Una Mujer Inexplicable (La Serie de Misterios Históricos de Tabitha y Wolf 4) Capítulo 4 #2
13%

Capítulo 4 #2

Wolf desvió la mirada. Por supuesto, Langley tenía razón, pero reconocer la situación no hacía que fuera menos difícil de afrontar. Langley prosiguió:

—Ahora que conozco toda la historia, entiendo por qué tenía tanto interés en hacer el viaje a Brighton solo. Si lo desea, buscaré la forma de convencer a ambas Lady Pembroke para que regresen conmigo a Londres, dejando que se encargue de esta situación como mejor le parezca.

Ante aquella declaración, Wolf soltó una carcajada hueca:

—Aunque agradezco el ofrecimiento, Langley, le deseo buena suerte convenciendo a la condesa viuda de que se marche cuando haya olido sangre.

—Déjela en mis manos. Conozco a la anciana Lady Pembroke de toda mi vida y tengo un buen juicio sobre ella. Diga la palabra y le aseguro que estaremos en el próximo tren a Londres.

—Vale la pena aceptar la oferta solo para ver cómo se las apaña. Quizá lo haga. Necesito pensar un poco más en lo que quiero hacer.

Mientras Wolf decía aquellas palabras, oyó voces detrás de ellos y escuchó que lo llamaban por su nombre, o por una versión un poco más más extraña:

—¡Wolfie, tío Maxi, hemos venido a ver el mar!

Volviendo la cabeza, Wolf vio a Tabitha con Melody, su niñera Mary, Rat y la cachorra de Melody, Dodo, cruzando la calle y acercándose a ellos.

Cuando estuvieron a salvo en el paseo marítimo, Tabitha soltó la mano de Melody, y la adorable niña de cuatro años con tirabuzones de color rojizo y una encantadora ráfaga de pecas en la nariz corrió hacia los dos hombres en el banco.

Al darse cuenta de que debía elegir, Melody miró de uno a otro, pero al final subió al regazo de Langley.

Wolf no estaba seguro de si aquella clara preferencia debería dolerle, pero pensó en cuánto tiempo había pasado Langley con Melody recientemente y comprendió que ella se sentía mucho más cómoda con él.

Dada la renuencia inicial de Wolf a entablar cualquier relación con la niña, y cómo, incluso ahora, no estaba del todo seguro de cómo actuar con una pequeña de cuatro años, aquella preferencia apenas resultaba impactante.

No obstante, a pesar de sus pensamientos racionales sobre el asunto, Wolf se sorprendió de que todavía le doliera un poco.

—Tío Maxi, Tabby Cat ha dicho que podré montar en burro...

Ante aquello, Tabitha intervino:

—Melly, querida, he dicho que podría haber burros y que tal vez puedas montar en uno.

Claramente, tales declaraciones condicionales eran indistinguibles de promesas concretas para una niña pequeña, y Melody soltó una risita alegre ante la perspectiva de tal diversión. —Y luego vamos a comer pescado con patatas, igual que solíamos hacer con mamá y papá.

Ante aquello, Wolf arqueó las cejas. No podía imaginarse a la sofisticada y elegante Tabitha comiendo pescado con patatas envuelto en papel de periódico en el paseo marítimo.

Ella le devolvió el gesto, arqueando también las suyas; había muchas cosas que aquel hombre no sabía sobre ella.

Lo cierto era que nunca había probado el pescado con patatas, pero le había parecido delicioso cuando Ginny se lo describió, y estaba casi tan impaciente por probar la comida como Melody.

—¿Sabe la condesa viuda de estos planes? —preguntó Wolf con picardía.

—No lo sabe —admitió Tabitha—. Sin embargo, se ha ido inmediatamente después del desayuno con Lily para juzgar a las modistas de Brighton. He oído que el conserje también les ha sugerido algún lugar donde podrían almorzar. También ha habido una conversación bastante preocupante sobre una armería.

—¿Una armería? ¿Qué demonios estará tramando? Me preocupa que haya interpretado mis comentarios de ayer sobre investigar por su cuenta como un desafío —admitió Wolf.

Langley soltó una risita:

—No sé para qué necesita la condesa viuda un arma de ningún tipo. Ninguna espada podría ser jamás tan afilada como su lengua. —Wolf y Tabitha reconocieron la verdad de aquella afirmación, pero seguían preocupados por lo que la mujer mayor tramara.

Melody se movió inquieta en el regazo de Lord Langley mientras los adultos hablaban, y finalmente suplicó:

—Quiero bajar al agua.

De pie, en silencio, un poco detrás de Tabitha, Rat dijo:

—Yo y Melly no hemos visto nunca el mar.

—Melly y yo no hemos visto nunca el mar —corrigió Langley con suavidad. Desde que el conde había acogido a Rat bajo su tutela, parte de la educación del chico consistía en corregir su jerga cockney, propia de Whitechapel.

—Sí, perdón, jefe. Quiero decir, milord. Melly y yo no hemos visto nunca el mar —repitió el muchacho.

Asintiendo con aprobación, Langley dijo:

—En ese caso, ¿por qué no os acompaño a Melody y a ti, y por supuesto a Dodo, hasta la orilla? Aunque debo advertiros de que hace mucho frío en esta época del año, así que dudo que vayáis a chapotear.

Melody saltó del regazo de Langley con gran entusiasmo.

Mary parecía menos eufórica ante la perspectiva de caminar por la playa de guijarros.

Sin embargo, el pequeño grupo se puso en marcha, mientras Melody iba de la mano de Langley y parloteaba sin parar.

A Dodo no le hacían gracia los guijarros, así que Langley cogió a la cachorra en brazos y la llevó hasta la orilla.