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El objetivo es el veintiuno de febrero del año pasado, de las nueve y media a las once y media de la noche.
Ciento veinte minutos de hace quince meses y medio.
Lo planteo como se plantea cualquier revisión, que es la única manera en que yo sé plantear algo: alcance, fuentes, procedimiento y limitaciones. Escribo el alcance en la primera línea de un documento nuevo y las fuentes debajo, numeradas.
Fuente uno: mi agenda en papel de aquel año, que está en el altillo, en la caja de las cosas de aquel año.
Fuente dos: la galería de fotos del móvil, con las fechas y las horas de captura en los metadatos.
Fuente tres: el registro de mensajes, que se conserva porque nunca he borrado un chat en mi vida.
Fuente cuatro: los movimientos de la tarjeta, con hora.
Fuente cinco: los pagos por móvil a Rosa, que están en el histórico de la aplicación del banco y que se pueden filtrar por destinatario.
Rosa Delgado era una señora de sesenta y cuatro años que vino a esta casa dos o tres tardes por semana entre marzo y septiembre de aquel año.
La había mandado la vecina del cuarto. Se quedaba con Emma cuando yo llegaba tarde y algunas noches cuando yo no llegaba.
Le pagaba por el móvil, siempre el mismo día, y en el concepto ponía la fecha, porque yo pongo la fecha.
Tardo tres noches en reunirlo todo. Subo al altillo un lunes a las once y media con la escalera de la cocina.
La caja está al final del todo y hay que meter medio cuerpo por el hueco; bajo con ella en brazos, que pesa unos ocho kilos, y con la nariz llena de ese polvo de altillo que da tos al día siguiente.
y que no había abierto desde que la cerré.
Dentro está la agenda, dos carpetas de la funeraria, el certificado de defunción, una bolsa con las gafas de Óscar y el reloj.
Y estoy con la caja abierta en el suelo del pasillo cuando me llama mi madre, que llama los domingos y hoy es lunes.
—¿Te pillo mal?
—No. Estoy ordenando una cosa.
—¿Qué cosa?
—Papeles.
—Ay, tú siempre con papeles. —Se oye una tele de fondo—. ¿Y la niña?
—Bien. En la cama.
—¿Y ha crecido?
—Ha crecido.
—Que me mandes una foto, que la última que tengo es de Navidad.
Le digo que sí. Hablamos del calor que hace ya en Alicante y de una vecina suya que se ha roto la cadera, y cuando ya nos estamos despidiendo, con esa manera que tiene ella de meter la pregunta de verdad en la puerta, dice:
—Oye.
—Dime.
—¿Y tú comes?
Me quedo sentada en el suelo del pasillo con la caja abierta entre las piernas.
—Claro que como, mamá.
—Ya. Digo comer de sentarte.
—Como de sentarme.
—Bueno. —Y lo deja ahí, que es lo que hace ella—. Un beso, hija. Y mándame la foto.
Cuelgo.
Es la única persona que me ha preguntado eso en catorce meses, y ha hecho falta que esté a cuatrocientos kilómetros y que no sepa absolutamente nada.
Y el veintiuno de febrero del año pasado, que fue un martes, queda así:
19:04. Compra en el supermercado de la calle Corazón de María.
Trece euros con ochenta, con tarjeta. En el detalle del ticket, que sigue estando en el histórico de la aplicación del supermercado porque tengo la tarjeta de fidelización desde hace siete años: pan de molde, jamón cocido, un paquete de tortitas de arroz y dos botellas de vino tinto de cuatro con noventa y cinco.
20:12. Foto. Es la única foto de ese día. Es una foto de una estantería del salón, movida, sin encuadre, sacada probablemente sin querer.
21:41. Pago a Rosa. Veinticinco euros. Concepto: 21 feb.
23:17. El archivo de cuarenta y siete segundos.
Entre las nueve y cuarenta y uno de la noche, que es cuando se cerró la puerta detrás de Rosa, y las once y diecisiete, hay noventa y seis minutos.
Cuatro asientos en un día. Eso es todo lo que queda por escrito de un veintiuno de febrero.
Y ahora viene la parte del trabajo que hago yo y que casi nadie hace, que consiste en poner al lado de la línea de tiempo la declaración del sujeto y comparar renglón por renglón.
La declaración del sujeto soy yo. Lo que yo recuerdo de esa noche, y que he escrito y repetido durante toda esta semana, es esto: que bebí, que me tomé algo para dormir, que en algún momento entré en el cuarto de Emma, que le hablé, y que a la mañana siguiente me desperté a las siete y diez en el sofá con la luz de la cocina encendida y la niña ya vestida.
Cinco elementos. Los numero.
Los someto a la única prueba que sé hacer, que es la que aplico a los testigos ajenos: separar lo que se recuerda de lo que se sabe.
Uno: bebí.
Lo sé por el ticket y por lo que había en el cubo del vidrio tres días después.
