Una madre peor 46
79%

46

Pido la cita por la plataforma, como hay que pedirla, un domingo por la noche, y me la dan para el martes veintisiete de mayo a las nueve y media.

Ágora sigue saludando con un «¡Hola, familia!» que nadie le ha pedido y que este curso he leído ochenta veces.

Subo por la escalera de administración, que huele a lo que huele siempre, y espero cuatro minutos en el pasillo porque hay otra familia dentro.

El despacho de orientación no ha cambiado. La rebeca, la estantería con las carpetas por cursos, el dibujo pegado con celo de otro niño y de otro año, el horario plastificado en la puerta.

Los bolígrafos están en paralelo con dos centímetros exactos entre uno y otro, en el mismo sitio de la mesa que en octubre, a la derecha del teclado.

—Buenos días, Claudia.

—Buenos días. Gracias por recibirme.

—Siéntese donde quiera.

Hay una silla. Me siento en la silla.

Se levanta cuando entro y me da la mano por encima de la mesa, que es una cosa que no hizo en octubre y que no hace con las familias.

Sonia Valcárcel me mira sentarme y ya lo sabe. Lo sabe antes de que yo abra la boca, y eso también lo consigno porque es un dato: esta mujer lleva siete meses esperando que alguien venga a preguntarle.

—Vengo a preguntarle una cosa muy concreta.

—Dígame.

No dice «claro» ni «por supuesto» ni «usted dirá». Dice dígame, con las palmas apoyadas en la mesa y sin coger un bolígrafo.

—El veinticuatro de octubre usted firmó una derivación de mi hija, con su nombre y con su número de colegiada. En el campo de a instancia de pone: de oficio, por el propio departamento, tras entrevista con la menor.

Sonia mueve el tercer bolígrafo un milímetro.

—Eso es correcto.

—Nadie se lo pidió.

—Nadie me lo pidió.

—¿Está segura?

—Estoy segura. Esa casilla la rellené yo y me acuerdo de rellenarla.

—¿Ni el equipo docente, ni dirección, ni el AMPA?

—Ni el equipo docente, ni dirección, ni el AMPA.

—¿Y consta así en el original?

—Consta así en el original y consta así en la copia que se remitió al centro. Yo esa casilla la relleno a mano siempre, y siempre pongo de dónde viene.

—¿Y por qué lo hizo?

Es la pregunta que llevo cinco días preparando y la hago en cuatro palabras, sin adornarla, mirándola.

Y aquí Sonia Valcárcel, treinta y ocho años, orientadora de un colegio concertado del noroeste de Madrid, hace la cosa más honrada que hace nadie en toda esta historia, que es contestar.

—Porque hablé con ella.

Y no añade nada. Lo deja ahí, encima de la mesa, entre las dos, con las manos quietas.

Se hace un silencio de los que se hacen en las oficinas, con un radiador o sin él, y dura lo que duran: siete u ocho segundos.

—Explíquemelo.

—No puedo explicárselo.

—Inténtelo. Estamos las dos solas.

—Sonia.

—No puedo, Claudia. —Y se le pone la voz de otra cosa—.

No es que no quiera. Es que hay un régimen de confidencialidad que afecta a las manifestaciones de un menor en el marco de una entrevista de valoración, y ese régimen no lo he puesto yo y no me lo puedo saltar, ni siquiera con usted, ni siquiera aunque usted sea quien es.

—Yo soy su madre.

—Ya lo sé. Lo sé perfectamente y lo tengo presente desde que ha entrado por esa puerta.

—Y tengo derecho de acceso al expediente administrativo de mi hija, y lo tengo por ley y lo he ejercido dos veces.

—Al expediente sí. A eso no. A eso no accede ni usted ni yo.

—¿Y si lo pido por escrito?

—Pídalo por escrito. Se lo van a denegar y le van a explicar por qué, y la explicación va a estar bien hecha.

Lo dice sin desafío. Lo dice como quien te ahorra un viaje.

Alinea el segundo bolígrafo con el tercero.

—¿Qué le preguntó usted a mi hija el veintidós de octubre?

—Lo que pregunto siempre.

—¿Y qué pregunta usted siempre?

Y entonces se echa hacia atrás en la silla, y por primera vez desde que la conozco esta mujer deja de ser una funcionaria correcta y se convierte en una persona de treinta y ocho años sentada en un despacho pequeño que no huele a nada.

—Yo hago cuatro preguntas —dice—. Cuatro.

