54
La visita del jueves cinco de junio dura una hora y yo estoy fuera.
Llegamos quince minutos antes, con el DNI y con el libro de familia, como me dijeron.
La sala de espera del Punto de Encuentro Familiar de Hortaleza tiene ocho sillas de plástico gris, una mesa baja con revistas de hace tres años y un dispensador de agua que funciona.
Emma entra a las cinco y cinco y sale a las seis menos cuarto, cuarenta minutos después.
—¿Qué tal?
—Bien. Hemos jugado a los barcos y he ganado yo.
—¿Y Bruno?
—Bien.
En el coche me cuenta que en el Punto de Encuentro hay una estantería con juegos y que están todos mal colocados, con los de mesa mezclados con los de construcción, y que se lo ha dicho a la educadora.
No pregunto nada más. Ella no cuenta nada más.
Sara estaba dentro cuando llegamos y seguía dentro cuando nos fuimos. No la vi. Eso también lo apunto, porque a estas alturas apunto todo: el jueves cinco de junio, con mi hija a doce metros de Sara Noguera durante cuarenta minutos, yo no la vi.
El cuaderno lo cojo el domingo quince de junio a las once y veinte de la mañana, con Emma en casa de mi madre en Alicante desde el viernes y hasta el martes, que es la primera vez en nueve años que mi hija duerme cuatro noches fuera de esta casa.
Entro en su cuarto a las once y veinte y salgo con él a las once y veintiuno.
Lo cojo de la balda de los libros, entre el atlas y la carpeta de gomas, con dos dedos, tirando hacia arriba. Le quito la goma elástica en el pasillo.
Es un cuaderno de cuadros de tamaño cuartilla, de los de tres euros, con las tapas de cartón, con una goma elástica negra que ya ha perdido la tensión y con dos palabras escritas en la tapa con rotulador negro, en mayúsculas, con la ese del revés:
COSAS VERDAD Tiene ciento veinte hojas y están escritas ciento seis.
Empieza el cuatro de marzo de hace dos años, once días después del entierro, con la letra de una niña de siete años, con la ese del revés y con el renglón torcido porque el cuaderno no tiene pauta, y la primera entrada dice:
Papá se murió el 21 de febrero a las seis y veinte de la mañana en el hospital de La Paz.
Y la segunda dice:
La ambulancia tardó catorce minutos.
Y la tercera:
Dicen que está en un sitio mejor. Eso no es verdad y no hay que decirlo.
Ciento seis hojas y cuatro años de una vida, porque las primeras están escritas con siete y las últimas con nueve, y en medio la letra cambia dos veces.
Las primeras cuarenta son de aquel año y son sobre él: lo que decía, cómo se llamaban las canciones, de qué color eran las zapatillas con las que lo llevaron, qué día era cuando pasó cada cosa.
Hay una lista de catorce frases suyas, numeradas del uno al catorce, con la fecha de cuándo las dijo cuando la sabe.
Hay un plano del cementerio del Sur, hecho a mano con regla, con la calle tercera marcada con una equis y con la distancia desde la puerta contada en pasos.
A partir de la hoja cuarenta y uno, que es de septiembre del curso pasado, empiezan las otras.
Y ahora hay que decir esto, y hay que decirlo con la cuenta hecha y con los dos números delante, porque llevo un año haciendo cuentas y ya no sé leer de otra manera: en las sesenta y cinco hojas restantes hay, a ojo, cuatrocientas y pico entradas fechadas.
El anexo del expediente tiene ciento cuarenta y tres.
He pasado dos horas cotejando. Dos horas, con las once fotografías de mi móvil abiertas en el portátil y el cuaderno abierto encima de la mesa camilla, marcando en un folio aparte cuáles de las cuatrocientas y pico están y cuáles no.
Y lo que sale es esto, y lo pongo en la única forma en que sé ponerlo, que es en dos columnas: las que están y las que no.
Están todas las de la cena tirada, las del grifo, las de las lagunas, las de los días organizados, las de las horas raras, las de la ropa puesta, las de las llamadas.
No está ninguna de estas:
Mamá me ha hecho la coleta y me ha salido recta.
Mamá ha venido a las cinco menos diez. Nunca viene a las cinco menos diez.
Hoy me ha dejado poner yo el semáforo de la nevera.
Ha cantado mal a propósito para que me riera y se lo he dicho y ha dicho que no.
Cuando tuve fiebre me puso paños toda la noche y por la mañana estaba sentada en el suelo.
Mamá sabe cuántos litros caben en el embalse porque lo miró.
No se le olvidó lo de la biblioteca.
Mamá lo apunta todo. Yo también.
Cuatrocientas y pico entradas, de las cuales alguien eligió ciento cuarenta y tres.
Sigo hasta el final.
La última entrada del cuaderno tiene fecha del veintiséis de abril, que es el día siguiente al día en que un Seat blanco giró a la derecha en la esquina de la calle de Sara con los cuatro intermitentes puestos, y dice, entera:
26 de abril. Ya no apunto más.
Después hay catorce hojas en blanco.
Catorce hojas en blanco y una goma elástica que sigue puesta alrededor de un cuaderno que ya no se abre.
Lo tengo cuatro días encima de la mesa camilla, debajo de la lámpara, con la goma puesta.
Vuelvo a su cuarto el martes por la noche, cuando ya ha llegado de Alicante, cuando ya ha deshecho su maleta y ha guardado la ropa por tipos y se ha duchado, y cuando la casa está en su punto de reposo.
Pongo el cuaderno en la balda de los libros, entre el atlas y la carpeta de gomas, con la goma elástica alrededor y con el lomo a la altura del canto de los libros, exactamente donde estaba, girado los mismos grados.
Y cuando me giro, mi hija está en la puerta de su cuarto con el pijama puesto y el pelo húmedo.
No sé cuánto tiempo lleva ahí. No la he oído llegar por el pasillo, y en esta casa se oye todo.
Nos miramos cuatro segundos.
En esos cuatro segundos ella no mira la balda, no mira el cuaderno y no mira mis manos. Me mira a la cara. Y yo le miro la cara a ella, que es la cara de su padre con mis ojos.
Aquí hay una versión en la que yo digo algo.
Hay una versión en la que digo lo he leído , o lo siento , o ¿por qué?
, o ¿qué te hice yo aquella noche? . Hay una versión en la que me arrodillo en el suelo de este cuarto y le pido perdón a mi hija de nueve años y las dos lloramos y esto se acaba de otra manera.
Y hay otra versión, que es la que ocurre, en la que dos personas que se parecen mucho se miran cuatro segundos en la puerta de un cuarto y ninguna de las dos abre la boca, porque las dos saben exactamente lo que pasaría si alguna la abriera, y porque las dos han decidido, cada una por su cuenta y sin consultarlo, que este asunto se queda sin declarar.
Emma pasa por delante de mí. No me esquiva: pasa por delante, a treinta centímetros, con el pijama de verano y las zapatillas, y va al baño.
La sigo hasta el pasillo, porque no sé qué otra cosa hacer con el cuerpo a las diez menos veinte de un martes, y desde el pasillo la veo.
Está de pie delante del espejo, con la luz encendida, con una goma en la muñeca y con la puerta abierta del todo.
Y se hace la trenza.
Se la hace ella sola, a ciegas, con las manos por detrás de la cabeza, cogiendo tres mechones y pasando el de fuera por encima del de en medio, apretando, bajando, cogiendo otra vez, con los codos altos y la cara muy seria en el espejo.
Tarda casi seis minutos. Se le escapa dos veces y las dos veces se deshace lo hecho y vuelve a empezar desde arriba, sin quejarse.
Se le escapa una tercera vez y esa la arregla sin volver a empezar, metiendo el mechón por debajo.
Le sale.
Le sale una trenza de raíz un poco gorda y un poco torcida, con un mechón suelto por delante, y se pone la goma con dos vueltas, y después se gira a un lado y a otro delante del espejo para verse por detrás.
Y en el espejo del baño de mi casa, a las diez menos veinte de la noche del martes diecisiete de junio, estamos las dos: ella delante, mirándose la trenza; yo detrás, en el marco de la puerta, a metro y medio, con las manos vacías.