24 Diciembre #2
Me dirijo a la habitación para refugiarme en ella. Tengo ganas de darme cabezazos contra la pared. ¿Cambiarme de zapatos? ¿En serio? ¡Soy tonta!
Acabo de dejarme caer en la cama cuando aparece Ben. Se sienta conmigo y me desliza el pulgar por la mano. El corazón se me acelera.
–Siento lo del muérdago.
–No pasa nada. Ha sido Tina quien...
–No, siento que no nos hayamos besado.
No sé qué decir, pero las mariposas revolotean por mi vientre.
–Soy tonto –continúa Ben–. En cuanto dije que tenía mucho lío en la cabeza, me arrepentí.
Trago saliva, incapaz de decir ni una palabra.
–Ayer flipé cuando recibí tu mensaje –prosigue–. No sabemos lo que nos espera mañana, y no quiero perder ni un segundo más.
Un relámpago me cruza el pecho. Mi corazón grita: «¡Bésame!
». Ben parece oírlo. Sus dedos pasean por mis brazos hasta mis mejillas, deteniéndose en la incisión de mi barbilla.
La ternura de sus gestos hace que me tambalee.
Nuestros cuerpos se acercan como imanes.
Sus labios están a escasos centímetros de los míos.
Nos miramos con deseo. Por fin, nuestras bocas se acercan y...
–¡Reunión del comité de la casa! –exclama Tina en el pasillo.
–Ay, no, mierda, ahora no –escupo.
Ben sonríe contra mi boca y su aliento me provoca un hormigueo en todo el cuerpo. Por fin, nos besamos. Como si fuera nuestro primer beso. O el último. Con dulzura, pero también con pasión. Este beso es aún más mágico que los anteriores.
–Al salón, he dicho.
Nos echamos a reír antes de separarnos, reticentes. Pero en nuestros ojos no se intuye ninguna duda: en cuanto podamos escaparnos de la fiesta, volveremos a juntarnos, y esta vez nada ni nadie nos interrumpirá.
Acabamos de sentarnos cuando Tina golpea una taza con el cuchillo, produciendo un tintineo.
–Me gustaría proponeros algo, chicos.
Está un poco achispada, pero su elocuencia sigue intacta. Admiración total.
–Adelante –la anima Enzo.
–Vale, me gustaría instaurar un ritual navideño. Dejaremos las reglas con las normas de la casa para que los futuros inquilinos puedan hacerlo año tras año, el 24 por la noche o cuando quieran. Pero hoy, ahora mismo, es el momento perfecto.
–Aligera, Tina –la presiona Lilou.
Impasible, mi amiga sigue con su monólogo.
–El concepto es sencillo: todos vamos a dar gracias a la vida, a decir por qué nos sentimos agradecidos.
–Sí, lo mismo que se hace en Acción de Gracias –la traduce Violette.
–Eh, eso, sí. –Tina suelta una risita tonta.
Quizá vaya más borracha de lo que pensaba.
–De acuerdo, pero cómete un trozo de tronco de Navidad para que se te pase la cogorza.
A Tina se le escapa una nueva carcajada mientras Ben se levanta.
–Bueno, no sé si es un «gracias a la vida», pero voy a dejar la formación como rescatista y a reanudar la de animador con raquetas. No solo me hará más feliz, sino que así tendré más tiempo para disfrutar de lo importante.
El guiño que acompaña a la frase va dirigido a mí. De repente hace calor, ¿no?
–¿Como de Barquillo de Frambuesa? –comenta Tina.
Demasiado calor, sin duda.
–Sí, si tiene ganas. Pero también de Esteban, mi primo. No hemos tenido tiempo de ponernos al día ahora que nos hemos reconciliado.
Todos parecen emocionados alrededor de la mesa. Por suerte, Lilou se levanta antes de que necesitemos sacar los pañuelos.
–En mi caso –anuncia, feliz–, gracias a la vida porque me han aceptado en el equipo nacional de snowboard . Voy a terminar el curso con una beca de deportes en Albertville. ¡Y estoy contentísima!
La felicitamos con fervor. Así que esa era la nueva noticia que estaba esperando. Estoy segura de que llegará lejos.
–Me encanta que seas tú quien coja el relevo –dice Enzo, aclarándose la garganta–. Porque dejo el equipo de esquí para dedicarme a la creación de velas. Porque sí, soy yo quien las fabrica.
–¿Qué? ¡Qué maravilla! –exclama Tina, entusiasmada–. Tendríamos que pensar en un proyecto que mezcle tus creaciones artísticas, los dulces de Cerise, mi bar de raclette y un karaoke. Tengo ahorrados tres mil euros, así que no vamos mal.
Le lanzamos las servilletas de papel a la cara entre carcajadas.
–Ya veréis, panda de pringados, el éxito que va a tener Raclette 4ever. Luego, os reiréis menos. En cuanto a mi «gracias a la vida», acaban de dejar libre un local y creo que voy a aprovechar la oportunidad.
–¡Qué guay! –exclama Vio–. ¿Podríamos poner en el escaparate los zapatos customizados con los que te subiste al escenario? Porque, con ellos, he conseguido la mejor nota de la clase.
–¡Por supuesto! –chilla Tina–. ¿Y tú, Cerise?
Yo... no tengo ganas de hablar de que siento que, por fin, he encontrado mi sitio. Por eso improviso:
–Quiero dar las gracias por vosotros. Esta Navidad será la guinda del pastel de mi año, aunque el principio no fuera el mejor. Me habéis ayudado a entender lo que es importante.
Hago una pausa para causar efecto.
–¿Puedes darte prisa? ¡El suspense es insoportable! –se queja Lilou.
Sonrío.
–La vida es como una raclette . Necesitamos saborear cada bocado como si fuera el último.
Todos estallan en aplausos y cojo la mano de Ben bajo la mesa. Me la aprieta con ternura.
Lo sabía. ¡Merece la pena creer en la magia de la Navidad!