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El trámite de la autorización de Emma para el Punto de Encuentro hay que hacerlo presencialmente, con el libro de familia, en la planta baja del edificio de la calle Manuel Uribe, en horario de nueve a catorce.
Voy el lunes dos de junio a las nueve y media, con el libro de familia, el DNI, la autorización firmada por las dos partes y una fotocopia de todo, porque yo llevo siempre una fotocopia de todo.
Se despacha en once minutos, en una ventanilla con un cristal y una bandeja metálica por debajo.
Una funcionaria coteja el libro de familia, coteja el DNI, sella dos copias, me devuelve una y me dice que el jueves cinco tengo que estar allí quince minutos antes, con el DNI otra vez, y que la niña tiene que entrar conmigo.
Subo a la primera planta a preguntar una cosa del horario de los jueves.
Y al salir, en el pasillo, junto a la máquina de café, está Raquel Ordóñez con una carpeta debajo del brazo.
—Vaya. Usted por aquí.
—Buenos días.
—¿Ya está?
—Ya está. El jueves cinco, de cinco a seis.
—Bien.
—¿Le pillo con prisa?
—No.
—¿Café? Es malísimo pero calienta.
—Vale. Gracias, de verdad.
Mete dos euros de su bolsillo y no me deja pagar el mío, y le tiene que dar dos veces al botón porque el primero no sale.
La máquina tarda en dar el cambio y no lo da.
Salen dos vasos de plástico marrón con un removedor de plástico dentro y con esa espuma que hacen las máquinas y que no es espuma de nada.
Nos quedamos de pie junto a una ventana que da a un patio interior con aparatos de aire acondicionado, cables y una paloma que lleva ahí desde que yo he llegado.
Nos quedamos las dos con el vaso en la mano sin decir nada durante el tiempo que se está sin decir nada al lado de una máquina de café.
—Yo llevo veinte años en esto —dice, sin ningún preámbulo— y hay una cosa que no le puedo explicar a mi jefa, ni a un juez, ni a nadie, y es esta.
Los expedientes perfectos me quitan el sueño.
Sopla el café. No sopla por caliente: sopla por hacer algo con la cara mientras decide por dónde empieza.
—¿Y eso por qué? —le digo.
—Porque la vida es sucia y las familias son sucias y la gente se contradice.
Se apoya en el alféizar con el vaso en la mano.
—Los casos de verdad son sucios. Llegan con dos folios, un parte mal escrito y una vecina que se contradice. Llegan con las horas mal y con los nombres mal. Y el expediente de la señora Noguera es el expediente más limpio que ha entrado en esta planta en veinte años.
—Ya.
—Todo cuadra. Todo llega en su orden. Todos los informes están firmados por quien tienen que estar firmados.
La familia acogedora estaba acreditada desde hace cinco años y vive a nueve minutos del colegio del niño.
—Da un sorbo—. Y hasta las alegaciones de la interesada son un escrito impecable.
Yo llevo veinte años leyendo alegaciones de gente desesperada y no había leído nunca una con los hechos numerados y siete documentos relacionados en la primera página.
No digo nada.
Al otro lado del patio interior, en una ventana de la segunda planta, hay una mujer fotocopiando.
—Y la mujer que lo firma ilustra cuentos infantiles.
Miro el patio interior.
En mi trabajo, cuando alguien dice una cosa así, lo que se hace es no decir nada. El que llena el silencio pierde. Y me pagan por saber esto, y funciona, y lo estoy aplicando ahora mismo con una mujer que me ha invitado a un café.
—Yo pedí una comprobación rutinaria —sigue—. Se hace en todos los expedientes con hallazgo de psicofármacos y no es ningún secreto: se cruza el histórico de dispensación en la comunidad para ver si hay prescripciones anteriores, otros nombres, otros centros.
—Ya.
—Se pide y sale en dos días y no lo firma nadie, es un listado.
—Ya.
—Y en ese cruce, en el mismo distrito y del mismo principio activo, salen ciento cuarenta y tantas prescripciones en los dos últimos años. Ciento cuarenta y tantas. Eso no significa nada, ¿eh? Eso es lo normal. Ese medicamento lo toma media ciudad.
—Ya.
—Y una de ellas está a nombre de una persona que consta en el expediente en calidad de entorno cercano.
Sigo mirando el patio.
Raquel Ordóñez no me está mirando a mí. Está mirando su vaso de plástico y lo está diciendo con el mismo tono con el que me leyó en voz alta lo que apuntaba en mi cocina en noviembre.
—Eso, en un procedimiento, no vale nada —dice—. No vale absolutamente nada. Es una prescripción de hace dos años, a nombre de una persona que no es parte, obtenida en un cruce estadístico, y si yo lo pusiera en un informe me lo tacharía mi jefa antes de comer y haría bien.
—Entonces por qué me lo cuenta.
—Porque estamos tomando un café.
—Ya.
—Y porque usted es la única persona de todo ese expediente que sabe leer un expediente.
Se apoya en el alféizar.
—Y luego está el niño —dice, y lo dice mirando el vaso—.
Que dijo dos veces lo mismo con las mismas palabras, y que por decirlo dos veces con las mismas palabras se le descartó.
Y yo entiendo perfectamente por qué se descartó, porque yo he descartado cuarenta declaraciones por lo mismo y he acertado en treinta y ocho.
Pero es que ese niño mide el mundo en horas, y un niño que mide el mundo en horas no repite una frase porque se la hayan enseñado. La repite porque es la que tiene.
—Mamá estaba bien hasta el café.
—Mamá estaba bien hasta el café. —Y lo dice como quien devuelve una pelota—. Eso lo dijo un lunes y lo volvió a decir un jueves.
Bebemos las dos. El café está tan malo como ha dicho y además quema más de lo que debería.
—Yo no sé lo que pasó en esa excursión —dice—. Quiero que quede claro, porque lo que voy a decir ahora no es una acusación y no puede serlo. Yo no sé lo que pasó. Lo que sé es la forma que tiene.
—¿La forma.
—La forma. —Deja el vaso en el alféizar, junto a la paloma, que no se mueve—. Un expediente crece de una manera cuando crece solo y crece de otra manera cuando alguien le está poniendo tutores. Y este ha crecido derecho. Este no ha dado ni un bandazo en cinco semanas.
—¿Y qué hace usted con eso? —le digo.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
Lo dice sin ninguna amargura y sin bajar la voz, que es lo que más me impresiona de toda la conversación.
—Con eso no se hace nada, Claudia.
Y aquí levanta la vista por primera vez en toda la conversación.
—Para reabrir una medida hacen falta hechos nuevos.
Hechos. Un documento, un testigo, una prueba pericial, una retractación.
Y una forma no es un hecho. Una forma es lo que yo veo después de veinte años y de tres mil expedientes, y lo que yo vea después de veinte años no tiene ningún valor en ningún sitio, y así tiene que ser, porque si lo tuviera esto sería un desastre.
—Ya.
—Y además llevo sesenta y un casos abiertos, y ahora en junio entran más, porque los colegios cierran y hasta septiembre no mira nadie.
—¿Y usted qué haría? —le digo.
Se lo piensa de verdad. Se toma cuatro o cinco segundos con el vaso a medio camino, que es más de lo que se ha tomado para contestar cualquier otra cosa esta mañana.
—Yo, en su lugar, iría el jueves al Punto de Encuentro, me sentaría en la sala con mi hija y con ese niño y estaría una hora ahí. Eso es lo que haría yo.
Tira el vaso a la papelera y se ajusta la carpeta debajo del brazo.
Y entonces abre el bolso de tela, el grande, y saca una libreta pequeña de tapas negras, con una goma alrededor y con las esquinas gastadas.
La abre, pasa cuatro o cinco hojas escritas con fechas y con letras distintas de bolígrafo, llega a la primera en blanco y escribe cuatro o cinco palabras. Tarda ocho segundos. No la tapa con la mano ni se gira.
Después le pone la goma, la mete en el bolso y se cuelga el bolso.
—¿Y eso?
—Es mía —dice—. No es del expediente, no consta en ningún sitio, no está registrada, no la ha visto nadie y no vale para nada. Aquí apunto los que no cierran. Nada más: la fecha, el apellido y dos líneas.
—¿Cuántos lleva?
—En veinte años, once. Este va a ser el doce.
—¿Y para qué le sirve?
—Para nada. —Se encoge de hombros—. Por si algún día.