Una madre peor 57
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La reunión de planificación del curso siguiente se celebra el jueves veintiséis de junio a las cinco de la tarde, en el aula de la AMPA, que es un aula normal de primero con las mesas pequeñas y las sillas pequeñas.

Somos ocho: Bego, cuatro vocalías, Sonia Valcárcel, la vocal de comedor y yo. Faltan dos que están de puente.

Sonia viene porque la Comisión tiene desde hace once años una secretaría técnica que ocupa quien esté en el departamento de orientación, y eso lo he leído en la caja veintiuno, en el acta de constitución, donde consta que se acordó así para dar rigor a las actuaciones.

Nos sentamos en sillas de niños de seis años, con las rodillas por delante del pecho y los bolsos en el suelo, al lado de las patas.

Es lo que hay: el aula de la AMPA es un aula de primero y en junio no hay otra libre.

Bego lleva doce años sentándose en sillas de niños de seis años y lo hace con una elegancia que no tenemos las demás.

—Media horita —dice—. Que hoy es día de piscina y hay que salir corriendo.

Hay una bandeja de pastas y una botella de agua con seis vasos de plástico. Las pastas son de la charcutería de la avenida y las trae siempre la misma vocalía, y llevan trece años siendo las mismas pastas.

Primer punto, lectura y aprobación del acta anterior. Se aprueba por asentimiento en cuatro segundos.

Segundo, cuentas. Me toca a mí.

Presento el cierre del ejercicio en cuatro minutos, con una hoja por cabeza, impresa por las dos caras y grapada en la esquina superior izquierda a cuarenta y cinco grados, que es como grapo yo desde hace doce años.

Ingresos, gastos, saldo, comparativa con el curso anterior, tres observaciones y una recomendación sobre los adelantos de las excursiones.

Sale un remanente de mil ochocientos doce euros con cuarenta, que es la primera vez en trece años que el remanente coincide con lo que hay en la cuenta.

—Es la primera vez en trece años que sabemos lo que tenemos —dice Bego—. Y esto es cosa de una.

Aplauden. Aplauden de verdad.

En un aula de primero del colegio Anglada, a las cinco y veinte de la tarde de un jueves de junio, siete mujeres sentadas en sillas de a treinta centímetros del suelo me aplauden por haber cuadrado unas cuentas.

Segundo punto, el archivo.

Se aprueba la propuesta de destrucción de duplicados, se aprueba la digitalización de las actas para el curso que viene con un presupuesto de trescientos euros y se me agradece por segunda vez.

Se pasa al tercer punto sin que nadie pregunte cuánto cuesta digitalizar trece años de actas.

Tercer punto, calendario.

Se fijan las fechas del curso que viene, todas, de septiembre a junio: desayuno benéfico el segundo martes de octubre, gala de otoño el último viernes de noviembre en el club de la carretera de La Coruña, mercadillo de Navidad el sábado antes de las vacaciones, cabalgata con la junta municipal, Día de la Paz, carnaval, excursión de la sierra a finales de febrero, gala de primavera en mayo y merienda de fin de curso el último viernes de junio.

Se discute ocho minutos si la gala de otoño sale mejor a ochenta o a noventa euros el cubierto. Se queda en ochenta y cinco.

Cuarto punto, vocalías.

Bego propone crear una vocalía de transparencia y cuentas, que no existía, y proponerme a mí para ocuparla.

—Y así lo tenemos atado, que si no el año que viene volvemos a las andadas y otra vez a pagar a una gestoría.

Se aprueba por asentimiento en once segundos y sin que nadie pregunte nada.

Yo digo que gracias, que encantada, y que lo que haga falta. Y lo digo en serio.

Quinto punto, seguimiento ordinario.

—Vamos con esto y acabamos, que son y veinte.

Sonia Valcárcel, que está sentada a mi derecha con la libreta abierta y con cuatro bolígrafos en paralelo encima de la mesa de un niño de seis años, y que en toda la reunión no ha dicho nada, empieza a escribir.

Repasan lo que hay, que son tres situaciones.

La situación de una familia de sexto que se resuelve sola porque el niño se va al instituto y ya no es cosa de este colegio.

La situación de otra que sigue igual, sobre la que se acuerda mantener la cercanía y a la que se ha ayudado dos veces con cargo al fondo.

Y la situación N., que se da por cerrada a efectos de esta Comisión con una frase de una línea y con la que Bego pide expresamente que se siga siendo cariñosas con la madre, que bastante tiene.

—Y para septiembre —dice Bego, cerrando la carpeta de anillas y dejándola encima de la mesa—, hay que empezar a mirar tercero.

—¿Tercero A?

—Tercero A. —Bego junta las manos—. Está el caso de la niña de L. M.

Nadie pregunta quién es L. M.

Yo tampoco pregunto quién es L. M.

En esta comisión no se dicen los nombres. Se dicen las iniciales y el curso, y todo el mundo sabe de quién se habla, y esa es exactamente la diferencia entre una organización que oculta algo y una organización que se ha acostumbrado a una forma de nombrar.

—El padre murió en marzo —dice una vocalía, bajando también el tono—. Muy joven. Un infarto en el gimnasio, un sábado por la mañana.

—Cuarenta y uno —dice otra—. Cuarenta y uno tenía.

—Y ella se ha quedado con la niña sola, sin nadie aquí, porque son de fuera. La familia está en Cáceres.

—¿Y cómo está la niña?

—Muy callada. —Bego lo dice bajando el tono, que es lo que hace siempre con lo que importa—. La tutora ya lo comentó en junio. Muy callada y muy formal, muy mayor de repente, ya sabéis lo que pasa.

Se hace un silencio corto de esos que en esta comisión significan que todo el mundo está de acuerdo.

Y yo, que llevo un año dentro de esto y siete meses sabiendo exactamente lo que es, tengo que decir aquí una cosa que no me favorece: en ese silencio no hay una sola mujer que esté disfrutando. Están todas preocupadas. Todas.

—Pues eso —dice Bego—. Yo propongo incorporarla al seguimiento ordinario desde septiembre, sin hacer nada raro, y que estemos cerca. Que no se nos quede sola, como pasa siempre.

Sonia escribe. Escribe con la cabeza baja y sin levantarla, y no ha levantado la cabeza en toda la reunión.

Yo miro la mesa de un niño de seis años que tiene pegada una pegatina de un dinosaurio en la esquina de arriba a la derecha, medio despegada.

Sé exactamente lo que acaba de pasar en esta aula de primero.

Acaba de elegirse el caso del curso que viene.

Lo sé con toda la precisión de la que soy capaz, que a estas alturas es mucha: acaba de aplicarse un criterio de admisión —un adulto, sin red, hija en el grupo— sobre una mujer de la que aquí nadie sabe absolutamente nada malo, y ese criterio lo ha propuesto una persona que está convencida, con toda su alma, de que está haciendo lo único decente que se puede hacer.

Y yo he pasado dos horas de un jueves de mayo sentada en una silla plegable, en un sótano, oyéndole explicar el criterio a la persona que lo aplica, y no le he podido encontrar el defecto, y a estas alturas ya sé por qué: porque no lo tiene.

El criterio es correcto. Lo que está mal es lo que se hace después.

—¿Alguna cosa más? —dice Bego, mirando el reloj—. ¿Alguien quiere añadir algo antes de que lo cierre Sonia? Que si no lo apuntamos ahora, en septiembre no se acuerda nadie.

Y entonces pasa la hoja.

Hay una hoja. Siempre hay una hoja.

Es la hoja de observaciones. Es una hoja normal, fotocopiada, con el membrete del AMPA arriba y con dos columnas: situación y observaciones del entorno . Va dando la vuelta a la mesa para que quien tenga algo lo apunte, y llega a mí la sexta.

En la fila de L. M. hay ya dos líneas escritas por otras manos, con dos bolígrafos distintos. Una dice, con letra grande: Muy formal la niña.

Otra dice, con letra pequeña y en azul: No la vemos en el parque.

La hoja me llega por la izquierda, de las manos de la vocal de comedor, que me la pasa sin mirarme porque está guardando el móvil.

Cojo el bolígrafo, que es de la Comisión y que llevaba puesto el capuchón.

Y escribo, en la tercera línea de la fila de L. M., con mi letra de los documentos que importan, la que no deja dudas al que lee, con la misma letra con la que puse SARA NOGUERA en una ficha de contactos de emergencia hace diez meses, cuatro palabras:

Los lunes llega tarde.

La hoja sigue su camino hacia la izquierda y Sonia la recoge al final de la mesa y la grapa detrás del acta.

A las cinco y cuarenta y cinco recogemos. Se apilan las sillas de niño de seis años, se guardan los vasos de plástico y alguien se lleva la bandeja de pastas con las cuatro que quedan.

Y en el pasillo de administración, con la mitad de las luces ya apagadas, Bego se pone a mi altura.

—Oye.

—Dime.

—Que este año ha ido todo muy limpio.

Lo dice mirando al frente, con la carpeta debajo del brazo.

—¿Limpio?

—Muy limpio. En trece años nunca se me había cerrado un curso así. Ni una madre gritando en la puerta, ni un correo al director, ni una abogada llamando a secretaría, ni un anónimo de esos que llegan en mayo. Nada. —Se para en el primer escalón—. Y las cuentas cuadradas al céntimo.

—Eso es bueno.

—Eso es buenísimo.

Y me mira. Me mira un segundo más de lo que dura mirar a alguien en una escalera.

—Que descanses, cielo. Y gracias por todo, de verdad. Por todo.

Baja los escalones de dos en dos, que no sé cómo lo hace con esos zapatos.

En mi trabajo, cuando alguien te dice que un ejercicio ha salido demasiado limpio y a continuación te da las gracias, ha pasado una de dos cosas. O no ha visto nada. O ha llegado hasta el anexo, ha leído el encabezado a medias y lo ha soltado.