Capítulo 6
F inalmente, Tabitha decidió que ya habían chapoteado bastante, y los niños y la cachorra fueron conducidos de vuelta al hotel para entrar en calor y cambiarse de ropa.
Mientras estaban fuera, Wolf preguntó al conserje, el señor Joseph Champion, cuál era el mejor lugar para probar el pescado con patatas.
—Bueno, milord, hay una pequeña tienda de pescado con patatas junto al paseo marítimo, bajo la Lower Esplanade, cerca del muelle nuevo.
Pero le darán la comida en papel de periódico y no hay ningún sitio para sentarse.
Quizá una alternativa más adecuada para personas como ustedes sea un pequeño y agradable restaurante que ha abierto a solo unos minutos a pie de aquí.
Tienen manteles de verdad y será más apropiado, si entiende a lo que me refiero.
Pero el pescado con patatas es muy bueno.
—Mientras decía aquello, el corpulento conserje se dio unas palmaditas en la barriga, como si su circunferencia fuera suficiente para recomendar la calidad de la comida que servían.
De haber podido elegir, Wolf habría estado encantado de comerse su pescado con patatas en papel de periódico sentado en la playa, pero no se imaginaba a Tabitha haciéndolo con comodidad, y estuvo de acuerdo con el conserje en que el restaurante respondería a sus necesidades.
Mientras Wolf hablaba con el señor Champion, Bear entró en el vestíbulo.
Wolf puso a Bear al día rápidamente sobre su conversación con Arlene, o al menos parte de ella.
Bear iba de camino a comprar material de arte nuevo y agradeció a Wolf la invitación para unirse a ellos en el almuerzo, pero le aseguró que encontraría algún sitio donde comer cuando terminara sus compras.
Tabitha, Langley, los niños y Mary se reunieron en el vestíbulo del hotel. Wolf hizo un breve resumen de su conversación con el conserje y, estando todos de acuerdo, partieron a almorzar.
Tal y como habían prometido, el restaurante no estaba lejos y resultó ser un encantador y soleado establecimiento, con manteles de cuadros rojos y un dueño alegre.
Tabitha había empezado a degustar el pescado con patatas de la forma más refinada posible, cortando cada patata en delicados bocaditos.
Verla causó mucha gracia a Rat y a Melody, e incluso Langley la sorprendió diciendo:
—Donde fueres, haz lo que vieres, Lady Pembroke —dijo, mientras doblaba una rebanada de pan con mantequilla por la mitad y la rellenaba de patatas.
Nada convencería a Tabitha de que hubiera otra forma de comer el pescado que no fuera con cuchillo y tenedor, pero se aventuró a probar el bocadillo de patatas.
Los tubérculos, de corte grueso, con el punto justo de sal, combinadas con el pan con mantequilla, le habían parecido al oírlo, e incluso al verlo, bastante terribles. Pero sabían de maravilla.
Tabitha había disfrutado de muchas comidas excelentes a lo largo de sus veintidós años.
Aun así, tenía que admitir que había algo especialmente satisfactorio en la combinación del rebozado ligeramente frito sobre el bacalao blanco y tierno.
Había observado a los niños, a Wolf e incluso a Langley echar generosamente vinagre de malta sobre su comida.
Era difícil imaginar cómo la acidez del vinagre podría realzar el sabor de un plato, pero Tabitha se animó y vertió un poco sobre un trozo de su pescado.
—Vaya, está delicioso —exclamó con tal sorpresa que todos, incluida Mary, no pudieron evitar sonreír.
—La tendremos comiendo anguilas en gelatina en un abrir y cerrar de ojos —declaró Wolf.
Tabitha lo miró horrorizada, pero él se limitó a devolverle la sonrisa y dijo—: No se preocupe.
Solo estoy bromeando. No soy un gran admirador de las anguilas, ni siquiera en el día que más hambre haya pasado.
—Aliviada, Tabitha vertió más vinagre de malta sobre su pescado con patatas.
No estaba del todo lista para empapar su comida con él como veía hacer a Rat e incluso a Melly, pero estaba convencida de las combinaciones de sabores que el plato le había descubierto.
Mientras Tabitha saboreaba el delicioso pescado con patatas, reflexionó sobre lo horrorizada que estaría su madre al verla disfrutando de comida frita empapada en vinagre de malta y luego metida entre rebanadas de pan untadas con mantequilla.
La madre, una mujer casi tan dura en sus juicios e inflexible en sus estándares como la viuda, había repetido en más de una ocasión durante la infancia de Tabitha:
—¡Eres lo que comes! —No era un comentario sobre los beneficios para la salud de un alimento sobre otro, sino de una observación de que, para ser refinado, uno solo debe ingerir comida refinada.
Según los estándares exigentes, aunque bastante irracionales, de su madre, alimentos como el pescado con patatas eran consumidos por los plebeyos no porque fueran sabrosos, baratos y saciantes, sino porque la comida era intrínsecamente basta y vulgar.
Tal comida sería intolerable para los paladares refinados de la aristocracia.
Aquella regla de oro se manifestó por primera vez cuando Lady Jameson descubrió a Tabitha, de siete años, escabulléndose hacia la cocina, donde la señora Rowling, su cocinera, había dado de comer a la niña algunos de los aperitivos y postres que preparaba para las comidas del personal.
Cogiendo de nuevo su bocadillo de patatas y dándole un mordisco mucho más entusiasta, Tabitha observó con ironía:
—Es una suerte que la condesa viuda no esté aquí. No quiero ni imaginar lo que diría al vernos comer esto, y con las manos, nada menos.
Wolf terminó con entusiasmo lo que le quedaba de comida y luego dijo con una sonrisa:
—Creo que deberíamos proponernos como objetivo de este viaje traer a la condesa viuda de Pembroke aquí a comer pescado con patatas antes de que nos vayamos. Aunque no consigamos convencerla de que elija un bocadillo de patatas.
Langley se rió:
—Pagaría una buena suma por verlo. De hecho, le haré una apuesta: apuesto diez chelines a que no consigue tal cosa.
Tabitha arqueó las cejas:
—Una apuesta de diez chelines apenas es un incentivo para ninguno de los dos —señaló ella.
—Así es, pero espero de verdad perder. Y no es muy racional apostar demasiado en contra de mis propios deseos —explicó Langley.
Antes demasiado absorto en su comida, Rat intervino:
—Apuesto a que su señoría comería aquí si Melly se lo pidiera.
—Una observación muy astuta, muchacho —dijo Langley—. Ahí lo tiene, Pembroke. El chaval ya le ha dado ventaja en esta apuesta sugiriendo una forma muy probable de ganar.
—En ese caso, acepto —dijo Wolf. El ambiente hasta ese momento había sido muy distendido, pero Wolf necesitaba pasar a un tema más serio, por lo que dijo en voz baja—: Iré a la comisaría cuando terminemos.
Quiero averiguar lo que pueda sobre el arresto de Robert Charles.
Quizá incluso tenga la oportunidad de interrogarlo.
En los meses transcurridos desde que heredó el condado, Wolf había llegado a apreciar cómo su título le abría puertas.
Había sido recibido en la prisión de Pentonville por su obsequioso alcaide, e incluso le habían ofrecido el despacho del hombre para una entrevista privada con un prisionero.
Esperaba que este truco de deferencia servil, debida a nada más que a la casualidad del nacimiento, siguiera funcionando.
Aun así, Wolf se sintió agradecido cuando Langley dijo:
—Deje que lo acompañe. Como pudo comprobar en Escocia, mi habilidad para conseguir una autorización rápida del Ministro del Interior puede resultar útil.
—Si el hecho de que un conde se presente en la comisaría ya es impresionante, imagínense el servilismo que podrían engendrar dos —bromeó Tabitha ligeramente.
Wolf la miró, pero, a pesar de su tono despreocupado, parecía decidida a no hacer contacto visual con él.
Se dio cuenta de que, una vez más, parecía haberse excluido voluntariamente de la investigación.
Anteriormente, si Wolf hubiera sugerido hablar con un sospechoso sin ella, Tabitha se habría opuesto con todas sus fuerzas.
Wolf se sorprendió al darse cuenta de lo decepcionado que estaba de que ella estuviera tan dispuesta a dejar que él investigara sin su compañía.
Confirmando su sospecha, Tabitha le dijo a Melody:
—Es posible que haya un espectáculo de Punch and Judy en algún lugar del paseo marítimo. ¿Qué os parece si intentamos encontrarlo esta tarde mientras Wolfie y el tío Maxi trabajan?
Melody no parecía segura de qué entretenimiento se le proponía, pero Rat dijo emocionado:
—¡Oh, milady Tabby Cat, yo vi una vez un espectáculo de Punch and Judy en Londres!
—Se volvió hacia Melody y dijo—: Tú también estabas allí, pero fuiste, quiero decir, eras, muy pequeña.
Es muy divertido. —A Tabitha le pareció que el obvio esfuerzo de Rat por refinar su habla cockney, especialmente ante Lord Langley, era particularmente conmovedor.
