Una Navidad a punto de nieve
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1 Diciembre
–Ay, mierda, nos la vamos a pegar.
Con los dedos crispados sobre la barra del funicular, observo cómo el suelo se aleja y las personas bajo mis pies se vuelven tan minúsculas como hormigas. El estómago me da un vuelco.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea.
Me cago en el inventor de este aparato del infierno con ventanas panorámicas para «disfrutar de las vistas» y en sus doce generaciones siguientes.
Es el momento de probar la técnica de ese coach de TikTok para «despejar la mente y superar las pruebas con clase».
En teoría, parece pan comido. Basta con inspirar al cerrar los ojos y espirar al abrirlos. No pierdo nada por intentarlo. Al fin y al cabo, no me vendría mal respirar.
Inspiro. Cierro los ojos. Espiro. Abro los ojos. Inspiro... Puf, ya me gustaría ver cómo reaccionaría ese supuesto coach si el vacío, en vez de encontrarse en su mente, estuviera bajo sus pies, como me está pasando a mí ahora mismo.
Está claro, nos vamos a estrellar.
Inspiro. Cierro los ojos. Espiro. Abro... No. Mejor mantengo los ojos cerrados. ¿Qué le vamos a hacer? En serio, ¿cómo he acabado aquí?
El mundo está lleno de personas adictas a la adrenalina y a las emociones fuertes, que se entusiasman con las temperaturas bajo cero y a las que les encantaría estar en mi lugar. ¿Es mi caso? NO. 100 %.
Yo soy del tipo de chicas que evitan las atracciones prohibidas para los que miden menos de metro veinte. Me basta subirme al tercer peldaño de una escalera de mano para sufrir vértigo. Me gusta la nieve... cuando está dentro de una bola que se puede agitar.
Aquí es obvio que la nieve está POR TODAS PARTES. En cada rincón. Como si la bola hubiera explotado.
Me daría cabezazos contra la pared por haberme creído capaz de hacer algo así. No estaría mal separar los dedos de la barra, pero ni de broma. Venga. Inspiro...
–¿Va todo bien?
La voz grave que escucho a unos centímetros de mi oído me sobresalta.
–Sí, sí, genial.
Mentira. El corazón me palpita tan fuerte que no me extrañaría que saltara por la ventana y rebotara por el valle.
–Si te giras, tendrás menos vértigo –me aconseja la voz.
Se me escapa de la garganta una risa nerviosa.
–¿Y soltar la barra? No, gracias.
–Espera, te ayudo.
No tengo tiempo de considerar su propuesta.
Una mano me despega los dedos del metal y la otra me empuja el hombro con delicadeza para hacerme girar.
En menos de cinco segundos, me encuentro con la espalda hacia el cristal y la nariz a la altura de un anorak negro y amarillo.
Levanto la cabeza para darle las gracias a mi salvador (en efecto, ahora respiro algo mejor) y... Ay, ¡mi madre! Alerta: tío bueno.
De unos veinte años, con unos ojos que te dan ganas de revolcarte en la nieve, aunque la odies, el pelo castaño que le cae sobre la frente, resaltando el océano azul de su mirada, la piel bronceada y una barba de dos días que lo vuelve aún más atractivo...
Parece haber salido directo de una sesión fotográfica o de mis fantasías más íntimas.
¿Será posible que el miedo me esté haciendo tener alucinaciones?
–¿Cómo te encuentras? –me pregunta.
–¡Cerise!
En cuanto arquea las cejas, confuso, mi cerebro asimila la pregunta que me ha hecho. No quería saber cómo me llamo, sino cómo estoy... Mierda, ¡qué tonta!
–¿Cerise? ¿Es una especie de código?
–No... Olvídalo.
–Demasiado tarde. Ahora me debes una explicación.
Una sonrisa entre burlona y curiosa le curva los labios. Y a mí me encantaría teletransportarme a otro lugar. A un entorno más cálido, ya que estamos.
–Bueno, ¿salís o volvéis a bajar a Bourg-Saint-Maurice? –farfulla el empleado del funicular.
No me había dado cuenta de que habíamos llegado. ¡Y sin terminar en el fondo del barranco! ¡Aleluya!
Salto a la plataforma con una maleta en cada mano y mi «salvador» pisándome los talones.
–¿Necesitas ayuda? –me propone con una sonrisa tan radiante que estoy a punto de desmayarme.
Si no acabáramos de salir de la misma cabina, me giraría para comprobar si me está hablando a mí. Pero, al parecer, es muy atento... o está ligando conmigo.
Dicho esto, conozco a chicos de ese estilo: seguros de que son irresistibles. No son mi tipo. Además, la ruptura con Théo es tan reciente como la nieve que cruje bajo mis pies.
Una respuesta del tipo: «Estoy buscando mi autobús, no mi próxima cita» me arde en los labios. Pero tampoco quiero ofenderle. Por eso, al final opto por un simple:
–No te preocupes. Gracias, ¡que pases buena tarde!
Parece sorprendido, pero, como buen perdedor, se despide con la mano y gira a la derecha. Yo tomo la dirección opuesta, manteniendo la dignidad, por si me está siguiendo con los ojos.
¿Dónde está el maldito autobús? Se suponía que debía haberlo encontrado en cinco minutos. Si hubiera elegido el itinerario correcto en un primer momento, claro. ¡La historia de mi vida!
Empiezo a perder los nervios, pero por fin doy con él. Con las luces encendidas. A punto de partir.
Se va a ir sin mí. Grito, corro, a punto incluso de caer al suelo, y por algún milagro, el conductor reabre las puertas.
Dejo las maletas en el compartimento inferior y subo las escaleras antes de cruzar la mirada burlona del buenorro del funicular en la segunda fila. Vergüenza: a tope. Dignidad: seguramente en el fondo del barranco, perdida para siempre, como esos guantes solitarios que he visto desde la cabina.
Bajo la cabeza y me hundo en un asiento, tres filas más allá. Por fin puedo respirar.
Me quito los guantes, saco el móvil del bolsillo y leo el mensaje que Violette, mi hermana pequeña, acaba de enviarme.
Bueno, reina de las nieves, ¿estás pasando de mí, o no mantenerme informada es tu nueva pasión?
Rechino los dientes. El humor no logra ocultar el reproche del todo. Al mismo tiempo, lo entendería si se enfadara. Violette y yo nos llevamos once meses, por lo que tenemos una relación íntima y ningún secreto entre nosotras. Al menos, hasta que he decidido venir aquí...
Porque, en lugar de contárselo todo, esta vez le he confiado lo mínimo imprescindible:
he dejado la universidad y a Théo, mi novio desde hacía cinco años;
necesito respirar;
esta temporada en la montaña es la oportunidad de descubrir quién soy en realidad.
Es la verdad. Al menos, en parte. La cuestión es que, como le he suplicado que no les cuente nada a nuestros padres (unido a que me conoce mejor que nadie), supone que le estoy ocultando algo.
Me habría encantado actuar de otra manera, pero, dado que no logro hallar las palabras para explicar por lo que estoy pasando en este momento, no tenía un plan B. Espero encontrarlas pronto.
Con el pulgar, escribo una respuesta que la tranquilice:
Perdona, todavía no he llegado. Todo va bien.
Vale. ¿Me llamarás enseguida?
Sí, te quiero, sis .
Y yo a ti ¡Llámame!
El autobús toma una curva cerrada y el corazón me da un vuelco. Guardo el móvil para no vomitar (justo antes de llegar, sería una cagada) y centro los ojos en la nuca de mi salvador. Como no podía ser de otra manera, se gira justo en ese momento.
Mierda, menuda mirada fulminante. Rápido, me dispongo a admirar el parabrisas con aspecto contemplativo.
Diez minutos más tarde, he contado un millón de curvas a cuál más nauseabunda y he rezado el mismo número de veces para no desmayarme del miedo hasta que, por fin, el autobús para. ¡Pronto se habrá acabado este viaje infernal!
Deseando entrar en calor, me precipito hacia el compartimento de las maletas para recuperar mi equipaje. Y ahí es cuando sucede el drama.
