Una madre peor 58
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El último viernes de junio amanece a veinte grados, sin una nube, y la merienda de fin de curso empieza a las cinco en el patio.

Emma se levanta a las siete menos veinte, sin despertador, y cuando salgo al pasillo huele a mantequilla.

Esta vez no me pone de pie antes de estar despierta. Esta vez ya lo sabía.

Está subida al taburete, con el delantal de rayas de su padre, que ya no le queda tan largo, dándole la vuelta a una tortita con la espumadera y con el fuego al dos.

—Buenos días.

—Buenos días. Hay cuatro.

—¿Y eso?

—Es que sobraba masa de ayer.

Miro el reloj del microondas, que va cuatro minutos adelantado desde que lo compramos y que nadie ha ajustado nunca.

Son las siete y veintitrés. No son las siete y doce ni las va a volver a ser: la broma de su padre era para los domingos y para un jueves de febrero, y hoy es el último viernes de junio y hay tortitas porque sobraba masa.

Nos sentamos.

Ha puesto la mesa: dos platos, dos vasos, el azucarero, el zumo ya servido y dos servilletas de papel dobladas en triángulo, cada una debajo de su tenedor.

Las tortitas están buenas y están normales: ni gordas ni pálidas, iguales las cuatro, con el borde redondo, y nos las comemos las dos sin hablar mucho, con la radio puesta y dando el parte de las carreteras, y a las siete y cuarenta ella se va a vestirse, con la ropa que dejó anoche preparada en la silla por orden de puesta, y yo friego.

En la nevera, a la altura de mis ojos, sujeto con el imán de Alicante, hay un dibujo.

Lo puso el martes diecisiete, cuando volvió de Alicante, sin decir nada y sin enseñármelo: entró en la cocina, lo puso con el imán y se fue a deshacer la maleta.

Es un folio blanco, A4, apaisado, hecho con ceras de las gordas, de las que hay en las cajas de los colegios.

Abajo, una franja verde de un solo trazo ancho, de lado a lado del folio, sin levantar la cera. Arriba a la derecha, un sol amarillo con siete rayos repasados dos veces. En el centro, una casa con la puerta, dos ventanas y un humo en espiral.

Y delante de la casa hay dos figuras.

Una pequeña, con el pelo largo y un vestido azul, con los cinco dedos de cada mano contados y separados uno a uno.

Y una grande, con el pelo hasta los hombros y una falda ancha.

Y de la mano de la figura pequeña sale una raya que llega hasta la mano de la figura grande.

Esa raya está repasada tres veces con la cera marrón, apretando, para que se vea bien que es una mano cogida y no una línea que pasa por ahí.

No falta nadie.

No hay ningún hueco, no hay ningún corte, no hay ninguna tijera, no sobra nada y no se ha llevado nada de la franja verde. Está el sol, está la casa, está el humo, está el suelo y están las dos.

Es el mismo dibujo.

No uno parecido. El mismo. Es exactamente el mismo dibujo, con el mismo sol de siete rayos y la misma casa y la misma franja de un trazo, hecho ocho meses después por la misma mano, con la figura que faltaba puesta en su sitio y cogida de la mano.

Mi hija dibuja exactamente lo que hay que ver.

En su cuarto, en la balda de arriba, encima de la fila de peluches por tamaños y al lado del cocodrilo Ramón, que sigue sin lavarse y sin verde en la tripa, hay una caja de zapatos.

Lleva ahí desde el veinticinco de abril.

Dentro está una ciudad desmontada por barrios, cada barrio en su bolsa de congelados, con el censo encima y con el tratado doblado en cuatro debajo del censo.

Encima de la caja, suelta, sin ninguna bolsa, hay una pieza de Lego roja de dos por cuatro.

Guárdamelo, dijo. Y ahí está, guardado.

El último día de colegio dura hasta las dos. La recojo a las dos y cinco en la puerta con el resto de las madres, y sale con dos bolsas: la mochila y una bolsa de tela con todo lo que ha traído de la clase, los cuadernos del curso, una planta en un vaso de yogur y el mural de Neptuno enrollado.

