Capítulo 20
N i Wolf ni Langley hablaron mucho durante el viaje de vuelta en el carruaje.
Bear, taciturno incluso en las mejores circunstancias, sabía que era mejor no interrumpir las reflexiones de Wolf.
Finalmente, justo cuando Lamphey empezaba a divisarse, Wolf levantó la vista de sus manos entrelazadas y le preguntó a Langley:
—¿Qué cree que está pasando?
Langley sopesó la pregunta. Era un hombre lógico y rara vez se dejaba llevar por la fantasía. Su visión del mundo se basaba en la creencia de que los patrones racionales subyacían a la mayor parte de lo que, de otro modo, podría considerarse «mágico» o «enviado por el cielo».
—Creo que ha habido una serie de sucesos, lo que llamamos travesuras, claramente dirigidos contra su familia, si no contra usted.
Y luego ha habido un asesinato en el que la víctima resulta ser su amiga de la infancia.
Todo esto sucede con pocos días de diferencia y alrededor de su primera visita anunciada a la finca como conde.
A mi modo de ver, no parece que sea una coincidencia.
Wolf estaba de acuerdo, y ese mismo pensamiento había sido el objeto de sus reflexiones desde que dejaron Pembroke Dock.
—¿Pero por qué? ¿Qué ha provocado mi visita, y por qué asesinar a Glynda? —Cualquier sentimiento de culpa que Wolf hubiera sentido por haber descuidado a su amiga de la infancia durante tantos años palideció ante la comprensión de que él podía haber sido indirectamente la causa de su muerte.
—Quizá el resentimiento no es contra usted, sino contra la propiedad —sugirió Bear.
—Entonces, ¿por qué Glynda? ¿Por qué no uno de los criados?
No es que desee que les pase nada malo, pero ellos están mucho más vinculados a la propiedad que una mujer con la que jugaba de niño —dijo Wolf, pasándose las manos por el pelo con frustración ante el enigma.
Entonces se le ocurrió una idea—: El círculo de personas que saben que Glynda y yo éramos amigos de niños es pequeño: la señora Budgers, en quien tengo fe absoluta, y quizá los otros criados de la época, la mayoría de los cuales ya ni siquiera forman parte del personal.
Supongo que es posible que alguno siga viviendo en Lamphey o en los alrededores, pero de nuevo, ¿qué rencor podrían guardar?
—Claro—señaló Langley—, pero está olvidando a cualquiera a quien Glynda se lo pudiera contar a lo largo de los años. ¿Sabían sus padres de la amistad? Cuesta imaginar que no fuera así, dado el tiempo que duró.
—Creo que iré a visitar a su madre. De hecho, puede dejarme en Lamphey de camino a la mansión.
Envíe el carruaje de vuelta a por mí. Volvería andando encantado, pero no puedo sino imaginar lo que diría la condesa viuda si viera al nuevo conde caminando por la carretera.
—Wolf había sopesado si pedirle a Langley que lo acompañara.
Sin embargo, no quería abrumar a la afligida madre; ya era suficiente con presentarse allí cuando su dolor era tan reciente.
La opinión de Wolf sobre la casita de los Hughes no podría haber sido más distinta de la que tuvo la viuda el día anterior: le pareció encantadora.
A decir verdad, cambiaría gustosamente todas las galas y adornos del condado por vivir pacíficamente con Tabitha en una casita así.
Se detuvo ante la puerta, pensando en lo que quería preguntarle a la madre de Glynda.
No tenía ni idea de si ella sabía de su amistad de niños, e incluso si lo sabía, ¿qué indicaba eso realmente?
Todo había ocurrido hacía mucho tiempo. Finalmente, dándose cuenta de que no podía quedarse merodeando en el umbral eternamente, llamó a la puerta.
Wolf oyó unos pasos arrastrados y luego una voz que gritaba:
—Ya voy, dal dy geffylau.
