Capítulo 9
R at y Melody habían disfrutado tanto de Punch and Judy que Tabitha les prometió que volverían a verlo al menos una vez más mientras estuvieran en Brighton.
Tabitha disfrutó del relajado paseo de vuelta al hotel.
Se dio cuenta de que no tenía muchas oportunidades de caminar por Londres; simplemente no era lo que se estilaba.
Pero aquí, lejos de las miradas indiscretas de los vecinos chismosos y de las restricciones de la sociedad londinense, podía disfrutar de la caminata hasta el paseo marítimo, echando un vistazo a los escaparates de algunas de las tiendas de aspecto más interesante y sintiendo la tonificante brisa marina en el rostro.
Rat y Melody corrían felices calle arriba y calle abajo mientras Tabitha y Mary paseaban a un ritmo más pausado.
Para cuando llegaron al hotel, Tabitha estaba segura de que debía de estar hecha un cuadro, con las mejillas encendidas por el ejercicio y el pelo alborotado por la brisa del mar.
Su primer pensamiento fue subir a su habitación y arreglarse.
Pero, mientras cruzaba el vestíbulo, pasando por delante de las mesas dispuestas a su izquierda para el té de la tarde, una voz inconfundible llegó hasta ella:
—Tabitha. ¡Tabitha!
Al mirar, vio a la viuda y a Lily sentadas a una mesa con una mujer llamativa, de piel más oscura. La viuda hizo un gesto a Tabitha para que se uniera a ellas.
Aunque su primer instinto fue fingir que no las había visto ni oído, comprendió que la viuda no se dejaría engañar, así que le pidió a Mary que llevara a los niños de vuelta a la habitación de Langley y que hiciera que les subieran algo de refrigerio.
Después hizo lo que pudo para alisarse el cabello, respiró hondo y se acercó al grupo.
—Tabitha, no se puede imaginar quién es —exclamó la viuda, señalando a la hermosa desconocida.
Ahora que veía a la mujer de cerca, Tabitha comprendió que «hermosa» era una descripción mucho más apta que simplemente «llamativa».
Tenía unos ojos verdes cautivadores que estaban fijos en Tabitha, con una intensidad curiosa.
Su cabello rizado era de un castaño muy oscuro, casi negro y con reflejos cobrizos, y su piel tersa tenía un tono que podría haber denotado diversos orígenes, incluyendo el sur de Europa.
Pero no era española ni italiana, ¿verdad?
Con una sacudida, Tabitha se dio cuenta de que aquella debía de ser la propia Lady Archibald.
¿Qué demonios hacía allí, en su hotel, tomando el té con la condesa viuda?
De repente fue aún más consciente de su propio aspecto, algo desaliñado. Cualquier duda sobre lo despeinada que estaba se disipó rápidamente cuando la viuda exclamó:
—¿Pero qué le ha pasado, Tabitha? ¡Parece que le ha arrastrado un tornado!
Tabitha había tenido la esperanza de no encontrarse con el amor perdido de Wolf mientras estuvieran en Brighton.
Sin embargo, aunque sabía que no la podría evitar por completo, desde luego esperaba conocerla en mejores circunstancias.
Como si le leyera el pensamiento, Lady Archibald le dedicó una sonrisa muy poco sincera y dijo:
—Lady Pembroke, esperaba tener la oportunidad de conocerla. Aunque, bien pensado, es mucho más divertido que haya sido así, ¿no cree?
Tabitha no estaba segura de si lo llamaría divertido.
¿Por qué estaba esa mujer allí? ¿Acaso era para ganar ventaja sobre Tabitha mediante semejante emboscada?
Si era así, era consciente de que el plan había tenido éxito.
La había pillado totalmente desprevenida y en desventaja.
Pero ¿por qué molestarse? Si Lady Arlene Archibald volvía a tener a Wolf en su punto de mira, no debería preocuparse de que Tabitha fuera una rival por su afecto. ¿O sí?
La viuda indicó que Tabitha debía sentarse y unirse a ellas. Ella declinó:
—Mamá, como acaba de señalar, estoy despeinada, lo cual no es nada apropiado para tomar el té de la tarde en público.
—Tonterías. Esto no es Londres, es Brighton. No creo que por aquí vaya a aparecer la realeza, ni siquiera aristócratas. Lo peor que podría pasar es que algún miembro menor de la nobleza rural la viera con este aspecto —argumentó la viuda.
—Bueno, nosotras estamos aquí —señaló Tabitha.
—Exactamente. ¡Este hotel debería agradecernos el honor de contar con nuestra presencia, incluso cuando no tenemos nuestro mejor aspecto!
Tabitha solía estar dispuesta a acceder a los caprichos de la viuda para mantener la paz. Pero aquella vez, con la mirada divertida de Lady Archibald sobre ella, Tabitha se negó a ceder.
—Insisto en subir unos minutos para, al menos, arreglarme el cabello. Por supuesto —añadió—, si Lady Archibald tiene otros compromisos, entenderé que no disponga de tiempo.
