Una Mujer Audaz (Misterios Históricos de Tabitha y Wolf 5) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

De alguna manera, aquella primera figurita acabó convirtiéndose en una colección de doce.

Ahora formaba parte de las tareas habituales de Manning visitar mensualmente la tienda donde había comprado la pastora, y la confianza que la viuda depositaba en él era tal que le permitía comprar cualquier pieza nueva que le llamara la atención.

De hecho, había adquirido una nueva figurita esa misma semana: una pareja de jóvenes huérfanos sin hogar acurrucados, tratando de entrar en calor.

La pieza le había llegado al corazón a la viuda, como Manning sabía que ocurriría, por su parecido con Rat y Melody.

La niña incluso tenía tirabuzones de color rojo dorado que reflejaban a su homóloga de la vida real.

La viuda adoraba aquella nueva incorporación a su colección y la había colocado en un lugar de honor sobre la mesita frente al sofá, bastante feo pero muy cómodo, en el que solía sentarse en esa habitación.

Cuando anunciaron a Rat, la viuda estaba ocupada admirando su nueva compra.

El artista había capturado perfectamente el patetismo de los dos huérfanos de porcelana.

Cada vez que contemplaba la figurita pensaba en la vida de Melody y Rat después de que sus padres murieran y antes de que llegaran a Chesterton House.

Aunque la viuda solía ser reacia a concederle mucho mérito a Tabitha, apreciaba sinceramente el papel de la joven en el rescate de los niños.

La viuda sentía más afecto por Melody, en particular, del que sentía por sus propios hijos y nietos.

Le dolía conocer el sufrimiento que la pequeña había soportado en su día y lo cerca que había estado de seguir viviendo en las crueles calles de Whitechapel.

Aquella era la primera vez que Rat y la condesa viuda pasaban tiempo juntos sin que hubiera nadie más presente, aunque solo fuera Melody, un hecho que pareció llamarles la atención a ambos al mismo tiempo.

El joven se mostró de repente inusualmente tímido, y la anciana no estaba segura de cómo empezar, a pesar de su entusiasmo previo por su plan.

—Rat, qué alegría verte. Por favor, pasa y toma asiento. Llamaré para que traigan el té. He recordado que te gustan los bollos glaseados y le he pedido a mi cocinera que se asegure de preparar una tanda.

Los bollos glaseados eran el camino directo al corazón de Rat, y el niño sonrió y se relajó de inmediato.

La viuda decidió esperar a estar agasajando al muchacho con dulces antes de entrar en materia con su petición.

En su lugar, hablaron de la amada hermana de Rat, Melody, de lo bien que iba con su lectura, de cómo pronto sería capaz de ganar a Lord Langley al ajedrez y de lo feliz que estaba Rat de que ella tuviera un hogar seguro, lleno de amor y cariño.

Se le ocurrió a la viuda, y no por primera vez, la enorme carga que debió suponer para el del chico cuidar de su hermana de cuatro años mientras vivían en la calle.

En silencio, consideró la mayor responsabilidad que se les había exigido a sus propios hijos a una edad similar.

Finalmente, después de tres bollos glaseados, hasta Rat quedó saciado. Se recostó en la silla, se palmeó el estómago y dijo:

—Han sido los mejores bollos del mundo. ¿Puedo llevarme uno para Melly cuando la vea luego?

—Por supuesto que puedes. De hecho, le pediremos a Manning que los envuelva todos para que te los lleves a casa de Lord Langley —la viuda hizo una pausa—.

Hablando de Lord Langley, ¿ha mencionado por qué he pedido que vinieras esta tarde?

—La viuda había decidido abordar su verdadero tema de la manera más indirecta posible.

—Sí, milady. Dijo que había ido, quiero decir, que iba a ayudarme a aprender a ser un caballero.

—En efecto. Soy consciente de que Lord Langley ha estado trabajando contigo, particularmente en tu forma de hablar, que ha mejorado mucho. Pero ser un caballero es mucho más que limitarse a usar las palabras correctas.

El niño la interrumpió y dijo:

—También estoy aprendiendo qué tenedor usar.

—Los buenos modales en la mesa también forman parte de lo que significa ser una persona refinada. Pero creo que Lord Langley es más que capaz de trabajar en eso. Me gustaría ayudarte con algunas de las habilidades más sutiles. Por ejemplo, en el arte de la conversación.

—¿El arte de la conversación? —repitió Rat.

—Correcto. Un caballero debe ser capaz de conversar sobre diversos temas. Así pues, empecemos. ¿De qué te gustaría hablar?

Rat sopesó la pregunta, se enderezó un poco y dijo:

—Creo que un caballero siempre dejaría que una dama eligiera el tema. Así que, ¿de qué le gustaría conversar, Lady Pembroke?

La viuda sonrió ampliamente; el chico era realmente muy rápido. Langley había tomado una decisión acertada al decidir ser el mentor de Rat.

