Capítulo 15
E l trayecto en carruaje hasta la granja de los Hughes no duró mucho, y apenas le dejó a la viuda tiempo para reflexionar sobre lo que quería preguntarle a Elinor.
En pocos minutos, se detuvieron ante lo que alguien que no fuera la viuda podría haber llamado una casita pintoresca, pues ella despreciaba cualquier supuesto encanto rústico.
Construida con ladrillos encalados y techo de paja, tenía una puerta principal de color azul brillante, con hiedra trepando a su alrededor.
La casita tenía un cuidado jardín delantero que probablemente sería una deliciosa explosión de colores en primavera.
Todo aquello pasó desapercibido para la viuda.
El cochero la ayudó a bajar y la viuda se preparó para la conversación que tenía por delante. Llamó con firmeza a la puerta azul.
A la viuda nunca se le había ocurrido que Elinor pudiera no estar en casa.
Estaba tan acostumbrada a que los sirvientes cumplieran sus órdenes que había dado por sentado automáticamente que incluso una exsirvienta se adaptaría de algún modo a la visita sorpresa.
La viuda estaba segura de que Elinor sabía que la familia residía de nuevo en Glanwyddan Hall, y debía de haber estado anticipando aquella visita.
La posibilidad de cualquier otro escenario no se le había pasado por la cabeza hasta que sus primeros golpes no obtuvieron respuesta.
Llamando de nuevo, con más agresividad, consideró cuál sería su siguiente paso si nadie abría la puerta.
Por suerte, antes de tener que reflexionar sobre ello demasiado, oyó pasos y una voz que decía:
—Ya voy, dal dy geffylau.
La viuda no tenía paciencia para las lenguas regionales y no tenía ni idea de por qué los habitantes de las islas británicas no hablaban todos el inglés de la reina.
Durante sus años de visitas a Gales, había observado que aquel idioma que tantos lugareños hablaban entre sí era particularmente ridículo; tenía demasiadas letras innecesarias y sonidos extraños, a su parecer.
Philip siempre había afirmado que le parecía hermoso, pero la viuda nunca había dado mucha importancia a lo que pensara su marido.
Unos instantes después de que la voz hubiera gritado, la puerta se abrió.
Por un momento, la viuda no tuvo ni idea de la identidad de la demacrada anciana, vestida de pies a cabeza de negro, con el pelo de un gris apagado y los ojos sin vida.
Cuando se convirtió por primera vez en doncella de la viuda, Elinor era muy joven, quizá no más de diecinueve años.
La viuda no había visto a la mujer en cuarenta años, así que no podía tener más de sesenta, más de una década menos que la viuda.
Sin embargo, la diferencia entre las dos mujeres no podía ser más marcada: el tiempo no había sido amable con Elinor Hughes.
Era evidente que Elinor estaba ciega y, sin embargo, dijo casi de inmediato:
—¿Su señoría? No esperaba su visita.
—¿Ah, no? —preguntó la viuda con escepticismo.
Haciéndose a un lado, Elinor preguntó tímidamente:
—¿Desea entrar?
Por mucho que la viuda no tuviera deseos de ver el interior de una de esas casitas estrechas y feas, tenía aún menos deseos de mantener aquella conversación en el umbral de la puerta, por lo que entró con aire majestuoso.
Elinor llevaba un bastón en la mano, pero no parecía necesitarlo para moverse por su casa.
Tan poco dispuesta como estaba la viuda a aprobar la vivienda, tuvo que admitir que estaba impecablemente limpia y ordenada.
Un fuego rugía en la chimenea y ante él había un par de sillones que parecían bien tapizados.
Elinor señaló el que parecía más cómodo de los dos y dijo amablemente:
—Prepararé una tetera.
La viuda no estaba dispuesta a tratar aquello como una visita de cortesía.
Sin embargo, estaba bastante sedienta, y no puso objeciones.
Se preguntó cómo se las apañaba la otra mujer para preparar una tetera sin poder ver.
La pequeña cocina estaba fuera de la estancia principal, por lo que la viuda no pudo presenciar la habilidad de Elinor para realizar las tareas domésticas por sí sola.
Se sentó en el sillón y decidió aprovechar el tiempo para reflexionar sobre cómo abordar la conversación inminente.
Los cinco minutos que esperó no le sirvieron de nada.
Cuando Elinor entró en la habitación con una bandeja de té con una tetera, tazas y un plato de pastas, la viuda experimentó una sensación de lo más inusual.
Era algo que no había sentido en su vida, y no estaba segura de qué pensar al respecto.
Se levantó y dijo a la mujer que antes la había servido:
—Déjeme que la coja.
Si Elinor se sorprendió por el ofrecimiento de su antigua señora, no lo demostró. Negó con la cabeza y respondió:
—Es muy amable por su parte, milady, pero me siento muy a gusto apañándomelas sola en mi propia casa. —Como para demostrar la veracidad de esa afirmación, caminó hasta la mesita que había entre los dos sillones y depositó la bandeja como si su vista no estuviera más mermada que la de la viuda.
La viuda quedó fascinada por aquello y no pudo evitar preguntar:
—¿Hace cuánto que perdió la vista, Elinor, y cómo se las arregla tan bien?
