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En la caja treinta y uno, que es una de las tres de material sin clasificar, hay una carpeta de anillas con recortes de prensa local.
La abro el miércoles veintiuno de mayo a las seis menos veinte, sin ninguna expectativa, porque las carpetas de recortes de las asociaciones de padres suelen contener notas sobre torneos de baloncesto y sobre una carrera solidaria.
Hay catorce recortes, cada uno en su funda de plástico. Doce son de eso.
Los otros dos son de octubre de hace trece años, del semanario de la zona, y ocupan media página cada uno.
El primero informa del fallecimiento de un alumno de nueve años del colegio Anglada, ocurrido en el domicilio familiar. No da detalles. Da un nombre de pila y una inicial, que es lo que se hacía entonces y lo que se hace ahora.
El segundo, de dos semanas después, recoge la reacción de la comunidad educativa y una carta abierta firmada por catorce familias en la que se pide que se revise cómo el centro tramita los avisos de las familias.
En la carta, en el párrafo tercero, se dice que hubo tres avisos previos y que ninguno de los tres derivó en actuación.
El nombre de pila del niño aparece cuatro veces entre los dos recortes.
Guardo los dos recortes en su funda, en su carpeta y en su caja, y sigo con la caja treinta y dos, porque estoy inventariando y porque el inventario no se interrumpe por nada.
Bego baja el jueves veintidós de mayo a las siete y cuarto.
La oigo en el pasillo del sótano antes de verla, porque en ese pasillo se oye todo, y aparece en la puerta con una bolsa de tela y las gafas en la cabeza.
—Ay, hija, qué susto. Vi la luz desde el hueco de la escalera y pensé que se la habían dejado los de la limpieza.
—Estoy con la treinta y dos.
Y se lo digo desde detrás de una mesa de caballete, con las manos negras de cartón y con un rotulador en la mano.
—¿Ya vas por el treinta y dos? Si empezaste el lunes.
Mira el pasillo y se para en la puerta con la bolsa colgando.
Las treinta y siete cajas están numeradas, alineadas en tres filas contra la pared, con las etiquetas nuevas pegadas en la tapa y en el lateral corto, y encima de la mesa de caballete hay una carpeta con el inventario impreso y un juego de separadores todavía en su bolsa.
—Madre mía —dice.
Y se sienta.
Coge una silla plegable de la pila, la desdobla ella sola sin que yo la ayude, la coloca de manera que quede enfrente de la mía y no al lado, y se sienta en el cuarto de material del sótano del colegio Anglada con la bolsa de tela en el regazo, un jueves de mayo a las siete y veinte de la tarde.
—Siéntate un momento, anda.
Me siento donde me dice.
—¿Sabes que llevo trece años bajando aquí? —dice—. Trece. Y nunca me he sentado.
—No hay dónde.
—No hay dónde, exacto. Y no lo había pensado nunca.
Se queda mirando las filas de cajas.
—Yo te quería decir una cosa, Claudia, y te la voy a decir ahora porque llevo desde marzo buscando el momento y este es un sitio tan bueno como otro.
—Dime.
—Que deberías saber por qué te elegimos.
Y aquí es donde tengo que ser exacta, porque de esta conversación depende buena parte de lo que yo entendí de todo esto y de lo que entendí mal.
Bego Arístegui no dice «te elegimos» como quien confiesa. Lo dice como quien explica un criterio de admisión.
—Nosotras no vamos por ahí mirando familias —dice—. Eso es lo que se cree la gente y es mentira. Nosotras miramos una cosa y una sola: cuántos adultos sostienen a ese niño. Uno o dos. Ya está. Ese es el criterio.
—Uno o dos.
—Un niño con dos adultos tiene margen. Si uno se cae, el otro aguanta.
Un niño con uno no tiene margen ninguno, y no pasa nada durante años, y el día que pasa, pasa entero.
—Se ajusta la bolsa en el regazo—. Y luego hay una segunda cosa, que es la que a mí me quita el sueño, y es que las madres que están solas y además son buenas son las peores.
Las peores para nosotras, digo. Porque no se caen nunca.
Aguantan, y aguantan, y aguantan, y como aguantan nadie mira, y cuando por fin se caen ya no hay tiempo de nada.
—Y yo aguantaba.
—Tú aguantabas de una manera que a mí me daba miedo. —Me mira—. Perdiste a tu marido en febrero y en septiembre estabas en la puerta del colegio con la niña impecable y las circulares firmadas el mismo día. Eso no lo hace nadie. Eso lo hace alguien que está sujetando algo con las dos manos.
—O sea que me abristeis un expediente porque llevaba las circulares al día.
—Te incorporamos al seguimiento porque una niña de esa casa llevaba un año sin tener a nadie más. —Y aquí, por primera vez en todo el curso, se le pone algo duro en la voz—. Y porque tú misma nos enseñaste cómo se mira.
—¿Cómo dices?
—La foto, cielo. La del coche.
Me quedo quieta.
—Aquello fue en febrero del año pasado —dice— y yo lo pensé exactamente en ese momento: esta mujer ve. Esta mujer pasa por un aparcamiento y ve lo que ninguna de las otras treinta ve. —Se encoge de hombros—. Yo llevaba dos años queriendo que alguien mirara así.
Y se calla.
Yo tengo delante, a metro y medio, encima de una mesa de caballete, la caja treinta y uno, y dentro de la caja treinta y uno hay una carpeta de anillas con catorce recortes.
—Bego.
—Dime.
—¿Y esto empezó con Íker?
En el cuarto de material del sótano del colegio Anglada, un jueves de mayo a las siete y treinta y cuatro de la tarde, se apaga una mujer.
No cambia de postura. No se levanta. No se le mueve la cara. Lo que se le va es todo lo demás: el tono, los diminutivos, la mano en el antebrazo, los cuarenta años de saber estar en un salón de actos.
—Tres avisos —dice.
Y lo dice con una voz que no le he oído nunca. Una voz sin adornos, plana, de dar un dato.
—Tres. El primero lo puso su tía en octubre. El segundo lo firmé yo el once de noviembre. El tercero lo puso la profesora de música el veintiuno. Y cuando yo pregunté qué más se podía hacer, me dijeron que nada más, que ya estaba tramitado, y yo me fui a mi casa y me pareció bien.
Dos segundos.
—Bueno.
Y vuelve.
Vuelve entera, de golpe, con el cuerpo y con la voz, y se levanta y se cuelga la bolsa de tela del hombro y mira el reloj.
—Voy a ver si Sonia ha cerrado arriba, que luego se me queda la ventana del despacho abierta y me llaman los de la alarma. —Se para en la puerta—. Y no bajes tan tarde, hija, que esto está lleno de tuberías y no hay cobertura.
Se va con la bolsa de tela al hombro, apagando de paso la luz del pasillo del sótano y volviéndola a encender cuando le digo que estoy aquí.
Me quedo en la silla plegable cuatro o cinco minutos, con las manos en las rodillas, oyendo el zumbido del fluorescente.
Después vuelvo al inventario, porque es lo que sé hacer y porque son las ocho menos veinte y Nayra se va a las ocho y media.
La caja treinta y dos son actas viejas. La treinta y tres, fotografías.
Y en la treinta y cuatro, que es la primera de las cuatro precintadas y que abro esa misma noche con las llaves del coche porque no tengo cúter, hay veintiuna carpetas de plástico transparente con una etiqueta escrita a mano en cada una.
Situación M. Situación L. Situación P. Situación Y. Situación O. Situación T. Una por curso, veintiuna carpetas, veintiún cursos.
Y, la última de la fila, con la etiqueta más nueva y la letra más reciente:
Situación B.
La saco de la fila. La abro sobre la mesa de caballete.
El primer documento, encima de todos los demás, grapado en la esquina y con el membrete del departamento de orientación, es una hoja de derivación.
Fecha: veinticuatro de octubre del curso actual.
Alumna: E. M. B., 4.ºB.
Motivo de la derivación: valoración de bienestar. Marcado, además, el recuadro de «no urgente».
Y en el campo que dice «a instancia de», donde en la copia que yo hojeé en diagonal en un despacho de este mismo colegio había marcada una casilla que ponía «otros», aquí, en el original, escrito a mano por alguien que tenía muy poco espacio, pone:
De oficio, por el propio departamento, tras entrevista con la menor.