Arlene le dedicó a Tabitha una sonrisa deslumbrante, puso la mano ligeramente en el brazo de la viuda, inclinó la cabeza hacia la mujer mayor, como si hablara con una querida amiga y confidente, y dijo:
—Mi querida Lady Pembroke, estaré encantada de esperar mientras la otra Lady Pembroke —hizo una pausa, como si buscara la forma más delicada de expresar su siguiente pensamiento— se pone un poco más presentable.
A pesar de que Lady Archibald solo repetía lo que Tabitha acababa de expresar, esta se sintió irritada hasta lo indecible. ¿Quién era aquella mujer para juzgar a Tabitha como impresentable? ¿Y cómo se habían vuelto ella y la viuda tan íntimas amigas en tan poco tiempo?
Lo cierto era que la viuda, que, de haber nacido hombre, habría sido un general capaz de rivalizar con Wellington, apreciaba que Lady Archibald pareciera tener sed de sangre y una disposición a asestar golpes que casi rivalizaba con la suya.
Aunque Tabitha y la viuda habían disfrutado de una tregua en los últimos tiempos, la viuda no era conocida por su carácter indulgente, y disfrutaba guardando rencor.
El desprecio malintencionado hacia Tabitha era un hábito difícil de abandonar.
No podía evitar disfrutar de la incomodidad de la mujer y de la malicia de Lady Arlene.
Tabitha se alegró de encontrar a Ginny en su habitación, buscando entre sus vestidos uno para la cena de esa noche. Ginny arqueó las cejas ante el estado de Tabitha, que dijo:
—Sí, sé qué aspecto tengo. No puedo entrar en detalles, ¿pero puede hacer lo posible por dejarme lo más presentable, no, lo más elegante y sofisticada posible, en poco más de cinco minutos?
Ginny arqueó las cejas aún más, pero no cuestionó la petición.
En su lugar, se puso a trabajar. Tras examinar con ojo experto la blusa entallada, la falda y la chaqueta con las que Tabitha había salido, Ginny desapareció en el espacioso armario.
Emergió victoriosa con un hermoso vestido verde menta en los brazos.
Con su ayuda, Tabitha pudo cambiarse de ropa, arreglarse el pelo y bajar en menos de diez minutos. Al verse en el espejo al salir del dormitorio, Tabitha volvió a maravillarse de lo prodigiosa que era Ginny.
Regresando a la mesa del té a un ritmo pausado, Tabitha notó que Lady Lily se había escabullido sabiamente.
Tabitha estaba segura de que, tras haber pasado la mayor parte del día siguiendo obedientemente a su abuela entre modistas, sombrereros, joyeros y zapateros, Lily se merecía un respiro, y probablemente estaría acurrucada en un sillón de la biblioteca del hotel con un libro.
Sin embargo, Lady Arlene Archibald no se había marchado, y parecía estar disfrutando de una charla íntima con la viuda, que era todo sonrisas.
Ambas mujeres levantaron la vista cuando se acercó Tabitha. Los ojos de Lady Archibald se entrecerraron un poco, aparentemente disgustada por la notable mejoría del aspecto de Tabitha. Al descubrirla, la viuda exclamó:
—Ah, me alegra verla mucho más presentable. Acérquese y únase a nosotras. Lady Archibald me estaba contando una historia de lo más divertida sobre su encuentro con Lady Willis el año pasado aquí, en Brighton.
Tabitha esbozó una sonrisa y ocupó el asiento junto a la viuda.
—Lady Archibald, ¿cómo ha dado con Lady Pembroke? —preguntó Tabitha con genuina curiosidad.
—Oh, es una historia de lo más divertida —respondió la viuda, aunque la pregunta no iba dirigida a ella—.
Lady Archibald supuso que nos alojaríamos en el Grand y se había acercado para presentarse a usted.
Estaba preguntando por Lady Pembroke en la recepción cuando yo pasé de camino al té.
Tras una confusión inicial, digna de una de las obras del señor Wilde, ambas comprendimos que en realidad la buscaba a usted.
Para entonces, lo menos que podía hacer era pedirle que me acompañara.
Durante los últimos meses, Tabitha había aprendido que subestimar a la viuda era un riesgo que corría bajo su propia responsabilidad.
De hecho, la propia mujer había amonestado a Tabitha varias veces por intentar, erróneamente, predecir sus reacciones.
No obstante, le sorprendió la fácil aceptación por parte de la viuda de la tez oscura de Lady Archibald.
¿Había asumido que Lady Archibald era española o griega?
La viuda no era conocida por su predilección por los europeos.
Al darse cuenta de que aquel era otro ejemplo más del enigma que representaba su antigua suegra, Tabitha desistió de intentar descifrar el acertijo.
En su lugar, aceptó con gratitud la tetera recién hecha que la camarera había colocado frente a ella.
Rara vez había tenido mayor necesidad de los poderes fortificantes de una taza de Darjeeling.
Tabitha se sirvió una taza de té, añadió leche y azúcar y luego tomó su primer sorbo reparador.
Mientras lo hacía, observó a Lady Archibald por encima de su taza.