De nuevo, a diferencia de la viuda, a Wolf el galés siempre le había parecido un idioma hermoso e incluso había intentado que Glynda le enseñara a decir algunas cosas. Rebuscando en su memoria, creyó recordar cómo decir hola. Cuando una anciana abrió la puerta, dijo:
—Shwmae.
La anciana, que era claramente ciega, respondió:
—Shwmae para usted también, desconocido. ¿Qué puedo hacer por usted?
«Hola» era todo el galés que recordaba. Wolf preguntó:
—¿Hablo con la señora Hughes?
—Así es. ¿Y hablo yo con el nuevo conde de Pembroke?
—Wolf se quedó asombrado. ¿Cómo podía aquella mujer ciega saber tal cosa?
Intuyendo su sorpresa, Elinor Hughes dijo—: No recibimos a muchos aristócratas ingleses por estos lares.
Y, desde luego, no hay muchos que vengan a llamar a mi puerta.
—La lógica de la mujer era impecable. Por supuesto, Wolf no tenía idea de que otra aristócrata inglesa había llamado a esa misma puerta justo el día anterior.
—Soy el nuevo Lord Pembroke. ¿Podría concederme unos minutos de su tiempo, señora Hughes?
—Por supuesto, milord. Sería un honor. —Elinor le precedió hacia la acogedora sala en la que se había sentado la viuda el día anterior. Una vez más, Elinor ofreció té y, al igual que la viuda, Wolf se maravilló de cómo la mujer ciega se desenvolvía en su hogar y mantenía su independencia.
Finalmente, instalados en los sillones, cada uno con una taza de té, Wolf comenzó:
—Señora Hughes, debo decirle cuánto lamento su pérdida. —Hizo una pausa, pensando en cómo formular su siguiente frase—. No estoy seguro de si llegó a saberlo nunca, pero Glynda y yo fuimos buenos amigos de niños.
La señora Hughes dejó su taza de té en el plato, volvió sus ojos sin luz hacia él y respondió: —Sí, lo sabía.
Por supuesto, al principio ella no me lo dijo.
Pero Glynda tenía tareas que hacer y se ausentaba con demasiada frecuencia y durante demasiado tiempo como para que yo no me diera cuenta.
Aquel primer verano, tan jóvenes como eran ambos, el hecho de que ella faltara cada día durante horas me preocupó.
Sinceramente, de todas las cosas que podría haberme contado sobre dónde estaba, la última que esperaba era que estuviera en la mansión y se hubiera hecho amiga de usted.
—Agradecí mucho esa amistad, señora Hughes.
No estoy seguro de lo que sabe, o de lo que sabía, sobre mis circunstancias, pero yo no era precisamente un invitado bienvenido aquellos veranos.
Mi abuelo apenas me toleraba y solo insistía en que lo visitara como una especie de seguro para el condado; una medida profética, según se ha visto.
En cuanto a mi tío, hizo muy evidente su aversión por el hijo de su hermano.
Si no hubiera sido por la señora Budgers y luego por Glynnie, no estoy seguro de cómo habría sobrevivido a aquellas largas semanas cada año.
—Ie, lo sabía —dijo la señora Hughes, lo que por suerte sonaba lo bastante parecido a un yeah inglés como para que Wolf la entendiera—.
Al principio, cuando confronté a Glynda, o Glynnie, como era entonces, no quiso decírmelo.
Pero la amenacé con enviarla a la casita de campo de su bisabuela.
Mi madre y mi abuela eran lo que llamábamos dynion hysbys, hechiceras.
Quizá ustedes los ingleses las llamen mujeres sabias o incluso brujas.
Sea como sea, mi abuela gozaba de un gran respeto por parte de todos en el pueblo, pero también era temida, incluso por sus bisnietos.
Eso fue todo lo que hizo falta para que Glynnie lo confesara todo.
Wolf asintió con la cabeza, pero no interrumpió el relato de Elinor. Ella continuó:
—Aquella noche, su padre y yo hablamos sobre lo que debía hacerse.