Mientras servía dos tazas de té perfectamente llenas, Elinor explicó:
—Empecé a perderla poco después de casarme.
Mi madre y mi abuela habían empezado a perder la vista a una edad similar, así que supe de inmediato cuál era mi destino.
Había observado a ambas mujeres aprender a vivir con su condición y comprendí las nuevas habilidades que tendría que aprender para vivir con cierta independencia.
Me quedé completamente ciega hace casi veinte años.
Con el tiempo, mis otros sentidos se han agudizado.
Por ejemplo, puedo escuchar cuando la taza está llena cuando estoy sirviendo el té.
La viuda no estaba segura de entender del todo lo que decía la otra mujer; ¿cómo demonios se podía escuchar cuándo una taza estaba llena? Sin embargo, había visto la prueba por sí misma, así que no cuestionó las palabras de Elinor.
Finalmente, cuando ambas se hubieron acomodado con sus tazas de té y las pastas hubieron sido ofrecidas y rechazadas, Elinor se recostó en el sillón y preguntó:
—¿A qué ha venido, milady?
La viuda nunca había sido partidaria de andarse con rodeos y respondió sin tapujos:
—Sabe perfectamente a qué he venido.
El rostro de Elinor reflejó una confusión genuina, pero la viuda sabía que las notas solo podían proceder de ella. Continuó:
—He recibido notas recientemente, incluida una que arrojaron por una ventana de Glanwyddan Hall la otra noche. Todas las notas decían algo parecido a: «Sé lo que hiciste». Que yo sepa, la única persona viva que conoce mi secreto es usted. A menos que, claro está, lo haya compartido con alguien más.
—Milady, le dije que me llevaría eso a la tumba, y he cumplido mi palabra. ¿Qué ganaría yo exponiéndola ahora?
La pregunta era justa y algo en lo que la viuda había pasado mucho tiempo reflexionando. Hasta la fecha, ninguna de las notas tenía condiciones. Ni siquiera amenazaban con revelar el secreto; al menos, no lo habían hecho hasta ahora.
—Quizá por un beneficio económico —sugirió la viuda.
—¿Alguna de las notas ha pedido dinero? —preguntó Elinor con genuina curiosidad.
—No por ahora —admitió la viuda—. Sin embargo, he estado esperando algún tipo de escalada. ¿Por qué si no enviarlas? La primera nota, enviada a Londres, exigía que regresara aquí y, cito textualmente, «pagara por mis pecados». Eso sugiere que se avecina una exigencia monetaria.
Finalmente, al notar la tela negra sobre un espejo a un lado de la habitación, los relojes parados y el vestido negro de Elinor, la viuda preguntó:
—¿Ha sufrido una pérdida recientemente?
—Mi hija, Glynda. La asesinaron hace un par de semanas. Dicen que fue su marido. —Elinor dijo aquello con voz serena, pero había un temblor subyacente en sus palabras, y la viuda pudo ver cómo sus ojos sin visión se llenaban de lágrimas.
—Lamento su pérdida —respondió la viuda sinceramente.
—Puedo asegurarle, milady, que no he estado en condiciones de iniciar una campaña de cartas anónimas sin motivo alguno —afirmó Elinor secamente—.
Estaba tan consumida por el dolor que apenas podía levantarme de la cama.
Si no hubiera sido por la amabilidad de los vecinos, podría haberme consumido allí mismo y no haberme recuperado nunca.
Solo en los últimos días me he visto capaz de pasar algunas horas sin llorar por mi querida hija.
La viuda no carecía por completo de compasión y se compadeció de la afligida madre.
No había sentido una sensación similar de pérdida cuando murió su hijo, pero Jonathan había sido un niño desagradable que se había convertido en un hombre monstruoso.
Era difícil llorar la muerte de un hombre así, incluso cuando era su propio descendiente.
Recobrando la compostura, Elinor preguntó:
—¿Es posible que las notas se refieran a algo que no sea el secreto que guardo para usted?
Tal idea no se le había ocurrido a la viuda, sobre todo cuando las notas solo se habían dirigido a ella en Londres. Cuando la siguieron hasta Gales, disipó cualquier duda.
—Solo tengo un oscuro secreto relacionado de alguna manera con esta zona olvidada por Dios.
Si usted no envió esas notas, entonces alguien más ha descubierto lo que ocurrió hace tantos años y pretende ponerme sobre aviso.
Piense bien, Elinor. Incluso si no lo reveló intencionadamente, ¿podría haber dejado escapar algo? ¿Quizá a su marido?
—Milady, David murió hace diez años, y nunca le dije ni una palabra durante todo nuestro matrimonio. Por lo que él sabía, nuestra situación se debía únicamente a su generosidad.
—Ciertamente, eso no era mentira. Mi munificencia fue fundamental, aunque no fuera del todo voluntaria —dijo la viuda con un resoplido.
—Milady, creo que ambas nos beneficiamos de la resolución de la situación. No voy a disculparme por mis actos. En cuanto a si alguien más pudo enterarse, lo diré de nuevo: no le he dicho ni una palabra a nadie desde aquel día, hace cuarenta años.
Parecía que no quedaba nada más que decir, y la viuda se marchó rápidamente, sin haber averiguado nada más sobre la identidad de quien la atormentaba.