Una madre peor 52
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El archivo de la Comisión de Bienestar y Convivencia del AMPA del colegio Anglada queda terminado el martes diez de junio, veintitrés días después de que empezara.

Han sido dieciocho tardes de dos horas, dos sábados enteros y una noche, y en la hoja de cálculo del inventario hay tres mil doscientos cuarenta y un registros.

Treinta y siete cajas convertidas en veintidós, ordenadas por serie y por fecha, con etiqueta impresa en dos caras, con un código de tres letras por serie y un número correlativo, con un inventario de cuarenta y una páginas en papel y en hoja de cálculo, y con una nota de conservación de dos folios en la que se recomienda destruir once kilos de duplicados y digitalizar las actas antes de que el sótano se las coma.

Bego baja el lunes nueve por la tarde, mira el pasillo, mira las etiquetas, dice madre mía dos veces, me da un beso y me pregunta si le puedo hacer lo mismo con lo de su casa.

Lo he hecho bien.

Es un buen trabajo. Es, sin ninguna duda, el mejor trabajo de archivo que he hecho en mi vida, porque es el único que he hecho sin cobrar y sin un plazo, y porque en esas dieciocho tardes bajar a ese sótano era la única parte del día en la que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Cualquiera que abra esas cajas dentro de veinte años, sea quien sea y busque lo que busque, va a saber en cuatro minutos lo que tiene delante y en diez va a poder encontrar cualquier documento por fecha, por serie o por asunto.

La última caja es la treinta y siete, que era la cuarta de las precintadas y que dejé para el final por método.

Dentro hay seis carpetas de gomas, un sobre vacío y una etiqueta pegada en la tapa interior, escrita a rotulador, con una letra que no es la de Bego:

ORIGINALES. NO FOTOCOPIAR. NO SALE DE AQUÍ.

Las cinco primeras carpetas son exactamente lo que tienen que ser: originales de documentos que en algún momento se fotocopiaron y se remitieron a algún sitio y que después nadie supo dónde poner.

Cartas manuscritas de familias, once en total, la más antigua de dos mil quince y la más reciente de hace dos cursos.

Un cuaderno de recaudación de dos mil catorce con las cuentas del viaje de fin de curso.

Tres fotografías en papel con anotaciones por detrás.

Dos certificados de una fundación. Un sobre con quince fotocopias de un DNI.

La sexta carpeta es más gruesa y más nueva que las otras cinco, con las gomas todavía elásticas, y pone, con rotulador negro: Entrevistas de orientación. Curso actual. Originales devueltos.

Devueltos.

La palabra la escribió alguien con prisa y con el rotulador casi seco, y la subrayó.

En algún momento de este curso, alguien de este colegio sacó de un despacho de la planta baja unos originales, los fotocopió, devolvió los papeles a quien correspondía y esos papeles acabaron en una caja del sótano en lugar de acabar en el cajón del que habían salido.

No hay maldad en eso. Eso pasa en todas las organizaciones del mundo y es la razón por la que existe mi oficio.

Dentro hay veintitantas hojas sueltas, en dos tamaños, sin ningún orden, con un clip suelto que se ha ido al pliegue de la carpeta.

Las de tamaño cuartilla son autorizaciones de una excursión de dos mil dieciocho y no pintan nada aquí.

Las de tamaño folio son fichas impresas con el escudo del colegio arriba, con las cuatro preguntas numeradas y con cuatro renglones debajo de cada una, y las hay rellenadas con letras distintas y con nombres distintos, y hay tres en blanco.

Las voy pasando de una en una, boca abajo según las miro, poniéndolas en un montón nuevo a mi derecha, que es como se pasa un montón de hojas cuando se quiere no perder el orden en el que estaban.

Hay una de un niño de segundo que a la primera pregunta ha contestado «DORMIR». Hay otra en la que las cuatro respuestas están escritas por una adulta, con letra de adulta, entrecomilladas.

La séptima es de una niña de tercero. La octava es de un niño que ha contestado las cuatro con una sola palabra.

Y en la novena, con fecha del veintidós de octubre escrita a mano en la esquina superior derecha por una adulta, con el nombre y los dos apellidos de mi hija impresos arriba en cuerpo diez, están las cuatro preguntas contestadas.

Están contestadas por ella.

Están contestadas con rotulador azul, del que había encima de la mesa, en mayúsculas, con esa letra suya de las mayúsculas que se le tuercen hacia arriba al final del renglón porque no calcula el espacio y llega apretando.

La firma no está. Al pie hay un espacio para la firma del menor y está vacío, y eso también me lo dice todo, porque mi hija firma todo lo que hace.

1. ¿Qué es lo que más te gusta hacer?

COLOCAR LIbrOS POR ORDEN EN LA BIBLIOTECA

2. ¿Qué es lo que menos te gusta de la semana?

LOS DOMINGOS POR LA TARDE CUANDO YA NO QUEDA NADA

3. Si algo te pasara y necesitaras contárselo a un adulto, ¿a quién se lo contarías?

A MI MADRE

4. ¿Con quién te sentirías segura?

CON LA TÍA SARA

Me quedo con la hoja en las dos manos, de pie, en el cuarto de material del sótano del colegio Anglada, a las siete y cuarenta de la tarde del martes diez de junio, con veintidós cajas terminadas a mi espalda y un inventario de cuarenta y una páginas encima de la mesa.

Lo primero que miro no es la cuarta. A la tercera pregunta contestó A MI MADRE.

Si algo te pasara y necesitaras contárselo a un adulto. A mi madre. Sin dudarlo, en cuatro letras y dos palabras, en el renglón que le tocaba, con la misma tinta que todo lo demás.

Y a la cuarta, en el renglón de abajo, contestó CON LA TÍA SARA.

CON LA TÍA SARA, con la tilde de TÍA puesta a mano y encima de la I, en un renglón, sin explicar nada, porque no había un quinto renglón donde explicarlo y porque a nadie se le ocurrió poner uno.

No puso «con mi madre y con la tía Sara». No puso «en mi casa». No puso las dos cosas. Le preguntaron una cosa y contestó una cosa, como hacen los niños de nueve años y lo que no hace ningún adulto.

Las dos cosas son verdad. Para una niña de nueve años las dos cosas son verdad a la vez y no se contradicen en absoluto, porque la tercera pregunta es sobre a quién se le cuentan las cosas y la cuarta es sobre dónde no pasa nada.

De las cuatro respuestas, el expediente usó una. La cuarta.

La tercera no aparece en ningún papel de los sesenta y uno que yo fotografié en este mismo cuarto hace diecinueve días. No está en el informe de orientación, no está en el informe de servicios sociales, no está citada, no está resumida y no está mencionada.

Y ahora, por fin, la fecha.

Está arriba a la derecha, escrita a mano, con bolígrafo negro, por Sonia Valcárcel: 22/10.

Veintidós de octubre.

Yo escribí siete nombres en el reverso de un tique de la compra el veintiocho de noviembre, a las once y cuarenta de la noche, sentada en la mesa de mi cocina, después de leer un oficio en el que aparecía la palabra desamparo.

Taché seis con una raya cada uno. Dejé uno entero.

Treinta y siete días antes de eso, un martes de octubre por la mañana, a la hora de plástica, en un despacho de la planta baja de este mismo edificio, con la puerta abierta y con una mujer con rebeca sentada enfrente que había apartado la vista para no condicionarla, mi hija de nueve años había escrito ese mismo nombre con rotulador azul en el cuarto renglón de una ficha impresa.

Y ahora, con la hoja en las manos, cuento otra vez: ciento cuarenta y tres entradas, once folios, sesenta y una fotografías, veintiún expedientes en la caja treinta y cuatro, trece años de actas y cuatro respuestas de rotulador azul.

Bajo la hoja. La dejo encima de la mesa de caballete, debajo del fluorescente, plana, sin doblarla.

El fluorescente hace ese zumbido que hacen los fluorescentes viejos, el que hay que darle dos veces al interruptor, y que en veintitrés días he dejado de oír y ahora vuelvo a oír.

Las mayúsculas se tuercen hacia arriba al final del renglón, como se le tuercen siempre.

La TÍA lleva su tilde puesta.

La ese de SARA le ha salido más grande que las otras letras porque le sobraba renglón y porque a mi hija le molestan los renglones que sobran.