Noto cómo la suela derecha de mis botines se desliza hacia la izquierda mientras el pie opuesto toma la dirección contraria.
Muevo los brazos en un intento vano por recuperar el equilibrio, pero el resto del cuerpo también decide cobrar vida propia sin hablarlo con los demás miembros y caigo hacia atrás.
Desde fuera, debe parecer que estoy jugando a una partida del Twister, yo sola y sin tapete.
La escena dura apenas diez segundos. Sin embargo, es como si el tiempo se hubiera ralentizado.
Me imagino incluso la caída, los bomberos, el trauma craneoencefálico y, sobre todo, la cara de mis padres cuando les anuncien que me han hospitalizado a 700 kilómetros del lugar en el que debería encontrarme. Si no me he muerto ya, ¡me matarán!
Entonces, mientras doy un grito estridente, floto por el aire y, como por arte de magia, recupero la posición vertical. Perdón, me corrijo: nada tiene que ver con la magia. Un torso se presiona contra mi espalda y dos brazos que no me pertenecen me sujetan por las axilas.
–Si quieres seguir de una pieza, urbanita, te aconsejaría que dejaras los botines con brillibrilli al fondo del armario. O, mejor, en la chimenea, a poder ser encendida.
Uf, ¡qué imbécil! Vale, me ha ayudado (por segunda vez en un día) y ha evitado que acabe tirada en la acera como una caca de perro, pero eso no le da derecho a reírse de mí ni de los magníficos zapatos que ha decorado Violette para que mis deditos no pasen frío.
Me libero y me doy la vuelta, con cuidado de no resbalarme.
–Gracias. Sin embargo, en cuanto a las recomendaciones de vestuario, creo que voy a pasar.
Termino la frase recorriéndolo con la mirada, condescendiente. Yo también puedo ser una petarda si me lo propongo.
Abre la boca, como si fuera a lanzarme un nuevo proyectil, pero se detiene en seco, saca el teléfono del anorak, balbucea una maldición y se aleja, despidiéndose con la mano, un gesto que parece más un saludo militar que un ademán amistoso.
Vaya, al menos tiene buen culo el montañero de mirada oceánica.
Bien. Ahora estaría genial que no me confundiera de camino. Compruebo el plano que me han dado en la oficina de turismo y me dirijo al apartamento.
Con la nariz escondida tras la bufanda y el gorro calado hasta las orejas, avanzo con paso rápido sin prestar atención al paisaje.
De todas maneras, hay nieve por todas partes y estoy a punto de sufrir una hipotermia.
Solo tengo ganas de darme un baño caliente con Billie Eilish cantándome al oído.
Cruzo los dedos para que hayan encendido la calefacción porque estoy a dos grados de transformarme en un polo.
El que se come, no el hogar de Santa Claus.
¡Ahí está! Un chalé adosado de dos plantas aparece ante mí. Con letras talladas en la madera, «Los Dahus». ¡Por fin!
Levanto los ojos: el balcón de la primera planta tiene tantas luces que a punto está de producirme un desprendimiento de retina. ¿Y ese Papá Noel en miniatura suspendido como si escalara la barandilla? ¡Qué hortera! Es evidente que voy a tener a Mariah Carey de vecina.
Busco la caja con las llaves hasta que la encuentro encastrada junto a una puerta enorme de madera oscura e introduzco el código: A7639#.
Espero que la luz parpadee o emita un clic, pero todo sigue en silencio. Quizá sea porque estoy introduciendo el número con los guantes. Vuelvo a empezar. A7639#. Nada de nada. ¡Genial! A7639#. Nada. Cero patatero. Rien de rien .
¿Este día no va a acabar nunca? Estoy sola, es de noche, hace alrededor de doce mil grados bajo cero, mi familia no sabe dónde me encuentro y no conozco a nadie de por aquí. ¿Y ahora no puedo entrar en el apartamento donde se suponía que iba a vivir? El universo, sin duda, la tiene tomada conmigo.
Sufro un ataque de histeria cuando, sin que yo toque nada, la puerta se abre de golpe.
Un tío en manga corta, con los brazos cubiertos de tatuajes, aparece en el umbral, a punto de salir.