El viejo conde era muy respetado en el pueblo.
Cuidaba de sus inquilinos y se sabía que era un arrendador justo.
Pero ser respetado no era lo mismo que ser amado.
Era un hombre severo, y todos los niños del pueblo sabían que era mejor no deambular por los terrenos de la mansión.
Bueno, todos los niños del pueblo menos mi hija, al parecer.
Mi primer instinto fue prohibirle volver a hacerlo.
Pero mientras David y yo hablábamos, comentamos lo que usted ha dicho: que no era más que un niño pequeño, probablemente mal recibido en casa de su abuelo.
—¿Conocían la historia del destierro de mi padre? —preguntó Wolf.
—Es un pueblo pequeño, y la mayoría de los criados de la mansión nacieron aquí; las noticias corren.
Siempre se tuvo en alta estima a su padre —hizo una pausa—, más que a su tío, si me permite decirlo.
Por eso me compadecí de su situación. Al final, le dijimos a Glynda que debía mantenerse alejada de la mansión y que debía asegurarse de no encontrarse nunca cerca del viejo conde. Por lo que yo sé, cumplió esas reglas.
—Gracias, señora Hughes. El hecho de que permitieran que Glynnie siguiera viniendo tuvo una repercusión mayor de la que podrían haber imaginado en aquel momento. Ella fue mi única amiga en aquellos días. Cuando la señora Budgers me informó de su muerte, quedé desolado. No puedo imaginar su dolor.
—Significa mucho, milord, que se haya molestado en pasar por aquí para expresar sus condolencias.
Ante las palabras de Elinor Hughes, a Wolf le asaltó la culpa.
No había ido realmente para expresar sus condolencias, sino para hablar del asesinato de su hija y su posible conexión con él.
Por muy culpable que se sintiera, estaba seguro de que la madre de Glynda estaba tan interesada como él en encontrar al asesino de su hija.
—Señora Hughes, debo confesar que esa no es la única razón de mi visita —admitió Wolf.
La anciana sonrió:
—¿No lo es, milord? ¿Qué puede hacer una anciana ciega por un conde?
—He ido a visitar a su yerno, Rhys Thomas, al calabozo de Pembroke Dock hoy.
—Fuera lo que fuese lo que ella hubiera esperado que dijera Wolf, claramente no era aquello.
Elinor no podría haber parecido más sorprendida por sus palabras.
Antes de que ella pudiera hacer la pregunta obvia, Wolf explicó—: Durante muchos años, he ejercido como una especie de agente de investigación privado.
He seguido colaborando en investigaciones selectas incluso después de heredar el condado.
—Aquella explicación daba un barniz de prestigio al trabajo de investigación de Tabitha y Wolf durante los últimos seis meses, pero parecía la explicación más sencilla que podía dar.
—¿Así que está investigando el asesinato de Glynda? —preguntó la afligida madre, con un nudo en la voz.
—Así es. Aunque Glynda y yo perdimos el contacto después de la muerte de mi abuelo, guardo un recuerdo imborrable de mi querida amiga.
Esperaba reencontrarme con ella a mi regreso a Lamphey.
En cambio, al enterarme de su asesinato, sentí que lo mínimo que podía hacer era asegurarme de que se hiciera justicia.
Elinor ladeó la cabeza y sopesó sus palabras.
—¿Y no cree que se ha hecho justicia con el arresto de Rhys? —preguntó.
—¿Lo cree usted? —replicó Wolf—. ¿Cree que su yerno es capaz de matar a su esposa?
Wolf observó el rostro de la mujer mientras ella sopesaba la pregunta.
En el poco tiempo que había pasado con Elinor Hughes sentado frente a su chimenea, había determinado que era una mujer fuerte e inteligente, el tipo de mujer en que podía imaginar que Glynnie se habría convertido al crecer.
