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El jueves diecinueve por la mañana, a las siete y cuarto, entro en el baño a lavarme los dientes y en el vaso verde, a la derecha del grifo, está su cepillo.
No hay nada más.
No hay una nota, no hay una conversación, no hay un gesto, no hay una explicación, no hay una mirada.
Hay un cepillo de dientes rosa, de cerdas duras, con la banda de goma antideslizante en el mango y con la franja azul del indicador ya medio destintada, apoyado en el vaso verde, a la derecha del grifo, con las cerdas hacia arriba.
Está húmedo. Está húmedo de esta misma mañana.
Han pasado treinta y siete días exactos desde la noche del martes trece de mayo, en la que yo me quedé delante de este espejo con el bote de la crema de manos sin abrir en la mano, mirando dos vasos.
Treinta y siete. Los mismos treinta y siete que hay entre el veintidós de octubre y el veintiocho de noviembre. No significa nada. Lo he contado igual.
No digo nada. No lo cojo, no lo miro dos veces, no lo cambio de sitio. Me lavo los dientes con el mío, cuelgo la toalla en su barra y voy a hacer el café.
El jueves diecinueve es el día de la visita quincenal en el Punto de Encuentro y es también, a las cinco y cuarenta y dos de la madrugada, la hora exacta, el día en que mi hija cumple diez años, y por eso el jueves diecinueve es un día largo del que voy a contar aquí solo la última hora.
Ha habido tarta, que la compré yo en la pastelería de la calle Ricardo Ortiz y que no he fingido que fuera casera.
Ha habido velas, dos, un uno y un cero, y las ha soplado sin pedir deseo en voz alta.
Ha habido videollamada con Alicante, veinticinco minutos, veintitrés de ellos con la cámara apuntando a un techo.
Ha habido cuatro regalos abiertos por orden de tamaño, del más pequeño al más grande, con los papeles doblados a la derecha.
Y a las nueve y media, con la casa recogida y con los papeles de regalo ya en el cubo del papel, Emma sale del baño con el pelo mojado y con una goma en la muñeca.
Y en vez de irse a su cuarto a leer veinte minutos, que es lo que hace todas las noches, se sienta en la banqueta de la cocina.
De espaldas.
No dice nada. No me pide nada. No dice «mamá, ¿me peinas?
», que es lo que decía a los seis años, ni dice nada parecido.
Se sienta en la banqueta, de espaldas a mí, con la espalda recta, los pies en el travesaño y las manos en las rodillas, en la postura exacta en la que se ha sentado cuatrocientas veces en esta cocina desde que tenía cuatro años y que dejó de hacer hace dos.
Y espera.
Yo estoy secando un vaso con el trapo de rayas, de espaldas al fregadero, mirándola.
Dejo el vaso en el escurridor. Dejo el trapo doblado en el asa del horno. Cojo el cepillo del cajón de arriba, el de mango largo, el que uso yo con ella y que dejamos de usar hace dos años sin que ninguna lo decidiera.
Y la peino.
Es lo primero que le hago con las manos a mi hija en cuatro meses.
El pelo de mi hija recién lavado pesa y está frío y huele al champú que compro yo desde hace diez años.
Le desenredo primero, de abajo arriba, tramo a tramo, sujetando con la otra mano por encima para que no tire, que es como se hace y como me enseñó mi madre en un cuarto de baño de Alicante hace treinta y cinco años.
Le paso el cepillo entero desde la raíz, dos veces, hasta que baja limpio.
Le hago la raya con el mango del cepillo, en el sitio de siempre, un poco a la izquierda del centro.
Y le hago la trenza.
No la coleta. No la coleta recta de cuarenta segundos con tres vueltas de goma que le he hecho todas las mañanas de su vida. La trenza.
La trenza que no sé hacer. La de raíz, la que le enseñó Sara Noguera en un banco de un parque de la calle Arturo Soria un sábado de noviembre a las doce menos cuarto de la mañana, con la cabeza de Sara entre las manos de mi hija y con la voz de Sara diciéndole que apretara.
Me sale mal.
Me sale despacio y me sale mal, y a la mitad tengo que soltar y volver a coger porque me he saltado un mechón y porque los dedos no saben dónde van, y mi hija no protesta, y no dice que así no, y no se gira, y no me corrige.
Se está quieta.
Se está quieta de esa manera en la que solo se está quieta para esto: sin moverse, sin hablar, con la nuca entregada. Yo he visto esa quietud cuatrocientas veces y llevo dos años sin verla.
Yo tengo entre las manos la cabeza entera de mi hija de diez años, que cumplió ayer a las cinco y cuarenta y dos de la madrugada.
Tengo el pelo de Óscar, pesado y liso, un pelo que obedece, y tengo la nuca, y tengo el peso de una cabeza que se deja.
Y lo que hago, sabiendo lo que hago, es ir más despacio.
Aflojo el ritmo. Retraso el tercer cruce dos segundos y luego tres.
Suelto un mechón que no hacía falta soltar solo para tener que volver a cogerlo.
Le paso el cepillo otra vez por un sitio que ya estaba peinado y que no lo necesita.
Estoy robando tiempo de las manos de mi hija con la técnica exacta con la que se roba en una auditoría, que consiste en alargar un trámite que ya está resuelto sin que se note que se alarga, y lo estoy haciendo delante de ella, en su cocina, a las nueve y treinta y ocho de la noche del día que cumple diez años, y si me preguntaran ahora mismo qué prefiero, si saber por qué se ha sentado en esta banqueta o seguir peinándola once minutos más sin saberlo, contesto lo segundo sin pensarlo, porque dos de las tres respuestas posibles se acaban en el momento en que yo abra la boca.
Porque hay tres. Y las tres explican los mismos hechos con la misma economía, que es lo que hace que un asunto no se pueda cerrar.
Una: se sienta porque me ha perdonado. Porque tiene diez años, porque he devuelto un cuaderno a una balda sin decir nada y porque los niños perdonan de esta manera, sentándose de espaldas en una banqueta.
Dos: se sienta porque tiene miedo. Porque su madre entró en su cuarto, cogió su cuaderno, lo tuvo cuatro días y lo devolvió sin hablar, y porque una niña que ha visto lo que le pasó a la madre de Bruno sabe perfectamente qué se hace cuando el adulto de casa no ha dicho nada: se le da algo.
Tres: se sienta porque le conviene.
Esta es la que yo pondría en un informe.
Porque falta una semana para que acabe el curso, porque en septiembre hay que volver, porque quedan ocho años de esta casa y porque una niña que aprendió en octubre que existe una versión de las cosas que cierra las conversaciones puede haber aprendido en junio que existe una postura que cierra un año.
Once minutos.
Once minutos para una trenza que ella se hace sola en seis y que le sale mejor.
Termino la trenza. Le pongo la goma con dos vueltas.
—Ya está —le digo.
Y me tiembla la voz en las dos palabras, que es la primera vez en todo este año.
Se levanta de la banqueta. Se pasa la mano por detrás, de arriba abajo, comprobando, como se comprueba un trabajo ajeno.
—Está bien —dice.
Está fatal.
Está gorda por arriba, floja por abajo, torcida hacia la derecha y con dos mechones fuera, y va a deshacerse en cuanto apoye la cabeza en la almohada. Comparada con la que se hizo ella el martes delante del espejo, es un desastre.
—Está bien —repite—. Gracias.
Gracias.
—Buenas noches.
—Buenas noches. Felicidades otra vez, cariño.
Se va a su cuarto por el pasillo, pasando por delante del enchufe de la lucecita naranja, y se cierra la puerta hasta el palmo desde dentro.
Yo recojo la cocina. Meto los tres platos y los dos vasos de la tarta, paso la bayeta en tres pasadas —su lado, mi lado, el centro—, saco la basura al descansillo y apago la luz de la campana.
Y a las once menos veinte, antes de acostarme, voy al baño a lavarme los dientes, que es lo último que hago todos los días desde hace cuarenta y un años.
En el vaso verde, a la derecha del grifo, con las cerdas hacia arriba y todavía húmedo de esta noche, está su cepillo.