Capítulo 10
B illy Morris tenía una reputación de alborotador que no era del todo inmerecida.
Más que nada, era un chico inteligente y vivaz que estaba aburrido y se sentía constreñido por la vida del pueblo y la suposición de que seguiría los pasos de su padre y trabajaría en la panadería.
A los once años, se suponía que Billy debía estar en la escuela pero, como tantos niños de clase trabajadora, su educación se detuvo prácticamente en cuanto adquirió conocimientos básicos de lectura y escritura y supo contar lo suficiente como para dar el cambio correcto al comprar una hogaza de pan.
Como indicaban las reprimendas de su madre, se suponía que Billy debía estar trabajando en la panadería, pero aprovechaba cualquier oportunidad para escabullirse.
La mayoría de las travesuras de Billy eran bastante inofensivas, pero últimamente había empezado a pensar en cómo podría escapar de la monotonía de la vida de panadero y había decidido que una vida de pequeños delitos podría proporcionarle la huida de Lamphey que tanto deseaba.
Billy tenía dos amigos: el joven Kenny Evans (sobrino del agente Evans) y Griffith Thomas, el hijo mayor de Glynda, la víctima del asesinato.
Desde la muerte de su madre, supuestamente a manos de su padre, Griffith y su hermana mayor se habían estado haciendo cargo de sus hermanos pequeños, por lo que el grupo se había reducido a Kenny y Billy.
Kenny había sido el otro acosador de Rat.
Billy y Kenny habían estado hablando de cómo podrían ganar algo de dinero, y entonces, como por arte de magia, habían visto a Rat caminando por el camino, con su ropa elegante y su perra de raza.
Parecía la víctima perfecta; Billy le había asegurado a Kenny que ni siquiera tendrían que hacerle daño al chico.
El joven ricachón estaría tan asustado que les daría todo el dinero que tuviera.
Lo que Billy no esperaba era encontrarse cara a cara con su presa, ni que su pretendida víctima tuviera una mirada tan decidida y penetrante.
La señora Morris, al ver a Rat y a Billy mirándose fijamente, dijo:
—Billy, este joven caballero se aloja en la mansión como invitado del nuevo conde. —Billy reconoció el tono de voz de su madre y comprendió la advertencia que subyacía tras sus palabras: «Déjalo en paz».
Rat pagó sus bollos, asegurándose de sacar un gran puñado de monedas con las que pagar.
Aunque estaba de espaldas a Billy, podía sentir los ojos avariciosos del otro chico puestos en el dinero.
Rat había conocido a muchos chicos como Billy Morris en Whitechapel.
En realidad, si Rat no hubiera intentado robarle la cartera a Wolf aquel fatídico día, hacía más de un año y medio, era probable que se hubiera convertido en uno de esos chicos: astutos, siempre a la caza de su próxima víctima, sin pensar nunca mucho más allá de lo siguiente que podrían robar.
En unos pocos años, esos chicos pasaban de la pequeña delincuencia a trabajar para una de las bandas del East End.
Mientras aceptaba el cambio de la señora Morris, Rat se preguntó en qué se convertirían los chicos como Billy en la Gales rural.
Tabitha había tenido la intención de proteger a Rat de los inquietantes sucesos en Glanwyddan Hall.
Sin embargo, el muchacho prestaba mucha atención a lo que sucedía a su alrededor y había oído a los sirvientes susurrar sobre los animales muertos y la piedra lanzada a través de la ventana.
También había escuchado que el hijo del panadero podría tener algo que ver con esas travesuras.
Habiendo conocido a Billy Morris, Rat consideró que los rumores podrían ser correctos.
Quizá a eso llegaban los chicos como Billy, pero ¿con qué fin?
Cuando Rat hizo esa conexión, estuvo aún más decidido a hablar con Billy Morris en privado.
Sabía que lo seguiría fuera de la panadería e intentaría robarle la cartera de nuevo.
El otro chico tenía una ventaja sobre Rat: conocía el pueblo.
Rat no consideraba que la edad y el tamaño del otro chico fueran una ventaja.
Dudaba que un chico de campo de once años fuera rival para él.
Sería así si Billy todavía tuviera a su compinche con él, pero la segunda sombra parecía haber desaparecido.
En un uno contra uno, Rat se sentía aún más confiado.
Estaba seguro de que Billy tendría que esperar al menos unos minutos antes de seguirlo para no levantar las sospechas de su madre.
Billy sabía ahora hacia dónde se dirigía Rat.
Conociendo todas las rutas hacia la mansión, imaginó que no tenía prisa.
Rat salió de la panadería y desató la correa de Dodo del árbol donde la había dejado.
No quería hacer nada que pusiera en riesgo a la cachorra, pero tras el clímax de sus aventuras en Brighton, sabía que la spaniel era muy protectora cuando se la provocaba.
Billy Morris no tenía idea de dónde se estaba metiendo.
