Una Mujer Inexplicable (La Serie de Misterios Históricos de Tabitha y Wolf 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

E l viaje en tren desde Escocia había sido largo y, para cuando estuvieron en un carruaje de alquiler de camino al hotel, el sol había empezado a ponerse.

Tabitha nunca había visitado Brighton ni ninguna ciudad costera, así que no sabía qué esperar.

Mientras avanzaban por Queens Road y el sol comenzaba a ocultarse sobre el canal de la Mancha, a Tabitha se le cortó la respiración ante la vista.

Los barcos se balanceaban en el mar, y pudo ver el West Pier y el aún en construcción muelle de Brighton Palace adentrándose en las aguas.

Al acercarse al frente marítimo, vio a gente paseando por el paseo.

Hacía demasiado frío para que alguien estuviera en el agua o en la playa de guijarros, pero la costa seguía ofreciendo una estampa de despreocupada diversión vacacional.

A Tabitha le había tocado la peor parte y había acabado en un carruaje con la viuda, que no veía la escena ante ellas de la misma forma.

—Dios mío, no puedo imaginar en qué estaba pensando Lady Willis al visitar Brighton. Seguramente habrá lugares menos ostentosos en los que podría haber tomado el aire marino. Hay algo increíblemente vulgar en todo esto.

Tabitha suspiró; preveía muchas críticas similares durante el tiempo que tuvieran que pasar en Brighton.

Ya había sido bastante malo oír a la anciana hacer comentarios mordaces sobre Escocia y su gente, a menudo delante de los propios escoceses, pero estar de vuelta en Inglaterra y seguir oyendo cómo nada estaba a la altura de los imposibles estándares de la viuda era tan irritante que Tabitha espetó:

—Si así es como se siente, mamá, tal vez debería volver a Londres en el primer tren de mañana.

La viuda resopló con indignación:

—Ese tono está fuera de lugar, Tabitha. Por mucho que desee que me vaya, no tengo intención de marcharme. A pesar de mi ayuda crucial, sin la cual no habría resuelto ninguno de estos casos recientes, se empeña en ocultarme cosas e intentar investigar a mis espaldas.

Fue una suerte que el interior del carruaje estuviera bastante oscuro, porque Tabitha no pudo evitar poner los ojos en blanco.

Era cierto que la viuda solía ser una fuente de información muy útil —bueno, de cotilleos, en realidad—, sobre todo cuando se trataba de las predilecciones y secretos de las altas esferas de la sociedad.

También era cierto que el don de la mujer para montar una escena había resultado útil en más de una ocasión.

Sin embargo, decir que su ayuda había sido crucial era el tipo de hipérbole en la que la viuda solía regodearse.

A pesar de su involuntario gesto de desdén, Tabitha no dijo nada, y la viuda continuó, llegando al estado de profunda indignación que más disfrutaba:

—Así que, si cree que puede enviarme de vuelta a Londres como a una niña traviesa a la que mandan a la cama sin postre, está muy equivocada. No me quedaré fuera de esta investigación, se lo aseguro.

—Mamá, ni siquiera sabemos si hay una investigación —señaló Tabitha—. Todo lo que sabemos es que una vieja amiga de Wolf necesita su ayuda. No hay razón para creer que haya nada misterioso o vil en su situación.

Tabitha no estaba segura de a quién intentaba convencer, si a sí misma o a la viuda.

Lo cierto era que Wolf se había mostrado muy hermético respecto a esa conocida, a esa amiga, y al tipo de ayuda podía necesitar.

¿Quién era esa mujer de su pasado que podía disponer tan fácilmente de su asistencia?

Había quedado claro que él quería viajar a Brighton solo, y su evidente incomodidad por el hecho de que todos se unieran a él hacía que Tabitha sospechara mucho y, si era sincera consigo misma, se sentía un poco celosa.

Durante su último día en Escocia, mientras se hacían los preparativos para el viaje a Brighton, Tabitha notó que Bear y Wolf intercambiaban miradas cada vez que se mencionaba o se hacía alguna alusión a Lady Arlene Archibald.

Si tuviera que describir la mirada de Bear en una palabra, sería desaprobación.

Sí, esa era la palabra; parecía que Bear desaprobaba el desvío para visitar a Lady Archibald.

Antes de que pudiera reflexionar más sobre ello, la viuda continuó:

—¡Por supuesto que hay algo en marcha! Una mujer misteriosa del pasado de Jeremy le sigue la pista para enviarle un telegrama suplicándole ayuda.

Él lo deja todo para correr a su lado, encima en Brighton, de todos los lugares posibles.

¡No hace falta tener el olfato de un sabueso para detectar una aventura!

¡Tiene todos los ingredientes de la peor clase de novela de folletín, por el amor de Dios!

La viuda se había tomado lo de formar parte de sus investigaciones con un entusiasmo bastante alarmante.

Tabitha no estaba segura de cómo había pasado tan rápido de ser una paria social a la que su suegra no se dignaba reconocer a alguien cuya presencia la mujer se empeñaba en perseguir.

Por suerte, el trayecto en carruaje fue breve, y Tabitha se libró de seguir debatiendo cuando se detuvieron ante el Grand Brighton.

El hotel le recordó a Tabitha a una elaborada tarta de bodas con múltiples niveles de delicado glaseado blanco.

Aquella impresión se reforzó al entrar en el vestíbulo: unos frisos de escayola florales, delicados e intrincados, adornaban el techo y las cornisas.

Columnas de mármol verde salpicaban todo el vestíbulo, cada una coronada con más molduras complejas.

Mientras el grupo se dirigía al mostrador de recepción, Tabitha levantó la vista hacia la gran escalera de hierro forjado decorada con más motivos florales. El Grand Brighton estaba bien nombrado.

El traslado del numeroso y revoltoso grupo con todo su equipaje desde los carruajes, a través del hotel y hasta las habitaciones asignadas se logró con toda la paciencia y servilismo que cabría esperar de un establecimiento de lujo; ni siquiera la viuda pudo encontrar falta alguna.

Las habitaciones eran grandes y cómodas.

Tenían suites de dos dormitorios con una sala de estar compartida asignadas a los miembros del grupo que compartían estancia, y una de un dormitorio para la viuda.

Le aseguraron que tenía una vista excelente y que era una de sus habitaciones más solicitadas.

Tabitha solo podía esperar que estuviera a la altura de los exigentes estándares de la mujer.

Al entrar en su suite, Tabitha no encontró nada de lo que quejarse.

Todo representaba el colmo del lujo moderno, elegante y costoso.

El mobiliario era de seda, la madera de una caoba reluciente.

Cada dormitorio era espacioso y las camas parecían sumamente cómodas.

Tanto, que Tabitha estuvo muy tentada de acostarse y saltarse la cena por completo.

Ginny, su doncella, siguió a Tabitha a la habitación, acompañada de un botones que llevaba el equipaje en un carrito.

Como siempre, Ginny había sido lo suficientemente previsora como para preparar una pequeña maleta aparte con suficiente ropa y accesorios para vestir a Tabitha para la cena de esa noche.

Esta se alegró de ver que su dormitorio tenía un cuarto de baño privado en suite con una bañera grande y tentadora.

Al ver que Tabitha miraba con anhelo la bañera, Ginny dijo:

—¿Por qué no le preparo un buen baño caliente? Ha sido un viaje largo y estoy segura de que es justo lo que necesita antes de enfrentarse a la cena.

Tabitha se sintió culpable; también había sido un largo viaje en tren para Ginny.

¿Quién le preparaba un baño a ella? Sin embargo, sabía que la muchacha aceptaba su suerte y no tenía quejas de su vida como doncella.

En cualquier caso, Tabitha era una señora mucho más generosa y considerada que la mayoría.

—Eso sería maravilloso —respondió Tabitha agradecida. Añadió—: Sé que es poco probable que acepte este ofrecimiento, pero, por favor, no se sienta obligada a deshacer todas las maletas esta noche. Todo puede esperar a mañana.

Ginny soltó una risita:

—Como usted dice, no aceptaré el ofrecimiento. Pero agradezco que lo haya hecho, milady. La mayoría no lo haría.

Ginny fue a preparar el agua y Tabitha se sentó ante el ornamentado tocador dorado, se quitó el sombrero y los guantes.

Se desabrochó los botines de viaje, resistentes y cómodos, se quitó la chaqueta de su traje de viaje y la colocó pulcramente sobre la cama para que Ginny se encargara de ella más tarde.

Se miró en el espejo. ¿Por qué se había empeñado en acompañar a Wolf?

Si bien era cierto que la primera persona en lanzarse a la idea de unirse a él había sido la viuda, seguida rápidamente de Langley, cabía poca duda de que, si ella hubiera declarado que regresaba a Londres, a Wolf le habría resultado más fácil rechazar a los demás. Pero no lo hizo… ¿Por qué?

No hacía mucho que había tenido la revelación de que nunca volvería a casarse ni a someterse al poder de otro hombre.

Aunque en el fondo sabía que Wolf no se parecía en nada a su primo Jonathan, no podía dejar de lado el trauma de su matrimonio de dos años y renunciar a la independencia y a la libertad que ahora tenía como viuda rica.

Cuando tuvo aquella epifanía reconoció que, si ella no estaba dispuesta a convertirse en la esposa de Wolf, y mucho menos en su amante, otra lo haría.

Wolf era un hombre joven, atractivo, rico y con título.

Muchas mujeres desearían convertirse en la próxima condesa de Pembroke.