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Lo que hago con la carpeta de la situación B. es lo que haría con cualquier expediente ajeno que no puedo llevarme: fotografiarlo.
Sesenta y una fotografías, hoja por hoja, con el móvil apoyado en un libro para que salgan rectas y con la luz del fluorescente por encima.
Sin flash, que da reflejo. Cada folio con su número visible en la esquina.
Tardo cuarenta minutos. Después dejo la carpeta en su sitio, en su fila, en el mismo orden, la caja treinta y cuatro donde estaba, el precinto cortado hacia abajo para que no se vea desde arriba, y las dos filas de delante recolocadas como estaban.
Y subo.
Esa noche, en la mesa camilla, con Emma dormida y el flexo puesto, las paso a la impresora de casa y las imprimo.
Son las once y veinte y llevo desde las cinco y media sin comer nada que no sea una manzana.
Sesenta y una hojas, numeradas por mí a lápiz en la esquina superior derecha, del uno al sesenta y uno.
Tarda diecinueve minutos y hay que cambiar el papel dos veces.
Aquí conviene decir una cosa que en su momento no me dije: fotografiar el contenido de un archivo al que se ha accedido por razón de un encargo, y sacarlo del recinto en un dispositivo propio, es exactamente lo que yo sanciono en las empresas de mis clientes.
Tiene nombre técnico y tiene consecuencias, y las dos cosas me las sé.
Lo hice igual, y lo hice en cuarenta minutos, y no me temblaron las manos.
A las once y diez me llama Marcos.
—¿Te pillo?
—Estoy en casa.
—Ya, si es un minuto. El de Getafe ha recurrido.
—Claro que ha recurrido.
—Y han metido un informe pericial nuevo de una ingeniería de Valencia que dice que la numeración de los certificados de ese instalador es «meramente indicativa».
—Meramente indicativa.
—Lo han escrito ellos, ¿eh? Yo lo he leído tres veces por si me lo estaba inventando.
—Mándamelo mañana.
—Te lo mando ahora y lo miras mañana. —Se ríe—. Oye, ¿tú duermes alguna vez?
—A veces.
Cuelgo y me quedo con el móvil en la mano.
En la mesa camilla, a treinta centímetros, hay sesenta y una hojas impresas de un expediente de protección abierto a nombre de mi hija, y acabo de tener una conversación de dos minutos sobre la numeración de unos certificados eléctricos, y las dos cosas caben en la misma mesa y en la misma mujer y en el mismo martes.
La carpeta tiene cuatro bloques.
El primero es institucional y ocupa veintiocho hojas: la derivación de Sonia, dos informes de orientación, cuatro partes de incidencias fotocopiados con las horas de registro visibles, la citación de servicios sociales y la resolución de archivo del catorce de marzo.
Todo esto lo conozco. Todo esto es mío y lo he leído.
El segundo bloque son las aportaciones del entorno, con su hoja de remisión y sus filas: una fotografía del aparcamiento del centro de salud, un vídeo referenciado por su nombre de archivo y su duración, dos correos impresos con los destinatarios recortados y una nota manuscrita de una vecina, sin firmar, que dice que a veces se oyen voces y que ella no quiere problemas.
Ocho filas. Menos de la tercera parte de las que tenía la carpeta de Olga Sanz.
El tercer bloque tiene once folios y un encabezado que ya conozco, porque lo tuve en las manos el veintitrés de octubre en un despacho de la planta baja de este colegio y lo levanté con el pulgar y lo solté.
Aportación de testigo protegido. Transcripción literal.
Once folios. Ciento cuarenta y tres entradas fechadas. De septiembre a marzo, sin un solo mes vacío.
De estas ciento cuarenta y tres, yo conozco veintitrés: las once que se remitieron al centro el doce de octubre y las doce de la segunda entrega. Las ciento veinte restantes no las he leído nunca.
Las leo dos veces, y a la segunda hago lo que llevo doce años cobrando por hacer, que no es leer lo que dicen, sino averiguar qué tuvo que saber quien las escribió.
Y monto la tabla en un folio apaisado, con la regla.
Columna uno: la entrada. Columna dos: el conocimiento que requiere. Columna tres: quién tiene ese conocimiento.
Entrada del once de octubre, sobre lo que hay en la nevera. Requiere: acceso a la cocina.
Entrada del cuatro de noviembre, sobre la hora a la que se apaga la luz del pasillo. Requiere: presencia en el domicilio por la noche.
Entrada del dieciséis de noviembre, sobre lo que dije por teléfono desde el pasillo. Requiere: presencia en el domicilio a las siete y media de la mañana.
Entrada del nueve de diciembre, sobre un cambio de emisora en el coche. Requiere: presencia en el vehículo.
