unos días más. Mi prioridad principal ahora es alejarme de este sitio lleno de gente y nieve.
Por suerte, el apartamento está desierto. Una vez he colocado la compra, me dirijo a mi habitación. ¡Modo decoración activado!
Saco de la maleta mi kit nostálgico. Coloco una guirnalda de luces sobre la cama y tumbo a Girafou, mi primer peluche, sobre la almohada.
Luego, pongo una foto enmarcada de mis padres, Violette y yo en la mesita de noche.
Ojeo las fotos en busca de las más bonitas hasta que me topo con una en la que salgo con Théo. Se me constriñe el corazón.
Hace ya tres semanas que se acabó lo nuestro. Sin embargo, aún me cuesta asimilar la ruptura. La costumbre, sin duda. ¿Me siento feliz o triste? Si lo pienso, ni lo uno ni lo otro.
Un ruido me saca de mis pensamientos.
Tras comprobarlo, veo que Ben acaba de entrar. Justo era a él a quien estaba esperando, aunque me dé miedo. Es el momento de armarme de valor y utilizar el paquete nuevo de barquillos de frambuesa como pipa de la paz.
Me gustaría que empezáramos de cero, y supongo que a él también.
–¿En serio? ¿Sigues aquí, urbanita? –se burla al verme.
Pues va a ser que no.
–En realidad, he...
–¿... venido a fingir que traías galletas y así poder ver a Enzo? –me interrumpe.
–¿Eh? Bueno, da igual.
Una mueca desdeñosa le curva la comisura de los labios.
–No busques excusas. Siento decepcionarte, pero no eres nada original. Todas las chicas que se acuestan con él hacen lo mismo.
Ah, mierda. ¿De verdad es eso lo que le preocupa? ¿Cree que soy una conquista de su compañero de piso?
–Para tu información, aunque no sea de tu incumbencia, no me he acostado con Enzo, sino que he dormido con Tina.
Entorna los ojos, escéptico.
–¿Te has tirado a Tina?
–¡No me he tirado a nadie, imbécil! Soy la cuarta inquilina.
Un brillo de incomprensión le cruza los iris. Luego, se lleva una mano a la frente.
–Ay, maldita sea. Eres... Oh... Mierda, lo siento.
–¿Que lo sientes? Ese es el menor de los problemas. ¿No te das cuenta de cómo me has hablado? Gracias por la humillación. De verdad, te has lucido.
Se mete las manos en los bolsillos. Ahí no vas a encontrar una excusa válida, chaval.
–No, claro. Haz lo que quieras, pero...
¡Vaya payaso!
–Ah, magnífico. ¿Ahora me estás dando permiso? Sin embargo, si me acuesto con Enzo, no tengo derecho a comerme tus galletas, ¿no? ¿Reunimos al comité para añadirlo al reglamento, o ya es oficial?
–Oye, podrías habérmelo dicho esta mañana para evitar el malentendido, ¿no?
–¿Yo? En serio, eres increíble. No me has dejado decir ni una palabra, como si fueras uno de esos perros que ladran para demostrar que existen. Estás celoso porque Enzo tiene más carisma que tú y sufres un pequeño complejo de inferioridad, ¿no es así?
Por la vena que se le marca en el cuello, me imagino que he dado en el blanco. Me alegro.
Nos retamos con la mirada, los dos igual de enfadados, hasta que se oye un ruido detrás de nosotros. Nos giramos a la vez y vemos cómo entra Enzo, quien nos aplaude con una enorme sonrisa en los labios.
–¡Vaya! Mejor discusión del año, chicos. La he disfrutado. Además, me encanta ser el centro de vuestras peleas. Bueno, amigo mío, ¿estás celoso? En cuanto a ti, Cerise, si decides darle la razón a Ben, mi habitación está enfrente de la tuya. No digo nada.
Son imbéciles. ¡Los dos! A cuál peor.
Tras poner los ojos en blanco, me dirijo a mi cuarto para esconderme en él, furiosa.
Llevo aquí menos de veinticuatro horas y ya me siento saturada. Si al menos pudiera llamar a mis padres para quejarme o pedirles consejo... Por desgracia, es imposible porque me obligaría a confesarles que he abandonado Burdeos y lo he cambiado por los Alpes.
Y pensar que mañana empiezo a trabajar... No creo que estas historias de patio de colegio me ayuden a desestresarme.
Tumbada en la cama, con los brazos y las piernas estirados, le escribo a Violette, aunque no le hablo de mi primera bronca. No hace falta preocuparla tan pronto.
Hola, idiota. Mañana es mi primer día de trabajo. Estoy un poco nerviosa. Echo de menos tu actitud positiva.
Me responde enseguida.
Hola, mal bicho. Lo vas a bordar. Confío en ti. Te quiero.
El mensaje debería sacarme una sonrisa. Sin embargo, me mina aún más la moral.
No merezco su confianza. Espero de verdad que todo esto no sea en vano y que mis padres y ella no se enfaden demasiado cuando descubran la verdad.