Capítulo 8 #2
—He trabajado como institutriz para una familia acaudalada durante más de cuarenta años. Me alegra saber que su buena educación se me ha contagiado.
Rascal la miró con escepticismo ante aquella explicación, pero la aceptó por el momento. En su lugar, retomó la primera parte de su declaración:
—Como he dicho, si se queda. Le preocupaba velar por los intereses de su prima mientras ella no está, y ahora ya sabe que no hace falta. Yo velo por ellos. Así que puede volver con su familia acaudalada, señorita Julia Phillips.
La viuda se irguió con su casi metro cincuenta de estatura, resopló y dijo:
—Joven, no le corresponde a usted dirigir mis movimientos.
No tengo nada claro que sea el custodio más apropiado para los intereses de mi prima.
Por lo tanto, me quedaré aquí hasta su regreso.
A partir de este momento, este despacho será mi dominio, y ese será mi escritorio.
No espero verle por aquí a menos que se le convoque, y nunca más espero verle sentado en mi silla con los pies sobre mi mesa. ¿Ha quedado claro?
Rascal llevaba buscándose la vida en las calles de Londres casi toda su vida.
Al igual que el Artful Dodger del señor Dickens, había empezado como carterista y se había ido abriendo camino por las bandas callejeras de algunos de los barrios más peligrosos de Londres.
Jason Bono no era un luchador por naturaleza.
La intimidación no era su fuerte. No tenía la complexión ni la inclinación para ser un matón.
En cambio, sus diversos empleadores a lo largo de los años habían apreciado su agilidad natural y que nunca había olvidado las habilidades que aprendió como joven carterista.
Con el tiempo, se había ganado cierto respeto en la calle, y no estaba acostumbrado a que lo despacharan de forma tan tajante, y menos una anciana diminuta.
Rascal se encontró, contra todo pronóstico, a la defensiva.
Estaba seguro de que a su superior no le haría gracia la presencia de la señorita Phillips, pero presentía que a esa vieja bruja no se la disuadiría fácilmente.
Tras analizar la situación, decidió que lo mejor era retirarse, por el momento, y quizá alertar a su superior de aquel cambio de circunstancias más tarde.
Rascal era un hombre inteligente, aunque sin estudios.
Sabía cuándo estaba fuera de lugar, y sin duda lo estaba en ese momento.
Levantándose, señaló hacia la silla que había estado ocupando y dijo, con la voz cargada de sarcasmo:
—Milady. —Dada la involuntaria propiedad del apelativo, el sarcasmo pasó totalmente inadvertido para la viuda, que intercambió con él una sonrisa hipócrita.
Instalada cómodamente tras el escritorio y sintiéndose ya como en casa, la viuda preguntó: —Señor Rascal, ¿es ese su verdadero nombre?
—Me llamo Jason Bono, pero nadie me llama así salvo mi madre. Hasta los bobbies me llaman Rascal —explicó el hombre.
—Sea como fuere, yo le llamaré señor Bono —explicó la viuda, con una voz que dejaba claro que no aceptaría réplica alguna.
Aunque Rascal no estaba del todo convencido por su explicación sobre el acento, podía creer que la mujer fuera institutriz de oficio.
No era difícil imaginársela tirando de las orejas a niños traviesos y mandándolos a la cama sin cenar por alguna falta académica menor.
Asintió, si no de acuerdo, al menos reconociendo que no tenía nada que decir sobre cómo ella eligiera llamarlo.
La viuda continuó:
—Bien, señor Bono, puede retirarse. Le llamaré si requiero sus servicios; de lo contrario, espero que se mantenga fuera de mi camino —ordenó la viuda. Rascal ardía en deseos de que su superior conociera a aquella arpía. Podría cobrar entrada para ese espectáculo.
Finalmente, a solas en el despacho, la viuda unió las yemas de sus dedos y miró a madre Sharpe:
—¿Y ahora qué?
—Dígamelo usted; es la investigadora privada —dijo Vicky con aspereza.
Eso hizo reflexionar a la viuda. En efecto, se había presentado como una investigadora experimentada.
Aunque rebosaba autoconfianza infundada, una pequeña parte de su cerebro se inquietaba al pensar que nunca había sido quien iniciaba un caso.
Sí, había contribuido enormemente a resolverlos, pero Tabitha y Wolf siempre habían realizado el trabajo de campo inicial.
¿Cómo empezaban? Sabía que solían interrogar al personal doméstico, pero ella no estaba instalada en Villiers Street como investigadora, sino como una prima preocupada que estaba «al tanto del lugar».
Cualquier interrogatorio tendría que llevarse a cabo con la máxima discreción y sutileza.
Aunque «discreción» y «sutileza» no eran dos palabras que la mayoría de la gente asociara con la condesa viuda de Pembroke, afortunadamente ella era inmune al juicio y las opiniones de casi cualquiera que no fuera ella misma.
—¿Hay algo más que pueda decirme? —preguntó la viuda—. En particular, ¿sobre ese socio comercial? Está claro que esta casa es más que un simple burdel. Por lo que he visto, también se desarrollan actividades de juego importantes. ¿Es eso habitual?
—Es algo que se está volviendo cada vez más común —reconoció madre Sharpe—.
Cuando empecé en este negocio, llevar un burdel era algo bastante normal: una casa, unas cuantas chicas con poca ropa y un flujo constante de hombres.
Pero en los últimos años, se ha vuelto más...
¿Cómo decirlo? Más especializado. Ahora hay burdeles que satisfacen todos los gustos imaginables, y muchos que probablemente superen incluso su imaginación.
La viuda arqueó las cejas ante aquella afirmación, sin estar segura de cuáles podrían ser esos gustos tan escandalosos.
Ella era una mujer culta, hablaba varios idiomas y habría podido debatir de política en la Cámara de los Lores sin ponerse en evidencia.
Aun así, hasta ella tenía que admitir que su conocimiento de los deseos carnales de los hombres era limitado.
Por fortuna, su marido había muerto al poco de casarse y, hasta ese momento, sus encuentros no habían pasado de lo estrictamente necesario.
Siempre había supuesto que su marido, a quien consideraba generalmente vulgar y violento, tenía deseos igual de vulgares.
Jamás se le había ocurrido a la viuda que ella pudiera tener que experimentarlos, así que nunca les había dedicado más que un pensamiento fugaz.
Madre Sharpe hizo una pausa y añadió:
—Mi hermana tiene un pequeño grupo de mujeres, conocidas de la profesión, amigas podría decirse, que se reúnen regularmente en los establecimientos de las demás para comer, compartir cotilleos, discutir negocios y, por lo que he oído, beber mucho más clarete del debido para esa hora de la tarde.
Según tengo entendido, esas mujeres dirigen burdeles para todo tipo de gustos.
La viuda sentía demasiada curiosidad como para escandalizarse:
—¿Y usted no forma parte de ese grupo?
Vicky Sharpe soltó una risa hueca: