Una madre peor 43
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El cuarto de material del AMPA está en el sótano del colegio Anglada, al final de un pasillo con tuberías vistas, después del cuarto de la caldera y del almacén de la empresa de limpieza.

La luz está a la izquierda y hay que darle dos veces.

Mide unos veinte metros cuadrados. Hay cuarenta sillas plegables apiladas contra la pared del fondo, seis mesas de caballete, cuatro cajas de material de manualidades, dos banderines de un campeonato de baloncesto de dos mil once, una piñata sin usar y una fotocopiadora estropeada.

Y detrás de las sillas, en tres alturas, apiladas contra la pared del fondo y con una manta vieja por encima de la fila de arriba, hay treinta y siete cajas de cartón.

Huele a cartón, a polvo de sótano y a un ambientador de pino que alguien puso ahí hace mucho tiempo y que ya no ambienta nada.

Empiezo el lunes diecinueve de mayo a las cinco y media de la tarde, con Emma en biblioteca hasta las seis y media y con Nayra avisada para el jueves.

Y lo primero que hago es lo que se hace siempre y lo que no hace nunca nadie: no abrir nada.

Un archivo no se ordena leyéndolo. Un archivo se ordena inventariándolo. El que empieza a leer se queda en la primera caja tres semanas y sale de allí sabiendo mucho de una cosa y nada del conjunto, y el conjunto es lo único que dice algo.

Saco las treinta y siete cajas al pasillo, de una en una, y las alineo contra la pared en tres filas.

Las numero con rotulador en dos caras, en la tapa y en el lateral corto, que es como se numera para que se lean estén como estén apiladas.

Abro cada una, miro lo que hay dentro sin sacarlo, anoto en una hoja el contenido en dos líneas y el rango de fechas, y la cierro.

Tardo dos tardes. Cuatro horas y media agachada, levantando cajas de diez kilos de una fila a otra. Salgo con las manos negras, con polvo de cartón en la garganta y con una hoja de cálculo en el móvil.

Al día siguiente no puedo girarme del todo hacia la izquierda.

En el archivo de una organización lo primero que hay que averiguar no es qué guarda, sino qué ha decidido guardar y qué ha decidido separar, porque esas dos decisiones dicen más de una organización que todo el contenido junto.

El resultado son treinta y siete líneas y esto es lo que dicen:

Once cajas de contabilidad, de dos mil doce a hoy, completas y en orden, que son las únicas once cajas de este cuarto que ya han pasado por mis manos.

Nueve cajas de actas. Actas de la junta del AMPA y actas de la Comisión de Bienestar y Convivencia, mezcladas entre sí, en carpetas de gomas por curso, con el curso escrito a rotulador en el lomo y con tres carpetas mal rotuladas.

Seis cajas de eventos: fotografías, carteles, dípticos, listas de aportaciones, presupuestos de catering, facturas de hinchables.

Cuatro cajas de correspondencia con el centro: cartas, copias de correos impresos y dos carpetas de convenios con la Fundación Amanecer.

Tres cajas de material sin clasificar, que es donde va todo lo que nadie supo dónde poner: un banderín, cuatro cedés, una carpeta con recortes de prensa local y una caja de puros vacía con doce llaves sin identificar.

Y cuatro cajas sin etiqueta, en la fila de abajo, contra la pared, que son las únicas cuatro cajas de este cuarto que están cerradas con precinto y las únicas que no llevan nada escrito por fuera.

Las cuatro sin etiqueta están abajo del todo, contra la pared, y hay que mover dos filas para llegar a ellas. El precinto es cinta de embalar marrón, puesta en cruz, y en tres de las cuatro está amarilleada.

Las dejo para el final. No por prudencia: por método. En un archivo, lo que está apartado y precintado es lo que su dueño considera distinto, y lo distinto se ordena cuando ya sabes cómo es lo normal.

El segundo día baja Loles.

Baja con dos cafés de la máquina de profesores, uno en cada mano, y se queda en la puerta mirando el pasillo con las tres filas de cajas numeradas.

—Madre mía.

—Está peor de lo que parecía.

—Es que ahí abajo no ha entrado nadie en la vida, hija. —Me da uno de los cafés—. Que yo llevo veintidós años en esa secretaría y he bajado tres veces.

—¿Tres?

—Tres. Y las tres a por sillas.

Se queda un momento, con el café, mirando la caja veintiuno.

—Oye, y esto que estás haciendo, ¿te lo pagan?

—No.

—Ya me parecía. —Sopla el café—. Pues que conste que a mí me pagan y no lo haría.

Y sube, y desde la escalera me dice que a las ocho y media cierran el edificio y que si me pasa la hora avise por el telefonillo, que si no salta la alarma y viene una empresa de Alcorcón.

Doce euros de café y cuatro minutos de conversación. Es todo lo que hablo con un ser humano en las dieciocho tardes que paso en ese sótano.

Empiezo por las actas, porque las actas son el esqueleto y porque una organización miente en todo menos en el orden del día.