No lo recuerdo. No tengo ni una imagen. No tengo una sola imagen de mí misma sirviéndome un vaso aquella noche; tengo la certeza de que ocurrió porque compré dos botellas y al día siguiente había una vacía y otra empezada.
Dos: me tomé algo para dormir. No lo recuerdo. Lo sé porque aquel mes lo hacía casi todas las noches y porque de la caja de veinticinco comprimidos que compré en febrero quedaban diecisiete.
Tres: entré en el cuarto de Emma. Esto sí. Esto es una imagen: el marco de la puerta, la luz del pasillo por el suelo, mi mano en el interruptor que no llegué a dar.
Cuatro: le hablé. Y aquí es donde esto se cae.
Yo no tengo ni un solo recuerdo de una frase de aquella noche. Ni una. Tengo un marco de puerta, una luz por el suelo, una mano en un interruptor y un despertar en un sofá. Tengo cuatro imágenes y cero palabras.
Y sin embargo llevo desde el veintisiete de mayo diciéndome, y escribiendo, que lo que yo dije aquella noche fue ojalá me hubiera ido yo con él .
Eso no es un recuerdo.
Eso es una reconstrucción. Eso es exactamente lo que hace un testigo cuando se le presenta una versión que le repugna: produce, con toda la buena fe del mundo, una versión alternativa compatible con quien él cree que es, y a las cuarenta y ocho horas ya no distingue esa versión de una memoria.
Lo he visto ciento cincuenta veces en salas de reuniones.
Lo he explicado en cursos. Tengo una diapositiva.
Yo no sé lo que le dije a mi hija aquella noche. No lo sé y no lo voy a saber.
No lo supe nunca. No lo he sabido en ningún momento de esta historia.
Y me he pasado siete meses construyendo un expediente contra otra mujer, con la tranquilidad de quien tiene el suyo aclarado y con la superioridad técnica de quien sabe que lo suyo estaba mal contado, y mi expediente no está aclarado, y lo único que había en el sitio donde yo creía que había un recuerdo era una frase que me inventé hace cinco días.
Aparto el documento diez minutos. Me levanto, bebo agua de pie delante del fregadero y vuelvo, que es lo que hago en esta casa desde hace veinte años cuando un párrafo no se deja escribir.
Sigo.
Porque lo otro, lo que viene ahora, es peor y es lo que de verdad cierra este documento.
Cojo mi expediente. El mío, el que archivaron el catorce de marzo. Seis indicadores.
Uno: rutinas de autocuidado no acordes a la edad. Falso en su lectura y desmontable con veintiuna entradas de una niña orgullosa.
Dos: ausencia de supervisión en franja matinal. Falso: cuatro metros y una puerta abierta.
Tres: el blíster. Falso. No era mío y no lo puse yo, y de eso estoy segura porque es lo único de todo este año de lo que estoy segura.
Cuatro: el vídeo del aparcamiento. Cierto en el hecho, discutible en el contexto, y el contexto que yo defendí durante siete meses lo desmiente un plano fijo de cuarenta y un segundos en el que no sube ningún coche por esa rampa.
Cinco: la mochila preparada. Cierto. Y lo hizo ella sola.
Y seis: la noche del veintiuno de febrero del año pasado. De seis, cinco se caen o se discuten.
Yo puedo desmontar cinco de seis en una tarde y delante de quien haga falta, con documentos, con horas y con testigos.
El sexto es verdad.
El sexto es verdad. El sexto es verdad diga lo que diga esa ese.
A las once y diecisiete de la noche del primer aniversario de la muerte de su padre, mi hija de ocho años estaba despierta, sola, en el pasillo de esta casa, con un teléfono en las manos, grabando a su madre.
Y su madre había bebido, y llevaba un año bebiendo, y arrastraba las palabras, y no recuerda ni una sola de las que dijo.
Eso no lo fabricó la Comisión de Bienestar y Convivencia del colegio Anglada.
Eso lo hice yo. Un expediente no necesita seis indicadores.
Necesita uno que sea verdad. Con uno que sea verdad, los otros cinco dejan de tener que sostenerse solos: se apoyan en él. Eso lo he explicado en la diapositiva siete durante doce años y siempre pongo el mismo ejemplo, que es el de una empresa que tenía todo en regla menos una cosa.
Son las dos y diez de la madrugada del cinco de junio.
Guardo el documento. Le pongo nombre: 21feb_revisión.docx . Lo meto en la carpeta de las cosas cerradas, que es una carpeta del escritorio que se llama así desde hace once años y en la que hay cuarenta y tres archivos.
Y en la última línea, antes de guardarlo, escribo la fórmula que llevo doce años escribiendo al pie de los expedientes que no se pueden terminar, y la escribo entera, con su encabezado y su fecha, porque no sé hacerlo de otra manera:
Se acuerda el archivo de las presentes actuaciones sin pronunciamiento sobre el fondo. Motivo: defecto no subsanable en la fuente.