Sin abrigo. Tan tranquilo. Con el ceño fruncido, me mira como si tuviera una zanahoria en lugar de una nariz. Luego, esboza una sonrisa cordial.
–¡Hola! ¿Eres mi nueva compañera de piso? Se me había olvidado que llegabas hoy.
Me tira de la manga hacia el interior de un pasillo sobrecalentado, con las paredes y el techo de madera. Mi cerebro funciona a pleno rendimiento. ¿Ha dicho que...?
–¿Compañera? –grazno en voz alta–. No, no debo ser yo, porque he alquilado un apartamento entero. Sin embargo, creo que me han dado mal el código.
El tatuado se rasca la nuca, lo que le levanta la camiseta y revela un nuevo dibujo inmenso. ¿Le quedará libre algún centímetro de piel?
–Lo del código es culpa mía. Tuve que cambiarlo por una chica que se tomó demasiadas confianzas.
–Ah.
–Por otro lado, no hay ningún otro apartamento disponible por la zona. Eres la nueva animadora de la guardería, ¿no?
Asiento sin demasiado entusiasmo, totalmente desorientada.
–Entonces, no debieron informarte de que el apartamento era compartido. Son así de tontos. Has tenido suerte de dar conmigo. Soy Enzo. ¿Y tú?
–Cerise, pero...
–¿«Cereza»? ¿Como la fruta?
–Sí. –Esbozo una mueca, acostumbrada a que me hagan esa pregunta.
Ya me imagino lo siguiente: «¿Te encantan los tomates, cereza? ¿Te tenemos que poner en el pastel?». Y toda clase de bromas estúpidas. Sin embargo, se limita a sonreír.
–Vale, Cerise. Ya verás. El apartamento está genial y los demás compañeros son muy majos.
¿Qué? ¿LOS DEMÁS compañeros? ¿En serio? Dame una soga.
–Espera. Voy a llamar a la oficina de turismo. Seguro que encuentran alguna solución...
Se echa a reír.
–¿En plena temporada alta, en Arc 1950? ¿Te puedes permitir gastarte el sueldo entero en una semana de alquiler?
–Eh... No, la verdad es que no.
–Entonces, si no quieres que te den una casa en el valle y tener que coger el funicular todas las mañanas...
Aprieto los dedos de los pies dentro de mis botas de brillibrilli. ¡Ni hablar! ¡No volveré a poner un pie en el funicular! Prefiero morir o, en este caso, intentar quedarme en este apartamento al menos unos días.
–De verdad, estarás a gusto –insiste el tatuado con una sonrisa encantadora–. No quiero presumir, pero todas las chicas de la zona sueñan con vivir en los Dahus –añade, flexionando los bíceps.
–¿Por eso has tenido que cambiar el código?
Pone los ojos en blanco.
–¡Justo! Pero evitemos el tema con Tina. La pone de los nervios.
–¿Tina?
–La tercera compañera.
–¿Cuántos sois en total?
–Contigo, cuatro. Tina, Benjamin y yo. Mi hermana Lilou nos okupa de vez en cuando, pero sigue en el instituto, así que la mayoría de las veces solo viene a patinar.
–Vale.
–Y tú, aparte de lo de la guardería, ¿qué vienes a hacer aquí?
Se me para el corazón.
–¿A qué te refieres?
A juzgar por su manera de retroceder, he debido responder con demasiada intensidad.
–Bueno, ¿qué te ha traído hasta aquí? ¿La nieve? ¿Los paseos con raquetas?
–Ah, eh... El aire puro, solo eso.
Me lanza una mirada llena de desconfianza, pero no tarda en recuperar la sonrisa.
–Sí, vale. Bueno, no te entretengo más. Sube. Es la puerta de la izquierda. ¡Y buena suerte enfrentándote al huracán!
–¿Qué? –pregunto, perpleja.
–No me gustaría fastidiarte la sorpresa. –Se echa a reír.
Me dedica un guiño cómplice, se pone una sudadera (¡menos mal!) y sale como si hiciera veinte grados, dejándome atónita en el pasillo. ¿Qué es eso del huracán?