Una Mujer Perspicaz (Misterios Históricos de Tabitha y Wolf 6) Capítulo 14
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Capítulo 14

A la mañana siguiente, todos se reunieron a la mesa del desayuno.

Incluso la viuda había salido de su habitación a una hora inusualmente temprana.

La fiesta había terminado lo suficientemente tarde como para que todos estuvieran listos para irse a la cama cuando partió el último invitado, y no había habido oportunidad de hablar sobre la velada y juzgar a sus vecinos, algo que la viuda estaba claramente ansiosa por hacer.

El tío Duncan fue la única persona que no se unió a la conversación matutina, pues seguía acostado tras haber bebido alguna que otra copa de más del brandy de Wolf, sumado a un copioso exceso de clarete durante la cena.

La viuda fue la última en entrar en el desayunador. Se acercó e inspeccionó los diversos platos que se ofrecían y se detuvo en seco ante el último calientaplatos.

—¿Qué demonios es esto? —le preguntó a Talbot, ocupado reponiendo el té y el café de la mesa—. Parece que nos han servido un montón de algas asquerosas esta mañana.

Talbot dejó una jarra de café junto a Tabitha y dijo:

—Es laverbread, milady. Una delicia galesa que la señora Budgers pensó que su señoría podría recordar con cariño de su infancia aquí. En efecto, está hecho con algas.

Wolf admitió:

—El laverbread es un gusto adquirido. Pero le tomé bastante cariño de niño. Está delicioso sobre una tostada con beicon y huevos.

La viuda escudriñó el puré gelatinoso de color verde oscuro, casi negro, y dijo:

—Le creeré, Jeremy. Pensaba que la comida que nos ofrecían en Escocia era mala, pero veo que los galeses consumen cosas aún más repugnantes. No dignificaré este montón de lodo con el título de comida.

A pesar de la habitual aversión de la viuda hacia cualquier alimento que no pudiera comprarse fácilmente en Fortnum and Mason, lo cierto era que, aparte de Wolf, nadie más se había atrevido a probar el laverbread.

Wolf le había asegurado a Tabitha que, una vez que se acostumbrara al ligero sabor a yodo, resultaba bastante delicioso.

Tabitha pensaba que cualquier comida que necesitara la advertencia de: «Cuando uno se acostumbra al sabor de…

», probablemente no era algo que fuera a disfrutar.

Si bien la noche anterior apenas habían tenido ocasión de comentar sus diversas impresiones sobre los vecinos, Wolf le había dicho a Tabitha que el hacendado Partridge había aceptado volver esa mañana para tratar los detalles del asesinato de Glynnie.

Había mencionado la visita del hacendado en voz baja la noche anterior, para no dar pistas a la viuda.

No dudaba de que ella insistiría en unirse a ellos si se enteraba.

La viuda llenó su plato con algunos huevos y tostadas y se sentó a la mesa junto al vizconde Tobias.

Talbot le sirvió un poco de café y añadió la leche y el azúcar que ella siempre tomaba.

Dio un bocado al huevo y un sorbo al café, y luego se lanzó a su esperada crítica de los invitados de la noche anterior.

—Debo decir, Lily, que después de la horrenda fiesta que organizó tu madre para intentar darnos la bienvenida a Escocia, pensé que tus padres se relacionaban con gente de lo más desagradable.

Pero aquel elenco de personajes parece francamente admirable comparado con el desfile de inadaptados, holgazanes y parvenus que nos vimos obligados a soportar anoche.

Dio otro sorbo de café y continuó:

—Esas hermanas viejas y chifladas están tan seniles que no son aptas para la buena sociedad.

Lo mejor que puedo decir del vicario es que es un aburrimiento insoportable, con su interminable parloteo sobre mariposas.

El hacendado Partridge es lo que cabría esperar de un hombre que consideraba a mi marido su amigo más cercano: un borracho lascivo y embrutecido que probablemente correrá la misma suerte que Philip algún día.

En cuanto a esa señorita Prescott, realmente no tengo palabras para describir mi aversión particular hacia una advenediza de tan mal gusto.

Aunque las palabras de la viuda eran duras, resultaba difícil que alguien pudiera rebatir los sentimientos que subyacían.

Tabitha había estado pensando toda la mañana en la invitación tan contundente de la señorita Prescott para tomar el té esa tarde.

Había quedado claro que esperaba excluir a la viuda, pero Tabitha no veía razón alguna para facilitar tal deseo.

Por muy exasperante que pudiera ser la condesa viuda en ocasiones, bueno, la mayor parte del tiempo, había momentos en los que podía ser útil.

Suponiendo que fuera posible apuntar tácticamente con ella hacia un objetivo con gran precisión, su particular estilo de esnobismo cáustico podría ser sumamente eficaz.

Tabitha sospechaba que aquella era una de esas ocasiones.

Tabitha sabía que su antigua suegra nunca estaba dispuesta a servirle de ayuda si podía evitarlo.

Tenía una reacción casi instintiva a negarle auxilio cuando lo necesitaba.

Sin embargo, Tabitha había aprendido un par de cosas sobre cómo tratar con la anciana en los últimos seis meses.

Dirigiéndose a Lady Lily, Tabitha dijo con naturalidad:

—Lily, al mencionar a la señorita Prescott me he acordado que nos ha invitado a ti y a mí —Tabitha hizo una pausa momentánea y después un movimiento exagerado para mirar a la viuda y volver a mirar a Lily antes de continuar—, y solo a ti y a mí, a tomar el té esta tarde.

Lily puso los ojos en blanco y respondió:

—¿Por qué tengo que ir yo a pasar tiempo con esa mujer tan espantosa?

—Dice que su padre tiene un invernadero lleno de plantas interesantes que te podría gustar ver.

Eso fue todo lo que Lily necesitó para mostrarse mucho más entusiasmada con la excursión de la tarde.

Aunque, bajo la severa influencia de la viuda, Lily ya no solía aparecer con ramitas y follaje en su espeso, oscuro y rizado cabello cobrizo, el amor de la joven por la botánica no había disminuido.

Habiendo conseguido la aceptación, bastante entusiasta, de Lily para acompañarla, Tabitha dio un sorbo a su café y dijo:

—Maravilloso, entonces tú y yo iremos en carruaje esta tarde.

Tabitha pudo sentir la agitación de la viuda durante ese intercambio. Finalmente, incapaz de contener su crispación, la mujer preguntó:

—Así que esa solterona vulgar se ha empeñado en excluirme de la invitación, ¿verdad?

Considerando la mejor manera de pinchar a la mujer sin que se notaran sus intenciones, Tabitha respondió:

—Estoy segura de que no pretendía faltar al respeto. Quizá simplemente pensó que no desearía formar parte del grupo después de sus tensas interacciones iniciales.

—¿Está segura de que no pretendía faltar al respeto, Tabitha?

No alcanzo a imaginar qué podría darle tal seguridad.

No recuerdo cuándo fue la última vez que me topé con una parvenu tan impertinente y soberbia.

Me niego a permitir que esa mujer lleve la voz cantante.

Me uniré a ustedes esta tarde y disfrutaré de su horror cuando vea que formo parte de la comitiva.

Tabitha aceptó la insistencia de la viuda con una ligera inclinación de cabeza mientras se esforzaba por reprimir una sonrisa.

Habiendo frustrado los intentos de la señorita Prescott de excluirla, la viuda volvió a centrarse en su desayuno.

Tras su conversación del día anterior con Rat, la viuda esperaba visitar a su doncella jubilada, Elinor, esa mañana.

Supuso que alguno de los hombres de la zona que Madison había contratado para ayudar con los caballos y los carruajes durante su estancia sabría dónde encontrar la granja de los Hughes.

La viuda sopesó cómo solicitar que uno de aquellos sirvientes la llevara sin alertar a nadie de sus planes.

Finalmente, decidió que los intentos de subterfugio resultarían más sospechosos que limitarse a contar una verdad a medias. Así que dijo con naturalidad:

—Talbot, por favor, dígale a Madison que necesitaré que uno de los lugareños que ha contratado me lleve en carruaje después del desayuno. —Hizo una pausa, sopesando qué razón dar—. Hay una criada de hace muchos años a quien deseo visitar.

La viuda vio que Tabitha y Wolf intercambiaban miradas, y podía imaginar por qué; no era conocida precisamente por su apego al servicio.

Quizá la única excepción fuera su mayordomo, Manning.

E incluso entonces, su preocupación cuando lo arrestaron tuvo más que ver con la alteración de su comodidad que con el temor por el hombre ante una posible condena por asesinato.

Sin embargo, ninguno dijo nada, y la viuda se dio por satisfecha al no haber hecho más que despertar una ligera curiosidad por su parte.

El desayuno fue rápido para la mayoría de los presentes.

Langley tenía que reunirse con Rat para continuar las lecciones del muchacho.

Lily quería aprovechar una mañana razonablemente agradable para explorar los jardines.

Tobias estaba encantado de que lo arrastraran a cualquier excursión que Lily tuviera en mente y de ser su dispuesto asistente mientras ella investigaba la flora local.

Wolf y Tabitha tenían la inminente visita del hacendado Partridge y, por supuesto, la viuda tenía su propia visita.

Wolf estaba demasiado contento de que la viuda estuviera ocupada con otros asuntos esa mañana, y que por tanto no insistiera en ser incluida en la reunión con el hacendado, como para indagar más en su salida.

Mientras todos se retiraban de la mesa del desayuno, Wolf se inclinó hacia Tabitha y le dijo en voz baja:

—El hacendado estará aquí a las once. Le pediré a Talbot que lo haga pasar al despacho por si acaso queda alguien más por aquí.

—Al decir aquella última frase, miró significativamente a la espalda de la viuda, que se alejaba.

Tabitha asintió de acuerdo. Incluso si la viuda ya estaba fuera de la casa para entonces, todavía tenían que lidiar con el tío Duncan.

Ni Tabitha ni Wolf querían que su conversación con el hacendado fuera interrumpida por el indomable escocés.

Talbot había informado a la viuda de que el carruaje la estaría esperando con un conductor local que sabría encontrar cualquier residencia de la zona que deseara visitar.

Consideró que no había mejor momento que el presente y le comunicó que estaría lista para partir en quince minutos.

La viuda sopesó si llevarse a Withers con ella.

Seguía vacilando entre la posible seguridad que ofrecía la compañía y el deseo de guardar su secreto más profundo lo más celosamente posible.

Finalmente, decidió que el cochero sería seguridad suficiente.

Después de todo, ¿qué protección real podría brindarle Withers?

Acomodándose en el carruaje, la viuda pensó en su próxima visita.

Elinor había sido su doncella durante unos pocos años solamente.

La doncella que había traído a su matrimonio había enfermado repentinamente durante una visita a Glanwyddan Hall, y Elinor, una joven criada de la zona, la había sustituido durante apenas un par de días, o eso habían creído.

Cuando la enfermedad de la doncella se agravó de repente, la enviaron de vuelta a casa con su familia, y Elinor se convirtió de pronto en la doncella de una condesa.

La viuda pensó en la joven Elinor. Aunque no solía preocuparse demasiado por las vidas y las necesidades de sus sirvientes, había algo en aquella joven galesa que a la viuda le había resultado muy reconfortante.

La mujer tenía una voz suave, casi musical, y una mano delicada.

Aunque nunca antes había desempeñado los servicios de una doncella, demostró aprender rápido.

Elinor había aprendido a coser de niña y tenía una habilidad casi mágica con la aguja y el hilo.

Hasta el día de hoy, la viuda nunca había visto una puntada tan pulcra y casi invisible.

Elinor le había contado a la viuda que su abuela y su madre eran lo que allí se conocía como dynion hysbys, o mujeres hechiceras.

Se creía que tenían poderes casi sobrenaturales para revelar lo desconocido.

Las mujeres eran también herbolarias, cuyos brebajes, según se creía, hacían de todo, desde curar un resfriado hasta actuar como poción de amor.

Elinor le confió aquella información por primera vez cuando la viuda sufrió el ataque de una enfermedad que el médico local no fue capaz de diagnosticar correctamente ni de remediar.

Finalmente, dándose cuenta con frustración de que no tenía nada que perder al complacer las creencias de su criada, la viuda hizo lo que ella le sugirió.

Permitió que Elinor llevara una uña cortada y una joya vieja casi sin valor a la casita de campo de su abuela.

La viuda no tenía ni idea de las artimañas sobrenaturales había realizado la vieja bruja, pero Elinor regresó con una pócima que su abuela afirmaba haber hecho especialmente para lo que aquejaba a la condesa.

La viuda no creía en aquel abracadabra, pero el brebaje no tenía mal sabor, así que le dio el gusto a la joven galesa y se lo bebió a sorbos.

En menos de una hora se sumió en un sueño profundo, el primero que disfrutó en días, y se despertó a la mañana siguiente completamente recuperada.

Aun así, persistía el escepticismo de la viuda de que fuera el brebaje de la bruja lo que la hubiera curado en lugar de una buena noche de sueño.

Sin embargo, cuando volvió a tener un problema espinoso que parecía estar más allá de los poderes terrenales para solucionarlo, volvió a recurrir a Elinor.

No obstante, la ayuda que su criada le prestó aquel día fue el comienzo del fin de su relación y la razón por la que la viuda se sintió obligada a visitarla más de cuarenta años después.