Ni una más. Las mismas cuatro desde hace cuatro años, a todos los niños, en el mismo orden y con las mismas palabras, y las hago con la puerta abierta y sin tomar notas delante, porque si tomas notas delante el niño se calla.

Están en el guion de la entrevista semiestructurada, que se lo puedo enseñar si quiere, que es un documento público y lo tiene el centro y lo tiene la Consejería.

—Enséñemelo.

Abre un cajón. Saca una carpeta de anillas. Pasa cuatro separadores. Saca un folio plastificado, de esos que se plastifican porque se usan mucho, con las esquinas romas de tanto meterse y sacarse, y me lo pone delante, girado hacia mí, con las dos manos.

Cuatro preguntas numeradas, en el orden en que se hacen. El folio tiene un encabezado del centro y un pie con el número de versión y la fecha de la última revisión.

Uno: ¿qué es lo que más te gusta hacer? Dos: ¿qué es lo que menos te gusta de la semana?

Tres: si algo te pasara y necesitaras contárselo a un adulto, ¿a quién se lo contarías?

Cuatro: ¿con quién te sentirías segura?

Debajo, en cursiva y en cuerpo pequeño: Las preguntas se formulan en este orden. No se reformulan ni se sugieren respuestas. Se transcribe literalmente lo que el menor conteste.

Leo las cuatro dos veces. Después las leo una tercera vez, despacio, buscando el defecto, porque un documento se impugna por el defecto y yo me gano la vida encontrando defectos en documentos ajenos.

Están escritas en cuerpo grande, numeradas, con una viñeta al lado de cada una y una nota al pie que dice que la entrevista no tiene finalidad diagnóstica.

Son cuatro preguntas correctas. Son cuatro preguntas amables, abiertas, no dirigidas, redactadas por alguien que sabe lo que hace.

No hay una sola palabra en ese folio que un padre pudiera discutir.

No hay una sola palabra que yo, con doce años de oficio y con toda la mala fe del mundo, pudiera impugnar.

—¿Y qué contestó?

—Claudia.

—¿Qué contestó mi hija a la cuarta pregunta?

Sonia Valcárcel se pasa la mano por la boca y la deja ahí un segundo.

—No se lo puedo decir.

—¿Contestó algo? —repito—. Solo eso. Si contestó o no contestó.

Y aquí es donde se cae.

No se cae hacia fuera. No llora, no levanta la voz, no dice nada que yo pueda repetir en ningún sitio.

Se cae hacia dentro: se le va el color de la cara en dos segundos, se queda mirando el folio plastificado que hay entre las dos y dice, con la voz muy pequeña, una frase que yo no le he pedido y que no responde a ninguna pregunta que yo haya hecho:

—Yo solo pregunté.

Se lo repito, porque a estas alturas ya solo sé hacer una cosa.

—¿Contestó algo?

—Yo solo pregunté —dice otra vez—. Yo hago cuatro preguntas y apunto lo que dicen. Eso es todo lo que hago yo. Después el papel sale de aquí y yo ya no decido nada, y le juro por lo que quiera que cuando lo firmé no sabía... —Se para. Cierra la boca. Coge aire por la nariz—. Perdone. Se me ha ido.

Alinea el primer bolígrafo. Alinea el segundo. Alinea el tercero.

El cuarto ya estaba en su sitio y lo mueve igual.

—Le voy a pedir que se vaya —dice, y lo dice sin ninguna dureza—. Y le voy a decir una cosa que no le he dicho a ninguna madre en cuatro años.

—Dígame.

—Dígame.

—Que a los niños hay que preguntarles. Siempre.

—Traga—. Que es lo único que hacemos bien en todo este edificio y que hay que seguir haciéndolo aunque salga como salga.

—Levanta la cara y la tiene descompuesta—.

Y que hay preguntas que solo se pueden hacer una vez, porque la respuesta va a algún sitio y ya no se puede sacar de ahí.

Nos quedamos las dos calladas doce o quince segundos. Fuera, en el pasillo, pasa un grupo de niños de infantil en fila.

Cojo el bolso y me levanto.

En la puerta, con la mano en el picaporte, me giro una última vez, y ella ya está poniendo el folio plastificado en su carpeta y la carpeta en su cajón.

Salgo al pasillo de administración del colegio Anglada a las nueve y cincuenta y ocho de la mañana del martes veintisiete de mayo, con el bolso al hombro, con veintiocho minutos de conversación detrás y con una pregunta de siete palabras y sin la respuesta.

¿Con quién te sentirías segura?