Capítulo 20
W olf se aseguró de estar abajo, en el vestíbulo del hotel, mucho antes de que se cumplieran los treinta minutos.
Tenía la intención de charlar discretamente con el conserje de servicio antes de que bajara nadie más.
Llevándose al hombre a un lado, le enseñó la lista de Paddy y le preguntó en voz baja:
—¿Cuáles de los siguientes locales son los menos impresentables? —Sabía que Paddy había indicado los que creía que podrían atraer al vizconde Tobias. Pero eso no se correspondía necesariamente con la respetabilidad.
El conserje examinó la lista durante un minuto más o menos, luego se sacó un lápiz de detrás de la oreja y anotó algo junto a algunos de los nombres. Al mostrarle la lista a Wolf, dijo:
—Le he dejado algunas anotaciones. Los que tienen un asterisco no abren fuera de temporada.
Dependen demasiado de los turistas. Los que tienen una X deben evitarse a toda costa.
Los que tienen una marca de verificación, bueno, probablemente no estén a la altura de los estándares de Londres, pero al menos no le robarán la cartera.
—Solo había dos lugares marcados de esa forma.
Wolf tenía la esperanza de encontrar al vizconde Tobias en uno de ellos esa noche. El conserje continuó:
—Cuando llegue a la puerta, dígales que le envía Marty Malcom.
De vez en cuando los huéspedes me piden que les recomiende sitios así, y siempre los mando a uno de estos dos.
Se asegurarán de que les atiendan bien. —Wolf dio las gracias al hombre y preguntó después si podrían disponer del carruaje para la velada.
Bear tendría que ir arriba, junto al cochero, pero de todos modos lo prefería.
No se había discutido si Bear les acompañaría aquella noche.
Su tamaño disuadiría a cualquiera, salvo a los más insensatos, de molestar a su grupo.
Tabitha no había estado segura de qué ponerse para su aventura nocturna.
Podría haberse quedado con el vestido de noche que había llevado durante la cena, pero era bastante sencillo, y sentía que, si iba a escandalizar a la sociedad acompañando a los hombres a una sala de juego, más valía hacerlo con el mayor estilo posible.
Tras consultarlo con Ginny, decidió ponerse el precioso y elegante vestido de seda color vino que había lucido en una velada celebrada en su honor en Escocia.
Al igual que entonces, lo combinó con un hermoso pero sencillo collar de granate.
Ginny soltó la gloriosa melena castaña de Tabitha y volvió a peinarla, dejando unos cuantos bucles sueltos para enmarcar el rostro.
—Está encantadora, milady —dijo Ginny con orgullo—. ¿Está emocionada?
—Lo cierto es que he aceptado esta excursión para demostrar a Lord Pembroke que no puede dictar mis actos. Pero ahora estoy bastante nerviosa. No tengo ni idea de cuál es el vestido adecuado para un lugar de estas características. Esperemos no llamar demasiado la atención.
Tabitha se miró por última vez en el espejo, aceptó la lujosa capa de seda negra que Ginny le tendía y bajó las escaleras.
Wolf se dio cuenta de que la belleza y el porte de Tabitha le quitaban el aliento con frecuencia, pero cuando la observó salir del ascensor del hotel hacia el vestíbulo, pensó que nunca había estado más hermosa.
Aunque ya la había visto con aquel vestido de noche y recordó pensar lo bien que le sentaba en aquel entonces, había algo en ella esa noche, tal vez el peinado, tal vez el brillo de sus ojos, que resultaba especialmente favorecedor.
Se acercó a ella y tomó su mano, llevándosela a los labios.
Mirándola a los ojos, sin soltarle la mano, dijo:
—Está preciosa, Tabitha. Verdaderamente deslumbrante.
Tabitha se ruborizó y le agradeció el cumplido.
Se dirigieron a la parte delantera del vestíbulo del hotel, donde había grupos de sillas dispersos por el lugar.
Apenas llevaban un minuto sentados cuando Bear se unió a ellos.
Había bajado por las escaleras, por lo que no vio a Langley, que se unió al grupo poco después.
Por fin, exactamente treinta minutos después de separarse, la viuda entró en el vestíbulo.
Llevaba, en efecto, el vestido de terciopelo morado oscuro, y le sentaba muy bien.
Tabitha observó que iba con su bastón con el pomo de plata.
