Una madre peor 49
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El móvil de Óscar está donde está siempre: en el enchufe del pasillo, a media altura, entre la puerta del baño y la puerta del cuarto de mi hija, con el cable enrollado en dos vueltas y la lucecita naranja.

Lo desenchufo a la una menos cinco de la madrugada del veintiocho de mayo, con cuidado de no tirar del cable, que es una cosa que hago sin pensar y que esta noche hago pensándolo.

Pesa menos de lo que me esperaba, que es una tontería, porque lo he tenido en la mano cuarenta veces al recoger el pasillo.

Me lo llevo al salón. Me siento en la mesa camilla. Enciendo el flexo.

Pide un patrón de desbloqueo. El patrón de Óscar era una ele: uno, cuatro, siete, ocho, nueve.

Lo pongo. No.

Lo pongo otra vez despacio, por si he tocado mal. No.

Y aquí es donde hago la única cosa de todo este año de la que a estas alturas todavía no sé si estar orgullosa o no.

Mi hija no pone contraseñas al azar. Mi hija ordena los lápices por tamaño, clasifica la ropa por tipos y no por colores, alinea el sacapuntas mirando a la puerta y numera un censo de una ciudad de Lego. Mi hija no elige una figura: elige un criterio.

Pongo uno, dos, tres, seis, nueve. Los tres de arriba y bajando por la derecha.

No.

Pongo uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Los nueve puntos en el orden en que están escritos.

Se abre a la primera.

Mi hija de nueve años ha puesto de contraseña los nueve puntos en el orden en que están escritos, que es lo más parecido a no poner contraseña y lo más parecido a poner una lista.

La pantalla de inicio es la de Óscar. No la ha tocado: están sus aplicaciones, en su orden, con dos carpetas que hizo él y con una alarma puesta para un martes que ya pasó.

El fondo es una foto de las tres en una playa de Cantabria, hecha por un desconocido, con Emma a hombros y con nosotros dos entrecerrando los ojos por el sol.

Hay una sola aplicación en el muelle inferior que no venía de fábrica y que alguien ha arrastrado hasta ahí para tenerla a mano, en el primer sitio, y es la grabadora.

La abro.

Hay treinta y un archivos. Están ordenados por fecha, del más antiguo al más nuevo, que no es como los ordena la aplicación por defecto: alguien ha cambiado el criterio.

Veintinueve tienen nombre. Están escritos por ella, con minúsculas, sin tildes, con el criterio de quien nombra para encontrar:

papa cocina

papa coche

papa cantando el de portugal

papa diciendo mi nombre

lavadora

el ascensor

lluvia

lluvia 2

lluvia 13 mayo

emma leyendo el de los animales

bruno haciendo el ruido

la calle a las siete

el reloj de la cocina

Y así hasta veintinueve.

Los dos que no tienen nombre conservan el que les puso el aparato: la fecha y la hora, con guiones bajos.

Uno es de julio del año pasado y dura ocho segundos. Lo abro con el volumen al mínimo. Es un ruido de bolsillo y una voz de hombre muy lejos que dice algo que podría ser cualquier cosa.

El otro es este:

GRB_210221_2317.m4a

Veintiuno de febrero del año pasado. Veintitrés diecisiete. Cuarenta y siete segundos.

Es el único archivo de esta carpeta, de treinta y uno, que aparece nombrado por una máquina y no por una niña de nueve años. Los veintinueve que ella quiso guardar los renombró. Este no.

Este no lo renombró porque no lo hizo. Antes de darle, hago dos cosas.

La primera es comprobar la duración exacta: cuarenta y siete segundos y cuatro décimas.

La segunda es ir a por los auriculares al cajón del recibidor, porque a la una de la madrugada, en un piso de setenta metros, a doce metros de una niña dormida, un archivo de voz no se pone por el altavoz.

Vuelvo. Me los pongo. Bajo el volumen a la mitad y me quedo con el dedo encima.

Le doy al triángulo de la pantalla.

Del segundo cero al segundo once no hay nada que se pueda llamar contenido. Hay el ruido de una casa: una nevera, un motor lejos, algo de plástico. Y hay un roce continuo, de tela, que es el ruido que hace un teléfono cuando está en una mano pequeña que no está quieta.

En el segundo doce se abre una puerta. Se oye el resbalón de mi puerta, la de mi cuarto, que es un ruido que llevo doce años oyendo y que reconocería entre cien.

Del doce al veintisiete hay pasos y hay una respiración que no es la de una niña.

En el segundo veintiocho hablo.

Y antes de transcribir lo que se oye, hay que decir de dónde viene esa voz: viene de cerca.

Viene de una distancia de un metro o menos.

La grabación no está hecha desde el fondo de una habitación: está hecha desde una mano que está debajo, a la altura de la cadera de una niña de ocho años, con una madre de pie delante.

Y esto es lo primero que hay que decir, porque es lo que me para la primera vez: mi voz.

Mi voz de aquella noche no se parece a mi voz.

Es más grave, va más lenta, arrastra la ese y come el final de las palabras, y tiene por debajo una cosa blanda que yo no le he oído nunca a mi voz en cuarenta y un años.

Segundo veintiocho: «...te pareces tanto a él...»

Segundo treinta y uno: «...tanto...»

Y entre el treinta y cuatro y el treinta y seis hay dos segundos en los que el roce de la tela se come todo lo demás, porque el teléfono se mueve dentro de una mano.

Segundo treinta y siete: «...ojalá esa noche...»

Segundo treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno: «...hubiera ido...»

Y de ahí al final no se entiende nada: hay voz, hay ritmo de frase, hay dos o tres sílabas que podrían ser cualquier cosa, y hay un roce que se lo come todo.

Lo escucho cuarenta veces. Cuarenta y una, contando la primera.

A la vigésima me tengo que quitar los auriculares porque me están haciendo daño detrás de las orejas, y me los vuelvo a poner.

Las primeras seis las escucho seguidas, sin apartar el dedo del botón. Las siguientes doce las escucho por tramos, del treinta y cinco al cuarenta y tres. Las últimas las escucho ya sin esperar nada, que es cuando uno sigue escuchando por otra cosa.

Lo escucho con los auriculares puestos y también sin ellos, con el aparato pegado a la oreja.

Lo escucho con el volumen al máximo, que solo sirve para amplificar el roce.

Me bajo por la mañana, a las ocho y diez, con Emma ya en el colegio, dos programas de edición de audio gratuitos y aíslo la banda de la voz, y lo ralentizo a un setenta por ciento y a un cincuenta, y a un cincuenta la voz se convierte en un pozo y no sirve.

En el segundo treinta y nueve digo hubiera o digo hubieras .

Eso es todo. A eso se ha reducido esto.

Hay una ese que puede estar ahí o puede no estar, dentro de una palabra que dice una mujer borracha que arrastra todas las eses de esa grabación, en un pasillo, a oscuras, a las once y diecisiete de la noche del primer aniversario de la muerte de su marido, delante de una niña de ocho años que sostiene un teléfono con las dos manos.

Y en la escucha número treinta y tantas, a las nueve y cuarenta de la mañana de un miércoles, con los auriculares puestos y el portátil abierto en la mesa camilla y una taza de café frío al lado, lo que quiero no es acordarme.

Lo que quiero es que se oiga la ese.

Lo quiero de verdad, con el cuerpo, como se quiere que salga un número.

Que se oiga la ese y que se acabe. Que en el segundo treinta y nueve suene, limpia y entera, la ese que convierte esa frase en la peor frase que le ha dicho una madre a una hija en esta ciudad, y que yo pueda apagar el portátil y levantarme y ser eso: una mujer que le dijo a su hija de ocho años que ojalá se hubiera muerto ella.

Una mujer con un dato. Firmo eso ahora mismo.

Firmo ser esa mujer a cambio de que esto se cierre, y llevo cuarenta escuchas queriéndolo y no me lo ha dado.

Me quito los auriculares. Los enrollo en dos vueltas. Los dejo en la mesa camilla, encima del portátil cerrado.

El archivo dura cuarenta y siete segundos.

La grabación no se detiene porque yo deje de hablar. En el segundo cuarenta y siete hay voz. En el segundo cuarenta y siete yo estoy hablando, y el archivo se corta ahí porque alguien, en aquel pasillo, apretó un botón.