Capítulo 10
H abía un paseo muy corto desde la comisaría hasta el Theatre Royal, que se encontraba frente a los Jardines del Pabellón Real que Tabitha había visitado con los niños.
Era un teatro de aspecto elegante, que parecía haber sido renovado recientemente; su fachada de terracota estaba limpia e impoluta.
Las puertas estaban cerradas y no había nadie en la taquilla.
Un barrendero les indicó dónde estaba la puerta de artistas, así que Wolf y Lord Langley retrocedieron por la calle y rodearon el edificio siguiendo las instrucciones.
Wolf se alegró de ver que la puerta que buscaban estaba entreabierta, sujeta con un ladrillo.
Al entrar, Wolf y Langley se encontraron de inmediato en el corazón del teatro, en lo que debía de ser la zona entre bastidores durante una representación, salvo que no había decorados ni telones colocados.
En su lugar, tenían todo el escenario frente a ellos.
Wolf podía ver los asientos de la audiencia, tapizados en terciopelo rojo, extendiéndose hasta el paraíso.
Wolf solo había estado en el teatro una o dos veces en su vida, y nunca lo había visto desde aquella perspectiva.
Era fascinante. Había luces brillantes y se sintió atraído hacia la parte delantera del escenario.
Protegiéndose los ojos del resplandor de los focos, miró hacia fuera y se dio cuenta de que dos hombres estaban sentados hacia la parte delantera de la platea, sumidos en una conversación.
Al notar que alguien los observaba, interrumpieron su conversación y el mayor de los dos habló:
—¿Quiénes son ustedes y qué hacen en mi teatro? —exigió saber. Tenía un acento que a Wolf le costó situar al principio, pero que luego identificó como procedente de algún lugar del suroeste de Inglaterra.
Mientras hablaba, el hombre se levantó y caminó hacia la parte delantera de las butacas.
Era un hombre corpulento, alto y de constitución robusta, con una mata de pelo blanco que llevaba largo, como si fuera un antiguo caballero de la corte.
Tenía una barba cuidadosamente recortada, tan blanca como su cabello.
Wolf sospechó que normalmente tendría un semblante bastante alegre, pero en aquel momento su aspecto distaba mucho de ser amigable.
Langley se había colocado detrás de Wolf y respondió:
—Soy Maxwell Sandworth, conde de Langley, y este es Jeremy Wolfson Chesterton, conde de Pembroke.
—Y yo soy el tío de la reina —replicó el hombre.
Pero, al observar de cerca las refinadas ropas de los caballeros y notar su aire de opulencia, le pareció que quizá sí eran quienes decían ser—.
Esperen ahí —dijo mientras desaparecía por una puerta lateral.
Un minuto más tarde, reapareció sobre el escenario y se acercó a ellos.
Extendiendo una mano, añadió—: Soy Christopher Bailey, Kit para los amigos. Este es mi teatro.
Ahora que podía ver bien al empresario teatral Christopher «Kit» Bailey, Wolf no pudo sino maravillarse ante el atuendo del hombre.
Sus pantalones parecían estar hechos de terciopelo negro aplastado y, aunque no llevaba chaqueta, vestía un chaleco con un estampado de grandes flores rosas.
Para completar el conjunto, llevaba un brillante pañuelo de cuello de seda azul.
Intentando no mirarlo fijamente, Wolf estrechó la mano que le ofrecía y dijo:
—Lamentamos haber irrumpido en su teatro sin invitación, pero en realidad es usted la persona a la que buscamos.
—¿Ah, sí? —preguntó Kit con suspicacia. Se había topado con suficientes cobradores de deudas y maridos iracundos en su vida como para estar en guardia ante tal afirmación.
—Sí. Nos han pedido que investiguemos el asesinato de Danielle Mapp —explicó Wolf.
Kit sacudió la cabeza con tristeza:
—Un asunto terrible. «Los jóvenes y doncellas de oro, como los deshollinadores, en polvo se han de tornar».
—Al darse cuenta de que sus palabras no calaban en su audiencia, Kit añadió—: Shakespeare.
Pero, aunque todos tengamos que convertirnos en polvo tarde o temprano, a Danielle se la llevaron demasiado pronto.
Hemos perdido a nuestra actriz principal y, para colmo, a nuestro tramoyista.
—Acabamos de hablar con el señor Robert Charles, su tramoyista, que parece tenerle mucho aprecio —explicó Wolf.
—Pobre Bobby —dijo Kit, volviendo a negar con la cabeza—. No puedo creer que fuera capaz de hacer daño a nadie, y menos aún a Danielle.
Wolf no estaba seguro de cómo plantear la siguiente pregunta:
—¿Es posible que no entendiera lo que hacía? Su comportamiento parece bastante infantil. Quizá no fue consciente de su propia fuerza.
Sin responder directamente a la pregunta, Kit dijo:
—No nació así, ¿saben? Danielle me contó una vez que era un niño perfectamente normal, hasta que cumplió nueve años.
