Capítulo 26
N o hacía ni un año entero que Jonathan había muerto y, aun así, reflexionó Tabitha, aquel era el tercer burdel en el que había estado desde entonces.
Bueno, el cuarto, si contaba la casa de los horrores de Holborn donde el viejo duque de Somerset había instalado a niñas menores de edad para su placer.
Había aprendido que los burdeles solían estar ubicados en edificios engañosamente sencillos.
El primero que había visitado durante su investigación inicial se parecía, más que a nada, a un hogar de clase media sólidamente próspero.
Las pinturas de la pared eran un poco más atrevidas, y las sedas y el terciopelo que parecían cubrir cada mueble tapizado un poco más llamativos.
Tenía curiosidad por ver si el burdel de Vicky Sharpe era diferente.
En el carruaje de camino a Whitechapel, Tabitha preguntó:
—¿Deberíamos seguir investigando este caso?
Wolf la miró con sorpresa; Tabitha había sido una de las personas que lo habían animado a seguir aceptando investigaciones y, sin embargo, ahí estaba, sugiriendo que pusieran fin a esta.
—¿Por qué lo pregunta? —quiso saber él.
Tabitha no estaba del todo segura de poder encontrar las palabras adecuadas. Finalmente, esforzándose por articular sus pensamientos a la perfección, respondió:
—Descubrir quién mató al viejo duque acabó revelando una gran maldad y rectificándola.
Nuestra segunda investigación implicó liberar a Manning y encontrar a Melody.
Identificar quién asesinó a Claire Murphy no fue más que un medio para ese fin.
En Escocia investigamos porque Peter era amigo de Lily, y su muerte parecía tener algo que ver con la infracción de los derechos de los trabajadores.
E incluso en Brighton, al fin y al cabo, nuestra investigación trataba de demostrar la inocencia de un hombre.
Un hombre que sospechábamos que había sido el blanco de los ataques debido al color de su piel.
Tabitha hizo una pausa y continuó:
—Pero esta investigación en la que la condesa viuda nos ha metido es sórdida.
Margery Sharpe puede haber sido asesinada debido a su implicación en un burdel donde se estafaba a los clientes y se falsificaba dinero.
Ella no es precisamente una víctima inocente.
Si su turbio socio comercial se volvió contra ella, ¿no es algo de lo que deba ocuparse la policía?
¿O no, según decidan? Y, si su muerte no fue más que un accidente, entonces las actividades del burdel nos conciernen aún menos.
Wolf sopesó las palabras de Tabitha. El impulso original para investigar era que la condesa viuda había desaparecido.
Pero ese misterio ya se había resuelto. Tabitha tenía razón: la investigación tenía una ambigüedad moral de la que carecían sus casos anteriores.
Bueno, quizá no en el caso del asesinato del duque de Somerset.
Pero, para cuando se dieron cuenta de lo merecida que era su muerte, había cuestiones más importantes en juego que resolver y niños que rescatar.
Wolf no estaba seguro de que Tabitha se equivocara.
Parecían estar en medio de un desagradable caso de crimen entre delincuentes, si es que se trataba de algo.
¿Era ese el mejor uso de sus habilidades de investigación?
Pero entonces, Wolf se dio cuenta:
—¿Y si la condesa viuda se niega a retirarse? ¿Estamos preparados para dejarla en medio de esa situación, sabiendo lo peligrosa que podría ser para ella?
Tabitha suspiró; ahí radicaba el problema. Permanecieron en silencio durante el resto del viaje, cada uno absorto en sus pensamientos.
El burdel de Gunthorpe Street era tan discreto como el de Villiers Street, aunque algo más pequeño y menos grandioso.
Condujeron a Tabitha y a Wolf al despacho de la parte trasera del edificio.
La mujer menuda, de pelo canoso y ojos azules que los recibió se parecía tanto a la viuda que Tabitha se quedó perpleja.
Vicky Sharpe se acercó a Wolf con una mirada amable, aunque curiosa.
—Wolf, qué alegría verte de nuevo tan pronto. —Vicky analizó su ropa y la de la mujer que lo acompañaba y dijo—: Ahora sí que me puedo creer que eres un ricachón.
Les indicó que ocuparan los dos sillones frente a la chimenea y ella acercó una silla cerca de la estantería.
Señalando hacia Tabitha, Wolf explicó:
—Ella es Tabitha, Lady Pembroke. La viuda del difunto conde.
—Vaya, vaya —exclamó madre Sharpe—. Hubo un tiempo en que nunca esperé ver a ningún ricachón en mi casa, y ahora he tenido a tres en cuestión de días. Aunque no esperaba que tú resultaras ser uno, Wolf. ¿O debería llamarte milord?
—Wolf está bien —prometió él.
—¿Estás ayudando a su señoría a investigar la desaparición de Margie? —preguntó Vicky.
Tabitha se levantó y se acercó a la anciana, agachándose junto a su silla y tomándole la mano. No tuvo que decir nada. El gesto y la expresión del rostro de Tabitha fueron suficientes.
—Margie ha muerto. ¿Es eso lo que han venido a decirme?
Vicky Sharpe no lloraba, pero pronunció aquellas palabras con una voz que de repente sonó oprimida.
—Sí, señora Sharpe. Me temo que eso es lo que hemos venido a decirle.
—Tabitha se puso en pie y le dijo a Wolf—: ¿Puede ir a ver si encuentra a una criada para que nos traiga té?
—Wolf se levantó y salió de la habitación.
Tabitha ayudó a la otra mujer a levantarse y le dijo—: Venga a sentarse junto al fuego. Estará mucho más cómoda.
Madre Sharpe se dejó guiar como una niña. Se sentó en el sillón y se quedó mirando el fuego.
—¿Están seguros?
Tabitha deseaba no tener que ser ella la que diera esa otra mala noticia.
—No, no estamos seguros al cien por cien. Por eso tendrá que ir a la morgue para identificar el cadáver. Nos hemos asegurado de que no hagan nada más con el cuerpo hasta que usted haya ido.
La anciana seguía sin derramar una lágrima, aunque su rostro estaba pálido y demacrado. Unas nuevas líneas alrededor de su boca indicaban que estaba controlando firmemente emociones intensas. Finalmente, Vicky Sharpe dijo:
—Nunca estuvimos muy unidas, ¿sabe? La gente siempre imagina que los gemelos tienen un vínculo mucho más estrecho que otros hermanos.
Y tal vez para otros sea cierto. Pero nosotras siempre parecíamos competir por el mismo trocito de pastel.
No estoy segura de si Margie consideraría que ser la primera en ser asesinada es una victoria o una derrota.
Pero así es como valoraría ella la situación si las tornas se hubieran invertido.
Sin duda, si nos está mirando desde arriba ahora mismo, debe de estar disfrutando de ser el centro de atención.
—Aquellas palabras no fueron dichas con amargura, sino con la tristeza por el fin de cualquier esperanza de reconciliación.
Al escuchar la melancolía nostálgica en la voz de la mujer, Tabitha no pudo evitar pensar en su propia familia: tres hermanas con las que no hacía más que intercambiar cartas ocasionales, un hermano de cuya vida estaba totalmente desconectada y una madre a la que se esforzaba por evitar.
Pero aquel no era el momento de entregarse a tales reflexiones.
Tabitha se sacudió la melancolía y se centró en la mujer que tenía al lado cuando Vicky preguntó:
—¿Cree que murió como resultado de un acto criminal?
—No había señales obvias de lucha. La conclusión fue que la muerte fue un accidente, tal vez como resultado de un exceso de bebida —respondió Tabitha.
Vicky sacudió la cabeza.
—Mi hermana nunca perdía el control de sí misma. Bebía hasta que sentía que empezaba a perder el control e inmediatamente dejaba de ingerir alcohol. Nunca la he visto alegre, y mucho menos ebria. Fuera cual fuese la forma en que acabó en el Támesis, no fue por la bebida.
Tabitha no quiso debatir con la afligida hermana. Podía imaginar toda clase de formas en las que una mujer mayor, sola en una noche oscura, podía sufrir un accidente. En su lugar, preguntó:
—¿Tiene a alguien que la acompañe a la morgue?
Vicky indicó que sí. Luego, alzando la vista hacia Tabitha, preguntó con tono lastimero:
—¿Encontrará Wolf a la persona que le hizo esto a mi hermana?
Aquel era exactamente el tema que Tabitha y Wolf habían discutido en el carruaje: su deseo de alejarse de ese caso sórdido. Sin embargo, se encontró diciendo:
—Le prometo que Wolf y yo haremos lo que esté en nuestra mano para que se haga justicia con su hermana.
Wolf regresó justo cuando ella pronunciaba esas palabras.
No dijo nada, pero arqueó las cejas ante tal promesa.
Lo seguía al interior de la habitación una criada con una bandeja de té.
Al darse cuenta de que Tabitha acababa de comprometerse en su nombre, Wolf decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro para discutir con Vicky lo que sabían hasta ahora.
—¿Sabías que se estaba gestionando un local de juego en el burdel de tu hermana?
—Vicky asintió y Wolf continuó—. Hemos encontrado pruebas de que, incluso para los estándares de tales lugares, se está llevando a cabo actividad criminal; se utiliza como una forma de dar salida a dinero falso. ¿Lo sabías?
La expresión de sorpresa en el rostro de Vicky respondió a la pregunta.
—¿Crees que Margie estaba metida en eso? —preguntó ella.
—Están imprimiendo el dinero falsificado en el sótano de la casa de Villiers Street.
Aunque está claro que intentan amortiguar los sonidos de la imprenta, es difícil imaginar que pudieran entrar y salir personas y suministros de esa casa sin que tu hermana tuviera la menor idea de lo que estaba sucediendo.
Tal vez no conocía los detalles de cómo se están utilizando los billetes falsificados en las salas de juego.
Vicky soltó una carcajada amarga.
—Mi hermana era muchas cosas, Wolf, pero poco observadora no era una de ellas. Si algo estaba pasando, era plenamente consciente. Nunca habría sospechado de tal actividad para luego mirar hacia otro lado.
Tabitha tuvo que preguntar:
—¿Lo habría desaprobado? ¿O es algo en lo que podría haber participado voluntariamente?
—Regentamos casas de mala reputación. Al hacerlo, ya vivimos y trabajamos al borde de la criminalidad.
Sin duda, en el corazón de la inmoralidad para la mayor parte del mundo.
¿Es tan difícil imaginar que se lleve esa criminalidad un poco más allá?
—preguntó Vicky. Aquello casi pareció una pregunta retórica, así que ni Tabitha ni Wolf respondieron, y Vicky continuó—: Creo que lo que me están preguntando es si sé si mi hermana estaba involucrada en esas actividades.
No lo sé, no a ciencia cierta. Pero ella y yo no éramos confidentes.
—¿En quién podría haber confiado ella? —preguntó Tabitha—. La condesa viuda habló de un grupo de amigas, las Damas de KB, las llamaba. ¿Podría alguna de ellas saber algo más?
Vicky Sharpe se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Nunca me invitaron a formar parte de ese grupo.
La fría relación entre Margie y yo era bien conocida; eliges a una o a la otra, nunca a ambas.
Cuando éramos más jóvenes, y ambas éramos fulanas, solíamos trabajar junto a la que ahora se hace llamar Madam Zsa Zsa, pero que entonces no era más que la vieja Luton Laurie.
Al principio, Laurie y yo estábamos muy unidas.
Pero Margie siempre quería lo que yo tenía y, al final, consiguió romper aquella amistad.
Creo que fue Laurie quien introdujo a Margie en el grupo.
Pero aun así, si sigue siendo la Luton Laurie que recuerdo, no es alguien en quien Margie hubiera confiado algo así.
Si alguien lo sabe, es Lou. Estaban muy unidas.
Y Lou es lista; si algo turbio está pasando en esa casa, no se le habría pasado por alto.
Tabitha reflexionó sobre aquello. La viuda solo había hablado de esa tal Lou de pasada, pero quizá fuera alguien a quien interrogar más de cerca.
Era difícil imaginar cómo podrían hacerlo sin exponer la verdadera identidad de la viuda.
Miró a madre Sharpe y se dio cuenta del esfuerzo que le costaba a la mujer controlar sus emociones con tanta firmeza.
Debían dejarla llorar en paz. Pero había que hacer una pregunta más:
—¿Ha oído hablar de una persona llamada Tuchinsky?
—Extranjera, supongo. ¿Por qué lo pregunta?
—Parece ser la persona propietaria de la casa de Villiers Street, por lo que asumimos que es el socio comercial de su hermana —explicó Wolf.
—Si lo es, no sé nada de ello —dijo Vicky.
Parecía innecesariamente cruel seguir interrogando a Vicky Sharpe en medio de su dolor, así que Tabitha y Wolf se despidieron.
Wolf le había dicho a Bear que irían directamente de Whitechapel al Gordon’s para encontrarse con la viuda.
Dependiendo de cuánto tardara su viaje de ida y vuelta a Dulwich, se reuniría con ellos allí o los vería de nuevo en Chesterton House.