Capítulo 21
B ear y Langley se ofrecieron a recorrer a pie la corta distancia de vuelta al hotel.
En otras circunstancias, Wolf podría haber sentido la necesidad de que Bear se quedara para asegurarse de que Tobias no intentara escapar.
Pero era obvio que la influencia de la viuda sobre su ahijado ejercía un control mucho más férreo que cualquier amenaza física.
Una vez en el carruaje, Tobias se sentó en silencio en un rincón, mirando con aire sombrío por la ventana. La viuda charlaba como si él no estuviera presente:
—Tobias era un niño encantador. Era sumamente inteligente y muy maduro.
Tenía un paladar muy refinado para ser un niño, y me deleitaba ofreciéndole alimentos nuevos y cada vez más exóticos cuando venía de visita.
Fomenté su interés en los nuevos avances científicos y lo llevé a conferencias en la Royal Academy en alguna ocasión.
Lo cierto es que no tengo ni idea de lo que ha podido ocurrir para que se convierta en el joven que tenemos aquí ahora.
Si Tabitha había sentido cierta compasión por el joven cuando su madrina había empezado a recordar el pasado, esta no hizo sino aumentar a medida que la viuda se iba animando:
—Su madre quería que una tía suya muy religiosa fuera su madrina, pero su suegra, Charlotte, intercedió.
Dejó claro que no era por su alma inmortal por lo que debían preocuparse, sino por los problemas que sus apetitos carnales pudieran causar.
Clarence había sido un poco libertino en su juventud, y Charlotte se dio cuenta de que podía haber una predisposición familiar a tal indulgencia juvenil.
—Si la noticia sobre su padre sorprendió a Tobias de alguna manera, no hubo nada en su semblante que lo revelara.
La viuda continuó con cierta amargura en la voz:
—Creía haber hecho todo lo que me correspondía para asegurar que Tobias siguiera el camino adecuado de la laboriosidad propia de un caballero.
Uno no quiere alentar a un joven aristócrata a dedicarse al comercio.
Sin embargo, su interés por la ciencia, particularmente por la ingeniería, parecía del todo apropiado.
Conozco a muchos caballeros con título a los que les gusta trastear con esos llamados inventos.
De hecho, hasta que se fue a Cambridge, no parecía haber motivo de preocupación.
Por lo que pude averiguar a través de Charlotte, parece que se juntó con malas compañías, que fomentaron sus peores impulsos hacia la bebida, el juego y quién sabe qué más. Sus padres estaban muy preocupados.
—Tal vez deberían haberse mantenido al margen de mis asuntos, y así no se preocuparían —intervino finalmente Tobias.
La viuda respondió bruscamente:
—¿Al margen de tus asuntos? ¿Es eso lo que crees que tus padres y tu abuela deberían hacer?
Desde luego, tenías una opinión muy distinta cuando querías su dinero para que te sacaran de los problemas en los que te habías metido.
Deberías avergonzarte, Tobias. —Tabitha observó al joven.
Si sentía alguna vergüenza, no se reflejaba en su rostro ni en su comportamiento.
Antes de que la conversación se acalorase más, el carruaje se detuvo ante el hotel.
Por la expresión de Tobias, parecía que se le acababa de ocurrir que, si fuera a echar a correr, aquel sería el momento más oportuno.
La viuda, interpretando también sus gestos, agarró la manga de la chaqueta del joven.
Aunque la mujer no habría sido rival para su ahijado si este hubiera decidido soltarse de su agarre y escapar, la buena educación, o una mínima pizca de sensatez, le impidieron tomar esa decisión precipitada.
La viuda condujo a Wolf, a Tabitha y a Tobias a su suite, indicando al conserje que hiciera subir a Langley y a Bear en cuanto regresaran al hotel.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron al pasillo donde se encontraban tanto la suite de la viuda como la suya propia, Tabitha se dio cuenta de que el tablón y las fichas en blanco seguían en su habitación, por lo que se desvió para recogerlos.
Para cuando Withers permitió a Tabitha entrar en la estancia de la viuda, Tobias estaba sentado en el sofá y la viuda en su sillón más alto, mirándolo con severidad.
Wolf había acercado una silla que estaba junto al pequeño escritorio del rincón de la estancia.
Tabitha volvió a apoyar el tablón de corcho sobre el aparador y ocupó el otro sillón.
Cualquier duda sobre si esperar a los demás quedó resuelta por un fuerte golpe en la puerta.
Withers fue a abrir y Langley entró en la habitación.
Al parecer, Bear había decidido que sus talentos particulares no eran necesarios para esa parte de las actividades de la velada y se había retirado a la suite que compartía con Wolf.
Langley se acomodó en el otro extremo del sofá, lejos de Tobias.
La tensión en la sala era tan espesa que Tabitha sintió que era casi corpórea.
Decidiendo que no se ganaba nada teniendo los nervios a flor de piel, Wolf sugirió que hicieran uso de los refrigerios que ofrecía la estancia.