Entrada del veintiuno de enero, sobre lo que hay pegado por dentro de la puerta del armario de los vasos. Requiere: acceso a la cocina y altura suficiente para verlo.
Entrada del tres de febrero, sobre lo que digo cuando cuelgo el teléfono. Requiere: presencia.
Ciento cuarenta y tres entradas. Ninguna requiere estar fuera de mi casa.
A las once y veinte de la noche tengo un perfil, y el perfil dice esto: una mujer adulta, de entorno próximo, con acceso continuado al domicilio en horario de mañana, de tarde y de noche, con acceso al vehículo, con conocimiento de las rutinas médicas de la menor y de las conversaciones telefónicas de la progenitora.
Y en esta ciudad, con esas condiciones, con esas llaves y con esa continuidad, hay una sola persona.
Sara Noguera tiene llaves de mi casa desde hace tres años. Sara Noguera ha subido en mi coche cuatrocientas veces. Sara Noguera sabe a qué hora se apaga la luz de mi pasillo.
Me levanto y doy dos vueltas al salón con los once folios en la mano.
Doy la segunda vuelta pensando en una mujer que me trajo dos táperes en diciembre y que me dibujó una osa rodeada de papeles, y en un cuaderno de gomas azul con separadores de colores, y en la cara que tenía en una cafetería de la calle Cartagena el quince de mayo cuando dijo que aquel día le había pasado lo mismo que en el parque.
Y entonces me siento.
Y después me siento y lo tumbo, porque el trabajo es esto y no lo otro: Sara Noguera no ha pisado mi casa un martes a las siete y media de la mañana en su vida.
Sara Noguera duerme hasta las ocho y cuarto.
Hay dieciséis entradas fechadas entre las siete y las ocho de la mañana en días laborables, y en esos dieciséis días yo estaba en esa casa y no había nadie más que una niña de nueve años y yo.
Lo escribo en el margen del folio, con boli, y lo subrayo dos veces: acceso matinal no compatible.
Y debajo, más pequeño, la conclusión que se escribe cuando una hipótesis se cae y no hay otra: fuente no identificada.
Y no lo entiendo. Escribo esto con toda la claridad de la que soy capaz: a las doce menos veinte de la noche del veintidós de mayo, con ciento cuarenta y tres entradas delante y una tabla de tres columnas hecha por mí, yo no lo entiendo.
Aparto los once folios y los pongo boca abajo, alineados con el borde de la mesa.
Paso al cuarto bloque. El cuarto bloque tiene dos hojas.
La primera es una hoja de anexo del departamento de orientación, con el número de expediente y una línea: Anexo I. Producción gráfica de la menor. Entrevista de 22 de octubre.
La segunda es la producción gráfica.
Es un folio blanco, A4, apaisado, con las cuatro esquinas intactas y una arruga en el borde de abajo. Está hecho con ceras de colores, de las gordas, de las que hay en las cajas de los colegios.
Abajo, una franja verde que es el suelo, hecha de un solo trazo ancho de lado a lado. Arriba a la derecha, un sol amarillo con siete rayos, contados y repasados dos veces con la cera. En el centro, una casa con la puerta y dos ventanas, y de la chimenea sale un humo en espiral.
Y delante de la casa hay tres figuras.
A la izquierda, una figura pequeña con el pelo largo y un vestido azul, con los brazos abiertos y los cinco dedos de cada mano contados y separados uno a uno.
A la derecha, una figura grande, con el pelo corto, con una raya que va desde su mano hasta la mano de la figura pequeña y que está repasada tres veces para que se vea que es una mano cogida.
Y en el centro, entre las dos, hay un hueco.
No es un espacio en blanco. No es una zona sin colorear.
Es un hueco recortado. Alguien ha cogido unas tijeras y ha recortado, siguiendo el contorno, una cuarta figura que estaba dibujada entre las otras dos.
El corte es limpio por arriba y por los lados, y por abajo, a la altura de donde estarían los pies, se ha desviado un poco y se ha llevado un trozo de la franja verde del suelo.
Se ve perfectamente lo que había: se ve la interrupción del suelo, se ve dónde estaba apoyada, se ve la forma.
Es una figura de adulto, con la falda ancha y el pelo hasta los hombros.
Le doy la vuelta al folio y lo miro por detrás. Por detrás no hay nada: ni nombre, ni fecha, ni la firma de una niña que firma todo lo que hace.
Levanto el folio con las dos manos y lo pongo a contraluz del flexo, que es un gesto que no sirve para nada y que hago igual.
Y por el hueco, encima de la mesa camilla de la madre de mi marido, a las doce y cuarto de la noche del veintidós de mayo, pasa la luz de una bombilla de sesenta vatios.
El hueco tiene forma de mujer.