Quizá era porque sospechaba que hablaba de la incertidumbre del chico sobre la continuidad de la buena fortuna que los había trasladado a él y a su hermana de vivir en las calles de Whitechapel a residir en mansiones de Mayfair; estaba decidido a hacer todo lo que estuviera en su mano para complacer a sus salvadores.
Tras semejante respaldo de su adorado hermano mayor, la emoción de Melody ante el entretenimiento propuesto para la tarde apenas pudo contenerse, y empezó a dar saltitos en su silla. Incluso Mary parecía emocionada ante la perspectiva.
Terminada la comida, Langley propuso que Wolf y él se dirigieran a la comisaría de inmediato. Wolf aceptó con entusiasmo; no tenía deseos de encontrarse con la viuda y tener que explicarle la posible investigación hasta que tuviera una idea más clara de a qué se podían estar enfrentando.
Mientras la camarera retiraba los platos, Tabitha preguntó dónde podrían encontrar un espectáculo de Punch and Judy. La joven reflexionó sobre la pregunta:
—En verano suele estar el Viejo Bob con su espectáculo en el muelle Oeste, pero no estoy segura de que ande por aquí en esta época del año.
Su artritis empeora cuando refresca. Pero casi todas las tardes, el Joven Bob, que no guarda ningún parentesco con el Viejo Bob, hace un espectáculo en los Jardines del Pabellón Real.
Tabitha le dio las gracias a la muchacha, reunió a Melody, Rat y Mary y deseó suerte a Wolf y a Langley en la comisaría.
La camarera les había indicado claramente cómo llegar al Pabellón Real, y tuvieron que caminar muy poco, unos cinco minutos, hasta que vieron aparecer ante ellos los magníficos jardines del extravagante palacio de recreo costero de la época de la Regencia que el rey Jorge IV se había construido para sí mismo cuando aún era príncipe de Gales.
Cuando se acercaron al Pabellón, Melody exclamó:
—¡Es el palacio de una princesa! —Tabitha no pudo rebatir esa descripción; con sus cúpulas, minaretes y tallas minuciosamente detalladas, el Pabellón era un lugar de aspecto mágico. Tabitha no podía entender por qué a la reina Victoria le disgustaba tanto.
Incluso a finales de otoño, los jardines eran casi tan hermosos como el edificio y, de haber estado sola, Tabitha habría paseado felizmente por los senderos.
No sabía mucho de plantas, y deseó tener a Lily con ella para que nombrara los arbustos que aún florecían, incluso en ese momento del año.
Estaba especialmente encantada con una flor que parecía estar por todas partes en tonos rosas, morados y crema.
Tabitha decidió que le pediría a Lily que volviera con ella otro día.
Estaba segura de que la joven quedaría aún más encantada con los jardines de lo que estaba la propia Tabitha.
Enseguida avistaron el espectáculo de Punch and Judy, con su pequeño teatro de madera pintado a rayas rojas y blancas, bajo el cual el titiritero se escondía y obraba su magia.
Parecía que habían elegido bien el momento de la visita: los niños empezaban a congregarse frente al teatro, y una pizarra anunciaba que el próximo pase comenzaría en cinco minutos.
Tabitha observó a Rat coger la mano de Melody mientras los dos emocionados niños corrían hacia delante para unirse a los que ya estaban sentados, esperando.
Era una escena muy sencilla, pero a Tabitha se le saltaron las lágrimas al ver a Rat uniéndose al público como cualquier otro niño emocionado por la expectativa de un espectáculo de marionetas.
No era más que un niño, pero a veces resultaba fácil olvidarlo.
Las circunstancias habían obligado a Rat a crecer muy deprisa: primero, como hijo de unos padres empobrecidos en Whitechapel, a quien tenía que ayudar económicamente; y después, tras la muerte de estos, como responsable y protector de Melody.
Más tarde, cuando Rat se unió a su hogar, no se había trasladado a la habitación de los niños con su hermana, sino que había pasado a ser miembro del personal doméstico.
Si bien aquello había sido casi por completo decisión de Rat, Tabitha se reprendía por haber permitido que esa fuera la elección.
Incluso ahora, aunque sus circunstancias estaban, sin duda, mejorando enormemente como aprendiz elegido personalmente por Lord Langley, Rat distaba mucho de tener una infancia normal.
Tabitha se propuso hablar con Langley sobre cómo trataban a Rat y cómo pasaba sus días.
Estaba encantada de que el conde tuviera la intención de educar al inteligente muchacho y prepararlo para una carrera sólida como miembro de la clase media.
Aun así, quería asegurarse de que también tuviera muchas oportunidades, como la de aquella tarde, de ser simplemente un niño de diez años jugando en el parque.