Son trece cursos. Trece veces septiembre, diciembre, abril y junio.

Y en cuanto se ponen las cuarenta y siete actas de la Comisión en fila por fecha, el esqueleto se ve solo: hay un acta de septiembre en la que se incorpora al seguimiento ordinario una situación con una inicial, y hay un acta de junio, del mismo curso, en la que se acuerda cerrar el caso con cariño.

Trece veces. Con las mismas siete palabras las trece veces.

Eso es el caso del curso, visto desde dentro: dos actas al año y una carpeta de plástico en medio.

Y en la caja número catorce, en la carpeta de gomas del curso pasado, entre el acta de febrero y el acta de abril, hay una carpeta de plástico transparente, de las de solapa, que no es un acta.

Pone, en una etiqueta escrita a mano: Situación T. Documentación aportada.

La abro sobre una mesa de caballete, con la luz del fluorescente y las sillas plegables detrás, de pie, sin sentarme, porque llevo cuarenta minutos de pie y no he pensado en sentarme.

Dentro hay veintiséis folios y una hoja de remisión grapada encima, por delante de todo, como se hace en cualquier organización que sabe lo que tiene.

La hoja de remisión es una tabla hecha a ordenador, impresa en un folio apaisado, con cuatro columnas: fecha, aportación, procedencia, destino.

Veintiséis filas, numeradas. En la columna de destino, en las veintiséis, pone lo mismo: Trasladado al centro.

Es una tabla bien hecha. Tiene los bordes finos, la cabecera en negrita y la columna de fechas alineada a la derecha. La ha hecho alguien que sabe hacer tablas.

Voy leyendo la columna de procedencia de arriba abajo, con el dedo puesto en el papel.

Familia del grupo. Familia del grupo. Vocalía. Familia del grupo. Observación directa. Familia del grupo.

Fila siete: vocalía. Fila ocho: familia del grupo. Fila nueve: centro. Fila diez: familia del grupo.

Y en la fila once, con fecha catorce de febrero del año pasado:

Fotografía. Procedencia: Claudia Bastida (madre 3.ºB).

Paso los folios hasta el once.

Es una hoja impresa en color, en calidad mala, de una captura de pantalla de un móvil.

Se ve la cabecera de un grupo de WhatsApp que se llama Mamás 3ºB.

Se ve una foto: un coche gris aparcado, la puerta del conductor, una ventanilla trasera y detrás del cristal la forma de un niño con un cómic en las rodillas.

Y debajo de la foto, en el bocadillo verde, a las 19:04, con dos ticks azules, tres palabras y un signo de interrogación:

¿esto es normal?

Y debajo de la captura, en el mismo folio, alguien ha añadido a ordenador un pie:

Vehículo estacionado en vía pública. Menor de 9 años solo en el interior. Sin supervisión adulta. Duración no determinada. Aportación espontánea de otra familia del grupo.

Duración no determinada. Fueron dos minutos.

Fueron dos minutos o fueron tres, y yo estaba a doce metros, dentro del Ahorramás de la esquina, en la cola de la panadería, comprando pan, y el niño estaba leyendo un cómic con el cinturón puesto un catorce de febrero a las siete de la tarde, y su madre salió con la bolsa y se subió al coche y se fueron.

Y ahora hay un folio, en una caja de cartón numerada por mí esta misma tarde, en el que eso son cuatro líneas y una frase que dice duración no determinada, y encima de ese folio hay una hoja de remisión con mi nombre y mis dos apellidos.

Me siento en una silla plegable de las que hay apiladas contra la pared, que es una silla que no está pensada para estar sentado en ella más de veinte minutos.

Tengo que sacarla de la pila, desdoblarla y esperar a que las patas se abran del todo, y hace ese ruido que hacen las sillas plegables en un sótano vacío.

Son las seis y cuarto de la tarde de un martes de mayo y estoy sentada en el sótano del colegio de mi hija con veintiséis folios en las rodillas.

Y sigo pasando folios, porque eso es lo que hago.

Folio doce: informe de una excursión. Folio trece: correo interno reenviado tres veces.

Folio catorce: acta de una reunión con la orientadora.

Folio quince: dos fotografías del patio con la fecha impresa en la esquina.

Folios dieciséis a veintitrés: partes de incidencias del centro, fotocopiados, con las horas de registro visibles.

Folio veinticuatro: una hoja cuadriculada, fotocopiada de un original que estuvo colgado en un tablón, con las cuatro marcas de las chinchetas en las esquinas y el encabezado MERIENDA FIN DE CURSO — APORTACIONES , dividida en tres columnas: salados, dulces, bebidas.

Está la lista entera. Treinta y un nombres escritos a mano, cada uno por su dueña, con letras distintas, algunas con boli azul y otras con boli negro, y dos tachados y vueltos a escribir debajo.

En la columna de dulces, la cuarta línea empezando por arriba, con mi letra de los documentos que importan, la que no deja dudas al que lee, pone:

Claudia B. — bizcocho de yogur y limón (sin frutos secos). Llevo también las servilletas.