Mirando alrededor del pequeño pueblo, Rat consideró cuál sería el mejor lugar para una emboscada.
Estaba seguro de que Billy Morris lo estaba observando desde dentro de la tienda y quería asegurarse de que sus acciones fueran exageradas y deliberadas.
La respuesta más obvia era volver a través del bosquecillo, pero habiéndolo evitado al entrar en el pueblo, Rat consideró que tomarlo de vuelta era una estratagema demasiado obvia.
La iglesia del pueblo y su cementerio le llamaron la atención.
La iglesia era una encantadora estructura de piedra y, aunque Rat no era experto en esas cosas, parecía antigua.
Rat había pasado bastante tiempo a lo largo de su corta vida merodeando por los cementerios.
Cuando era muy pequeño, no mucho mayor que Melly, su abuelo solía llevarlo al cementerio de Bunhill Fields y señalarle las tumbas de los escritores famosos que estaban enterrados allí.
Después de la muerte de su abuelo, Rat seguía yendo a pie a Bunhill de vez en cuando y hablaba con él, como si todavía estuviera vivo.
Le habría gustado haber visitado las tumbas reales de su abuelo y sus padres, pero los arrojaron a una fosa común.
Rat pensó en sus visitas a Bunhill mientras deambulaba casualmente hacia el cementerio del pueblo, asegurándose de hablar en voz alta a Dodo sobre adónde iban.
No quería mirar hacia atrás, pero pronto sintió que lo seguían.
Cuando Rat se inclinó para desatar la correa de Dodo, volvió a sacar su cuchillo de la bota, donde lo había vuelto a guardar antes de entrar en la panadería.
Manteniéndolo oculto en la manga, como antes, Rat caminó a paso firme, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
El cementerio le recordaba a Bunhill; estaba cuidado, pero no impecable.
La hiedra crecía en los muros circundantes y las hojas secas alfombraban el suelo.
Al echar un vistazo a algunas de las lápidas, Rat vio que, mientras algunas eran bastante nuevas, muchas tenían cientos de años.
Decidió que era más seguro para Dodo dejarla atada a un árbol junto a la entrada en lugar de arriesgarse a que se viera involucrada en cualquier pelea con Billy.
Las hojas del suelo dificultarían que Billy lo siguiera sin hacer ruido.
«Mejor aún», pensó Rat. Eso aseguraría que Billy mantuviera la distancia.
A un lado del cementerio, junto a una sección de muro particularmente cubierta de hiedra y en ruinas, Rat pudo ver lo que parecía un monumento con la estatua de una persona tumbada encima.
Rat recordaba haber visto algo parecido en Bunhill Fields; su abuelo le dijo que era una tumba para personas especiales y famosas.
En el caso de Bunhill, un poeta famoso. Había unas palabras grabadas en la gran base de mármol blanco, y Rat caminó hacia allí como para leer lo que estaba escrito.
Tras una breve pausa, rodeó el monumento por detrás, como para ver si había algo escrito allí.
Una vez detrás del monumento, Rat se dio cuenta de que tendría que confiar en oír a Billy acercarse porque no podía arriesgarse a ser visto asomándose.
Por suerte, Billy era un total novato en eso de rastrear personas y hacía más ruido de lo que Rat hubiera podido esperar.
Rat giró el cuchillo en su mano y se puso en posición de ataque.
Los pasos de Billy se acercaron; de repente, se hizo el silencio.
Estaba claro que esperaba a que Rat volviera a salir de detrás del monumento.
En efecto, Rat podría haber hecho lo mismo.
No había nadie más alrededor, y Billy estaba bastante seguro de que tenía ventaja en tamaño, edad y experiencia sobre lo que creía que era un ricachón débil.
Rat respiró hondo y, como si nada le importara, volvió a salir por delante del monumento. En cuanto apareció, Billy se abalanzó sobre él, pero en el instante previo al ataque, vio la hoja reluciente y afilada que Rat sostenía en la mano.
—¡Vaya! ¿Qué piensas hacer? ¿Filetearme como a un pez? —gritó Billy.
—Si fuera lo necesario, claro —respondió Rat.
—¿Por qué harías eso? No te he hecho daño —protestó Billy, intentando inyectar una nota quejumbrosa e inocente en su voz.
—Me has seguido hasta el pueblo y planeabas emboscarme en el bosque, y luego me has seguido hasta aquí y estabas a punto de atacarme —dijo Rat con claridad.
Billy entrecerró los ojos con sospecha mientras miraba a Rat en posición de combate, con el cuchillo en la mano.
El otro chico parecía saber cómo usar el arma y quizá la había usado en el pasado.
Billy sabía que había juzgado mal la situación.
Era alto y robusto para su edad, y siempre había confiado en su tamaño para intimidar a otros niños.
Sus habilidades reales de lucha eran bastante insignificantes y, desde luego, no tenía ni idea de cómo enfrentarse a alguien con un cuchillo.
Levantando las manos en señal de rendición, admitió:
—Bueno, tal vez lo estaba haciendo. Pero solo para sacarte unas monedas, nada más.
Rat no estaba seguro de creer que no le hubieran hecho nada más.
Sin embargo, aunque eso fuera verdad, sus días de penuria no habían quedado tan atrás como para poder considerar insignificante la pérdida de unas monedas.
Enderezándose de su pose de lucha pero manteniendo el cuchillo frente a él, dijo:
—Me quedaré en la mansión durante unas semanas.
Durante ese tiempo, puede que dé paseos por el pueblo.
Si me ves, mantén las distancias. Siempre llevo este cuchillo encima y también soy bastante bueno con los puños.
Puede que me saques unos centímetros y unos kilos, pero aprendí a defenderme en algunas de las calles más peligrosas de Londres.
Billy no era tonto; sabía que había encontrado la horma de su zapato. Manteniendo las manos en alto, empezó a retroceder, diciendo:
—Trato hecho. Me mantendré fuera de tu camino y tú te mantendrás fuera del mío.
Cuando Billy se fue, Rat recogió a Dodo y salió del pueblo.
Confiado en que Billy se había asustado lo suficiente, Rat tomó el atajo a través del bosque, seguro de que no corría peligro de ser emboscado.
Pensó en su tarde y en su encuentro con Billy Morris.
Ahora que había conocido al chico, podía creer que fuera el responsable de los animales muertos, e incluso de la piedra que había atravesado la ventana.
Sin embargo, no creía que lo hiciera por aburrimiento –era demasiado astuto para correr tal riesgo sin motivo–, pero Rat podía imaginarlo haciendo esas travesuras por dinero.
Rat quería compartir sus conclusiones con Wolf, pero necesitaba pensar en cómo explicar su visita al pueblo sin revelar la tarea que la viuda le había encomendado.
¿Era creíble que bajara al pueblo con Dodo sin ninguna razón en particular?
Rat supuso que podría serlo. El chico sentía que se las había apañado para decepcionar a la viuda, a Tabitha y a Wolf durante su última investigación.
Había roto la confianza de la viuda al revelar lo que sabía sobre sus actividades, pero también había ocultado información vital a las mismas personas responsables de rescatarlo a Melody y a él de las calles.
Rat no quería encontrarse en una situación así de nuevo, así que resolvió decirle a Wolf lo que pudiera mientras mantenía los secretos de la viuda, fueran los que fueran.
Al regresar a Glanwyddan Hall, Rat dejó a una agotada Dodo en la habitación de los niños con Melody y Mary y fue a buscar a la viuda.
La localizó por fin en el salón verde, un nombre de lo más apropiado, en la parte trasera de la casa.
El salón verde estaba decorado en varios tonos del color que le daba nombre.
Si hubiera tenido algún interés en la mansión, la viuda habría insistido hacía tiempo en redecorar la habitación.
Sin embargo, por mucho que desaprobara la gama cromática, la sala era en parte un invernadero con techo de cristal y pared exterior.
Por ello, era un lugar muy soleado y solía estar más caliente que las otras habitaciones de la casa, incluso en un frío día de diciembre.
El padre de Philip, el antiguo conde, había sido un ávido coleccionista de orquídeas y, en su época, el invernadero había estado lleno de flores.
Hacía mucho tiempo que la estancia no albergaba plantas exóticas, pero aún quedaban algunos ejemplares de bajo mantenimiento que añadían verdor al decorado.
—Ah, Rat, únete a mí —dijo la viuda, indicando que debía cerrar la puerta tras de sí.
Rat todavía aferraba su bolsa con bollos glaseados, y se preguntó si sería una falta de etiqueta comerse uno en compañía de la viuda.
Una bandeja de té con un plato de dulces estaba sobre la mesa.
Al ver la bolsa que Rat apretaba, la viuda preguntó: —¿Quieres una galleta o tienes algo más rico en la bolsa?
Rat se sentó y sacó uno de los bollos glaseados. La viuda, muy consciente de la predilección del niño por los productos de panadería, sonrió con indulgencia. Permitió que el chico diera sus primeros bocados y luego preguntó:
—Y bien, ¿qué tal tu viaje al pueblo?
El niño terminó de masticar su bollo y respondió:
—Muy interesante. La señora Morris, la mujer del panadero, ha sido de gran ayuda.
Aunque Rat sabía que estaban solos y que, con la puerta cerrada, estaban a salvo de oídos indiscretos, era no obstante muy consciente del deseo de la viuda de mantener la discreción. Así que, en un tono casualmente inocente, añadió:
—Nunca adivinará lo que me ha dicho. Su doncella todavía vive a las afueras del pueblo. —Al ver la mirada de aprobación en los ojos de la viuda, continuó: —Se casó con un hombre llamado David Hughes, que ya ha muerto. Pero ella sigue viviendo en la granja de los Hughes.
—¿Ah, sí? Qué interesante —murmuró la viuda.