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No duermo la noche del diez al once de junio y no lo digo como se dice: no duermo nada.
A las dos de la madrugada tengo hambre. A las tres se me queda dormido el brazo derecho de estar en la misma postura. A las cuatro y veinte, cuando me levanto por fin, me mareo dos segundos al ponerme de pie, que es lo que pasa cuando una lleva dieciocho horas sin comer de sentarse.
Emma se acuesta a las nueve y media. Le firmo la agenda, le apago la luz y le dejo la puerta al palmo.
Me acuesto a las once y media, con la persiana bajada y el despertador puesto a las cinco y cuarenta, y a la una y veinte dejo de intentarlo y enciendo la luz de la mesilla y la vuelvo a apagar.
Me quedo boca arriba, con las manos encima de la sábana y la persiana dejando entrar la línea naranja de la farola, y a partir de ahí el asunto se plantea solo, en el idioma en el que yo planteo los asuntos, porque a la una y veinte de la madrugada uno no elige el idioma.
Objeto de la revisión: determinar si la interesada tuvo conocimiento previo del contenido del anexo II del expediente de orientación de fecha veintidós de octubre en el momento de adoptar su decisión de fecha veintiocho de noviembre.
Interesada. Es la palabra que usamos. Es la palabra que ponen los organismos de este país en el encabezado de todos los expedientes que destrozan a alguien.
Tres hipótesis. Las planteo a oscuras y las voy poniendo en orden, y a las dos menos veinte me doy cuenta de que las estoy numerando en voz baja.
Hipótesis A: no lo sabía.
El veintitrés de octubre, a las nueve y media de la mañana, en el despacho de Sonia Valcárcel, se me entregó una copia parcial del expediente.
Diez o doce folios sin grapar. Al final había un anexo grapado aparte, con la letra apretada de una transcripción y unos guiones al principio de cada párrafo.
Lo levanté con el pulgar, leí el encabezado a medias y lo solté.
Si eso es lo que pasó, entonces el veintiocho de noviembre yo elegí a Sara Noguera por siete criterios objetivos y la coincidencia con la ficha del veintidós de octubre es una coincidencia.
Una coincidencia enorme y perfectamente posible, porque los dos hicimos la misma operación con los mismos datos: mi hija y yo miramos a las mismas personas, aplicamos criterios distintos y llegamos a la misma mujer.
Ella porque era la casa donde no pasa nada.
Yo porque era la única que cumplía los siete.
La hipótesis A tiene un defecto y es grave: se sostiene exclusivamente en mi declaración.
No hay un solo elemento externo que la corrobore. No hay un testigo, no hay un registro, no hay una huella. Solo está lo que yo digo que hice con el pulgar durante siete u ocho minutos un veintitrés de octubre.
En un procedimiento, a un elemento así se le llama manifestación no corroborada, y su valor probatorio es cero. Cero exacto. No es poco: es cero.
Hipótesis B: lo sabía porque lo leí.
Esta es la hipótesis que en cualquier expediente ajeno yo daría por probada en cuatro minutos.
El anexo estaba en aquella carpeta. La ficha de las cuatro preguntas se hizo el veintidós por la mañana y yo tuve la copia en las rodillas el veintitrés por la mañana, veinticuatro horas justas después, en un despacho de la planta baja de ese mismo edificio, durante siete u ocho minutos.
Yo digo que pasé esos folios en diagonal.
Yo he dedicado doce años a explicar, en salas con proyector, que una persona que afirma no haber leído un documento que tuvo en las manos está haciendo la única alegación que no se puede verificar ni desmentir, y que por eso es la que hace todo el mundo.
Tengo una diapositiva sobre eso. La diapositiva cuatro.
Pongo un ejemplo de un fondo de inversión que se hundió porque nadie abrió el anexo tres, y cuando lo cuento la gente se ríe.
Hipótesis C: no lo leí y lo sabía igual.
Esta es la que no se puede plantear en ningún procedimiento del mundo y la única que a las tres de la madrugada tiene cuerpo.
El cepillo de dientes en el vaso del baño de Sara, rosa, de cerdas duras, del mismo paquete de dos que compro yo en la farmacia de la esquina de mi trabajo, seco, con las cerdas abiertas de tres o cuatro semanas de uso.
La trenza de raíz que duraba hasta el domingo por la noche porque mi hija dormía de lado para cuidársela.
Ojalá viviéramos aquí , dicho dos veces en un mes: la primera para ganar diez minutos y la segunda sin broma, en un pasillo, sentada en el suelo, atándose una zapatilla y sin mirar a nadie.
Un teléfono de nueve dígitos aprendido de memoria en julio, en unas vacaciones, antes de que existiera absolutamente nada de todo esto, y recitado en un coche en enero sin la pausa de quien reconstruye un número por partes.
Por si acaso.
Y el funeral de mi marido, hace veintisiete meses, cuando había ochenta personas de pie en una sala del tanatorio de la M-30 y mi hija de siete años cruzó esa sala entera, con su abrigo azul, pasando entre las piernas de la gente, y fue a darle la mano a Sara.
Ninguna de estas cuatro cosas es una prueba.
Las cuatro juntas son exactamente la clase de material del que yo vivo. Cuatro elementos independientes, de fuentes distintas, separados en el tiempo y convergentes en un mismo punto. Yo he cobrado dos millones cuatrocientos mil euros por menos que esto.
Son las tres y cuarenta de la madrugada del once de junio.
Quedan diecisiete días de curso y queda la merienda del último viernes, que está fijada en el acta desde abril.
Me levanto. Voy a la cocina descalza, por el pasillo, pasando por delante del enchufe. No enciendo la luz grande: enciendo la de la campana.
Y de pie, descalza, delante del fregadero, con un vaso de agua que no me estoy bebiendo y con la lucecita naranja del pasillo a mi espalda, lo que hay es esto, y lo escribo entero porque llevo doscientas noventa páginas escribiéndolo todo entero: yo lo que quiero es que hubiera puesto otro nombre.
Cualquier otro. Que hubiera puesto el de Nieves, o el de la abuela de Alicante, o el de una profesora de gimnasia, o el de Loles la de secretaría.
Cualquier nombre del mundo menos ese, porque si en ese renglón pusiera otro nombre yo estaría limpia.
Yo habría elegido por criterios, yo no habría sabido nada, yo sería una mujer que hizo una cosa monstruosa por su hija y no una mujer que le hizo a su hija un favor que su hija había pedido por escrito treinta y siete días antes.
Eso es lo que quiero a las tres y cuarenta de la madrugada del once de junio, descalza, en mi cocina, con un vaso de agua en la mano: que mi hija hubiera elegido a otra.
Y sé perfectamente lo que significa querer eso, porque significa que lo volvería a hacer igual y por el mismo precio, y que lo único que estoy negociando a estas horas, en mi cocina, es el papeleo.
Me bebo el vaso de agua entero, de pie, delante del fregadero.
Vuelvo al salón. Enciendo el flexo. Abro el portátil y abro el documento.
21feb_revisión.docx. Archivado el cinco de junio, motivo: defecto no subsanable en la fuente.
Lo abro, bajo al final del documento, dejo dos líneas en blanco y añado un apartado nuevo con su numeral y su título.
Escribo el objeto con sus fechas. Escribo el alcance y el periodo, que son cinco semanas. Escribo las fuentes, que son dos: la declaración de la interesada y un anexo que la interesada afirma no haber leído.
Escribo las tres hipótesis, numeradas, cada una en dos líneas. Escribo, en el apartado de limitaciones, que la revisión se practica sobre un único sujeto y por el propio sujeto, lo que compromete la independencia del revisor.
Y escribo, en el apartado de valoración, que ninguna de las tres puede ser descartada con la información disponible, que la primera depende íntegramente de la declaración de la interesada, que la segunda no admite verificación ni desmentido y que la tercera no es susceptible de prueba.
Y escribo la conclusión, que se escribe sola, porque en doce años solo he tenido que usarla dos veces —una en dos mil dieciocho y otra en dos mil veintidós— y las dos veces me dio una rabia que me duró meses:
Conclusión: no procede pronunciamiento. Motivo: indeterminable.
Y debajo, porque en un expediente siempre hay que poner debajo quién lo firma, escribo mi nombre y mis dos apellidos.
Guardo. Cierro el documento. Cierro el portátil. Apago el flexo.
Son las cuatro y veintidós. Faltan tres horas y dieciocho minutos para que suene mi despertador.
A las siete menos veinte mi hija se levanta sola, sin despertador, y va a la cocina a hacerse el desayuno, y a las ocho y cuarto está en el recibidor con la chaqueta puesta y la puerta abierta.