Una madre peor 42
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En las tres semanas que van de la entrega a esta cafetería, Sara y yo hemos hablado nueve veces por mensaje y ninguna por teléfono.

Quedamos el jueves quince de mayo a las seis en una cafetería de la calle Cartagena, a mitad de camino entre su casa y la mía, que es una cafetería en la que no hemos estado nunca ninguna de las dos.

Eso lo decide ella. Me manda el sitio por mensaje, con el enlace del mapa y con la hora, que es una manera de quedar que no habíamos usado nunca en veinte años.

Sara ha adelgazado seis o siete kilos y lleva el pelo recogido de una manera que no es la suya: tirante, con una pinza, sin un mechón fuera.

Llega a las seis menos cinco. Cuando yo llego, a las seis en punto, ya tiene mesa —una del fondo, contra la pared, mirando a la puerta—, ya ha pedido un café con leche y ya ha sacado una carpeta de gomas azul.

—Perdona el sitio —dice, antes de que llegue a sentarme del todo—. Es que el de siempre está lleno de gente del cole a esta hora.

—No pasa nada.

—Es que no me apetece que me miren y que luego se callen.

—Claro.

Se ha organizado. Y se ha organizado bien.

Esto hay que decirlo porque es lo peor de todo.

Sara Noguera, que en veinte años no ha sido capaz de encontrar un certificado de retenciones en su propia casa, tiene ahora una carpeta de gomas con separadores de colores, y dentro de esa carpeta está el expediente entero por orden cronológico, y en la primera hoja hay un índice hecho a mano con la fecha de cada documento.

Lo ha aprendido en cinco semanas.

Eso también se lo he hecho yo. No en el sentido en el que le he hecho todo lo demás: en el sentido literal. Se lo enseñé en diciembre, en su cocina, con un archivador de doce separadores y una hoja de índice plastificada.

—Mira, esto es lo de las visitas. —Saca una hoja—. Son cada quince días, los jueves, de cinco a seis, en el Punto de Encuentro de Hortaleza. Va una educadora que se sienta en una esquina y toma notas. La primera hora se me pasó en cuatro minutos.

—¿Y qué hacéis en la hora?

—Al principio no hacíamos nada. Los primeros veinte minutos de la primera visita nos quedamos los dos sentados sin saber qué decir, con la educadora ahí. —Se ríe un poco—. Ahora llevo cosas. Llevo el ajedrez, que no sabemos jugar ninguno de los dos, y llevo un cuaderno y jugamos al de los barcos.

—¿Y funciona?

—Funciona porque con las manos ocupadas se habla mejor. Eso me lo dijiste tú una vez.

—¿Cómo está él?

—Está bien. —Lo dice rápido, con el reflejo de quien ha contestado eso quince veces esta semana—. Está bien de verdad, Claudia, no te lo digo por decir. Come, duerme, va a clase, ha sacado un ocho en el control de mates y sigue jugando de portero los recreos. Patricia le hace bizcocho.

—Ya.

—Patricia le hace bizcocho —repite, y se queda mirando el café.

—¿Y ella cómo es? Patricia.

Sara se queda con la taza en el aire.

—Es buenísima —dice—. Esa es la parte que no se puede contar a nadie, porque si lo cuentas parece que estás conforme.

—Ya.

—Y no estoy conforme. Pero es buenísima.

Después me cuenta lo del recurso. Ha puesto una reclamación, con la ayuda de una abogada del turno que le ha tocado y que, según ella, es buena y va desbordada. La revisión de la medida es en octubre. Entre hoy y octubre hay veinticuatro visitas de una hora.

—Veinticuatro horas —dice—. He hecho la cuenta. De aquí a octubre voy a estar con mi hijo veinticuatro horas. Un día. Un día entero repartido en cinco meses.

Lo dice sin dramatismo. Lo dice como quien lee un saldo.

—¿Y él te pregunta?

—Me pregunta cosas de horas. Sigue con eso. A qué hora me levanto, a qué hora ceno, a qué hora me acuesto. —Se pasa la mano por la frente—. Yo creo que es su manera de saber si estoy bien.

—Puede ser.

—Yo le contesto siempre lo mismo, ¿eh? Le doy horas buenas.

Le pregunto por el trabajo. Ha entregado.

Entregó el álbum el treinta de abril, ocho semanas tarde, cinco días después de que se llevaran a Bruno, y la editorial le ha dicho que lo van a mirar.

—¿Y qué tal ha quedado?

—No lo sé. De verdad que no lo sé. —Se encoge de hombros—. Lo terminé en marzo, en las dos semanas esas. Yo creo que la osa se ha quedado un poco rara.

Y a las seis y cuarenta pasa lo que tenía que pasar en algún momento de esta hora.

—Oye. Te quería pedir una cosa.

—Dime.

—Bruno pregunta por Emma.

Y se le rompe algo en la cara y lo recompone en medio segundo, con un gesto que no le he visto hacer nunca, y sigue.

—Pregunta todas las visitas. Que qué tal está, que si sigue en biblioteca, que si han hecho ya lo del sistema solar.

Y yo le cuento lo que sé, que es poco, porque yo tampoco...

—Para—. En fin. Que se lo pregunté a la educadora y me dijo que se puede solicitar.

Que un menor del entorno puede participar en parte de una visita si lo autorizan las dos familias y el equipo lo valora favorablemente.

—¿Y lo has solicitado?

—Lo solicité hace tres semanas, a los dos días de que me lo dijeran. Con un escrito. —Y aquí se le escapa una sonrisa de verdad, la primera de la tarde—. Un escrito con hechos numerados, ¿eh. Que ya sé cómo se hace.

Saca otra hoja de la carpeta, del tercer separador, el verde. Está impresa por las dos caras y tiene un sello de registro de entrada en la esquina.

—Y me lo han concedido.

Me pasa la hoja por encima de la mesa, girada hacia mí, con las dos manos, como se pasan los documentos importantes y como se los he visto pasar cuatrocientas veces a gente que se juega algo.

—Lo único es que tienes que firmar tú, porque Emma es menor y tú eres su madre. Es esta casilla de aquí, la del pie. Y hay que llevar el libro de familia el día que sea, y el DNI, y llegar quince minutos antes.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale, Sara.

Y entonces me coge la mano por encima de la mesa de una cafetería de la calle Cartagena en la que no hemos estado nunca ninguna de las dos, y me la aprieta con las dos suyas, y me dice gracias tres veces seguidas y la tercera se le va la voz.

Hablamos de otras cosas veinte minutos. De la vecina del cuarto, que ha preguntado por ella. De que el grifo ya está arreglado.

A las siete menos veinte le vibra el móvil encima de la mesa. Lo mira sin cogerlo. Después lo coge.

—¿Qué pasa?

—Nada. El grupo de la clase. Que piden las tallas.

—¿De qué?

—De las camisetas de fin de curso. Las que se ponen todos el último día. —Sigue con la pantalla—. Hay que decirlo antes del viernes.

—No sé qué talla tiene.

—Sara.

—Que no lo sé. —Y ya es otra voz—. Que hace seis semanas que no le pongo yo una camiseta a mi hijo. Que ha crecido. Que en abril llevaba una diez y ahora no lo sé, y lo sabe Patricia, y me lo tengo que preguntar a mí misma como si fuera una prima suya.

—Se lo preguntas el jueves.

—¡El jueves es dentro de nueve días!

Lo dice alto.

Lo dice tan alto que el camarero levanta la cabeza de la máquina y la pareja de la mesa del fondo se calla, y ella se da cuenta a mitad de la frase y no puede pararla, y se levanta a medias con el bolso, y la silla se le va hacia atrás con ese ruido que hacen las sillas de cafetería.

Yo me levanto también.

Y hago la única cosa que puedo hacer con las manos en esta cafetería: le cojo los dos hombros por encima de la blusa que le queda grande y la empujo hacia abajo hasta que se sienta.

La sujeto ahí ocho o nueve segundos. Tiene los hombros duros y respira por la boca y no me mira.

—Ya está —le digo.

—Ya está.

Levanto la silla. El camarero vuelve a lo suyo. Sara se seca la cara con la servilleta, se mete un mechón debajo de la pinza y le hace un gesto de disculpa a la mesa del fondo.

Y después se queda muy quieta.

—Doce —dice—. Tiene que ser una doce.

Y lo apunta. Nos quedamos hasta las siete y diez.

Y a las siete y cinco, cuando ya estamos pidiendo la cuenta y ella se está poniendo la chaqueta, dice esto:

—Hay una cosa que no me quito de la cabeza.

—¿Cuál?

—La de aquel día. La de la sierra.

—Ya.

—No es lo de la niña, ¿eh? Lo de la niña ya lo he hablado con la psicóloga cuatrocientas veces y ya está. —Se cuelga el bolso—. Es otra cosa. Es una tontería.

—Dime.

—Que aquel día me pasó lo mismo que en el parque.

Se sube la cremallera.

—Igual —dice—. Exactamente igual. Ese trozo que no está. Yo eso solo lo he sentido dos veces en mi vida: aquella tarde con Bruno y el jueves veintisiete de febrero. Y las dos veces fue igual: yo estaba bien, y luego hay una hora que no está, y luego vuelvo.

Yo tengo la cartera en la mano y estoy contando cuatro euros con veinte.

—Es que fue igual, Claudia. Igual igual.

—Habías dormido cuatro horas.

—Ya. —Se queda un segundo—. Eso me dice todo el mundo.

Pagamos. Quiero pagar yo y me deja, que es otra cosa que no pasaba antes.

Salimos. Nos despedimos en la esquina de Cartagena con Cardenal Belluga con dos besos, que es una cosa que Sara y yo no hacemos nunca y que esta tarde hacemos las dos a la vez sin decidirlo.

Ella se va hacia el metro y yo me voy hacia el coche.

El coche está a cuatro calles. Voy andando con las manos en los bolsillos.

En el bolsillo llevo el papel doblado en cuatro. Es una autorización de participación de menor en visita en Punto de Encuentro Familiar. Tiene un número de expediente, tres firmas y un sello.

Y una fecha: jueves cinco de junio, de cinco a seis. Veintiún días.