La mujer intentaba adoptar una pose de indiferencia, pero Tabitha era muy observadora, y podía ver las pequeñas líneas alrededor de sus ojos mientras se esforzaba por aparentar despreocupación.
Era reconfortante, en cierto modo, darse cuenta de que el primer amor de Wolf estaba tan incómoda como la propia Tabitha.
Sin embargo, a diferencia de esta, ella había sido la que había forzado aquel encuentro. ¿Por qué?
Tabitha no tuvo que esperar mucho para obtener una respuesta. Justo cuando había cogido un pequeño trozo de tarta Bakewell y empezaba a cortarla, Lady Archibald dijo, con un aire que pretendía pero no lograba del todo ser indiferente:
—Lady Pembroke, los rumores sobre sus circunstancias domésticas corren como la pólvora. A Wolf siempre le gustó saltarse las normas de la sociedad, pero me sorprende que a usted no le importe más su reputación.
El uso intencionado por parte de Lady Archibald del apodo de Wolf no pasó desapercibido para Tabitha, como tampoco la alegría sin disimulo de la viuda ante el ataque frontal de Lady Archibald. Casi esperaba que la anciana se frotara las manos con deleite ante lo que estaba por venir.
El primer instinto de Tabitha fue parar el golpe y contraatacar con un comentario tan mordaz como el que había recibido.
Pero ¿qué ganaba con eso? De hecho, Tabitha tenía la fuerte sospecha de que aquella era precisamente la reacción esperada.
En lugar de eso, se llevó un bocado de tarta Bakewell a la boca y saboreó el delicioso dulce.
Luego tomó otro sorbo de té. Cuando finalmente habló, habían transcurrido unos treinta segundos de silencio.
—Lamento mucho el fallecimiento de su querida amiga—dijo Tabitha—. Una pérdida así debe de ser difícil de sobrellevar.
En lugar de responder, Lady Archibald se limitó a mirarla, confundida, sin saber cuáles eran las reglas de aquel duelo verbal.
La compasión de Tabitha parecía sincera.
Su capacidad para no morder el anzuelo que Lady Archibald había lanzado podía significar dos cosas: que era una digna adversaria o una ingenua sin remedio, y Lady Arlene Archibald dudaba que fuera lo segundo.
Incluso la viuda quedó impresionada por lo bien que Tabitha había desviado el golpe.
Lady Archibald siguió el ejemplo de Tabitha y tomó un sorbo de té y un bocado de un delicioso macaron mientras sopesaba su siguiente movimiento. Al decidir que no lograría los objetivos de su visita con nada que no fueran preguntas muy directas, dijo:
—Estoy segura de que tiene curiosidad por saber por qué la he buscado, Lady Pembroke.
Tabitha la miró a los ojos y respondió con frialdad:
—¿Hay tanto misterio? Usted vivió un romance de juventud con Wolf.
Ahora ha enviudado y ha conseguido atraerlo de nuevo a su órbita.
Ha oído hablar de nuestra situación de convivencia y no está segura de la naturaleza de nuestra relación, así que ha decidido intentar evaluar por sí misma si soy o no su rival.
Aquella declaración fue tan escandalosamente franca y tan absolutamente precisa que Arlene aplaudió en silencio a la hermosa mujer más joven. Era una oponente digna.
La viuda ya no pudo contenerse y llegó a dar palmadas, diciendo:
—Vaya, vaya, Tabitha. ¿Dónde había tenido escondida esa firmeza todo este tiempo? Este va a ser un viaje muy entretenido.
Luego, con los ojos brillando de picardía, añadió:
—Lady Archibald, debe unirse a nosotras para cenar esta noche.
Tabitha supo inmediatamente lo que tramaba la astuta anciana; deseaba ver cuánta más tensión y dramatismo podría crearse entre Tabitha y Lady Archibald con Wolf presente. Curiosamente, Lady Archibald rechazó rápidamente la sugerencia.
—Gracias, mi querida Lady Pembroke, pero tengo otros compromisos para la velada.
Tabitha sopesó si creer aquella excusa, y acertó en su escepticismo; por mucho que Arlene no hubiera podido resistirse a emboscar a la mujer que creía que era su competencia, era no obstante consciente de cómo reaccionaría Wolf a aquella visita.
Él le había dejado muy claro que sus acuerdos domésticos no eran asunto suyo.
Arlene no deseaba que él expresara su desagrado por su comportamiento delante de Lady Pembroke.
Era una suerte que no hubiera descubierto ya su pequeña reunión del té.
Al darse cuenta de aquello, Arlene se despidió rápidamente y se levantó para irse.
—Debemos repetir esto pronto, Lady Archibald —exclamó la viuda con auténtico entusiasmo.
Tabitha se preguntó si Lady Archibald le habría contado a la viuda los detalles de la investigación que le había pedido a Wolf que emprendiera.
Al no querer abrir aquella caja de Pandora en particular, decidió que, al haberse excusado de ayudar en el caso, podía dejar que Wolf se las apañara con la viuda con la conciencia tranquila.