Estaba genuinamente interesado en la reacción instintiva de Elinor a su pregunta.
—No, no creo que Rhys matara a Glynda. Sé que el agente Evans dijo que encontraron a Rhys junto a su cuerpo, cubierto de su sangre.
—Al decir aquello, los ojos de Elinor se llenaron de lágrimas, pero incluso mientras rodaban por sus mejillas, su voz permaneció serena—.
Pero ni aun así creo que sea culpable. El suyo fue un matrimonio por amor.
Rhys era un par de años mayor que Glynda.
Creo que ella le había echado el ojo hacía tiempo, pero no fue hasta que cumplió los quince años cuando de pronto floreció y pasó de ser la niña desgarbada que había sido a una hermosa mujer joven.
De repente, Rhys se fijó en ella. Siempre fue respetuoso.
Vino inmediatamente a pedirle permiso a mi David para cortejarla.
Se casaron antes de un año, y nunca se vio a una pareja más feliz.
Elinor hizo una pausa y se enjugó las lágrimas de las mejillas.
—Yo amaba a mi David con todo mi corazón, pero había algo entre esos dos que era especial.
¿Sabe que él todavía le recogía flores, desde la primavera hasta el otoño?
Dos veces por semana, le llevaba campanillas y narcisos.
Luego rosas silvestres. Cualquier cosa que creciera fuera, él la recogía, se la llevaba a mi hija y le entregaba el ramillete como si todavía la estuviera cortejando.
En todos esos años nunca llegó a levantarle la voz, y mucho menos la mano.
No puedo imaginar nada que pudiera haber causado que él hiciera daño a mi Glynda, y mucho menos que la matara.
—Después de hablar con el señor Thomas hoy, yo tampoco creo que la matara.
Me gustaría averiguar quién lo hizo. —Wolf hizo una pausa de nuevo y luego continuó—: Señora Hughes, no estoy seguro de si las noticias de las diversas travesuras dirigidas contra la mansión han llegado a sus oídos.
—Elinor asintió—. Parecen haber comenzado por la época en que asesinaron a su hija.
Ese fue también el momento aproximado en que enviamos el aviso de que pasaríamos la Navidad en Glanwyddan Hall.
—¿Cree que la muerte de Glynda tiene algo que ver con el cuervo muerto y esas cosas? —preguntó Elinor.
—Creo que es posible que la misma persona cometiera ambos sucesos y que tal vez yo sea quien los conecta —admitió Wolf. Entonces, formuló la pregunta para la que realmente había ido a la casita—: ¿Quién más sabía de mi amistad con Glynda?
La anciana reflexionó sobre la pregunta, dando un sorbo a su té mientras lo hacía.
—Bueno, su padre lo sabía, por supuesto.
Glynda no era mi hija mayor; tengo otra hija, Ruth.
Estaban muy unidas de niñas, así que me sorprendería que Ruth no lo supiera.
No era algo que pretendiéramos mantener en secreto, y no le dijimos a Glynda que no se lo contara a nadie.
Pero tampoco nos esforzamos por difundirlo.
Dudo que el viejo conde hubiera visto con buenos ojos que su nieto se mezclara con una chica del pueblo, y no queríamos que le llegaran noticias.
Glynda era una chica lista y creo que se dio cuenta de que no era algo que debiera divulgarse más de lo necesario.
Pero es un pueblo pequeño, la gente habla.
No puedo asegurar que no se supiera, solo que nadie me dijo nunca nada, ni a mí ni a mi marido.
¿Las noticias llegaron a oídos del conde? —preguntó.
—Que yo sepa, no —respondió Wolf—. Como usted ha señalado, si hubiera sido así, seguramente habría prohibido la amistad.
Wolf no necesitó preguntar mucho más a Elinor Hughes. Sin embargo, presintiendo que la mujer no recibía muchas visitas, se quedó a tomar otra taza de té y estuvo encantado de rememorar a su querida amiga Glynda con su afligida madre.