Capítulo 16
A la mañana siguiente, Tabitha y Langley partieron hacia la casa de Danielle Mapp.
Por desgracia, el hotel solo disponía de un carruaje para uso de los huéspedes, y no había discusión posible en cuanto a que sería la viuda quien lo utilizara.
El conserje le aseguró a Langley que podría parar un coche de alquiler con facilidad y, de hecho, solo tuvieron que esperar poco tiempo antes de que uno se detuviera frente al hotel.
Danielle vivía cerca de Preston Park, en Stanford Avenue.
El conserje calculó que sería un viaje corto y sugirió que pagaran al conductor para que los esperara.
Tal y como prometió, el trayecto no fue largo y, antes de que Tabitha se diera cuenta, se habían detenido en una calle tranquila, justo al lado de la entrada más meridional del parque.
Con sus decorativas barandillas de hierro y sus calles arboladas, Tabitha comprendió que aquel debía de ser un lugar encantador para vivir, lo bastante alejado del centro de Brighton como para que Danielle pudiera encontrar algo de tranquilidad y paz.
El coche se detuvo ante una atractiva villa adosada de ladrillo amarillo.
Tenía tres planta, con un gran ventanal en cada nivel.
Su casa y las de sus vecinos proyectaban un aire de sólida prosperidad de clase media.
La puerta principal tenía una gran aldaba de latón.
Langley llamó a la puerta. Tabitha y él esperaron allí unos segundos, y luego volvió a llamar.
Tras un par de golpes más, quedó claro que no abriría nadie.
Había una verja a un lado de la casa que conducía al jardín trasero.
Estaba sin la llave echada, y Langley se abrió paso hacia la parte de atrás de la vivienda.
El jardín tenía una disposición sencilla, pero estaba bien cuidado.
Se dirigieron a la puerta trasera y volvieron a llamar.
Langley no tenía ningún deseo de asustar a un sirviente sin necesidad, así que se esmeró en mirar por las ventanas para ver si había algún indicio de que la casa estuviera habitada.
Finalmente, sacó un juego de ganzúas y abrió con facilidad la puerta de la cocina.
Esa estancia fue el primer y más claro indicio de que la casa llevaba tiempo abandonada.
Estaba fría y carecía de cualquiera de los olores que normalmente perdurarían tras hornear o asar algo.
Todo estaba ordenado, por lo que parecía que la vivienda no se había desalojado con prisas, pero había pruebas de que el polvo se acumulaba en algunas superficies, lo que indicaba que llevaba vacía bastantes días.
Al salir de la cocina y entrar en un pasillo, la primera estancia con la que se toparon fue un comedor de tamaño mediano.
Todo en la habitación coincidía con la impresión que tenían de la casa hasta el momento: muebles sólidos y bien hechos, pero no lujosos; nada estaba fuera de lugar, pero el polvo comenzaba a acumularse en la mesa y en el aparador.
Cada vez más seguro de que no había sirvientes en la residencia, Langley dejó de hablar en susurros y le dijo a Tabitha:
—Parece estar abandonada. Si no le importa, ¿por qué no sube y ve si encuentra el dormitorio de la señorita Mapp? Yo veré si hay algún tipo de despacho.
Tabitha indicó su disposición a registrar el piso superior a solas y se separaron.
Arriba había dos dormitorios grandes. El de la parte delantera estaba amueblado con gusto, pero carecía de objetos personales.
Tabitha supuso que sería una habitación de invitados.
La habitación de la parte trasera, por el contrario, se proclamaba claramente como el santuario de una dama.
Los colores predominantes eran varias tonalidades de rosa.
La elección de las telas denotaba una sensación de lujo, pero ajustada a un presupuesto; las cortinas eran de tafetán y la colcha de chenilla.
Un aroma a perfume pesado y algo empalagoso flotaba en el aire, y Tabitha no tardó en localizar su origen en un frasco sobre el tocador.
La habitación no estaba desordenada, pero estaba muy recargada.
La cama tenía multitud de cojines decorativos, cada uno en algún tono de rosa, y adornados con encaje.
El tocador estaba cubierto de frascos, cepillos y adornos para el pelo.
Algo que llamó la atención a Tabitha en ese mueble fue una fotografía grande y enmarcada.
Mostraba a una niña — supuso que era Danielle— con un hombre guapo de piel muy oscura.
El hombre esbozaba una amplia y brillante sonrisa que Tabitha estaba segura de que cautivaba al público, pues supuso que se trataba del padre de Danielle, el famoso actor Jonas Mapp.
Cogió la foto y estudió a la joven Danielle.
A juzgar por su vestido y su pelo suelto, calculó que la actriz no debía de tener más de once años en la fotografía.
Estaba claro que, incluso a esa edad temprana, había sido una belleza.
Tenía los ojos almendrados y una cara en forma de corazón.
Su larga melena oscura caía en apretados rizos sobre sus hombros.
A diferencia de su padre, ella no sonreía, pero parecía feliz mientras se aferraba a la mano de Jonas.
Tabitha se preguntó por qué la madre sueca de Danielle no aparecía en la foto.
A pesar de sentirse culpable por la intrusión, Tabitha se aseguró de registrar la habitación a fondo.
Revisó cada cajón, registró el armario e incluso miró bajo la cama y el colchón.
Pero no encontró nada. No había cartas de amor, ni diarios, nada que pudiera arrojar luz sobre el mundo interior de Danielle.
Tabitha esperaba que Langley estuviera teniendo más suerte abajo.
Al salir del dormitorio principal, subió a la tercera planta.
Parecía que allí era donde habían vivido el servicio.
El vacío de las habitaciones confirmó que el personal se había marchado hacía tiempo.
Finalmente, convencida de que no encontraría nada útil, Tabitha volvió a bajar a la planta baja en busca de Langley.
Tras descubrir un cómodo salón en la parte delantera de la casa, finalmente lo encontró en lo que parecía ser el despacho.
A diferencia de las otras habitaciones, esta era un caos.
Los libros habían sido sacados de las estanterías y los papeles estaban esparcidos por el escritorio.
—Supongo que no ha sido usted quien ha causado este desorden —dijo Tabitha.
Langley respondió con un tono bastante sardónico:
—No, no he sido yo. Es evidente que alguien buscaba algo. La pregunta es: ¿lo habrán encontrado?
Tabitha detestaba el desorden, y no pudo evitar empezar a colocar los libros en las estanterías y recoger los papeles del suelo.
—¿Ha encontrado algo interesante?
—Desde luego, podemos añadir algo más de detalle a nuestra imagen de la señorita Mapp.
Alquilaba esta casa en lugar de ser su propietaria.
Parece que venía prácticamente amueblada.
El alquiler está pagado hasta finales de este mes, lo que podría explicar por qué la casa ha permanecido intacta hasta ahora.
Llevaba unas cuentas meticulosas, y el servicio debía cobrar por las fechas en que fue asesinada.
Supongo que, al faltar su señora, se dieron cuenta de que no iban a recibir sus salarios y se marcharon todos.
Langley le mostró a Tabitha un libro de contabilidad y señaló algunas columnas:
—Por lo que puedo ver, vivía dentro de sus posibilidades, pero al límite. Parece que era cuidadosa con su hogar y con su dinero, pero creo que le sobrara mucho a final de mes para ahorrar. ¿Ha encontrado algo arriba?
—Nada digno de mención. No había nada más personal que su perfume y su cepillo para el pelo.
Si tenía un amante, no queda rastro de él en su habitación —respondió Tabitha mientras seguía ordenando papeles y limpiando el desorden a su alrededor—.
¿Debemos suponer que quienquiera que haya causado este lío encontró lo que buscaba?
—No tengo ni idea. Me gustaría saber si la policía vino aquí e hizo algún tipo de registro en la casa.
Es muy posible que ellos causaran este desorden.
Sin embargo, basándome en la conversación que tuvimos con el Inspector Maguire, dudo seriamente que consideraran que valía la pena perder el tiempo haciéndolo.
Señalaron a su sospechoso muy rápidamente y parecían convencidos de que tenían al hombre adecuado.
Langley sopesó sus palabras y continuó:
—Sabemos que el cuerpo no fue hallado hasta pasados unos días, así que hubo tiempo para que alguien viniera aquí y cubriera sus huellas.
Por supuesto, hasta que se encontró el cadáver, los sirvientes no tendrían motivos para considerar que sus empleos peligraban.
¿Entraron en la casa mientras ellos aún residían aquí?
Sería de ayuda si pudiéramos localizar a su servicio.
Tabitha continuó hojeando el libro de contabilidad de un lado a otro.
—Por lo que veo, empleaba a una ama de llaves que también era cocinera, una tal señora Channing, y a una criada llamada Daisy.
Hay registros de un jardinero pero, por lo que veo, solo venía dos veces a la semana.
Cuando contrato personal doméstico para Chesterton House, siempre compruebo las referencias.
¿Por qué no miramos si tiene cartas de recomendación o cualquier otra información que pueda darnos pistas sobre dónde encontrar a estas criadas?
—Dejó de hojear el libro y añadió—: También deberíamos hablar con algunos de sus vecinos.
Sé que mi ama de llaves y mi cocinera se llevan bien con los miembros de servicio de los alrededores.
Un exhaustivo registro de los cajones no logró revelar más información sobre el personal.
Finalmente, convencidos de que no encontrarían nada más de utilidad en la casa de Danielle Mapp, Tabitha y Langley salieron por la puerta trasera.
Mientras caminaban de vuelta hacia la parte delantera, Langley preguntó: