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El Punto de Encuentro Familiar de Hortaleza está en la planta baja de un edificio municipal de ladrillo visto, entre un centro de mayores y una biblioteca, y tiene una placa pequeña al lado de la puerta que no dice lo que es.
La visita del diecinueve de junio es de cinco a seis, y a las cinco menos cuarto, en la sala de espera, estamos siete personas.
Estoy yo con Emma, en las sillas tres y cuatro empezando por la izquierda.
Está una pareja joven con un bebé y con una carpeta de anillas.
Está un señor mayor solo, con corbata y con un paquete envuelto encima de las rodillas, que lo sujeta con las dos manos y no lo suelta en cuarenta minutos. Está una educadora que entra y sale.
Y está Raquel Ordóñez, de pie junto al mostrador, hablando con alguien de dentro por una ventanilla, con la carpeta de siempre debajo del brazo y el bolso de tela colgado.
Me ve. Levanta la barbilla dos centímetros, que es su manera de saludar, y sigue con lo suyo, que consiste en preguntarle una cosa a la persona del mostrador y apuntarla.
Sara ya está dentro.
Sara siempre está dentro. Llega media hora antes, se sienta en su silla —la misma, la de la izquierda de la mesa, la que da a la puerta— y espera.
Eso me lo contó ella en una cafetería de la calle Cartagena hace cinco semanas, con una carpeta de gomas azul encima de la mesa, y lo contó con orgullo, como quien cuenta una disciplina.
A las cinco menos cinco llega Bruno Noguera con Patricia Falcón.
Vienen andando desde el aparcamiento, por la acera, a la misma velocidad. Bruno lleva la mochila del colegio con las dos correas y una bolsa de tela. Patricia lleva las llaves del coche en la mano y va hablando con él de una cosa de un examen.
En la puerta, Patricia se para, se agacha un poco para ponerse a su altura y le dice algo que dura cuatro o cinco segundos. Bruno asiente dos veces. Ella le arregla el cuello de la camiseta, con dos dedos, un gesto de nada.
Después Bruno entra por la puerta él solo y ella se queda fuera, en la acera, y se apoya en la pared con el móvil en la mano y no lo mira.
Y eso hace Patricia Falcón durante la hora entera. Se queda en la acera. Ni entra en la sala de espera, ni se sienta, ni saluda a nadie.
Emma entra a las cinco y cinco con su bolsa de tela y con el cuaderno de los barcos que le compré el lunes.
Y yo me quedo en la sala de espera con la pareja del bebé, el señor de la corbata y el dispensador de agua, y a mí me quedan cincuenta y cinco minutos.
La puerta de la sala grande da a un pasillo corto y no cierra bien. Es una puerta con muelle que se queda a dos dedos, y por esos dos dedos, si en la sala de espera no habla nadie, se oyen trozos.
No se oye una conversación. Se oyen trozos: una risa, el nombre de alguien, una silla.
A las cinco y treinta y cinco, con la sala de espera en silencio porque el bebé se ha dormido, se oye a Bruno.
Se le oye porque levanta la voz medio tono, no porque grite. Es una voz de niño de diez años haciendo una pregunta que lleva preparada desde hace mucho y que ha estado esperando a que su madre estuviera contenta para hacerla.
—Mamá.
—Dime.
—¿Es verdad que te dormiste?
Y hay tres segundos.
Tres segundos en los que en la sala de espera del Punto de Encuentro Familiar de Hortaleza no se mueve absolutamente nadie.
Tres segundos en una sala en la que hay una madre, un hijo, una niña de diez años y una educadora sentada en una esquina tomando notas.
—Sí —dice Sara—. Me dormí.
Y no dice nada más.
Y él no pregunta nada más, y a los cuarenta segundos vuelve a oírse una silla, y una risa, y el ruido de un cuaderno de cuadros al que alguien le pasa una hoja.
Yo estoy sentada en la tercera silla empezando por la izquierda de la sala de espera del Punto de Encuentro Familiar de Hortaleza, con el bolso en las rodillas y las dos manos encima del bolso, y no me muevo.
Cuatro sillas más allá, el señor de la corbata mira su paquete.
Y Raquel Ordóñez, que sigue de pie junto al mostrador y que también lo ha oído, porque lo ha oído todo el mundo, se gira despacio y me mira.
Un segundo. Uno y un poco. Yo cuento las cosas y ese lo cuento.
No hay nada en esa cara: ni reproche, ni sospecha, ni lástima. Es la cara de una mujer que acaba de oír una cosa y que la está poniendo en un sitio.
Después vuelve a lo suyo, termina con la persona del mostrador y a los dos minutos se va por el pasillo con su carpeta debajo del brazo.
A las cinco y cincuenta y cinco, la pareja del bebé sale y se va. A las seis menos dos, el señor de la corbata entra por el pasillo con su paquete y no vuelve.
A las seis en punto se abre la puerta de la sala y salen.
Emma sale primero, con la cara normal. Detrás sale Bruno, que se despide de Emma con la mano desde tres metros y se va hacia la puerta, donde Patricia le abre y le pone la mano en la espalda.
Y detrás, la última, sale Sara.
Sara Noguera lleva una blusa de verano que le queda grande por los hombros y el pelo recogido con la pinza, tirante, sin un mechón fuera. Trae en la mano un paquete.
Viene directa por el pasillo. No mira a la educadora, no mira a la sala de espera, no mira a nadie más.
—Toma —dice—. Es para Emma.
No dice hola. No pregunta qué tal. Lo dice con el paquete ya extendido, con las dos manos.
—Sara...
—Es de ayer. Que ayer cumplió diez.
—Ya.
—Diez años. Yo la conozco desde que tenía tres.
Es un paquete pequeño, rectangular, de los de libro, plano, y pesa lo que pesa un libro de bolsillo de segunda mano.
Está envuelto en papel de estraza, del marrón, y encima del papel de estraza hay dibujado a mano, con rotulador negro, un pulpo con ocho brazos que sostiene ocho cosas distintas, y una de las ocho es un libro.
Y está atado con un lazo de rafia de color crudo, del que se vende en las papelerías por metros.
El lazo está perfecto. Está hecho con las dos gasas iguales, del mismo largo, con el nudo centrado y las puntas cortadas en diagonal a la misma medida.
Lo cojo con las dos manos, que es como se coge lo que se entrega así.
—Gracias. Se lo doy esta noche, en cuanto lleguemos.
—Vale.
Emma está a cuatro metros de nosotras, de espaldas, poniéndose la mochila con las dos correas y hablando con la educadora de la estantería de los juegos.
Y Sara me mira.
No me mira como me miró en la cafetería. No me mira como me ha mirado en veinte años.
Me mira desde treinta centímetros, en un pasillo, con las manos ya vacías, sin levantar la voz, sin acercarse más y sin ninguna cara concreta.
—Lo sé —dice.
Dos palabras. Dos.
No dice qué sabe, no dice desde cuándo, no dice cómo, no dice quién se lo ha dicho, y no dice nada más en toda su vida sobre este asunto.
No dice «porque».
Y hay una versión de este momento en la que yo pregunto qué. Hay una versión en la que digo ¿el qué? , con la cara de no entender, que es una cara que sé poner y que he puesto en cuarenta salas de reuniones.
Yo no pregunto qué.
Sara se ajusta el bolso en el hombro, se gira hacia la puerta y se va, y por el camino le dice adiós a Emma y le dice que se ha hecho mayor, y Emma le dice adiós.
Volvemos a casa. Once minutos y medio en coche, con la ventanilla bajada porque hace calor.
Emma abre el paquete en el sofá, con la tijera de la cocina, cortando el papel por el lado en vez de romperlo, para que el pulpo no se rompa.
Es un libro de bolsillo sobre embalses y presas de la Comunidad de Madrid, de segunda mano, con el sello de una librería de viejo en la contraportada, con una dedicatoria en la primera página que Emma lee sola y que yo no leo.
Y en la mesa baja del salón, encima del papel de estraza que mi hija ha doblado en cuatro con el pulpo hacia arriba, queda el lazo de rafia entero, sin deshacer, cortado por un lado.