Comemos macarrones. Duerme una siesta de cuarenta minutos en el sofá, con la tele puesta, que no duerme la siesta nunca.

A las cinco de la tarde, con el pelo recogido y la trenza que se ha hecho ella esta mañana ya medio deshecha, vamos a la merienda.

Llevo bizcocho.

Lo llevo porque me toca: en la lista de aportaciones me apunté en la casilla de dulces y lo hice de yogur y limón, que gusta a todo el mundo y no lleva frutos secos.

El patio del colegio Anglada huele a protector solar y a césped recién cortado, y hace treinta grados, y llevo el mismo vestido que llevaba el último viernes de junio del curso pasado.

Hay tres mesas con manteles de papel, una pancarta hecha por los de quinto y un bidón de tapones.

Bego Arístegui coloca mi bizcocho en el centro de la mesa de los dulces —los dulces a la derecha, los salados a la izquierda, aunque la gente se lía igual— y me coge del antebrazo y me dice que se nota que yo no compro nada hecho.

A las seis y media reparten los diplomas de las extraescolares. Emma recoge el de biblioteca, que es un folio con un marco impreso y su nombre puesto a ordenador, y se lo lleva al coche antes de que se arrugue.

A las siete menos cuarto, Bego pide un momento de atención con dos palmadas suaves.

Habla del verano, del material de plástica, de los ochocientos euros que ha sacado la recogida de tapones, de las obras del gimnasio y de lo bien que se ha portado este curso.

Y después dice que hay una cosa pequeña, que no quiere ponerse seria porque es una fiesta, y que solo quiere que un compañero de cuarto B se lleve de aquí lo importante: que este colegio es su casa, que aquí se le quiere y se le va a seguir queriendo, esté donde esté.

Bruno Noguera está de pie junto a la mesa de los salados, con su camiseta del equipo, la buena, entre dos amigos y con un vaso de plástico en la mano.

Patricia Falcón está tres metros por detrás, con un vaso de plástico en la mano.

Bego levanta las dos manos por encima de la cabeza y empieza a aplaudir.

Y el patio entero la sigue, porque los aplausos son la parte de las fiestas que mejor nos sale y porque llevamos toda la vida entrenando.

Aplauden las madres que trajeron tupper y las que trajeron solo apetito, aplauden los niños sin saber a qué, aplaude Loles desde la puerta de secretaría, aplaude Sonia Valcárcel desde el final del patio, a la altura del pecho, sin levantar los brazos.

Bruno no aplaude.

Se queda con el vaso en la mano, se mira las zapatillas y se sube un poco los calcetines, y después busca a alguien por encima del ruido y no encuentra a nadie, porque la persona a la que busca no puede estar en este patio.

A mi lado, con el vaso de zumo en la mano y la trenza que se ha hecho ella sola esta mañana, Emma cuenta los aplausos moviendo apenas los labios.

Aplaudí con las demás. Me salió un aplauso limpio, de los que se oyen.

Volvimos a casa a las ocho y veinte con dos táperes de comida que sobró, cenamos macarrones y Emma se acostó a las diez porque era viernes y porque ya estábamos de vacaciones.

Y después me senté en la mesa camilla de la madre de mi marido, encendí el flexo y saqué del bolso el acta de la reunión de planificación del veintiséis de junio, que Sonia había pasado a limpio y me había entregado esa misma tarde en el patio, entre el bizcocho y los aplausos, doblada en dos y sin decir una palabra.

La leí entera, de pie, antes de sentarme.

Está bien redactada. Tiene sus siete puntos, sus asistentes, su hora de cierre —las 16:40— y su fórmula final.

Y en el punto quinto, en la línea tercera, con la pasiva refleja de siempre y con las iniciales en lugar del nombre, pone que se acuerda incorporar al seguimiento ordinario, desde el mes de septiembre, la situación de la familia L. M., de tercero A.

Debajo va la hoja de observaciones del entorno, con sus dos columnas y sus tres líneas, la tercera escrita con mi letra.

Cuadré las dos hojas contra la mesa camilla golpeando el canto dos veces y las grapé en la esquina superior izquierda, a cuarenta y cinco grados.

Y guardé el acta en su carpeta. Soy muy buena con los expedientes.