—Muy bien, jovencito. Esa es la respuesta correcta.

Veamos, ¿de qué me gustaría hablar? —preguntó la viuda, haciendo un gesto teatral al tocarse la boca con un dedo, como si estuviera filtrando mentalmente una enorme variedad de temas potenciales.

Finalmente, anunció: —Ya sé de qué podemos hablar.

Podemos hablar de una investigación que me han pedido que realice.

Rat se guardó para sí cualquier pregunta sobre por qué la condesa viuda estaba investigando por su cuenta. En su lugar, respondió:

—Me encantaría saber más sobre eso, milady.

Ahora que había logrado dirigir hábilmente la conversación hacia el tema elegido, la viuda se dio cuenta de que no estaba segura de cómo proceder.

Sabía que Rat había estado expuesto a más crudezas de la vida de las que ningún niño debería conocer.

No obstante, ¿sabría lo que era la sífilis?

¿Y cómo podría empezar a hablarle de semejante tema?

Sin embargo, ya tenía al chico allí, así que bien podría hacer un esfuerzo por discutir la investigación con él.

Respirando profundamente, la viuda preguntó:

—Rat, este no es normalmente un tema del que se deba hablar, particularmente mientras se toma el té y los bollos. Pero tengo que preguntarte, ¿sabes lo que es la sífilis?

El niño, orgulloso de sus conocimientos, dijo alegremente:

—Lo sé, milady. Son las bubas, ¿verdad? Lo sé porque solía oír a las fulanas hablar de ello cuando trabajaba, a veces, para la abadesa del convento.

La viuda no había oído esos términos antes pero, dado el contexto, podía imaginar lo que significaban. De hecho, esos eufemismos podrían resultarle útiles como forma de hablar sobre los temas bastante desagradables que necesitaba tratar con el niño.

—En efecto, eso es exactamente a lo que me refiero.

Verás, en la investigación que me han pedido que realice –quizá era una exageración, pero el niño no necesitaba confundirse con detalles irrelevantes–, mi clienta se ha casado con un caballero que no reveló que tenía bubas, como tú la llamas.

Esta dama quiere ahora acudir a los tribunales para obtener lo que se llama una separación legal para no tener que vivir con su marido —la viuda miró al niño, que parecía seguir la explicación bastante bien.

Continuó—: Me han pedido que ayude a proporcionarle las pruebas necesarias para llevarlas al tribunal —la viuda hizo una pausa y preguntó—: ¿Sabes lo que son unas pruebas?

—Oh, sí, milady. Recuerdo cuando a «Jack una oreja» lo pillaron robando a un ricachón, quiero decir, a un caballero.

Los bobbies se lo llevaron a rastras, mientras él gritaba que no tenían pruebas contra él.

Aunque no dijo eso; gritó que no tenían cómo pillarlo.

Pero mi padre me explicó lo que significaba.

—El niño se mostró melancólico durante un momento ante aquel recuerdo de su difunto padre.

Alegrándose de no tener que dar más detalles sobre los fundamentos, la viuda sintió curiosidad:

—Y bien, cuando esas fulanas hablaban de las bubas, ¿qué decían?

—Oh, ya sabe, que habían tenido un cliente que las tenía e intentaba fingir que era otra cosa. Uno le dejó un ojo morado a Cindy cuando ella no quiso darle servicio.

Normalmente, la viuda no toleraría una conversación tan vulgar. Pero se le ocurrió que, a pesar de no haber vivido ni una década completa, era probable que Rat supiera más sobre el tema que ella después de más de setenta años.

—Es interesante oírte decir eso, Rat. Me pregunto si el marido de mi clienta contrajo la enfermedad repugnante de una de esas, ¿cómo las has llamado? Una fulana.

—Podría ser, su señoría. A mí me caía bien Cindy.

Solía pasarme algo de comida para Melly a escondidas.

Cuando le pregunté por el ojo morado, me dijo que muchas de las fulanas de Londres están infectadas de arriba abajo, y que prefería un puñetazo en el ojo antes que morir por las bubas.

La abadesa de aquel convento, madre Sharpe, era muy estricta con esas cosas.

Revisaba a todas sus chicas para ver si tenían las bubas, y las echaba a la calle a la primera señal.

La viuda sabía que los hombres de su clase solían tener una amante.

Estaba segura de que su marido y su hijo habían tenido muchas a lo largo de sus vidas.

La mayoría de las mujeres de su círculo consideraban a esas amantes como algo más que un mal necesario y pensaban que les prestaban un servicio tanto a ellas como a sus maridos.

Si bien engendrar un hijo y heredero era una obligación, de hecho, normalmente el propósito de tales matrimonios, una vez que se lograba y quizá con un hijo de reserva en la habitación de los niños, por si acaso, la mayoría de las mujeres estaban encantadas de que las necesidades más básicas de sus maridos fueran atendidas en otro lugar.