Una Mujer Perspicaz (Misterios Históricos de Tabitha y Wolf 6) Capítulo 19
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Capítulo 19

D urante el trayecto en carruaje hacia Pembroke Dock, Wolf, Langley y Bear, que había decidido acompañarlos, hablaron de lo poco que sabían sobre el asesinato de Glynda.

—Mis observaciones hasta ahora son que el agente Evans está más interesado en llenarse el estómago que en hacer su trabajo con competencia, y que el hacendado Partridge está más que dispuesto a encadenar al sospechoso más inmediato para poder volver a la comodidad de su chimenea con una copa de brandy en la mano.

Langley no conocía al agente pero, habiendo estado sentado frente al hacendado en la cena de la noche anterior, y tras haber escuchado sus intentos ebrios de encandilar a la viuda, no dudaba de la exactitud de la observación de Wolf.

—Por supuesto, eso no significa que el señor Thomas no sea culpable, aunque no haya sido premeditado. Quizá su mujer fue a visitarlo a la herrería y discutieron; a lo mejor levantó la mano contra ella en un arrebato de ira, y ella se cayó y se golpeó la cabeza con un yunque.

—Ese es un relato bastante fantasioso y detallado —se burló Wolf—. ¿Ha estado leyendo novelas de folletín otra vez?

Langley sonrió ante la broma afectuosa. Le resultaba tan sorprendente como a Wolf que hubieran forjado un vínculo de tanta confianza y amistad.

Maxwell Sandworth, el conde de Langley, nunca había tenido facilidad para hacer amigos, ni de niño ni de joven.

De adulto, había sufrido una grave decepción amorosa y había pasado algún tiempo viajando solo por el continente.

Al regresar a casa tras la muerte de sus hermanos, aceptó los deberes del condado, pero preveía que viviría hasta el fin de sus días como un soltero solitario, aunque eso significara que el título llegara a su fin.

Lo último que Langley hubiera imaginado jamás era que de repente formaría parte de aquel grupo casi familiar –particularmente uno que incluía a la viuda–, tras haber entablado amistades auténticas y significativas con Tabitha, Wolf y Bear.

Desde luego, nunca habría predicho que sería el tutor y mentor de un niño y que estaría totalmente cautivado por una niña de cuatro años.

Aunque nada en su situación actual encajaba con la imagen de la vida que había imaginado para sí mismo, reconocía que aquellas personas aportaban compañía, estímulo intelectual y alegría a su vida, llenando un vacío que ni siquiera se había dado cuenta de que existía.

En particular, su relación con Wolf, en parte mentor y en parte hermano mayor, se estaba convirtiendo en una amistad que Langley atesoraba. Teniendo en cuenta cómo habían empezado, resultaba asombroso el punto en el que se encontraban apenas unos meses después.

El viaje a Pembroke Dock duró menos de una hora, y pronto entraron en la bulliciosa ciudad marítima que había crecido rápidamente desde una pequeña aldea tras la construcción de los astilleros de la Royal Navy en 1814.

Marineros, mercaderes y constructores navales abarrotaban las estrechas calles, y toda la ciudad resonaba con el estrépito de la incesante actividad del astillero.

Pasaron por el concurrido puerto, repleto de barcos, pasajeros y tripulaciones.

Justo después del puerto se alzaban los sólidos edificios de piedra de la comisaría y el calabozo de Pembroke Dock.

Los puertos eran famosos por su mezcla de mercaderes codiciosos, oportunistas sospechosos, marineros borrachos y el criminal ocasional deseoso de escapar de Gran Bretaña.

Wolf podía imaginarse que no era tarea fácil mantener el orden en una ciudad así.

Al detenerse frente a la comisaría, bajaron del carruaje y Bear sugirió explorar la ciudad mientras Langley y Wolf ejercían su autoridad aristocrática.

Cuando Wolf heredó el condado y recurrió por primera vez a la deferencia que la persona común mostraba ante la aristocracia, lo había hecho a regañadientes y con gran incomodidad por tener que darse ínfulas.

Descubrió entonces, y en posteriores salidas similares, que la manera más eficaz de lograr sus objetivos era imitar a su abuelo.

Adoptando los modales, el modo de andar e incluso el tono de voz del viejo conde, Wolf había logrado erigirse en un personaje de la nobleza arrogante con una facilidad que le había causado cierto malestar.

Sin embargo, había aceptado la eficacia de aquel simulacro y, al entrar en la comisaría, enderezó los hombros y sintió que su boca se curvaba en la mueca condescendiente de su abuelo casi sin pensarlo.

Wolf se había dado cuenta hacía tiempo de que lo que la mayoría de la gente, incluidos Tabitha y él inicialmente, tomaba por fría arrogancia en Langley era, en realidad, cierta inseguridad social y timidez.

Fuera cual fuese el motivo, Langley contaba con la ventaja de llevar muchos años tratando a los subordinados con desdén aristocrático.

Entre los dos, debían de ser una visión aterradora para un pobre agente de policía rural que pensaba que lo más difícil de su jornada sería lidiar con marineros borrachos y pendencieros.

El desafortunado agente, que había cambiado el turno de tarde con un colega en el último momento y de repente se arrepentía de aquella decisión, era el agente Timothy Timmons.

Era un joven que solo llevaba seis meses en la policía de Pembrokeshire y se sentía muy poco preparado para gestionar lo que aquellos dos ricachones de aspecto temible fuesen a exigir.

Wolf tomó la iniciativa, acercándose al joven agente, larguirucho y lleno de granos, y diciendo con voz grave y ronca:

—Buscamos a un prisionero que podrían tener bajo custodia, un tal señor Rhys Thomas.

Fuera lo que fuese que el agente Timmons esperaba que dijeran los aristócratas, no era eso.

Rhys Thomas era bien conocido en la comisaría; no había tantos asesinatos en Pembrokeshire como para que uno tan violento pasara desapercibido para cualquier policía.

Inseguro de lo que aquellos hombres podrían preguntar a continuación, el agente Timmons se sintió aliviado de poder responder a esa pregunta inicial con bastante facilidad:

—Así es. Está a la espera de comparecer ante el tribunal de lo penal en nuestro calabozo. —Entonces el agente Timmons hizo una pausa. Que aquellos hombres eran ricachones resultaba evidente, pero la clase de ricachón no estaba clara. Solo para curarse en salud, añadió—: Milord.

—Soy el conde de Pembroke, y este es el conde de Langley. Deseamos hablar con el señor Thomas.

La primera reacción del agente Timmons fue de alivio por haber añadido el milord en el último momento.

Nunca había conocido a un conde, y mucho menos a dos.

Una vez conoció a un barón que se había visto envuelto en una pelea de taberna, pero aquel hombre era un borracho sin la nobleza ni la solemnidad de los dos hombres que tenía delante.

El agente Timmons no estaba seguro de cuál era el protocolo para dar acceso a los prisioneros a aristócratas, y menos a unos con títulos locales, y no quería ser el responsable fuera cual fuese.

—Permítanme ir a buscar al sargento. —Sin esperar a que los dos condes respondieran, el agente Timmons se apresuró a interrumpir el descanso del té del sargento Edwards.

Aunque Edwards no se alegraría de la interrupción, lo cierto era que sus descansos para el té eran largos y frecuentes.

A menudo era más probable que se interrumpiera uno de ellos, o el almuerzo, que su propio trabajo.

Como el agente Timmons había previsto, el sargento Edwards estaba sentado en la sala de descanso, leyendo el periódico y tomando una taza de té.

El jefe de policía de Pembrokeshire tenía su despacho en la ciudad de Haverfordwest, lo bastante lejos como para que el sargento Edwards no se preocupara por visitas inesperadas.

Era un hombre corpulento, con una nariz prominente y unos ojos de un azul apagado, algo saltones.

Sentía una especial debilidad por las galletas digestivas.

La señora Edwards se aseguraba de que siempre tuviera provisiones, que guardaba en una caja de lata que los agentes solo se atrevían a abrir bajo su propia responsabilidad.

Acababa de coger la tercera de las galletas y la estaba mojando en su té cuando el agente Timmons entró en la habitación.

—¿Qué hace usted aquí, Timmons? —preguntó el sargento Edwards—.

Se supone que debe atender el mostrador en todo momento.

A menos que entre la mismísima reina, se queda usted allí.

—El agente Timmons se quedó en el umbral, temblando casi visiblemente de nervios—.

¿Está la reina aquí? —preguntó su superior con sorna.

—No es la r-r-r-reina, pero h-h-h-hay dos condes —tartamudeó el joven.

El sargento Edwards entrecerró los ojos; ¿se estaba burlando de él el joven agente? Siempre había encontrado a Timmons tan nervioso y apocado que lo había apodado «Timmons el timorato». No parecía del tipo que respondiera con insolencia, pero nunca se sabe.

Al ver el escepticismo grabado en el rostro de su superior, el agente Timmons se apresuró a asegurarle:

—Digo la verdad, sargento, hay dos condes. Uno de ellos es el conde de Pembroke.

Como la mayoría de la gente de Pembrokeshire, el sargento sabía que su señor más reciente había muerto hacía poco y había sido sustituido por su primo.

También le habían llegado noticias de que el conde pasaría las Navidades en la finca.

Teniendo eso en cuenta, no era totalmente descabellado oír que el hombre en persona estaba ahora esperando en la comisaría.

Quizá fuera improbable que estuviera realmente allí, pero no que estuviera en la ciudad.

Dejando su galleta a medio mojar en el plato, el sargento Edwards se levantó con un suspiro, pasó por delante de su agente y se dirigió al mostrador de entrada, donde encontró a dos ricachones, tal como le habían advertido.

Lamentando haber derramado un poco de té en su camisa un rato antes, el sargento Edwards se acercó a los dos hombres y se presentó: