Capítulo 4 #3
A la viuda nunca se le había ocurrido que los hombres de su rango también pudieran frecuentar prostitutas.
Pero, por otra parte, los deseos carnales de los hombres no eran algo a lo que hubiera dedicado mucho pensamiento hasta que se unió al equipo de investigación en los últimos meses.
¿Podría Lord Farthing haber contraído su enfermedad repugnante de una de esas fulanas?
¿Era eso algo de lo que Lady Farthing sería consciente?
La viuda asumía que la sensibilidad de Lady Farthing era, si no tan refinada como la suya, al menos apropiada para una mujer de su rango.
En ese caso, tales temas le serían tan ajenos como a ella.
Pero, en Rat, la viuda tenía una fuente que conocía a prostitutas e incluso había estado en una casa de mala reputación, que es lo que ella suponía que quería decir con lo de convento.
El reloj de la repisa indicó que Rat ya llevaba treinta minutos con ella. No podía alargar la visita mucho más tiempo sin despertar las sospechas de Langley. Ante aquello, la viuda decidió abandonar todo pretensión de que hubiera otra cosa de la que quisiera hablar y dijo:
—Rat, querido, ¿puedes contarme todo lo que sepas sobre fulanas, conventos y las bubas?
Incluso mientras las decía, la viuda no podía creer que tales palabras hubieran salido de su boca. Pero Rat pareció no inmutarse por la naturaleza del tema y le contó con gusto todo lo que sabía.
Cuando, finalmente, Rat pareció haber agotado el tema, Lady Pembroke dijo:
—Bien, creo que debes regresar ya a Langley House, o Lord Langley empezará a preguntarse qué pasa. —Intentó adoptar un aire casual y añadió—: Si Lord Langley te pregunta de qué hemos hablado, ¿qué le dirás?
Rat era un chico astuto. Aunque no veía nada malo en su conversación, intuía que la viuda sentía que otras personas sí podrían. Respondió:
—Le diré que, para enseñarme a tener una conversación distinguida, me ha preguntado por mi vida en Whitechapel y que le he hablado de algunos amigos míos y de mis padres. —La viuda sonrió; era un muchacho verdaderamente avispado.
Ahora que estaba segura de la discreción de Rat, le preguntó:
—Si quisiera hablar con esa fulana que conoces, Cindy, creo que has dicho que se llama, ¿cómo podría hacerlo?
Rat lo pensó brevemente y luego sugirió:
—Madre Sharpe dirige una casa con mucha disciplina; la mayoría de esas abadesas lo hacen. Creo que tal vez la forma más fácil de hablar con Cindy sea pagando por su tiempo.
Fuera lo que fuese lo que la viuda hubiera esperado que dijera Rat, no era que le sugiriera ir a un burdel y pagar a una prostituta.
Por primerísima vez desde que decidió llevar a cabo sus propias investigaciones, la viuda tuvo algunas dudas sobre la sensatez de sus acciones.
Aunque no temía por su reputación –ella juzgaba a la sociedad, no al revés–, sí consideró cómo podría estar mancillándose a sí misma y a su título al tomar ese camino.
Entonces pensó en la alternativa: volver a su rutina mortalmente aburrida de visitas sociales y partidas de cartas nocturnas. Respondió:
—Rat, ¿puedes ayudarme a organizarlo? Sin que Lord Langley lo sepa, por supuesto. —Aquella fue la primera vez que reconoció abiertamente que necesitaba que Rat no fuera del todo sincero y franco con su mentor.
Daba la casualidad de que Rat tenía mucha libertad en la casa de Lord Langley.
Mientras fuera diligente con sus estudios, era libre de ir y venir a su antojo.
La suposición de Lord Langley era que dicha libertad permitía principalmente a Rat visitar Chesterton House y a su hermana cuando quisiera.
Hasta ese momento, eso era lo que había hecho.
Pero nadie haría preguntas si Rat se marchaba una tarde a otro lugar.
—Tenemos que ir antes del jaleo de la noche, pero lo bastante tarde para que Cindy esté despierta; esas fulanas trasnochan mucho. —Rat miró el reloj de la repisa de la chimenea. Era casi mediodía. Lord Langley lo esperaría de vuelta para el almuerzo y tendría al menos dos horas de lecciones.
La viuda dijo:
—Tengo un recado que hacer después del almuerzo. En Whitechapel, casualmente. ¿Eres capaz de llegar allí por tu cuenta para reunirte conmigo?
—Sin problema, milady. El convento está en Gunthorpe Street.
Así que la veré en la esquina a las cuatro en punto —Rat hizo una pausa y luego añadió—: Y su señoría, si no le importa que se lo diga, quizá sea mejor que no se ponga sus mejores galas.
Esa abadesa intentará sacarle todo lo que pueda si le echa el ojo a esos diamantes.
Habiendo aceptado la promesa de Mickey D.
sobre su seguridad en Whitechapel, incluso llevando sus mejores diamantes, la viuda normalmente no habría estado dispuesta a seguir tal consejo.
Pero la idea de que la madama de un burdel la viera como un objetivo fácil para la extorsión era algo que comprendía.
—Esas son palabras muy sabias, Rat. Dicho esto, hagamos que envuelvan estos bollos glaseados. Nos veremos luego.