Su padre había muerto cuando él era un bebé y su madre había acabado con un obrero irlandés en algún momento.
Un hombre desagradable, un bruto borracho.
Una noche llegó a casa y le dio a Bobby una paliza que casi lo mata, quién sabe por qué.
Su madre creyó que no sobreviviría, pero Bobby siempre fue un muchacho fuerte y sano, y sanó, pero ya nunca volvió a ser el mismo. Es muy triste.
Kit sacudió la cabeza, reflexionando con tristeza sobre los caprichos de la vida.
—Respondiendo a su pregunta, no creo que Bobby sea capaz de herir a nadie, ni siquiera por accidente. Como ya he dicho, especialmente a Danielle. Le tenía mucho cariño. —Kit pronunció aquellas últimas palabras con un tono de complicidad.
—Nos dijo que la señorita Mapp había sido amiga de su madre —dijo Langley.
—Sí, no recuerdo la historia completa, pero su madre estuvo involucrada de algún modo en la carrera del padre de Danielle.
Creo que ambos eran del mismo sitio, un lugar llamado Providence, en Long Island.
No, esperen, Rhode Island. Eso es. En cualquier caso, los dos eran estadounidenses.
En un momento dado, la señora Charles vino a Inglaterra para trabajar con el señor Mapp.
»Un magnífico actor shakesperiano, ¿saben?
—dijo Kit, cambiando el rumbo de la conversación—.
Tuve el privilegio de verlo actuar bastantes veces.
Al principio lo elegían para el papel de Otelo, por supuesto.
Pero el talento del hombre era tal que, al final de su vida, era igual de probable que interpretara a Hamlet o al Rey Lear.
Incluso interpretó a Ricardo III. ¿Pueden creerlo?
¡Que un público de Londres pagara por ver a un hombre con la piel oscura como el carbón representando a un rey inglés! Así de bueno era.
—¿Tenía Danielle tanto talento como su padre? —preguntó Wolf, con auténtica curiosidad.
—El talento de Danielle era diferente al de su padre; tenía la voz de un ángel. No me malinterpreten, era una actriz excelente, sobre todo en papeles ligeros, pero su voz era lo que resultaba tan electrizante. En cuanto la oí cantar, supe que tenía que convencerla para que se uniera a mi compañía.
—Hemos oído que su madre era una cantante de ópera sueca —comentó Langley.
—Desafortunadamente, nunca tuve la oportunidad de oírla cantar, pero al parecer su voz era tan pura y auténtica como hermoso era su rostro. Otra cosa que Danielle heredó.
—¿Hay algún lugar un poco más privado donde podamos hablar?
—preguntó Wolf. Aunque el acompañante de Kit parecía haber desaparecido y no se veía a nadie más en la cavernosa zona del escenario, Wolf prefería realizar sus preguntas en un sitio donde tuviera garantizada la intimidad.
Kit les hizo una señal para que lo siguieran mientras cruzaba una puerta a la derecha del escenario.
Lo siguieron a través de un laberinto de pasillos, muchos de ellos repletos de una gran variedad de utilería, hasta llegar a una puerta lateral.
Kit la abrió e invitó a Wolf y a Langley a entrar.
El despacho del hombre, porque eso era lo que parecía ser la estancia, apenas era lo bastante grande para que cupieran los tres, pero estaba decorado de forma tan chillona como el propio Kit.
Las tres sillas que de algún modo se apretujaban en la habitación estaban tapizadas con una tela de estampado diferente; cada una de ellas lograba ser la peor combinación posible para las otras dos, y las tres desentonaban de forma dramática con el papel pintado que, de nuevo, tenía un estampado de grandes flores.
Wolf pensó que si pasaba demasiado tiempo en aquella habitación saldría con dolor de cabeza.
Kit cerró la puerta tras ellos, indicándoles que ocuparan dos de las feas sillas, y él tomó la tercera, tras el desordenadísimo escritorio. Al sentarse, preguntó:
—Tienen toda mi atención, milores. ¿Cómo puedo serles de ayuda?
—Sería muy útil que nos contara lo que sabe sobre Danielle, sus últimos días y horas, todo lo que sepa sobre cómo se encontró el cuerpo y el posterior arresto de Robert Charles —explicó Wolf.
Kit se recostó en su silla, entrelazó los dedos sobre su prominente barriga y se aclaró la garganta con la expectación de quien va a contar un excelente relato.
Antes de ser dueño de la compañía teatral, Kit había disfrutado de una larga y razonablemente exitosa carrera como actor, y todavía sustituía a alguien en ocasiones, cuando era necesario.
Era un narrador nato y gozaba de gran notoriedad por las historias que contaba en la taberna muchas noches, cuando el telón ya había caído y el dinero estaba todo contado.
—Conocí a Danielle hace varios años, o mejor dicho, la oí cantar por primera vez. Había ido en busca de talento. En el momento en que empezó a cantar caí bajo su hechizo, al igual que todos los demás en el teatro.
—¿Eso fue en Londres? —interrumpió Langley.