Capítulo 16 #3
Tabitha sonrió y respondió:
—Déjese guiar por mí. Tras haber pasado unas cuantas tardes con Lady Davenport, creo que puedo gestionar a la señora Murphy.
La propia señora volvió a la habitación portando una bandeja de té un par de minutos después. Lo sirvió y ofreció las galletas de mantequilla. Finalmente, se acomodó en su sillón favorito y, mientras mojaba su galleta en el té, preguntó:
—Así que dicen que investigan el asesinato. No se parecen a ningún policía que yo haya visto nunca. —Dijo aquello mirando intencionadamente a Tabitha y luego soltó una risita, encontrando su propio chiste muy divertido.
Langley respondió, adoptando con facilidad la personalidad de conde lánguido e indolente que tanto le servía cuando era necesario:
—Dios me libre, mi querida señora Murphy. Soy el quinto conde de Langley, no un bobby. Sin embargo, la condesa y yo tenemos un interés personal en el asesinato de la señorita Mapp.
La señora Murphy se inclinó hacia delante, pero si pensaba que Langley iba a confiarle sus secretos mejor guardados, se iba a llevar una decepción, pues no dijo nada más sobre por qué estaban investigando.
Tabitha retomó el interrogatorio. Tomó un sorbo de té y luego, mirando por encima de la taza a la expectante cotilla, preguntó con naturalidad:
—¿Cuánto tiempo lleva la señorita Mapp siendo su vecina, señora Murphy?
—A ver… Deben de ser al menos cinco años, porque el señor Murphy, que Dios lo tenga en su gloria, aún vivía.
Lo recuerdo porque me acuerdo de decirle que había oído que en África hay caníbales.
Pero resulta que ella no era de África. ¿Se lo puede creer?
Era americana. Aunque no sé con certeza si allí no habrá caníbales también.
En fin, el señor Murphy murió hace cuatro años, la pasada primavera, así que quizá cinco años, más o menos.
La señora Murphy tomó aire y luego continuó:
—Por supuesto, no confiaba en ella al principio, y después, cuando oí que era actriz, bueno, ya se lo pueden imaginar.
¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, bueno, al final resultó ser una vecina con un comportamiento intachable.
No se metía con nadie. No tenía visitas de caballeros, que es siempre una preocupación con las actrices, ¿verdad?
En resumidas cuentas, fue toda una sorpresa cuando me enteré de lo que pasó.
Porque uno no se lo espera con alguien a quien conoce, ¿verdad?
Mientras proseguía aquel monólogo, Tabitha lanzó una mirada cómplice a Langley; nunca había dudado de que bastarían un par de preguntas sencillas para dar cuerda a la señora Murphy; entonces les contaría todo lo que querían saber y más. Mucho más. Pero aquel era el precio que tenían que pagar.
Finalmente, la señora Murphy hizo una pausa larga para tomar aliento y Tabitha pudo preguntar con inocencia:
—¿Siguen viviendo en la casa los criados de la señorita Mapp? Hemos llamado a la puerta e incluso hemos dado la vuelta por detrás, pero no parecía haber nadie allí.
—Como ratas que abandonan un barco que se hunde; así de rápido se largaron de aquí en cuanto tuvimos noticias de su muerte.
No me lo habría imaginado de Sylvia Channing.
Mi criada, Rachel, solía pasarse a veces por allí para pedir prestada una taza de azúcar o algo parecido, y se quedó tan sorprendida como cualquiera por la forma en que simplemente se marcharon.
Rachel me dijo que la señora Channing, como le gustaba llamarse, ya tenía planeado irse de todos modos.
Al parecer, ha estado ahorrando para abrir una pensión en el paseo marítimo.
Así que iba a presentar su renuncia de todas formas.
Pero aun así… Y habría esperado más de Daisy Jenkins.
La conozco desde que era una chiquilla. Su madre es el ama de llaves de la casa grande de la esquina.
No existe la lealtad hoy en día. —La señora Murphy suspiró ante la perfidia de la clase trabajadora.
Langley intercambió una mirada con Tabitha. Habían obtenido la información que esperaban. ¿Cuánto tiempo tendrían que esperar hasta escapar? Interpretando correctamente su mirada, Tabitha dejó la taza de té. Si algo había aprendido de su madre, era cómo abandonar una visita social con elegancia.
—Muchas gracias por su hospitalidad, señora Murphy. Me temo que hemos abusado de su tiempo. —Se levantó y Langley siguió su ejemplo. Antes de que la señora Murphy se diera cuenta de lo que pasaba, Tabitha había cruzado la estancia, le había estrechado la mano y se dirigía a la puerta.
La señora Murphy los vio marcharse. No fue hasta que oyó el portazo de la entrada tras ellos cuando se dio cuenta de que no le habían contado nada sobre el asesinato que ella no supiera ya.
Como no era de las que se recrean en los aspectos negativos de una situación, la señora Murphy cogió otra galleta de mantequilla, la mojó en su té y se consoló con el pensamiento de que había tenido a un conde y a una condesa tomando el té en su casa, y de que aquello haría que la señora Smith se muriera de envidia.