La viuda no siempre lo usaba, y Tabitha se preguntó si aquello sería un indicio de que la mujer, famosa por su terquedad, seguía sin encontrarse bien, pero se negaba a cancelar la velada.
Mientras se dirigían al carruaje, Wolf relató brevemente la conversación que había mantenido con el señor Malcom, el conserje.
Fue un trayecto corto hasta la primera casa de juego de la lista, Markers.
Por lo que se veía desde fuera, parecía una casa adosada normal y corriente.
No había carteles que anunciaran las actividades del interior, y la única indicación de que estaban en el lugar correcto era un tipo muy grande y de aspecto desagradable apostado junto a la puerta.
Wolf se acercó a él y mencionó el nombre de Marty.
No fue necesario, sin embargo. Jim Brown, o Knuckles, como le llamaban sus amigos y sus enemigos, conocía el procedimiento; cualquiera que pareciera lo bastante rico era bienvenido.
Por sus manos habían pasado suficientes joyas cuando era joven como para saber que los collares que llevaban las mujeres no eran de cristal.
Si Knuckles tenía algún pensamiento sobre por qué unas mujeres de aspecto tan noble y distinguido honraban con su presencia un establecimiento como Markers, nadie lo habría adivinado por su cara, aunque su rostro había recibido tantos golpes a lo largo de los años que no era el mejor reflejo de su estado emocional.
Con una nariz que se había roto tres o cuatro veces, una oreja en coliflor y unos cuantos dientes rotos o ausentes, Knuckles resultaba intimidante incluso cuando estaba rebosante de alegría.
No obstante, se tomó su tiempo para observar a Bear con recelo.
O bien aquellos ricachones planeaban causar algún problema, o eran lo bastante listos para saber cómo evitarlo.
Si el exterior del Markers era discreto, el interior lo compensaba con creces.
Desde el momento en que el grupo, encabezado por Wolf, entró en la residencia, se vieron rodeados de opulencia.
Parecía que no habían escatimado en gastos para garantizar que los huéspedes disfrutaran de todo el lujo que las alfombras mullidas, las lámparas de cristal y las copiosas cantidades de mármol podían conferir.
Entregaron sus prendas de abrigo a un mayordomo de aspecto serio, que no habría desentonado en la mansión de un duque en Mayfair. Este los condujo entonces a una sala a su derecha.
—Tenemos algunos de los juegos de apuestas más modestas, como el euchre, en esta sala, mientras que los de apuestas más altas, como el bacará y el piquet, están en la sala de atrás —entonó el mayordomo.
Tabitha se preguntó para qué se usarían las habitaciones de arriba, pero el mayordomo no parecía inclinado a quedarse a charlar, y los dejó rápidamente en la sala delantera.
Un lacayo circulaba con copas de champán, así que todos tomaron una. Por suerte, la sala no estaba demasiado concurrida, y la viuda no tardó mucho en examinar el lugar y anunciar:
—Aquí no está. Pasemos a la sala de atrás.
El grupo se dirigió hacia la parte trasera del lugar, a una sala amplia, tal vez formada por lo que originalmente habían sido dos habitaciones.
Aquella estancia era tan opulenta como el resto, y las lámparas de cristal proyectaban un suave resplandor sobre el tapete verde de las mesas de juego.
El murmullo de la conversación se intercalaba con alguna risa ocasional y con el tintineo de los vasos llenos de whisky y las copas de champán de cristal tallado.
Todos los hombres vestían elegantemente de etiqueta, pero estaban tan absortos y serios ante las fichas de juego que tenían delante como un cirujano preparándose para su primera incisión.
La sala albergaba varias mesas, alrededor de las cuales se congregaban los hombres.
En efecto, Tabitha y la viuda eran las únicas mujeres en la casa de juego.
aquella sala estaba más concurrida que la delantera, y algunos de los jugadores estaban tan absortos en sus partidas que ni siquiera se percataron de los recién llegados.
Sin embargo, un par de clientes levantaron la vista al verlos entrar, con una mezcla de curiosidad e irritación; para ellos, las mujeres eran una distracción innecesaria en el negocio del juego.
La viuda le dio un codazo a Wolf y, señalando la mesa más alejada en la que se desarrollaba una partida muy intensa de bacará, susurró:
—Allí, el joven sentado junto al hombre del monóculo.
Ese es Tobias. — La viuda señaló a un joven de unos dieciocho o diecinueve años.
Tal y como le habían descrito, sus rasgos más notables eran un flequillo demasiado largo de pelo oscuro que le caía sobre un ojo y una mueca de mal humor en el rostro, como si estuviera enfadado con todo y con todos.
Wolf se dio cuenta de que no habían discutido cómo acercarse al joven, y lanzó una mirada a Langley, que había pensado lo mismo y negaba con la cabeza.
Por suerte, con la viuda presente, no fue necesario que Wolf ni Langley improvisaran.
Antes de que Wolf se diera cuenta, ella le había entregado su copa de champán y se dirigía a grandes zancadas hacia la mesa, causando tal conmoción que todo el mundo levantó la vista.
El joven hacia el que iba alzó la cabeza y palideció visiblemente.
Tabitha pudo ver cómo le subía y bajaba la nuez al tragar saliva varias veces.
La viuda se acercó a la mesa de bacará y se quedó allí plantada, sin decir nada.
Permaneció así mientras fulminaba con la mirada a su ahijado.
Pasaron unos instantes y la viuda seguía igual, inmóvil.
Tobias estaba tan nervioso que, cuando terminó la ronda, dejó sus cartas, recogió el escaso montón de fichas que tenía delante y dijo, con tono de gran agravio:
—Caballeros, parece que la dama Fortuna no me acompaña esta noche, así que me despido.
Al ver a Tobias ponerse en pie, la viuda ladeó la cabeza en dirección al pasillo y se dio la vuelta con la absoluta certeza de que el joven la seguiría. Al pasar junto al resto de su grupo, dijo en voz baja:
— Síganme.
Con el joven de aspecto nervioso tras ellos, el grupo regresó a la relativa tranquilidad y privacidad del pasillo. Alejándose todo lo posible de las salas de juego, el vizconde Tobias se plantó ante su madrina con las manos en los bolsillos y una expresión muy sombría:
—¿Qué demonios hace aquí, tía Julia? — dijo, con una voz cargada de una mezcla de irritación y culpa.
—¿Que qué hago yo aquí? ¿Qué haces tú aquí, jovencito?
Lo último que supe de tu abuela fue que le habías suplicado que saldara tus deudas de juego y, sin embargo, aquí estás, claramente acumulando más.
— La viuda hizo una pausa y luego dijo, con la agudeza de quien ha conocido a muchos hombres disolutos—: Tobias, una cosa es ser un jugador empedernido y otra muy distinta ser un incompetente.
Al menos Lord Edwards suele ganar más de lo que pierde, por mucha vergüenza que consiga traer a su familia en el proceso.
—No soy un jugador incompetente. Las cartas están en mi contra esta noche —dijo el joven, haciendo un mohín.
Si la conversación no hubiera versado sobre un pasatiempo tan adulto como el de apostar, Tabitha habría pensado que al joven le estaban recriminando su falta de pericia en un juego tan infantil como el escondite. Tal era la petulancia de su voz.
—No me molestaré en debatir tu destreza o falta de ella, Tobias. Hay cosas mucho más importantes de las que deseo hablarte.
Ante aquellas palabras, se le ocurrió al joven vizconde que la espantosa aparición de su madrina frente a él en la mesa de bacará podría no haber sido una coincidencia horrible. Al darse cuenta de aquello, se mostró aún más preocupado, y tartamudeó:
—Sea lo que sea lo que quiera decirme, este no es ni el momento ni el lugar. Iré a verla mañana.
—¡Ja! ¿Por quién me tomas, muchacho? Tu madre podrá ser lo bastante blanda de corazón y de mente para creerse tus tonterías, pero yo desde luego que no. Volverás a nuestro hotel con nosotros ahora mismo y hablaremos allí.
El rostro del joven libertino mostraba su falta de ganas de acompañarlos, pero también su resignación ante su destino.
Al observar aquella interacción, Wolf se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo Langley y él habrían logrado que se cumplieran sus exigencias sin la ayuda de la viuda, pues el joven Tobias sentía un terror evidente hacia la anciana menuda de ojos gris acero, que en ese momento lo fulminaba con la mirada.
Aunque no tenía forma de obligarlo físicamente a obedecer, a la viuda nunca se le había pasado por la cabeza que eso pudiera suponer algún tipo de impedimento para lograr sus objetivos. Y no lo fue.