Tobias aceptó de inmediato la oferta de un trago para darse valor.
—Creo que ya has bebido bastante esta noche, jovencito —proclamó la viuda—. Aunque, Wolf, un poco de jerez sería fantástico, gracias.
—No soy un niño, tía Julia. —Las palabras de Tobias se veían desmentidas por un mohín y un quejido que habrían enorgullecido a un niño de siete años malhumorado.
Wolf sabía que era mejor no discutir aquello con la viuda, y sirvió brandy y jerez para todos excepto para Tobias. Cuando estuvieron sentados con las copas en la mano, la condesa viuda inició el tanteo:
—Y bien, Tobias… ¿Qué te trae por Brighton? —Lo dijo con un tono engañosamente amable, como si de verdad no fuera más que una madrina abnegada interesándose por un ahijado querido.
Por desgracia para Tobias, no estaba lo bastante curtido como para reconocer aquella pregunta como lo que era, y se relajó visiblemente.
Quizá no era más que una horrible coincidencia lo que le había llevado a encontrarse cara a cara con su tía Julia esa noche, y la reprimenda que estaba a punto de experimentar no sería distinta de las que recibía habitualmente de sus padres y su abuela.
—¡Oh, ya sabes, esto y aquello! —dijo Tobias con el tono despreocupado y relajado de quien cree conocer el alcance del dolor que le espera y no le preocupa.
Continuó—: Tengo un compinche de Cambridge cuyos padres tienen un caserón viejo a las afueras de Brighton.
Está lleno de corrientes de aire, pero servirá mientras yo, bueno, mientras las cosas...
—Al darse cuenta de que estaba conduciendo la conversación hacia un terreno peligroso, Tobias titubeó, buscando la mejor manera de expresar su situación actual.
No hizo falta; la viuda estuvo más que encantada de terminar la frase por él:
—¿Mientras tu iracundo padre se calma? —preguntó con dulzura.
La pregunta fue formulada con tanta amabilidad y con una simpatía tan evidente en el tono que Tobias levantó la vista con esperanza en los ojos y respondió:
—Bueno, sí. Mi padre estaba furioso la última vez que lo vi. De hecho, pensé que me iba a dar una buena tunda, así que me largué de la ciudad una temporada.
La viuda entrecerró los ojos y dijo en un tono mucho menos comprensivo:
—Jovencito, no tengo ni idea de qué estás hablando. ¿Hay alguna razón por la que no puedas hablar en cristiano?
Tobias la miró fijamente, sin saber qué era lo que no se entendía de su declaración. Wolf decidió, por conveniencia, traducir:
—Lady Pembroke, lo que creo que el vizconde Tobias intenta articular es que su padre estaba sumamente enfadado. Tanto, que el vizconde temía recibir un castigo físico, y por eso abandonó Londres.
—¿Entonces por qué no ha dicho eso? —exigió ella—. ¿Así que te fuiste de la ciudad con el rabo entre las piernas y estás abusando de la malhadada generosidad de la familia de uno de tus amigos holgazanes?
Aunque no era así como Tobias lo habría expresado, las palabras de su madrina captaban la esencia de la situación, por lo que el joven se limitó a asentir con la cabeza.
—Ya veo. Y, en lugar de aprovechar la estancia para reflexionar sobre tu comportamiento deshonroso, ¿has decidido en cambio trasladar tus fechorías a un nuevo lugar?
—Tobias había bebido mucho champán aquella noche, y eso le había embotado el ingenio.
Pero, aun así, empezaba a darse cuenta de que lo peor de aquella reprimenda podía estar por llegar.
Sin estar aún dispuesta a dar el golpe de gracia, la viuda volvió a su tono más amable y preguntó:
—¿Y qué te parece Brighton? He oído que tiene sus encantos, aunque, en su mayor parte, a mí me pasan desapercibidos.
Feliz de volver a un terreno más seguro, Tobias se reclinó, más relajado, y respondió:
—Oh, ya sabes, no está tan mal. Hay distracciones bastante agradables si uno es creativo.
Tabitha casi soltó un jadeo ante la ingenuidad del joven al llevar la conversación a un terreno tan traicionero.
Realmente era lo bastante arrogante como para creerse, al menos en parte, con el control de la conversación.
«Pobre necio», pensó Tabitha mientras observaba a la viuda reunir sus fuerzas y asestar el golpe decisivo, su coup de grâce.
—¿Distracciones bastante agradables? ¿Es eso lo que has podido encontrar? ¿La actriz, la señorita Mapp, era una de ellas? —De todas las cosas por las que Tobias pensó que su madrina podría reprenderle, estaba claro que aquella no figuraba en su lista.
Tobias se quedó helado, con los ojos muy abiertos.
—No conozco a ninguna persona con ese nombre —mintió sin convicción alguna.
—¿Ah, no? —preguntó la viuda, articulando despacio cada palabra mientras su voz destilaba incredulidad.
Todavía sin estar seguro de lo que sabía exactamente su madrina, Tobias cambió un poco de táctica y fanfarroneó: